Consejos American Psique: economía
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jueves, 11 de febrero de 2016

Latifundistas simpáticos

En España la palabra latifundio tiene connotaciones evidentemente negativas. Nos suena  a atraso secular, pasado rancio e injusticia social, a grandes fincas en Andalucía y Extremadura trabajadas por jornaleros que perciben sueldos de hambre.

La posesión de grandes extensiones de tierra por alguien que no es el estado parece impropio de las sociedades desarrolladas.

No faltan razones para ello.

Sin embargo, los latifundios siguen existiendo y no solo en Latinoamérica o Africa. 

Los noticieros americanos han anunciado casi con alborozo que el multimillonario Stan Kroenke, dueño de uno de los principales equipos de la NFL, los Rams de Saint Louis, ha comprador 520.000 acres de tierra en el estado de Texas o, dicho de otro modo, el equivalente a la extension de Los Angeles y Nueva York juntas, dos ciudades que no son pecata minuta.

La finca, por decirlo de un modo suave, tarda en recorrerse varios días y comprende mil pozos de petróleo, unas 7.000 cabezas de ganado y una gran riqueza ecológica.

Gracias a esta adquisición, Stan Kroenke se convierte en uno de los cinco grandes latifundistas norteamericanos junto a Ted Turner.

Se supone que el magnate norteamericano ha pagado unos 725 millones de dólares o alrededor de un 10 por ciento de su fortuna que ronda los 7.200 millones de dólares.

La noticia ha sido cubierta casi como si se tratara de una curiosidad, un suceso simpático al tratarse de alguien vinculado al mundo del deporte. Ninguna valoración de las implicaciones sociales  o económicas de este tipo de adquisiciones. De que un solo postor se haya hecho con una cantidad de terreno similar a la mitad del estado de Rhode Island. Si sucediera en Colombia o Argentina, que no oiríamos sobre esas sociedades.

Es cierta que la posesión de tierra ha perdido valor o incluso prestigio. Que en un país todavía inmenso para la población que alberga esto se pone más de manifesto, pero no deja de sorprender que cuando el tema de la desigualdad y un cierto sentimiento de rebelión contra las élites está latente en la campaña electoral, este tipo de noticias pasen relativamente inadvertidas.

El mundo definitivamente ha cambiado. Los nuevos latifundistas son los grandes inversores de Wall Street, los magnates de la tecnología o incluso la clase política. Los viejos latifundistas resultan hasta simpáticos.


martes, 1 de septiembre de 2015

Hay grandeza en las propinas


La propina no es una dádiva o mera calderilla, como se piensa en España.  Jode pagarlas, a veces, pero lo cierto es que ejemplifica como pocos hechos la importancia que tiene el incentivo en la cultura norteamericana como forma de lograr la excelencia.

Dejar cinco dólares a la persona que te limpia la habitación del hotel, un 20 por ciento extra a los camareros que te han ofrecido un buen servicio o un par de dólares al empleado de la empresa de coches de línea que te carga las maletas es recompensar la actitud, el trabajo bien hecho, la buena predisposición. Se me dirá que es una dedicación interesada o insincera, pero ¿acaso es mejor la desidia o la rudeza que uno se encuentra tan a menudo en el servicio al público en España donde el que sirve siempre da la sensación de estar experimentando un punto de humillación?

La propina, o su sucedáneo corporativo, el salario variable, nos recuerdan que no hay clientes cautivos, que no hay nada escrito, que las ventas pueden bajar, que los comensales pueden no presentarse, que en parte está en nuestra mano que los negocios vayan a más o a menos. Nos recuerdan que la vida es riesgo y también responsabilidad individual. Los americanos lo llevan quizás al extremo y por ello Estados Unidos es el país del mundo en el que si a uno le sonríe la fortuna de tener buena salud y recibir una buena educación podrá gozar de mayor éxito profesional y ganancias materiales. En caso contrario, la vida es otro cantar.

Por eso no doy ningún crédito a las informaciones que hablan de que debido al aumento del salario mínimo en varias ciudades o estados del país, en una horquilla que va de los 8 o 9 dólares hasta los 15 dólares como en Seattle, los restaurantes van a decidir dar un sueldo fijo a los camareros para que no se produzca una diferencia salarial excesiva con los empleados de cocina con quienes no se comparten las propinas o para que los costes al comensal no se disparen.

A los americanos si algo les gusta es marcar las diferencias. En todo. Hasta en los nombres que uno ya no está nunca seguro de cómo se deletrean. Stefanie puede ser fácilmente Stephanie, Stefany o un sinfín de nombres más. Por supuesto, en los salarios siendo frecuente que en las grandes compañías la diferencia entre el mejor y peor pagado sea de 500 a uno.

Recuerdo hace bastantes años que uno de los camareros kurdos que trabajaba conmigo en un restaurante italiano de San Francisco no se cansaba de decir animosamente aquello de “big money tonight for everybody” en su inglés de circunstancias los sábados por la tarde. Era cierto, casi todos los sábados se ganaba bastante dinero sirviendo mesas pero no todos. Quedaba muy claro que el dueño del restaurante ponía la infraestructura y nada más, el seguro médico se lo pagaba cada uno de su salario si quería, y los empleados el trabajo y el carisma.

¿Injusto? ¿Darwinista? Puede ser. También es verdad que el servicio de restauración en Estados Unidos es quizás el más empalagoso que existe. Los camareros tienen demasiada presencia, no se cansan de llenar los vasos de agua llenos de hielo, preguntar si todo va bien y traen el cheque con la cuenta demasiado pronto.

Sin embargo, no puede negarse que hay cierta grandeza en esa aceptación tácita de que la vida es un cúmulo de imprevistos y oportunidades. 

lunes, 3 de agosto de 2015

Ese viejo país ineficiente (no es para tanto)


Por si a alguien le cabe alguna duda, lopeor de España no es la ineficacia sino, visto con perspectiva, probablemente sushorarios. Sobre todo esa idea diabólica de la jornada partida. Ese demonio que nunca desaparece, haya paro o pleno empleo, expansión económica o recesión. Simplemente abominable. Se que hay quien se enorgullece de ello así como de que el fútbol empiece a veces a las diez o de que las fiestas comiencen en las proximidades de la medianoche.
Distinguirse en asuntos tan primarios no deja de ser síntoma de brutalidad y estulticia. Renuncia al mérito y búsqueda de refugio en la costumbre, la tradición sin sentido, lo fácil.
No quiero ni pensar que la incapacidad ontológica que la sociedad española muestra para racionalizar los horarios se deba a no querer enfrentarse a problemas de más difícil solución. Que a la gente le de miedo tener más tiempo libre, no saber que hacer por las tardes con sus maridos, mujeres e hijos, sentir pavor a cultivar pasiones que no sean siempre las más bajas e incluso plantearse lo implanteable como aprender idiomas, dedicar algo de tiempo a la lectura o volver a la universidad aunque uno sea cincuentón. No, no quiero pensar que sea por eso.
Nada embrutece más que entrar a las 9 a un trabajo y salir a las siete y media u ocho, como pasa tanto en nuestras ciudades. Todos guardando cola a la misma hora en el supermercado, el gimnasio o los bares. Todos (los que todavía se lo pueden permitir) haciendo cola para tomar el menu del día. Todos tomando las vacaciones los mismos puentes o los meses de Julio y agosto. Todos yendo a los mismos barrios céntricos de Madrid o Barcelona a salir de copas porque en los barrios periféricos no hay donde ir.
Se que muchos estos días siguen buscando el Santo Grial de porque falla España, a que se debe el atraso relativo con los países con los que a los españoles les gusta compararse, a que se debe la crisis. Parecería, por la cantidad de informaciones que se publican al respecto aunque ninguna concluyente, que hay algo difuso en el ambiente que hace a los españoles peores, negados para construir una sociedad más avanzada.
Niego la mayor: que debido a causasculturales los españoles sean ineficientes. ¿Ineficientes en qué? ¿Quizás menos productivos debido a cuestiones de estructura económica, pero ineficientes?
Por poner como término de comparación la sociedad norteamericana, considerada (con poca razón por cierto) como la más eficiente del mundo, la verdad es que muchos servicios relativamente communes son igual o más eficientes en España.
Quizás los camareros o los cajeros de los bancos sean adustos o excesivamente broncos en la piel de toro (el ejemplo estelar serían los llamaods Vitorinos del fenecido Café Comercial), pero es fácil darse cuenta de que en general la gente que le atiende a uno en bancos o bares es bastante más experta que en América donde estas profesiones están dominadas por gente junior. Por no hablar del denostado funcionariado, que en España es de primera por mucho que se diga y en los Estados Unidos no siempre es así. Podemos seguir con el transporte público, los trenes, autobuses e incluso el personal del sistema médico de salud que en algunos aspectos funciona de manera mucho más fluida que el enrevesadísimo sistema norteamericano de seguros privados.
En España funciona mal la justicia (muy mal), la universidad, el sistema de partidos politicos, en fin, grandes pilares del sistema, pero nunca me ha sucedido que pongan a mi hija una vacuna por error que no le correspondía por un despiste. En Estados Unidos, sí. Anecdótico? Por supuesto, pero suficiente para probar que en todas partes cuecen habas.
Lo que hace falta se sabe sin sacar del armario los viejos fantasmas: iniciativa, empuje, ambición, menos conformismo, menos miedo a fracasar, más ilusión por triunfar y dejar de criticar a aquellos que sienten el trabajo como una pasión.
Y ni siquiera en esos males España es excepcional.


domingo, 26 de abril de 2015

Dime lo que pagas y te diré lo que cobras


Una conversación típica sobre salarios en España. ¿Y cuanto te pagan? 40.000 euros. No, pero digo al mes. ¿Bruto o neto? Lo que te llevas a casa. Unos 2.500. Si, pero se trabaja un huevo. Diez horas diarias. Ya, pero lo que se es que te metes en el buche 2.500 boniatos todos los meses.

Los españoles despreciamos el tiempo como si fueramos chavales. No solamente por los horarios absurdos o el desfase horario con el meridiano de Greenwich. Parece mentira, pero en un país tan hedonista como éste, en el que a la gente tanto le gusta vivir el presente, a los españoles siempre nos ha preocupado más el sueldo final que cuantas horas hay que meter para lograrlo. Siempre me ha chocado el contraste con la cultura americana en la que se suele poner el énfasis en el salario por hora que cobra uno o como mínimo en el salario bruto y no en el neto. En España parece que aceptamos el meter 9 o 10 horas todos los días y el pago de elevados impuestos como una circunstancia inevitable, tanto como la sequía o las inundaciones.

Lo que importa es lo que te llevas a casa y no tanto el tiempo que se le echa, cuando lo único imposible de estirar en este mundo, a diferencia del dinero mal que bien, son los minutos.

Mientras que en España solamente los economistas hablan de salario por hora trabajada, en Norteamérica lo hace todo el mundo. Es interesante que en los países, como Estados Unidos, en los que sus ciudadanos tienen más fama de vivir para trabajar, se tiene un respeto proverbial por el tiempo de las personas y por pagar a la gente las horas que trabajan. Alguna relación debe existir, digo yo, entre la conciencia del tiempo que uno pasa en el trabajo, la eficiencia y la productividad. Hablar de salarios por hora sirve para poner las cosas en su sitio y evitar el autoengaño.

Se ha dicho durante mucho tiempo que los americanos trabajaban más que en ningún país desarrollado, pero lo que se ha omitido es que ese trabajo extra era remunerado. A la gente le gusta trabajar más, porque gana más. En España trabajar más suele significar simplemente eso, una tarifa plana a partir de cierta hora por la cual el empleado continúa trabajando hasta que completa sus tareas por el mismo salario. Es un gesto puramente defensivo para que no les echen.

Pero a la cultura española del trabajar gratis, se da tanto por hecho que los empleados suelen poner poco empeño en completar sus tareas antes de la hora de salida sabedores de que tienen que quedarse en el curro un tiempo extra para hacer méritos de todas las maneras, se une, quizás como una respuesta revanchista, la de quererlo, no todo, pero si mucho gratis.

Así nadie paga por la música, ni por las películas, ni por leer el periódico, ni por las series, ni por las clases de yoga subvencionadas por el centro cultural del ayuntamiento, ni por el paquete office de Microsoft, ni tampoco demasiado por la universidad por mucho que se diga. No importa que nada sea, en realidad, gratis ni demasiado la calidad de lo que se ofrece siempre que no cueste al menos en un primer momento.

Jode pagar, lo mismo que jode trabajar gratis. Ambos parámetros son indicativos de una concepción determinada del tiempo y del trabajo.

Pero son caras de la misma moneda.

viernes, 11 de abril de 2014

Morir antes que vender


Los españoles preferimos que nos muelan a palos, limpiar las zurraspas, antes que ponernos a vender.

Preferimos quejarnos de que no nos compran nuestros productos, de que siempre los otros no entienden de lo que hablan, de que los empresarios son unos explotadores insaciables, el fijo del salario es siempre muy bajo y las comisiones demasiado altas.

Nos trae a cuenta estar en el paro antes que marcar el teléfono o conducir unos cuantos kilómetros a realizar una venta. Nos gusta el concepto de trabajar bajo pedido, que sea alguien quien se ponga previamente en contacto con nosotros. Como si eso siguiera pasando.

No sabemos vender nuestros productos, decimos, cuando vamos a cualquier supermercado en el extranjero y encontramos en las secciones de vinos treinta o cuarenta veces más referencias francesas o chilenas que españolas, en las secciones de quesos el triple o cuadruple de quesos italianos o franceses que españoles, el aceite de olive embotellado con nombre italiano aunque luego dice que las cosechas proceden de España, Tunez y Grecia, ni rastro de jamón ibérico…

Nos enerva, nos hiere el orgullo patrio, pero eso sí, que no nos digan a título personal que tenemos que ponernos a vender que eso tiene muy poca clase. Un español buen conocedor del mundo de las empresas españolas en la capital del imperio, me comentaba hace poco que con frecuencia, aquel al que envían las empresas españolas a vender es el inexperto, el tonto, el malo, aquel a quien se quiere dar un escarmiento. Así nos va.

A la gente que sabe vender, y que no vive del Boletín Oficial del Estado, particularmente los nacidos en la piel de toro, los vilipendiamos. Y eso que la lista de emprendedores de éxito no es tan larga: Amancio Ortega, Adolfo Domínguez, Juan Roig, Emilio Botín, Juan José Hidalgo.., y pocos más.

A un buen vendedor no le falta trabajo, siempre se ha dicho, pero sin embargo hay multitud de empresas que no los encuentran incluso en circunstancias difíciles.

Saber vender suena a demasiado norteamericano, fenicio, superficial, inauténtico o arriesgado. En España el vendedor tiene algo de cainita, de caradura. No vender transmite abolengo e hidalgía.

He conocido unos cuantos que han acabado reciclándose en las administraciones locales cobrando casi la mitad que en su anterior trabajo pero que “al menos no tenían que vender”.

Es curioso ese empecinamiento de los españoles por no vender, por no educarse en disciplinas empíricas o técnicas como las matemáticas o las ingenierías. El sistema educativo, desde la más tierna infancia, soporta esa mentalidad de que a la escuela no se va para eso, de que no somos mercaderes.  En muchas escuelas norteamericanas, los chicos desarrollan incipientes planes de marketing con 8 años y eso no les hace necesariamente más estúpidos.

En muchas universidades de Estados Unidos los profesores acuden a ferias de estudiantes a vender sus programas. No pocos de ellos han obtenido doctorados en universidades de prestigio, son respetadísimos en sus campos, han recibido premios, tienen numerosas publicaciones científicas y han escrito unos cuantos libros. Se sientan en un expositor, con folletos y explican a los visitantes el contenido de sus carreras que ellos enseñan. Lo hacen con orgullo gracias al entusiasmo que sienten por sus disciplinas pero también sabedores de que los estudiantes no son un maná caído del cielo por obra y gracia de la mano del estado.

Vender es parte de la vida como amar, comer, crear arte. Sin malditismos. Sin complejos.