Consejos American Psique: profesorado
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sábado, 26 de diciembre de 2015

A los profesores que los evalúen los centros, no el ministerio

Alegra ver el interés que ha despertado, incluso antes de su finalización, El libro blanco de la función docente del que está a cargo el filósofo José Antonio Marina.   

Estaría bien que fuera el punto de partida de un Pacto de Estado sobre Educación que durara al menos una década, tiempo necesario para acometer muchas de las reformas que hacen falta.

Habla de cosas importantes como la necesidad de evaluar a los profesores y de incentivar a los mejores. Aunque también produce cierto sonrojo explicar a los colegas extranjeros que asuntos tan obvios están todavía sujetos a debate en nuestro país.

Cuando uno empieza una reforma, suponiendo que sea así, desde casi los cimientos uno tiene que asumir que tiene que correr un poco más para no quedarse excesivamente rezagado respecto a los países punteros que, mal que le pese a algunos siguen avanzando, sino que ofrece la oportunidad de aprender de sus errores.

Una de las cuestiones candentes se refiere a como se evalúa al profesorado. Jose Antonio Marina habla de una suerte de inspectores, se supone que campeones en el arte de enseñar, que irían recorriendo los colegios y universidades españoles analizando los portafolios de alumnos y filmando y analizando clases. Suena bien, pero, ¿de donde saldrían tantos inspectores como harían falta? ¿Hay acaso miles de expertos en España expertos en docencia? ¿Quién pagaría por su trabajo? Ni siquiera queda claro que tal número sería suficiente.

Evaluar al profesorado no es un lujo, es imprescindible. La cuestión es cómo. En muchos países, como Estados Unidos, cada vez son más las voces autorizadas que cuestionan el status quo. Es decir, en gran número de centros y universidades la evaluación se basa en la nota que los alumnos ponen a los profesores, un método fácil y en apariencia empírico, pero poco riguroso. Este sistema ha generado entre otros males la inflación de notas (si, la A actual es la B pasada y la B es la C) y una cierta perspectiva a privilegiar el entretenimiento sobre la sustancia. Artículos recientes como el de Stark yFreishtart de la Universidad de Berkeley hace que muchas universidades se estén replanteando las cosas.

Surge una visión más holística del problema. Los comentarios de los alumnos pueden (o no) ser interesante pero es interesante que los mejores docentes de cada centro vean a sus compañeros en acción, quizás que los estudiantes debatan en un focus group que funciona o no en la clase, fijarse en los resultados que los alumnos de una clase obtienen en otras clases de nivel superior y un sinfin de etcéteras.

No hay recetas fáciles, desde luego, pero hay que felicitarse de que en España, con varias décadas de retraso, el debate se haya iniciado.

Me preocupa una cierta obsesión centralizadora de Marina, pensando que debe ser una agencia gubernamental la que resuelva el problema con miles de inspectores.

En eso, creo que la lógica del mercado se muestra más eficiente. Creemos un ambiente real de competencia entre centros y universidades, que la gente elija, que los centros sean las principales entidades concernidas por su reputación, que la cercanía geográfica no sea el primer criterio para hacer los centros atractivos y que haya movilidad estudiantil, que el dinero ya no haya sido adjudicado de antemano por el ministerio de turno. Que la gente pueda y en la práctica elija el centro.

Sólo de esa manera, si a los centros les va la vida en ello, evaluarán ellos mismos a los profesores como es debido. Ello no excluye que se recurra a agencias de evaluación externas. Pero, en mucho países, como Estados Unidos, se ha comprobado que las agencias de evaluación son privadas, muchas veces entidades sin ánimo de lucro, y funcionan mejor, menos sujetas a intereses politicos y partidistas. Evaluar una universidad no debe ser muy distinto a otorgar una certificación de calidad a una empresa. De hecho, este tipo de evaluaciones por agencias externas ya se dan en las escuelas de negocios con buenos resultados.

Si no, la cosa funcionará a trancas y barrancas, entre otras cosas porque el estado no va a disponer en muchísimo tiempo de ese cuerpo de funcionarios tan ejemplar ni probablemente de la partida presupuestaria para pagarlos.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Un futuro sin profesores


Uno lee las conclusiones de la encuesta realizada a 645 expertos en educación de los cinco continentes por la Cumbre Mundial para laInnovación en la Educación (WISE, por sus siglas en inglés), una iniciativa de la Fundación Qatar sobre innovación y colaboración en el ámbito de la educación, y tiene sensaciones contradictorias.

Por una parte, el informe habla de cambios muy profundos hacia 2030 en un terreno, la educación, en el que las cosas han cambiado muy poco en los últimos 300 años. Pero, al mismo tiempo, bastantes de los cambios de los que habla ya llevan aquí algún tiempo y tienen poco de futuristas (asumiendo que 2030 sea un horizonte temporal suficiente).

Entre otras muchas cosas, el informe habla de que las escuelas se convertirán en entornos interactivos en el que el profesor perderá un peso que será ganado por los alumnos que trabajarán en redes colaborativas en las que el profesor, en cierto modo, será un mero facilitador.

El informe también describe un entorno en el que nuevas técnicas de enseñanza y procesos creativos innovadores, los cuáles nunca se termina de definir, se impondrán a la clase magistral de siempre y que las plataformas online arrinconarán de una vez por todas los libros de texto. Los expertos entrevistados se decantan por dar más importancia a las habilidades personales e interpersonales en perjuicio del conocimiento meramente académico que cada vez sera más individualizado.

Según John Mahaffie, a quien la fundación presenta como un futurista de profesión que da clases en American University, el rol del profesor ha quedado obsoleto. En palabras suyas, el profesor “debería ser como un bibliotecario: un bibliotecario no es necesariamente un experto que sepa el contenido de cada libro, sabe donde hallar cada contenido, como puedes encontrarlo y si está disponible. Lo mismo sucede con los profesores: deben escuchar las necesidades de los estudiantes, intereses y metas y decidir como pueden lograrlos”.

Con todos mis respetos, no se si es una gran comparación. Si fuera sólo por esa razón, los bibliotecarios hoy día serían bastante prescindibles gracias al desarrollo y facilidad de acceso a las bases de datos. Por no hablar de lo vacías que están bastantes de las bibliotecas universitarias que he visitado últimamente. Digo yo que el valor del profesor radica en su capacidad para interpretar, relacionar, relativizar, priorizar y explicar conocimiento además de motivar y, sí, guiar al alumno.

Quizás el problema es que este tipo de estudios son diseñados y comentados por gente como Mahaffie o el propio Noam Chomsky, reputado linguista y profesor durante décadas en el MIT, que únicamente dan clases a estudiantes de posgrado en universidades de élite. Quizás este tipo de estudiantes solo necesite un facilitador y pueda apañárselas solo pero una mayoría de estudiantes sigue prefiriendo la escuela presencial, el contacto con profesores y, sí, algún tipo de clase magistral o utilizando el método socrático.

Lo veo a diario. En general, por experiencia puedo decir que los cursos híbridos, online y todas sus variantes intermedias no satisfacen a una, yo diría, mayoría de estudiantes a pesar de que siempre se citan sesudos estudios que dicen que el aprovechamiento de las clases online es incluso mayor. Lo cierto es que una mayoría de estudiantes eligen vivir en un campus, entre otras cosas, para evitar las clases online y en los casos en que una sección se ofrece sólamente a través de esta modalidad, hay quejas como muchos de ellos confiesan en sus evaluaciones o en privado.

Algo parecido sucede con aquellos profesores que rehuyen las clases magistrales en su totalidad. Numerosos estudiantes escriben que quieren que el profesor enseñe, “que tenga más presencia”, en palabras de algunos de ellos, y que no se limite a mandarles trabajos, ponerles documentales, pedirles presentaciones y a realizar meros comentarios acerca de las mismas.

¿Libro electrónico o de papel? Los dos. ¿Petróleo, energía eólica o biomasa? Probablemente el energy mix necesita un poco de cada cosa. Si a estas alturas no entendemos que muchas encuestas solo sirven para generar polémicas artificiales y dar titulares, mal vamos.

Los que verdaderamente saben el rol que debe desempeñar el profesor son los estudiantes. No los futuristas ni, mucho me temo, los expertos.

jueves, 2 de octubre de 2014

Poner notas a los profesores


Hace poco hablaba con un profesor español que da clases en una universidad francesa. Le parecía ridículo que en las universidades norteamericanas los alumnos rellenaran cuestionarios al final de cada curso para evaluar a los profesores. En Francia no se le da ningún crédito a esta forma de medir la calidad del profesorado.

Cuando me reúno con colegas españoles la actitud es la misma. Se que en Italia y Portugal se ven las cosas parecidas. Los profesores pueden estar años soltando el mismo rollo de la misma manera sin rendir cuentas a nadie. Lo contrario, arguyen, es fomentar el lameculismo de los profesores a alumnos y rebajar los estándares. Se quedan tan a gusto.

En España es muy típico eso de que si hay dudas acerca de como se pueden medir los fenómenos o de si son contraproducentes es mejor no hacer nada al respecto. Un país mediterráneo más, se dice.

En buena parte del mundo es todo lo contrario. Se entiende que tener una buena universidad depende de tener buenos docentes y que está bien evaluarlos de vez en cuando. Algo que parece lógico. Sin renunciar a la duda como método, las formas de evaluación del profesorado se someten a revisión continuamente, se renuevan, se cambian, se perfeccionan y, al final, hay una relativa insatisfacción y reconocimiento de que no hay una forma perfecta de hacerlo. Pero ni se les pasa por la cabeza, dejar de intentarlo o buscar otros métodos que den mejor resultado.

En las universidades norteamericanas se llega al extremo de que las que las evaluaciones de los alumnos suele ser la principal vara de medir utilizada por los distintos comités de departamento (junto a las publicaciones) y facultad a la hora de determinar si un profesor merece ser promocionado o no. Suelen revisarse cada uno o dos años dependiendo del centro.

Viene al caso debido a la publicación de un estudio de la Universidad de California en Berkeley  titulado “Una evaluación de las evaluaciones de los cursos” que pone a caldo el sistema de que los alumnos evalúen a los profesores debido principalmente a que son muy pocos los que contestan y suelen ser los que aman o detestan al profesor y no la, digamos, clase media del alumnado.

Hay otros motivos que no cita el artículo como el hecho de que la importancia de este instrumento de medición provoca que los profesores inflen las notas de los alumnos para protegerse, rebajen los estándares o cultiven amistades extracadémicas con los estudiantes. Otras críticas que se arguyen son que favorece a los que enseñan cierto tipo de clases o tienen una personalidad atractiva que a veces no tiene que ver con el conocimiento de la materia.

Pellizzari y su equipo realizaron un experimento en la escuela de negocios Bocconi de Milan haciendo un seguimiento de las notas de los estudiantes que estudiaban con los “mejores” profesores según las evaluaciones de los alumnos.

Lo que descubrieron fue que cuanto mejor parecían los profesores a ojos de los alumnos, peores notas sacaban esos mismos alumnos en las clases que tomaban posteriormente.

También hay bastantes estudios serios como el de Beleche y su equipo que demuestran que si hay una correlación entre buenas evaluaciones y aprendizaje del alumno. Podríamos pasarnos horas citando estudios.

En todo caso, un denominador común de los mismos es aconsejar que se utilicen otros métodos como la evaluación realizada por otros colegas o la revisión de materiales de clase por comités.

Ninguno de estos métodos es infalible pero, sin lugar al duda, el peor método es no aplicar ninguno y conformarnos con lo que hay como sucede en la mayoría de las universidades públicas de España.