Consejos American Psique: Escuelas
Mostrando entradas con la etiqueta Escuelas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escuelas. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de marzo de 2015

¿Qué se come en las escuelas norteamericanas?


Lunes, para desayunar un trozo de pizza y un zumo de fruta preparado; para comer alubias con queso, un burrito de segundo, verduras congeladas y fruta, generalmente de lata (pueden ser mandarinas, piña o similar almibaradas. Martes, una barra energética de sirope y chocolate y un zumo de fruta preparado; a las once de la mañana, pan de pizza, ensalada verde con aliño de sobre, verduras congeladas y fruta en conserva. Miércoles, un donuts con un zumo de fruta preparado por la mañana; a mediodía, nuggets de pollo, alubias en salsa dulce de tomate, verduras congeladas y unos gajos de manzana envasados al vacío.

Un desayuno tipo, de una escuela pública americana tipo en cualquier estado de la unión. La comida se sirve en bandejas similares a las de los aviones aunque, y parece mentira, sea mucho menos apetitosa que la que sirven las compañías aéreas. Es tan mala, que los únicos que la comen son los chicos que provienen de familias muy humildes, a menudo con ingresos por debajo del salario mínimo. La desigualdad llevada a su maxima expresión.

Sorprende que en un país donde los niños se han convertido en la autoridad, los grandes tomadores de decisiones acerca de todo, donde ir, qué comprar o que colegio o profesor es mejor, al mismo tiempo se les trate tan mal en cuestiones tan básicas. Siempre me ha parecido triste condenar a un niño a comer un sandwich frío de mermelada y mantequilla de cacahuete todos los días o que tengan que llevar la comida en un termo a falta de un microondas o cualquier otro sistema para calentar la comida. La comida es nutrición pero también placer y educación del paladar.

Los edificios de las escuelas norteamericanas son acogedores, concebidos como enclaves donde los niños exponen sus dibujos y otros trabajos en los pasillos, lugares de diversión en los cuáles a menudo se sacrifica el conocimiento por el entretenimiento. Son lugares amables, calurosos. Sin embargo, falta algo en las cafeterias, faltan  las perolas, los pucheros, los cocineros, el olor de los guisos a menudo reemplazado por el de los platos de comida rápida precocinada.

Siempre he pensado que uno de los pocos motivos de orgullo que le sigue quedando a las escuelas en España es la calidad de la comida y ese momento de compartir experiencias y saboresc (o sinsabores) entre los compañeros.

No les privemos de ese rato con comida servida en bandeja de plástico y donde las diferencias de sabor entre los ingredientes y sus texturas apenas se perciben. No sacrifiquemos el placer por las economías de escala y las obsesiones antibacterianas. El sistema ha funcionado bien hasta la fecha y a un precio razonable. ¿Comida casera de calidad y además siguiendo un modelo en el que se informa a los padres de lo que los niños comen y no comen? Un modelo imbatible aunque los españoles no se den cuenta. En Estados Unidos hay muchas escuelas que cuestan dos mil dólares mensuales en la que esto no sucede.

Es cierto que, como dice el artículo publicado en El País la semana pasada, la comida de catering puede cumplir en material de nutrición con los requisitos legales, al igual que sucede en las escuelas norteamericanas, pero todos sabemos que no es lo mismo.

Comer mediocremente es un recorte al estado de bienestar, una pérdida de capital social y económico tan grande como el recorte de cualquier subsidio. Como dicen Ferrán Adrià, comer es una de las pocas cosas que los humanos hacemos desde el principio al fin de nuestras vidas.

sábado, 28 de diciembre de 2013

¿Donde está la buena educación?


Una buena educación es el nuevo fetiche, el Santo Grial del siglo XXI.

Conozco muchos padres que gastan el dinero que no tienen en mandar a sus hijos a lo que piensan es un buen colegio, que no pegan ojo si sus vástagos vienen de la escuela hablando de un profesor que ha realizado un comentario inconveniente, que vigilan 24/7 que toda actividad que realicen sus hijos sea de acuerdo a una filosofía educativa determinada o que han desterrado la televisión de las vidas de sus hijos por considerarla corrupta.

Al habitual binomio dinero y sexo en la lista de aspiraciones de las personas, se une una buena educación. Dentro de lo que hoy se considera una buena educación ya no figura la palabra cultura, de hecho la expresión ser una persona culta ha desaparecido prácticamente, sino otras como creatividad, innovación, destrezas, felicidad, capacidad emprendedora o autonomía.

Montar una empresa se considera más importante que escribir una novela, inventar un revolucionario método de pago en Internet garantiza un lugar en la historia más que pintar un cuadro, un emprendedor es más sexy que un director de cine o un neurocirujano.

No estoy de acuerdo con la profesora Ravitch en que haya que absolver un sistema educativo sólo porque aporta éxito económico e iniciativa empresarial como ella hace con el norteamericano. Nadie puede negar, y todos conocemos ejemplos de ello, que una persona relativamente poco educada con iniciativa empresarial puede ser más productiva que una persona muy educada sin esa característica.

Sin embargo, no me resigno a que mis hijos, ambos matriculados en escuelas públicas de los Estados Unidos, se graduen de cualquier universidad, incluso aunque sea de la IVY League, sin saber la diferencia entre gótico y románico o sin haber oído nunca hablar de Tiziano como sucede a menudo a muchos norteamericanos que deambulan por Europa.

Ravitch tiene su punto de razón en que hay que relativizar el informe PISA. Una prueba de matemáticas y otra de comprensión lectora a chavales de quince años tampoco constituye necesariamente una evidencia del nivel educativo de una población.  Si acaso, un pequeño indicio.

Sin embargo, las soluciones clásicas tampoco funcionan anymore.  Nada resulta más anacrónico que asociar una buena educación al alineamiento con ciertos cánones como el de Dietrich Schwanitz  en cuanto a lo que constituye una buena cultura general o el de Harold Bloom en literatura. Sociedades cada vez más plurales y relativistas los consideran vergonzosos, cuando no reaccionarios, y opuestos al ideal igualitarista que ve en ellos una peligrosa tentativa de refeudalización de la educación en las clases altas que, en una época en que  determinada educación de calidad se percibe como un bien de lujo, pueden permitirse estudiar por amor al arte sin pensar en las salidas profesionales.

Acaso tengan razón.

Cada uno tiene más o menos claro lo que es la mala educación, pero no necesariamente lo que es la buena. De la misma forma que un concepto holístico y normativo de cultura ha periclitado, nadie tiene demasiado claro, y el que lo afirme miente, lo que es una buena educación. Se mide lo que se puede. En el mundo de la educación más que en otros, no todo lo que puede medirse es lo que vale la pena o se debe medir.

El futuro consiste no tanto en saber en que consiste una población bien educada sino, como ha sucedido con otros aspectos de la vida en la era posmoderna, quizás en renunciar a hacerse esa misma pregunta.

domingo, 19 de agosto de 2012

El tupper y la libertad


Con el argumento de que las familias puedan disponer de más opciones de ahorro en tiempos de crisis severa, varias comunidades autónomas españolas permiten, o están estudiando de hacerlo, a los estudiantes de la enseñanza pública la posibilidad de llevarse su propia comida a la escuela en lugar de pagar por la comida del comedor como hasta ahora. Para algunos españoles, como el Secretario General de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, una medida semejante supone una regresión a tiempos predemocráticos.

Lo cierto es que esta es una práctica habitual en las escuelas norteamericanas. En la inmensa mayoría de ellas, los centros educativos no disponen de cocina propia y la comida es suministrada por empresas de catering. Suele ser una comida de ínfima calidad por distintas razones. En primer lugar por su bajo coste, suele oscilar entre los 3 y los 3,5 dólares por menú, que es en muchos casos inferior al de los reclusos. En segundo lugar, porque al ser preparada por empresas que se encuentran a bastantes kilómetros, la comida llega en malas condiciones de frescura y los menús son muy limitados. Por último, la cultura culinaria imperante, basada en una elevada ingestión de grasas y carbohidratos y cuya pretensión principal es únicamente que los chicos coman y se diviertan, suele priorizar las preparaciones que se comen con las manos, como la pizza, los nuggets de pollo, hamburguesas y otras lindezas por el estilo. Se da, por tanto, la circunstancia de que el menú diario servido en las escuelas públicas norteamericanas es como el de las líneas aéreas pero mucho peor, si cabe.









En este sistema, optar a becas de comedor se antoja difícil a no ser que la familia pueda justificar una situación de pobreza bastante severa, por lo que se da la curiosa circunstancia de que los que comen en el comedor todos los días suelen ser los más pobres, los más necesitados y arrastran una cierto estigma social. El resto de los chicos, amparados en la extrema flexibilidad que ofrecen las escuelas de elegir que días quiere uno comer en función del menú que ha sido anunciado a principios de mes, eligen comer de menú en días aislados y prefieren, en muchos casos, un sandwich traído de casa o comidas frías ya que las escuelas no disponen de microondas para utilización del alumnado. La razón principal es la baja calidad de la comida ofrecida por las escuelas y también el derecho a que cada uno haga con su dinero lo que le da la gana.

En un país de la tradición democrática de los Estados Unidos, eso es la democracia y, por tanto, la libertad de la que Gómez parece saber tan poco. El derecho a comer mal, a comer frío, a ahorrarse unos dólares al mes, a equivocarse.