Consejos American Psique: voluntariado
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lunes, 13 de julio de 2015

Hacer algo en verano


El sol y el calor en demasía provocan melancolía. Albert Camus en sus apuntes sobre Orán apuntaba a la tristeza que le sugería el sol del Mediterráneo.

Contra lo que transmiten los anuncios, los folletos y los banners el verano puede ser una estación melancólica, de desánimo.  El dolce far niente puede transformarse en un ogro que nos deglute. Hay una final línea entre el reposo reparador y la angustia por llenar 24 horas al día sobre todo cuando uno tiene a cargo niños o adolescentes que se ahogan en el tedio.

Muchos pasan el tiempo en pandillas, se mueven en bici o en motocicleta. No se despegan del smart phone y del what’s up. Se levantan tarde y se unen al grupo ininterrumpidamente excepto para repostar en casa a la hora de la comida y quizás de la cena. ¿Se sienten bien? No se.

Pasan muchas horas en la piscina, más tostándose al sol que en el agua. Las conversaciones son livianas y hay una inequívoca tensión sexual en el ambiente cuando se juntan chicos y chicas. Un porro por aquí, una cerveza por allá, alguna partida de ping pong si se tercia. Infinidad de horas muertas jugando a las cartas, viendo deportes, quizás practicando alguno los más heroicos, leyendo nunca a no ser un libro de texto por imperativo legal.

Por la noche unas cervezas, unos porros, el amor o el deseo haciendo de las suyas, también las inevitables decepciones de aquellos que no han encontrado su sitio todavía. Dormirse tarde, levantarse tarde y comenzar de nuevo. Así dos, tres meses.  Año tras año hasta que se concluyen los estudios y la juventud de antes, no la de los treintañeros de ahora, expira definitivamente.

Hemos construido una mitología en torno al dolce far niente, al placer de no hacer nada, alrededor de las horas largas en compañía de otros, de la pandilla. No se, a mi que la he vivido no me convence.

En la era del yo, del I anglosajón siempre en mayúscula que se ha abierto paso con fuerza en el resto del mundo occidental y del que no lo era, de las narraciones en primera persona, del mal gusto internetero, habría que educar en la rebelión.

La rebelión hoy día probablemente no sean las pancartas, las manis ni Podemos. La rebelión sea regalar tiempo al que lo necesita, que hay muchos, especialmente viejos pero también jóvenes, ayudar, hacer  compañía al que se siente sólo, reconstruir lo que una vez saltó por los aires.

¿Puede un chico de 15 o 16 años hacerlo? Creo que sí, No hay trabajo, es cierto, pero hay mucho que hacer.

¿Necesitan tres meses de vacaciones? No. Hay que hacer algo. Los llamados campamentos son, en su mayoría, una manera más de dejar pasar el tiempo.

En la era del reciclaje, de la sostenibilidad, el tiempo se va a menudo por el desague sin ningún control. Sobre todo a los más jóvenes. Hay multitud de estudios que demuestran que dar contribuye a la felicidad personal más que recibir. En lo que se refiere a educación, se ha progresado mucho en este país con respecto al civismo (aunque aún muchos nos quejemos), no así en otras áreas como en la idea de servicio a los demás.

Los americanos lo inventaron (tienen varias palabras para ello como ministry o service) pero desafortunadamente se ha convertido en una industria ya que muchos buscan únicamente utilizarlo para el éxito personal en sus curricula. Podemos aprender de sus errores, de su resultadismo, a no utilizarlo como una manera de adelgazar el papel del estado.

Espero que la asignatura Educación para la ciudadanía vaya sobre eso aunque, por lo que escucho, tengo mis dudas.


viernes, 31 de mayo de 2013

La comunidad bien entendida


Hace un par de semanas, un sábado por la mañana los vecinos de mi ciudad acordaron hacer limpieza general. No es que la ciudad no disponga de servicios de limpieza costeados por los impuestos vecinales, de hecho las calles suelen estar bastante impolutas, pero los voluntarios se centraron fundamentalmente en restaurar o mejorar zonas a las que los empleados de la contrata del ayuntamiento no pueden dedicar tanta atención a diario: limpiar manchas de grasa, quitar la maleza que crece en el cemento, limpiar de papeles y objetos las orillas del río, borrar alguna pintada, etc…

Reinaba el buen rollo pero no era una fiesta. Había estudiantes universitarios nacionales e internacionales, jubilados, amas de casa, profesores, familias, miembros de asociaciones cívicas, etc… Las tiendas locales aportaban refrescos, comida, utensilios pero lo interesante es que no se trataba de una situación catastrófica o de extrema necesidad.

 La única recompensa de los allí reunidos era hacer algo por el pueblo, hacer comunidad, crear capital social en un lugar en el cual la mayoría de ellos no han nacido y están viviendo temporalmente. A nadie se le ocurrió argüir que ya pagan suficientes impuestos como para tener que estar trabajando por la cara un fin de semana o que el municipio se debería encargar de esa labor. El cinismo reinaba por su ausencia, nadie se planteaba que se estuvieran aprovechando de ellos, que las instituciones estuvieran en deuda con ellos. La idea de crear comunidad era más importante que todo eso, no en vano empresas como Starbucks gastaron por esas fechas ingentes cantidades de dinero en una iniciativa denominada Global Month of Service destinada a la mejora de barrios y ciudades.  Y nadie mira a Starbucks con recelo o desconfianza por ello.




No es por casualidad que el país más individualista del mundo sea donde la idea de community, comunidad, más ha arraigado. Comunidad en América significa asociarse con otras personas que tienen parecidos intereses para lograr cosas. En español comunidad no equivale a community, casi siempre se refiere al vínculo que une a personas que proceden o viven en el mismo sitio aunque no se unen para fines concretos (si no ver las definiciones del diccionario de la RAE). De hecho, casi siempre que se utiliza esta palabra en la vida cotidiana se refiere a la comunidad de vecinos y tiene un matiz posesivo, malrollista, egoísta, casi opuesto a la idea de community. La otra acepción más frecuente es la de las comunidades autónomas. Pocos ejemplos más demoledores de nuestro concepto de comunidad que el modus operandi y las motivaciones clientelistas que imbrican la vida de las comunidades autónomas.

Individualismo y comunidad van de la mano de la misma forma que el asociacionismo y la entrega a los demás. No es casualidad que sea precisamente en el país del lucro por antonomasia en el que la filantropía y el altruismo están más extendidos y en el que haya más organizaciones no lucrativas.

Tampoco es coincidencia que en países de cuyo nombre no quiero acordarme con altos niveles de desempleo y de número de ni-nis el asociacionismo sea casi inexistente así como el bajo número de voluntarios en las organizaciones no lucrativas.  Lo decía hace poco un informe paneuropeo del BBVA. Un informe serio.