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miércoles, 17 de agosto de 2016

Dos Españas, dos Américas


Cualquiera que haya viajado un poco por el mundo se da cuenta de que hay dos Españas (no las que se dicen), dos Américas, dos Gran Bretañas, etc... Una parte de los países es siempre rural, más o menos tradicional y pobre en términos relativos mientras que la otra es urbana, cosmopolita y hedonista. Una no entiende a la otra pero tampoco se entiende sin la otra.

El nuevo libro de Sergio del Molino, comentado por Juan Cabrera en este breve texto, explica esta división, particularmente aguda en España debido a la despoblación, pero que puede observarse en casi cualquier país industrializado hoy día.


El paisaje como invención

A propósito de la lectura de
'La España vacía', de Sergio del Molino

Pocas veces trasciende uno de los mayores problemas que tiene este país, el de la desploblación y olvido de ese gran donut de tierra que rodea a Madrid y que comprende las dos Castillas, Aragón y Extremadura. Un proceso que, a pesar de la propaganda franquista, que muchas veces buscó las esencias de la nación en los montes de Gredos o en la llanura castellana, se aceleró con el éxodo que tuvo lugar entre 1950 y 1970, y que dejó un desierto humano que hoy, y también a pesar de la retórica de nuestros políticos, no tiene paragón en Europa si se exceptúan los territorios helados de Laponia y del norte de Escandinavia.  


De ese gran desequilibrio, que ni la democracia no la descentralización autonómica han logrado corregir, y del que habitualmente sólo hablan algunos, como Julio Llamazares, pero que en general ha estado ausente del debate público, y que condiciona sin que nos demos cuenta la economía, la sociedad y la política de este país, trata este espléndido libro Sergio del Molino, un periodista que se crió en un pueblo y que durante años recorrió en coche esa España olvidada.


En realidad, Del Molino hace un ejercicio de restitución, porque fija la mirada en un país “que nunca ha sido dueño de sus propias palabras” y que “siempre ha estado contado por otros”. A desentrañar y darle voz propia a ese paisaje olvidado o, en el mejor de los casos, inventado a base de mitos, sobreentendidos y conveniencias literarias por artistas y escritores urbanos, se aplica Del Molino en un libro que va, sin que nos demos cuenta, del reportaje periodístico y la crónica de viajes al apunte autobiográfico, pasando por el análisis literario o el comentario económico y sociológico.


Del Molino analiza con sabiduría y siempre con la palabra precisa y reposada del que le ha dado muchas vueltas al tema. Y para ello no duda en recurrir a comparaciones audaces y ancladas en la cultura compartida, como cuando habla de la adaptación del tradicionalismo carlista a la España moderna y urbana de los 70 a través de la figura del locutor de radio Joaquín Luqui.


Del Molino escribe un libro bien documentado y ameno que a uno no le gustaría terminar nunca, y que reflexiona sobre la carga de invención y sentimentalismo que nos ha dejado la cultura española que se ha acercado desde las ciudades a esa España desolada, para dar una visión pretendidamente áspera y derrotista. Desde el relato tremendo de Buñuel en su famoso –aunque poco visto- documental sobre Las Hurdes, o la crónica de los asesinatos de Casas Viejas por el joven periodista Ramón J. Sender, a las andanzas del lumpen ibérico que aterriza en el Madrid castizo de la inmediata posguerra –que se pueden ver en la película Surcos- o la Barcelona de los 60, tan bien narradas por Juan Marsé.


La España vacía es un excelente y poliédrico ensayo que repasa un siglo y medio de divorcio entre la realidad de la España olvidada y la imaginación de los intelectuales capitalinos a los que tocó contar su historia, y que casi siempre apuraron su relato para subrayar los tintes más dramáticos de la vida lejos de las ciudades, un mundo –según nos contaron- atenazado por la pobreza, el inmovilismo,  la desconfianza, la brutalidad y la muerte. Ese mundo de violencia latente que tan bien reflejó Sam Peckinpah en Perros de paja y que aquí también sedujo al Lorca de Bodas de sangre o al Cela del Pascual Duarte.


La España vacía está cargado de referencias a la cultura de ceja alta, pero también a la más popular. Para ilustrar el abismo que se ha abierto entre esos dos mundos que se tocan pero que en el fondo marchan por separado, sin fiarse el uno del otro: el de los territorios de aluvión y de barriadas de casas baratas y especulación urbanística en que se convirtieron Madrid y las grandes ciudades costeras, y el del interior, con miles de pueblos que se han quedado sin vecinos y hoy están habitados por fantasmas, Del Molino se retrotrae a la prosa con aires de exaltación patriótica de Azorín, o al esencialismo de Unamuno, y también analiza el redescubrimiento del “gran trauma” rural que, en bajo los brillos cegadores de la movida madrileña, supusieron los libros crepusculares de Julio Llamazares. Pero también habla el periodista del reflejo de ese país imaginario y olvidado en las canciones populares, en las letras provocativas y desinhibidas de Extremoduro o en la iconografía televisiva de una serie como Cuéntame, donde el divorcio campo-ciudad es tan protagonista como los torpes ejercicios de grandeza del patriarca Antonio Alcántara.


Al final del libro de Sergio del Molino hay un sentido homenaje a esos artistas –neorrurales los llama en algún momento- que en los últimos tiempos renunciaron a la aceptación rápida que puede proporcionar una obra cargada de referentes y guiños a códigos urbanos compartidos, y buscaron una voz propia entre las esencias de la tierra, aunque eso supusiera cierto olvido y quedar al margen del gusto dominante. Es el caso del tanguista  Cristóbal Peppeto, del poeta navarro Hasier Larretxea o del novelista extremeño Jesús Carrasco, quien amplía –acompañado de éxito de público y crítica, eso sí- los horizontes del desgastado idioma con la palabra olvidada o en desuso de la llanura para construir un cautivador relato de supervivencia.


Son los nietos de los que abandonaron a mediados del siglo pasado la vida dura del campo y emprendieron camino a la ciudad, en busca de una existencia más confortable, y que ahora hacen el viaje de vuelta, aunque sea artísticamente, recuperando las palabras y los sonidos olvidados. A modo de invocación mágica de esa España que sus padres y sus abuelos han seguido anhelando secretamente, un mundo que habita en la conciencia más íntima de tantas familias de este país.

jueves, 4 de agosto de 2016

De que hablamos cuando hablamos de leer

Da la impresión de que nos encontramos en tránsito hacia una cultura oral, una especie de regreso a los orígenes del hombre.

Parece que a la gente le cuesta más abrir un libro que nunca. No sólo lo dicen las ventas de libros, que han bajado considerablemente, sino una cultura ambiente en la que prima la idea de experiencia sobre el conocimiento.

No se considera versado en Londres o la historia de Ana Frank, a aquel que ha leído a Dickens o el diario de Ana Frank sino al que ha viajado a la capital inglesa, aunque haya sido un fin de semana con un paquete turístico de bajor coste,  o el que ha entrado en la casa natal de la escritora en Amsterdam. Ir, sentir no importa qué, gana la partida a estar y leer, al supuesto intermediario que te cuenta la historia.

Es verdad que una gran parte de los lectores de periódicos en papel se ha pasado a las ediciones digitales, pero, lo dice el tiempo que pasa la gente en cada artículo, se lee distinto, menos, raramente se llega hasta el final de los artículos.

También es cierto que, especialmente los jóvenes pero no sólo, pasan mucho tiempo en los medios sociales al fin y al cabo “leyendo”, decodificando símbolos escritos, pero la verdad es que cada vez más “se escribe como se habla”, leemos pero en realidad es como si estuvieramos escuchando una jerga poco elaborada, hecha para el consumo y la destrucción instantánea, que aunque podamos recuperar en realidad es una hipótesis que no nos interesa, como las imágenes que circulan en Snapshot.

Estudiar los libros de texto, leer interminables artículos académicos está cada vez más desprestigiado en el mundo de la enseñanza convencional. Prima la idea de que el aprendizaje es producto de la experiencia, de compartir con otros. El ratón de biblioteca que deglute libros en solitario, si es que todavía existe, se considera un fracasado, alguien que no ha entendido el signo de los tiempos. El profesor que prescribe demasiadas lecturas que requieren demasiado tiempo no ha entendido lo que es un mundo que se mueve a la velocidad de la luz. Leer pasa por no ser un trámite ineludible para aprender, sino más bien al contrario.

Hemos pasado, al menos en términos de lo que es el ideal normativo, de un extremo a otro del péndulo, de las, al menos teóricamente soporíferas e inútiles lecciones magistrales a la dictadura del trabajo en grupo, las discusiones y el refuerzo positivo.

En España, por un complejo histórico archiconocido, nos gusta abrazar las modas y las vanguardias acríticamente. Eso incluye la pobreza de las bibliotecas de las escuelas españolas, incluso las de élite, que están despobladas de libros.

En los Estados Unidos, que nunca ha tenido problema en negar las tradiciones pero también en inventarlas si es necesario, las bibliotecas de los colegios están llenas de libros, a los estudiantes se les invita a visitarlas durante el horario lectivo, a llevarse libros prestados, a leer a Dashiel Hammett o a J. K. Rowling aunque antes no hayan leído a Shakespeare.

Aquí hay que haber leído ineludiblemente el Cantar del Mio Cid y la Celestina antes de llegar a Lorenzo Silva o a Elvira Lindo.

Así nos va.


domingo, 19 de junio de 2016

Escribir es estúpido

Escribir es estúpido, viene a decir Vicente Verdú en uno de sus últimos artículos.

Crear contenido que no tenga carácter técnico no tiene futuro, ni presente, y está condenado a la irrelevancia.

El interés por la ficción o el ensayo es una llama que se apaga lentamente.

El escritor holístico es una figura del pasado, ridícula, pretenciosa y absurda. Ya ni siquiera se nabla de malos escritores, habida cuenta de que los escritores no importan.

La idea de que es el escritor es vocacional, de que escribe para si mismo si nadie le quiere leer, ha muerto también. Hay muchos escritores que han dejado de hacerlo porque no vale la pena. Ni pueden monetarizar lo que escriben ni tienen un número mínimo de lectores. Una situación que empieza a afectar a escritores antaño considerados conocidos.

No menciona Verdú a los blogs, supongo que porque la immensa mayoría no genera dividendos económicos y porque es un sector ya de por si minifundista. También, me temo, porque en el fond Verdú sólo considera escritura seria aquella que se publica en papel impreso.

Que refrescante y saludable leer a Verdú en estos tiempos en que el pensamiento positivo ya forma parte del credo de la corrección política. Que bueno leer verdades que duelen.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/10/actualidad/1465569941_821510.html


jueves, 2 de junio de 2016

Vivir con los padres también en América

Hace una semana Pew Research Center anunciaba los resultados de un estudio según el cual por primera vez en la historia vivir con los padres era la situación más común de los jóvenes americanos de entre 18 y 34 años. El diecinueve por ciento de los más mayores, aquellos que se encuentran entre los 25 y 34 años, también viviría con sus progenitores.
  
Es la proporción más alta de jóvenes que viven en esta situación desde que se tiene noticia. Concretamente, un tercio de todos ellos, lo que supone una proporción mayor que los que viven con sus esposas o parejas.  

¿Qué está pasando?  Hay preocupación. Cuando la gente vive en su casa no se compra o alquila otras casas. No necesita neveras, sofás o máquinas cortadoras de césped.

Los precios de las casas están volviendo a subir no tanto porque haya demasiada demanda como porque hay muy poca oferta y no se han construido casas nuevas.

Todo ello sucede en un ambiente de cierto bienestar económico con una tasa de desempleo inferior al 5 por ciento.

Nadie tiene una respuesta concluyente a lo que está pasando pero esta no pasa por decir que la sociedad americana se esté italianizando o españolizando. De hecho, las familias norteamericanas no son precisamente un ejemplo de solidez. No,  el deseo de independencia y autonomía de los jóvenes en Norteamérica es intenso ya que son educados para sentirse los capitanes de su propio barco.

Hay varias hipótesis. La gente se casa más tarde y los solteros actuales prefieren estar en casa por una cuestión de comodidad, eso que tanta gracia nos hace de “la mesa puesta” a que se refiere Jose Mota en su programa.

Se publica mucha literatura estos días acerca de la cultural del “hook up” de los millennial Americanos acostumbrados a relaciones sexuales puntuales sin demasiado componente afectivo. Hay incluso libros que hablan de que el concepto de tener novio o novia está obsoleto entre los miembros de una cierta generación.

Tampoco puede dejarse de lado que la vida se ha encarecido extraordinariamente en las grandes áreas metropolitanas donde los alquileres no bajan de los 2.000 dólares por un apartamento pequeño mientras que los salarios de entrada para muchos recién graduados son de 30.000 al año antes de impuestos. Otros muchos tienen préstamos universitarios que pagar de 50 o 60 mil dólares o están trabajando en prácticas  sin percibir salario o por 10 dólares la hora.

En suma, que vivir con los padres hasta edades avanzadas empieza a ser en Estados Unidos también un asunto de clase como tantos otros del que se encuentran a salvo aquellos que viven en los super ZIP, esos códigos postales concentrados mayormente en las costas en los que vive la clase media-alta o muy alta y en los que viven mucho de los jóvenes que acuden a las universidades de élite.

Y todo ello sucede, se ponga Trump como se ponga, en uno de los momentos en que la hegemonía corporativa y cultural de Estados Unidos es mayor.

América sigue siendo grande pero hay cosas en las que empieza a parecerse a los países considerados pequeños.


jueves, 11 de febrero de 2016

Latifundistas simpáticos

En España la palabra latifundio tiene connotaciones evidentemente negativas. Nos suena  a atraso secular, pasado rancio e injusticia social, a grandes fincas en Andalucía y Extremadura trabajadas por jornaleros que perciben sueldos de hambre.

La posesión de grandes extensiones de tierra por alguien que no es el estado parece impropio de las sociedades desarrolladas.

No faltan razones para ello.

Sin embargo, los latifundios siguen existiendo y no solo en Latinoamérica o Africa. 

Los noticieros americanos han anunciado casi con alborozo que el multimillonario Stan Kroenke, dueño de uno de los principales equipos de la NFL, los Rams de Saint Louis, ha comprador 520.000 acres de tierra en el estado de Texas o, dicho de otro modo, el equivalente a la extension de Los Angeles y Nueva York juntas, dos ciudades que no son pecata minuta.

La finca, por decirlo de un modo suave, tarda en recorrerse varios días y comprende mil pozos de petróleo, unas 7.000 cabezas de ganado y una gran riqueza ecológica.

Gracias a esta adquisición, Stan Kroenke se convierte en uno de los cinco grandes latifundistas norteamericanos junto a Ted Turner.

Se supone que el magnate norteamericano ha pagado unos 725 millones de dólares o alrededor de un 10 por ciento de su fortuna que ronda los 7.200 millones de dólares.

La noticia ha sido cubierta casi como si se tratara de una curiosidad, un suceso simpático al tratarse de alguien vinculado al mundo del deporte. Ninguna valoración de las implicaciones sociales  o económicas de este tipo de adquisiciones. De que un solo postor se haya hecho con una cantidad de terreno similar a la mitad del estado de Rhode Island. Si sucediera en Colombia o Argentina, que no oiríamos sobre esas sociedades.

Es cierta que la posesión de tierra ha perdido valor o incluso prestigio. Que en un país todavía inmenso para la población que alberga esto se pone más de manifesto, pero no deja de sorprender que cuando el tema de la desigualdad y un cierto sentimiento de rebelión contra las élites está latente en la campaña electoral, este tipo de noticias pasen relativamente inadvertidas.

El mundo definitivamente ha cambiado. Los nuevos latifundistas son los grandes inversores de Wall Street, los magnates de la tecnología o incluso la clase política. Los viejos latifundistas resultan hasta simpáticos.


jueves, 21 de enero de 2016

Un mundo sin españoles

Hay una tipología de españoles a los que les gustaría un mundo sin españoles. La de los que quieren aprender inglés de verdad, del bueno. Ver películas americanas sin subtítulos, leer libros sin que cueste trabajo y tener que recurrir al diccionario constantemente, enterarse del 95 por ciento en una conversación telefónica.

Son los que estudiaron inglés cuando existía la EGB en clases de 35 alumnos con profesores de Moratalaz. Fueron seis o siete años a academias privadas. Pasaron algunos meses de agosto en Londres o el sur de Inglaterra. Nunca dominaron del todo la lengua de Shakespeare. Sigue siendo su asignatura pendiente.

Otros, con menos recursos económicos no pudieron ni eso. Los más valientes se fueron a hacer camas o servir mesas a las islas británicas. Aprendieron el inglés de los restaurantes, ese working English que hablan los inmigrantes luchando siempre por no pasar demasiado tiempo con otros españoles.

Ahora, muchos de esa generación tienen hijos y piensan que no quieren repetir errores pasados. Conozco unos cuantos. No quieren que sus hijos vayan a Irlanda y se acaben trayendo una novia de otro pueblo de la periferia de Madrid o de Barcelona. En teoría el mundo se ha ensanchado y las posibilidades son mayores. Ya no es sólo Londres y Dublín sino Canadá, Australia e incluso Nueva Zelanda. Parece posible vivir en un sitio en el que no hay españoles.

Se paga mucho por ello. Un campamento de verano remoto en la costa del Pacífico de los Estados Unidos. Se paga incluso por trabajar. Mil dólares al mes en Australia pagando clases de inglés para poder trabajar de limpiador y ganar 1.600. Todo para estar lo más lejos posible. En un mundo sin españoles.

Hay que reconocer que hasta ahora la cosa no es que haya funcionado muy bien. El inglés en España, un país que acoge a 70 millones de turistas al año, se sigue hablando poco y mal. Seguimos esperando tener un presidente del gobierno que hable inglés pero es que el nivel de bastantes recepcionistas de hotel, cuadros altos e intermedios de nuestras empresas no es mucho mejor.

Y, sin embargo, no será por falta de horas y dinero empleado en el intento. Todos conocemos gente que lleva de una manera u otra estudiando ingles toda su vida y apenas lo chapurrea y entiende. El clásico nivel medio-alto que muchos todavía escriben en sus curricula.

Lo curioso es que en muchos casos es la derecha considerada tradicional española la parte de la sociedad que no sólo más busca ese mundo ideal sin españoles sino que más ha renunciado a cualquier adscripción española de la educación. Los que no se plantean enviar a sus hijos a una universidad que no sea extranjera o los matriculan en cualquier liceo extranjero de su ciudad.

Y no es sólo por la cosa del idioma.