Consejos American Psique: Viajar
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miércoles, 2 de diciembre de 2015

El nacionalismo tal vez no se cura viajando

Se oye y lee mucho en España esa frase de “el nacionalismo se cura viajando”, “ese no ha salido de su pueblo”, “tiene la barretina calada hasta las cejas y les obstruye las ideas” y cosas parecidas.

Suele utilizarse cuando se quiere poner en su sitio a los nacionalistas periféricos que creen que las pequeñas cosas hacen grandes diferencias y se sienten, en el fondo y a menudo en la forma, mejores, superiores.

No estaría mal que el nacionalismo o chovinismo se curara yendo a veranear a Almería o al Valle del Jerte pero todos sabemos que no es así.  En muchos casos, la gente utiliza sus viajes o acceso a otras realidades para ensalzar las diferencias, sentirse a gusto consigo mismos.

En las universidades estadounidenses ha ganado terreno con fuerza en estos últimos años la importancia de viajar a países extranjeros como parte de la experiencia universitaria. Hay incluso programas que hacen obligatorio tener una experiencia en otros países para poder graduarse.

No seré yo el que lleve la contraria en este terreno ya que uno de los puntos débiles de los americanos es su tendencia a verse como miembros del ecosistema por excelencia, lo cual les exime en buena parte de aprender lenguas extranjeras, ver películas de otras cinematografías o traducir otras literaturas.

El problema que he observado es que estas experiencias “overseas” con frecuencia acaban en degenerando en un sentimiento de condescendencia. Vale, tu país es un desastre, no funcionan las infraestructuras, la gente no tiene dinero y las casas son pequeñas y contrahechas. Sin embargo, la gente es estupenda, no como esos paisanos míos egoístas y materialistas. “Es la gente, estúpido” como viene a decirnos la autora de este reciente artículo publicado en The Atlantic Monthly que con planteamientos similares uno leer en muchos periódicos de las universidades.

Ese es en buena medida el resumen de muchos americanos que me he encontrado acerca de sus experiencias en Colombia, Nicaragua, El Salvador, China o Egipto. Cuando van a Europa es un poco distinto ya que, como dice Vicente Verdú, el viejo continente les parece una especie de tercer mundo elegante. Pero solo hasta cierto punto.

Tienen claro una cosa, a eficiencia y en organización no les gana nadie. Literalmente no les entra en la cabeza. Muy escasas veces se escucha en conversaciones o forums debatir o intentar copiar como sus mayores problemas se han resuelto en otras latitudes. Superándoles en eficacia e incluso en productividad.

La superación de estas cuestiones significa, en bastantes casos, que en unos cuantos lugares del mundo la gente vive con mayor tranquilidad, seguridad y calidad de vida aunque tengan casas más pequeñas. Pongamos que hablo del sistema de salud, el control de las armas, el cuidado de la cadena alimentaria que en América deja bastante que desear o el paupérrimo nivel educativo del americano media.  Pilares todos ellos de lo que constituye tener una buena vida y que algo tienen que ver con la eficacia.


Y de eso, incluso los americanos educados y viajados jamás hablan.

sábado, 31 de enero de 2015

Reflexiones demasiado en caliente acerca de la experiencia de viajar


Viajar se ha convertido en el gran fetiche contemporáneo. A ver quien es el guapo que dice que no le gusta. Pasará por loco, estúpido o las dos cosas a la vez.

Porque si no no se entiende que nuestros codiciados días de vacaciones los pasemos esperando colas interminables para facturar el equipaje, devanándonos los sesos para entender porque las maquinitas no acaban de emitir nuestra tarjeta de embarque, aguantando sin pestañear los habituales retrasos, preguntas impertinentes de funcionarios de seguridad, despojándonos de nuestras ropas y complementos en tiempo récord, sometidos a sobeteos o a radiaciones innecesarias, pagando precios abusivos por un sandwich o una ensalada,  soportando los gritos o malas caras de los auxiliares de vuelo por no seguir las instrucciones correctamente, o resignados a comer alimentos de mala calidad embutidos en incómodos y apretados sillones.

Y por si eso fuera poco, si tenemos un problema o un malentendido antes o después del viaje debemos pasar el purgatorio de esperas interminables al otro lado del teléfono escuchando melodías abominables antes de que nos atienda un operario robotizado.

Si, viajar se ha convertido en un gran suplicio pero lo cierto es que cada vez viajamos más y los que no lo hacen es porque no pueden. La agresiva competencia entre las empresas del sector viajes no ha servido mucho para mejorar la experiencia. De hecho, nos encontramos en caída libre. El tiempo de gestión y tránsito se ha convertido en un mal trago necesario que hay que pagar para sentirnos distintos por unos días.

¿Dice la gente la verdad cuando, a la vuelta, confiesan haber vivido buenas experiencias en sus viajes relámpago a Tailandia, Roma o Estambul? Es verdad que quizás hayamos visto algunas buenas fotos en Facebook o Instagram, el equivalente contemporáneo a las insufribles sesiones de diapositivas conque los familiares y amigos nos castigaban antiguamente, pero la verdad es que uno cada vez tiene más dudas de que la gente disfrute tanto como dice.

La impresión que uno tiene muchas veces es que a la gente le gusta más contarlo que vivirlo. Como sucede a menudo con esos conocidos que han estado en restaurantes con estrellas Michelín hacienda un gran esfuerzo económico e invariablemente te dicen que ha sido una de las mejores comidas de su vida aunque al cabo de dos semanas ya hayan olvidado lo que comieron.

Lo mismo sucede con los viajes, un buen puñado de anécdotas viajeras sabiamente dosificadas se ha covertido en un elemento forjador de nuestra identidad. ¿De qué hablan acaso en las primeras citas la gente que se conoce a través de las webs de contactos o relaciones personales?

Viajar y mostrarlo lo antes posible en las plataformas sociales enaltece nuestro valor como sujetos y objetos gracias al voyeurismo de los demás y al valor de la experiencia y el recuerdo.

Los más ilusos siguen diciendo que el nacionalismo se cura viajando pero no es lo que yo me he encontrado. La mayoría de las veces viajar solo sirve para que el viajero subraye las diferencias entre su lugar de origen y el sitio visitado. Existen grandes nacionalistas que han viajado mucho, que vuelven quejándose de lo sucias que estaban las calles, la contaminación y lo mal que le sentó tal o cual comida.

Y, sin embargo, es cierto que los viajes siguen siendo la mejor forma de despojarse del pesado fardo de la identidad, que es al fin y al cabo el único método de ausentarnos del mundo manteniendo los pies en el suelo.

Viajar es un placer aunque sea un coñazo.