Escribir es estúpido, viene a decir Vicente Verdú en uno de sus últimos artículos.
Crear contenido que no tenga carácter técnico no tiene futuro, ni presente, y está condenado a la irrelevancia.
El interés por la ficción o el ensayo es una llama que se apaga lentamente.
El escritor holístico es una figura del pasado, ridícula, pretenciosa y absurda. Ya ni siquiera se nabla de malos escritores, habida cuenta de que los escritores no importan.
La idea de que es el escritor es vocacional, de que escribe para si mismo si nadie le quiere leer, ha muerto también. Hay muchos escritores que han dejado de hacerlo porque no vale la pena. Ni pueden monetarizar lo que escriben ni tienen un número mínimo de lectores. Una situación que empieza a afectar a escritores antaño considerados conocidos.
No menciona Verdú a los blogs, supongo que porque la immensa mayoría no genera dividendos económicos y porque es un sector ya de por si minifundista. También, me temo, porque en el fond Verdú sólo considera escritura seria aquella que se publica en papel impreso.
Que refrescante y saludable leer a Verdú en estos tiempos en que el pensamiento positivo ya forma parte del credo de la corrección política. Que bueno leer verdades que duelen.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/10/actualidad/1465569941_821510.html
¿Cómo son los americanos? ¿Son tan simples como dicen algunos? ¿Les conocemos tan bien como creemos gracias a las noticias y las películas? ¿En qué se diferencian de los españoles? En American Psique, César García responde a éstas y otras preguntas a través de un análisis pormenorizado de los elementos que conforman la psicología de los habitantes de los Estados Unidos en el siglo XXI.
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domingo, 19 de junio de 2016
Escribir es estúpido
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Verdú
jueves, 7 de enero de 2016
Una visita a la librería de Amazon en Seattle
Nos las prometíamos muy felices toda la familia yendo a
visitar la nueva y única librería que Amazon tiene en todo el mundo. Situada en
el distrito universitario de Seattle, la ciudad en la que la compañía tiene su
sede. Casi como si se tratara de una atracción de feria.
Las expectativas acerca de todo lo que pone en marcha
Amazon, aunque a veces los efectos colaterales sean indeseables, eran altas. De
la misma forma que se piensa que la empresa de Bezos va a cambiar el modelo de
negocio del periodismo tras la compra del Washington
Post y la inversión masiva en tecnología, otros muchos han pensado que el
hecho de que haya abierto una librería física podría marcar un antes y un
después en el mundo de las librerías.
La visita se quedó en algo ramplón, decepcionante, y no
anticipa un futuro muy halagador al concepto de librería.
Para empezar, aunque en el distrito universitario de Seattle,
la verdad es que la librería donde de verdad está ubicada es en un mall al aire libre, una especie de Las Rozas Village. El ambiente era de
centro comercial, de alguien que se compra un libro de cocina después de
haberse comprado unos calzoncillos o unas bragas en Banana Republic y después
se va a tomar un café al Starbucks de al lado.
El local es convencional, tirando a pequeño y con una
selección escueta de libros que en su mayoría no se exponen de canto sino en
horizontal. Bien es cierto que sigue teniendo el rango de librería seria ya que
mantiene más o menos las secciones tradicionales (sociología, filosofía, etc.)
y buenos títulos a pesar de todo. Predomina, sin embargo, la novedad y siempre dando
protagonismo a los libros que más éxito
tienen de ventas y de crítica en Amazon.com. Todos ellos vienen acompañados de
sus correspondientes valoraciones de los lectores no bajando ninguno de ellos
de las cuatro estrellas. La tienda da un gran protagonismo, no obstante, a toda
la gama de lectores y tabletas electrónicas de Amazon que están por todas
partes.
¿Qué cosas la distinguen de una librería convencional? Pocas, la verdad. Quizás que no se puede pagar en metálico y que los precios son algo más bajos que lo que marcan las carátulas. Pero todo lo demás resulta familiar: espacio más que estrecho para tratarse de una librería de gran compañía americana,y sobre todo que el gran protagonista es Amazon.com y no la librería en sí que se antoja un mero y limitado recordatorio del universo ilimitado de la marca que te despacha unas cuchillas de afeitar o una serie de televisión inglesa. Se echan mucho de menos los sofas y el espacio para leer que uno encontraba en la fenecida cadena de librerías Borders.
La librería, sin embargo, estaba llena y no precisamente de
universitarios sino de gente que portaba grandes bolsas de cartón de cadenas de
ropa. Familias con niños pequeños, adolescentes, jóvenes. Desde luego, sospecho
que la mayoría no tenía mayores razones para estar allí más allá de eso que los
marketinianos llaman “vivir la marca”.
Queda la duda de saber si la idea de poner una librería de
Amazon es más un ejemplo de Responsibilidad Social Corporativa motivado por el
sentimiento de culpa de haber decapitado unas cuantas librerías o un ejemplo de
la necesidad que tienen las empresas virtuales, por muy exitosas que éstas
sean, de corporeizarse para demostrarnos que hay un mundo más allá de los
algoritmos y los teleoperadores robotizados.
Veremos.
viernes, 6 de noviembre de 2015
Amazon ha entendido el momento
Amazon recibe palos por todos
los sitios a pesar de que cada vez tiene más fieles. O quizás por eso. Se le
acusa de prácticas laborales seudoesclavistas, de no pagar impuestos y de haber pulverizado las librerías, entre otras
lindezas.
Su líder, Jeff Bezos, tampoco
concita las simpatías que otros como Bill Gates. Aparece como excesivamente
frío, cerebral y se le acusa de falta de generosidad a diferencia de otros
multimillonarios filántropos.
Sin embargo, la mayoría de los
que critican a Amazon por todas estas razones son los mismos que compran en
Amazon hasta maquinillas de afeitar y no aportan ni un euro de más ni un minuta
extra de su tiempo a que esas librerías que tanto dicen adorar puedan
sobrevivir.
En cierto modo, la relación
con Amazon es un termómetro de la hipocresía para mucha gente.
Su ultimo movimiento
estratégico, la apertura de una megalibrería en Seattle, no contribuye a
aclarar las cosas. ¿Qué pretende
Amazon con ello? ¿Un revival de los años 80 y 90?
¿De esos años en que los Borders y los Barnes and Noble,
unos extinguidos y los otros en extinción, florecían como setas con sus
flamantes cafés y confortables sillones?
Parece poco probable que vea
un nicho de negocio en ello. Más bien parece un gesto de cariño (interesado
quizás pero cariño al fin y al cabo) a su ciudad natal o quizás una acción más
de responsabilidad social corporativa producto del remordimiento por haberse
cargado un buen número de librerías en un país en el que el precio fijo del libro
no existe.
Atlantic Monthly la denominaba “catedral laica”, un título que en una de las ciudades
menos religiosas de Estados Unidos y donde la idea de la plaza pública es
inexistente, empieza a ostentar cualquier lugar en el que la gente se reuna por
espacio de una hora o más.
La nueva librería ha sido, en
cualquier caso, bien recibida por todo el mundo y a nadie se le ha ocurrido
acusar a Amazon de ser el asesino que tiene la gentileza de pagar los gastos
del entierro. Más bien los artículos se han centrado en resaltar la iniciativa
como un esfuerzo de la empresa por construir comunidad (building community), uno de los bienes más preciados en un país en
el que la gente apenas se reune de forma casual o comparte el espacio público
para algo que no tenga que ver con el deporte o la restauración.
En una sociedad opulenta
hasta cierto punto saturada de empresas y fundaciones centradas en el respeto y
cuidado del medio ambiente o en la promoción de estilos de vida saludables, no
quedan tantos propósitos relevantes hoy día para que las compañías puedan
destacar.
Sólo el principal y la
verdadera gasolina de la existencia. Hacer que los individuos pasen más tiempo
con otros de su propia especie. Un fenómeno en extinción en esta parte del
mundo.
Hasta este extremo hemos
llegado pero Bezos y Amazon lo han entendido.
lunes, 3 de agosto de 2015
Ese viejo país ineficiente (no es para tanto)
Por si a alguien le cabe alguna duda, lopeor de España no es la ineficacia sino, visto con perspectiva, probablemente sushorarios. Sobre todo esa idea diabólica de la jornada partida. Ese demonio que
nunca desaparece, haya paro o pleno empleo, expansión económica o recesión.
Simplemente abominable. Se que hay quien se enorgullece de ello así como de que
el fútbol empiece a veces a las diez o de que las fiestas comiencen en las
proximidades de la medianoche.
Distinguirse en asuntos tan primarios no
deja de ser síntoma de brutalidad y estulticia. Renuncia al mérito y búsqueda
de refugio en la costumbre, la tradición sin sentido, lo fácil.
No quiero ni pensar que la incapacidad ontológica
que la sociedad española muestra para racionalizar los horarios se deba a no
querer enfrentarse a problemas de más difícil solución. Que a la gente le de
miedo tener más tiempo libre, no saber que hacer por las tardes con sus
maridos, mujeres e hijos, sentir pavor a cultivar pasiones que no sean siempre
las más bajas e incluso plantearse lo implanteable como aprender idiomas,
dedicar algo de tiempo a la lectura o volver a la universidad aunque uno sea
cincuentón. No, no quiero pensar que sea por eso.
Nada embrutece más que entrar a las 9 a
un trabajo y salir a las siete y media u ocho, como pasa tanto en nuestras
ciudades. Todos guardando cola a la misma hora en el supermercado, el gimnasio
o los bares. Todos (los que todavía se lo pueden permitir) haciendo cola para
tomar el menu del día. Todos tomando las vacaciones los mismos puentes o los
meses de Julio y agosto. Todos yendo a los mismos barrios céntricos de Madrid o
Barcelona a salir de copas porque en los barrios periféricos no hay donde ir.
Se que muchos estos días siguen buscando
el Santo Grial de porque falla España, a que se debe el atraso relativo con los
países con los que a los españoles les gusta compararse, a que se debe la
crisis. Parecería, por la cantidad de informaciones que se publican al
respecto aunque ninguna concluyente, que hay algo difuso en el ambiente que
hace a los españoles peores, negados para construir una sociedad más avanzada.
Niego la mayor: que debido a causasculturales los españoles sean ineficientes. ¿Ineficientes en qué? ¿Quizás menos productivos debido a
cuestiones de estructura económica, pero ineficientes?
Por poner como término de comparación la
sociedad norteamericana, considerada (con poca razón por cierto) como la más
eficiente del mundo, la verdad es que muchos servicios relativamente communes
son igual o más eficientes en España.
Quizás los camareros o los cajeros de
los bancos sean adustos o excesivamente broncos en la piel de toro (el ejemplo
estelar serían los llamaods Vitorinos del fenecido Café Comercial), pero es
fácil darse cuenta de que en general la gente que le atiende a uno en bancos o
bares es bastante más experta que en América donde estas profesiones están
dominadas por gente junior. Por no hablar del denostado funcionariado, que en
España es de primera por mucho que se diga y en los Estados Unidos no siempre
es así. Podemos seguir con el transporte público, los trenes, autobuses e
incluso el personal del sistema médico de salud que en algunos aspectos
funciona de manera mucho más fluida que el enrevesadísimo sistema
norteamericano de seguros privados.
En España funciona mal la justicia (muy
mal), la universidad, el sistema de partidos politicos, en fin, grandes pilares
del sistema, pero nunca me ha sucedido que pongan a mi hija una vacuna por
error que no le correspondía por un despiste. En Estados Unidos, sí.
Anecdótico? Por supuesto, pero suficiente para probar que en todas partes
cuecen habas.
Lo que hace falta se sabe sin sacar del
armario los viejos fantasmas: iniciativa, empuje, ambición, menos conformismo,
menos miedo a fracasar, más ilusión por triunfar y dejar de criticar a aquellos
que sienten el trabajo como una pasión.
Y ni siquiera en esos males España es
excepcional.
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miércoles, 9 de julio de 2014
Demasiado dar las gracias tampoco es bueno
España, y no importa
en cual de las Españas se encuentre uno, es un país en el que se da poco las
gracias, se dice poco por favor o lo siento. Somos poco efusivos. Ni siquiera
se dice “te amo” en el idioma español, que suena la mar de cursi sino “te
quiero” que tiene un claro matiz posesivo.
Los anglosajones, en cambio, dan mucho las gracias y dicen
demasiado por favor en comparación con nosotros. Un americano pasa a dos metros
de ti y se excusa. En la calle Serrano de Madrid, considerada lo más de lo más
por algunos, uno se choca con alguien y no es infrecuente que ambos sigan
andando sin cruzar palabra como sin más.
Por eso, en un país en el que se dan tan poco las gracias,
me ha sorprendido la reacción de prestigiosos periodistas deportivos a la
temprana y penosísima eliminación de España en el mundial. No les ha faltado
tiempo para empezar a dar las gracias a Del Bosque y al resto de jugadores por
los éxitos del pasado, como si no se les hubiera homenajeado lo suficiente,
hubieran sido aclamados por la multitud en repetidas ocasiones, otorgado
marquesados, recibidos por las más altas instancias de la nación y, aunque
pueda sonar cínico, pagado sustanciosas primas. No han escaseado los halagos,
merecidos en su mayor parte, en estos últimos años. Basta hacer una somera búsqueda
en Google.
No se entiende este reacción casi gremialista, véase sinoel increíble artículo de Relaño como botón de muestra, ante una actuación
tan penosa. O el de Javier Marías, para el que los triunfos pasados justifican el crédito de por vida. Se puede perder, por supuesto, pero
dando otra sensación. Sin embargo, cuando los errores en las decisiones
técnicas han sido tan evidentes empezando por la baja forma de muchos jugadores
a los que el cuerpo técnico ha llevado más por lo que aportaron en el pasado
que por lo que podían deparar en el futuro, la escasa motivación de los
jugadores o el anquilosamiento del sistema de juego, hay que ejercer la crítica
y dejar de dar tanto las gracias. Ahí está el ejemplo de la alabada Italia,
cuyo entrenador, Cesare Prandelli, anunció su dimisión minutos después de
quedar eliminada de una manera muchísimo más digna que la de la selección
española.
Se ha agradecido tener una persona como Vicente Del Bosque
en el banquillo todos estos años. Un hombre educado, respetuoso y sereno en un
país en el que estas cualidades no abundan tanto. Sin embargo, también se
agradecería vivir en un país en el que la crítica no se revista tanto de
emoción, del es uno de los nuestros y las cosas se vean con un poco de
objetividad aunque sea para criticar a un buen tipo como Del Bosque al que la
federación, y buena parte de la prensa, sigue considerando el mejor entrenador
posible a pesar de que está hipotecado afectivamente por todos los sitios para
renovar el equipo. Hasta el propio Del Bosque debe estar sorprendido de tanto
agradecimiento después de errores tan colosales.
Para entender la forma de pensar en una determinada cultura,
resulta útil pensar en como se dicen, o se dejan decir, las cosas en su idioma.
En ese sentido, se echan de menos en la lengua castellana palabras, como la
inglesa accountability, que hagan
referencia a la “obligación o predisposición a aceptar la responsabilidad por
las acciones de uno” (según la definición del diccionario Webster).
No las busquen, aunque pueda haber expresiones (que no
palabras) parecidas como “asumir responsabilidades”, no es lo mismo. Cuando alguien es accountable y no responde a las expectativas pasan cosas, cuando
uno asume responsabilidades, pide perdón y tira para adelante.
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viernes, 23 de mayo de 2014
Libros ni regalados
Cuando las cosas que uno aprecia cuestan poco dinero, es que
uno ha comenzado a envejecer. Cuando un disco, o un CD, que uno valora cuesta 4
o 5 euros es porque uno se va convirtiendo o se ha convertido en eso que antes se llamaba cariñosamente
en un carroza y que hoy suena tan cursi.
Pero nada se ha devaluado tanto como un libro, ni los pisos
de ladrillo visto que se acumulan en los secarrales de la periferia de las
ciudades españolas.
Cuando uno va, casi con sentimiento de culpa, a donar una
buena colección de libros a una biblioteca pública y se le dice, con la
amabilidad que se dicen las cosas al loco inofensivo, que no interesan, es que
la cosa va en serio.
Pocas cosas nos hacen cobrar más conciencia de obsolescencia
que la pérdida de valor de los libros. Cuando voy caminando a la universidad
por las mañanas paso delante de varios casas delante de las cuáles hay un
pequeño expositor con libros para que el viandante preste o se lleve para
siempre los que quiera sin permiso. Pocos hacen uso de su derecho ya que
siempre parecen quedar los mismos aunque haya buenas ediciones de Moby Dick,
Herman Hesse y muchos otros autores en otros tiempos considerados de postín.
Pasan las estaciones, las lluvias y los libros siguen allí, achacosos
por la humedad, más solitarios, si cabe, que cuando el dueño tomó la decisión
de deshacerse de ellos por primera vez.
Y es que los libros, excepto unas cuantas novedades y libros
de texto que los estudiantes compran por obligación, no valen casi nada. Se han
convertido en una molestia que hay que quitarse de encima . En un compromiso
molesto, como cuando alguien nos presta un libro que le ha cambiado la vida para
que lo leamos. No digamos si un colega ha escrito una novela y nos pide una
sincera (e imposible) opinión de amigo.
Los libros son un molesto y áspero trago al final del día, ya
cansados, con la conciencia intranquila de haberlo malgastado en tareas inocuas
pero que consumen nuestras energías con fruición. Los libros se han
transformado en un sentimiento de culpa que sentimos por no apetecernos
agarrarlos en lugar de ponernos a navegar por internet sin rumbo.
Los libros se han convertido en un coñazo que nos recuerda
nuestras promesas incumplidas. Los libros que no hemos leído, que no hemos escrito
ni escribiremos, que hemos comprado y vemos día a día como acumulan polvo
mientras aplazamos perpetuamente su supuesto gozo con nimiedades.
Los libros son un tostón para la gente de la industria, los
distribuidores y las editoriales que llaman por teléfono o mandan un correo
electrónico a sus desconocidos autores preguntándoles que hacer con tanta copia
sin vender en una nave industrial en Loeches o cualquier poblacho a las afueras
de Madrid. Incinerarlos, reciclarlos, cualquier solución parece buena para
deshacerse de lo inservible.
Mientras tanto los autores, a los que nadie conoce, ni admira, que se
ganan su vida con otros trabajos y encima ligan poco, se sienten culpables y
felices de haber engañado al editor. Editores por vocación, que siguen
cumpliendo su cometido porque sienten necesidad pero sin ilusión como el que se
come un plátano a media mañana para matar el hambre.
El futuro ya no es lo que era y escribir y publicar tampoco.
Crecimos pensando que los libros eran un bien escaso que sólo podía disfrutarse
efímeramente utilizando el servicio de préstamo de una biblioteca municipal.
Que los libros eran lo máximo para aquellos que eran lo mínimo, que no sabían
hacer la o con un canuto, como nosotros.
Hoy nos hemos dado cuenta de que los libros eran un bodrio
aunque no nos podamos pasar sin ellos, nos joda su declive y los añoremos.
No ha hecho falta la iglesia o la dictadura perfecta, como
señalaban los agoreros, para acabar con el interés por los libros, tan sólo la
pasión que sentimos la mayoría por los deportes y las series de HBO.
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