Consejos American Psique: chovinismo
Mostrando entradas con la etiqueta chovinismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta chovinismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de junio de 2016

La gran paradoja de la cultura norteamericana

Nadie discute que la hegemonía estadounidense se sustenta, entre otras cosas, en su capacidad para seguir atrayendo gente de todo el mundo que en un tiempo relativamente corto se sienten parte de la sociedad americana. Es una idea tan obvia que no hace falta dar ejemplos. Con o sin Donald Trump, la sociedad americana es y seguirá siendo la más integradora del mundo y su modelo no es tan fácil de imitar como a muchos les gustaría.

Sin embargo, al mismo tiempo, a pocos ciudadanos en el mundo les cuesta más penetrar en las culturas ajenas que a los norteamericanos. Entender otras sociedades, conocer su cultura popular, su política o sus escritores. Más allá de los susodichos restaurantes de comida étnica que profileran por doquier, el americano medio, y no tan medio, se sigue inyectando por vía intravenosa fundamentalmente cultura americana o anglosajona en el mejor de los casos. Uno no tiene más que poner la televisión o entrar en cualquier librería para darse cuenta.

Podría decirse que si bien la sociedad de los Estados Unidos ha sido un gran ejemplo de integración y de tolerancia, al menos en comparación con el resto del mundo, no lo ha sido tanto de eso que se denomina “abrazar otras culturas”) (to embrace other cultures), es decir, tener interés por lo que pasa en otros países más allá del gran evento de turno. Y este es un aspecto en el que la sociedad americana se  diferencia de otras en que no son solo las que podríamos llamar clases populares las que no se interesan por lo que pasa fuera sino también buena parte de la gente más educada o las élites las que tienen problemas entender la perspectiva que tienen del mundo en países más pequeños con un déficit crónico de atención.

Y no faltan recursos ni atención al problema: clases de comunicación intercultural en todos los curricula, oportunidades a mansalva para ayudar en países en vías de desarrollo a través de organizaciones como U.S. Peace Corps, becas Fulbright, programas para enseñar inglés en el extranjero y un larguísimo etcétera.


En muchos sentidos se olvida lo más importante. La enseñanza de lenguas extranjeras. Pocas situaciones ponen a una persona en una situación más vulnerable que tener que hablar en una lengua que no es la suya y no domina. Incluso el más poderoso se siente frágil, inferior en cierto modo.

Tanto o más importante que recibir un curso estándar sobre taxonomias culturales es hacer sentir a la gente esa vulnerabilidad que también es la capacidad de ver y sentir el mundo a través de otros ojos ya que las lenguas son formas de entender el mundo.


Hasta que esto no cambie, Estados Unidos seguirá siendo una sociedad paradójica: hospitalaria y ombligista al mismo tiempo en la que sus ciudadanos tienen evidentes dificultades para relacionarse con gente de otras culturas fuera de un ambiente transaccional.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El nacionalismo tal vez no se cura viajando

Se oye y lee mucho en España esa frase de “el nacionalismo se cura viajando”, “ese no ha salido de su pueblo”, “tiene la barretina calada hasta las cejas y les obstruye las ideas” y cosas parecidas.

Suele utilizarse cuando se quiere poner en su sitio a los nacionalistas periféricos que creen que las pequeñas cosas hacen grandes diferencias y se sienten, en el fondo y a menudo en la forma, mejores, superiores.

No estaría mal que el nacionalismo o chovinismo se curara yendo a veranear a Almería o al Valle del Jerte pero todos sabemos que no es así.  En muchos casos, la gente utiliza sus viajes o acceso a otras realidades para ensalzar las diferencias, sentirse a gusto consigo mismos.

En las universidades estadounidenses ha ganado terreno con fuerza en estos últimos años la importancia de viajar a países extranjeros como parte de la experiencia universitaria. Hay incluso programas que hacen obligatorio tener una experiencia en otros países para poder graduarse.

No seré yo el que lleve la contraria en este terreno ya que uno de los puntos débiles de los americanos es su tendencia a verse como miembros del ecosistema por excelencia, lo cual les exime en buena parte de aprender lenguas extranjeras, ver películas de otras cinematografías o traducir otras literaturas.

El problema que he observado es que estas experiencias “overseas” con frecuencia acaban en degenerando en un sentimiento de condescendencia. Vale, tu país es un desastre, no funcionan las infraestructuras, la gente no tiene dinero y las casas son pequeñas y contrahechas. Sin embargo, la gente es estupenda, no como esos paisanos míos egoístas y materialistas. “Es la gente, estúpido” como viene a decirnos la autora de este reciente artículo publicado en The Atlantic Monthly que con planteamientos similares uno leer en muchos periódicos de las universidades.

Ese es en buena medida el resumen de muchos americanos que me he encontrado acerca de sus experiencias en Colombia, Nicaragua, El Salvador, China o Egipto. Cuando van a Europa es un poco distinto ya que, como dice Vicente Verdú, el viejo continente les parece una especie de tercer mundo elegante. Pero solo hasta cierto punto.

Tienen claro una cosa, a eficiencia y en organización no les gana nadie. Literalmente no les entra en la cabeza. Muy escasas veces se escucha en conversaciones o forums debatir o intentar copiar como sus mayores problemas se han resuelto en otras latitudes. Superándoles en eficacia e incluso en productividad.

La superación de estas cuestiones significa, en bastantes casos, que en unos cuantos lugares del mundo la gente vive con mayor tranquilidad, seguridad y calidad de vida aunque tengan casas más pequeñas. Pongamos que hablo del sistema de salud, el control de las armas, el cuidado de la cadena alimentaria que en América deja bastante que desear o el paupérrimo nivel educativo del americano media.  Pilares todos ellos de lo que constituye tener una buena vida y que algo tienen que ver con la eficacia.


Y de eso, incluso los americanos educados y viajados jamás hablan.