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miércoles, 3 de febrero de 2016

Cientos de librerías de Amazon por doquier

Amazon planea abrir cientos de librerías en los Estados Unidos mayormente en centros comerciales. Aparentemente serán pequeños quioscos, un poco como una especie de correlato bibliófilo de los ministarbucks, lugares relativamente elegantes, de paso y predecibles. Mejor que un Carrefour pero no llega al rango de librería.

Y es que en América las librerías cierran. En muchas universidades apenas venden más que libros de texto. En la capital, Washington D. C., no queda una sola gran cadena con el cierre del último Barnes & Noble.

Después de haberse cepillado a buen número de librerías tradicionales, parece que el modelo futuro está en los malls, al igual que ha sucedido con las pantallas de cine. Comprar un libro cinco estrellas en valoración del usuario después de haberse comprado una camisa en Zara y un paraguas en Macy's.

Internet quedará para los bibliófilos y el mundo físico para los bestsellers.

http://www.chicagotribune.com/business/ct-amazon-opening-hundreds-of-bookstores-20160203-story.html

jueves, 7 de enero de 2016

Una visita a la librería de Amazon en Seattle

Nos las prometíamos muy felices toda la familia yendo a visitar la nueva y única librería que Amazon tiene en todo el mundo. Situada en el distrito universitario de Seattle, la ciudad en la que la compañía tiene su sede. Casi como si se tratara de una atracción de feria.

Las expectativas acerca de todo lo que pone en marcha Amazon, aunque a veces los efectos colaterales sean indeseables, eran altas. De la misma forma que se piensa que la empresa de Bezos va a cambiar el modelo de negocio del periodismo tras la compra del Washington Post y la inversión masiva en tecnología, otros muchos han pensado que el hecho de que haya abierto una librería física podría marcar un antes y un después en el mundo de las librerías.

La visita se quedó en algo ramplón, decepcionante, y no anticipa un futuro muy halagador al concepto de librería.

Para empezar, aunque en el distrito universitario de Seattle, la verdad es que la librería donde de verdad está ubicada es en un mall al aire libre, una especie de Las Rozas Village. El ambiente era de centro comercial, de alguien que se compra un libro de cocina después de haberse comprado unos calzoncillos o unas bragas en Banana Republic y después se va a tomar un café al Starbucks de al lado.

El local es convencional, tirando a pequeño y con una selección escueta de libros que en su mayoría no se exponen de canto sino en horizontal. Bien es cierto que sigue teniendo el rango de librería seria ya que mantiene más o menos las secciones tradicionales (sociología, filosofía, etc.) y buenos títulos a pesar de todo. Predomina, sin embargo, la novedad y siempre dando protagonismo a los libros que más  éxito tienen de ventas y de crítica en Amazon.com. Todos ellos vienen acompañados de sus correspondientes valoraciones de los lectores no bajando ninguno de ellos de las cuatro estrellas. La tienda da un gran protagonismo, no obstante, a toda la gama de lectores y tabletas electrónicas de Amazon que están por todas partes.




¿Qué cosas la distinguen de una librería convencional? Pocas, la verdad. Quizás que no se puede pagar en metálico y que los precios son algo más bajos que lo que marcan las carátulas. Pero todo lo demás resulta familiar: espacio más que estrecho para tratarse de una librería de gran compañía americana,y sobre todo que el gran protagonista es Amazon.com y no la librería en sí que se antoja un mero y limitado recordatorio del universo ilimitado de la marca que te despacha unas cuchillas de afeitar o una serie de televisión inglesa. Se echan mucho de menos los sofas y el espacio para leer que uno encontraba en la fenecida cadena de librerías Borders.

La librería, sin embargo, estaba llena y no precisamente de universitarios sino de gente que portaba grandes bolsas de cartón de cadenas de ropa. Familias con niños pequeños, adolescentes, jóvenes. Desde luego, sospecho que la mayoría no tenía mayores razones para estar allí más allá de eso que los marketinianos llaman “vivir la marca”.

Queda la duda de saber si la idea de poner una librería de Amazon es más un ejemplo de Responsibilidad Social Corporativa motivado por el sentimiento de culpa de haber decapitado unas cuantas librerías o un ejemplo de la necesidad que tienen las empresas virtuales, por muy exitosas que éstas sean, de corporeizarse para demostrarnos que hay un mundo más allá de los algoritmos y los teleoperadores robotizados.

Veremos.





viernes, 6 de noviembre de 2015

Amazon ha entendido el momento

Amazon recibe palos por todos los sitios a pesar de que cada vez tiene más fieles. O quizás por eso. Se le acusa de prácticas laborales seudoesclavistas, de no pagar impuestos y  de haber pulverizado las librerías, entre otras lindezas.

Su líder, Jeff Bezos, tampoco concita las simpatías que otros como Bill Gates. Aparece como excesivamente frío, cerebral y se le acusa de falta de generosidad a diferencia de otros multimillonarios filántropos.

Sin embargo, la mayoría de los que critican a Amazon por todas estas razones son los mismos que compran en Amazon hasta maquinillas de afeitar y no aportan ni un euro de más ni un minuta extra de su tiempo a que esas librerías que tanto dicen adorar puedan sobrevivir.

En cierto modo, la relación con Amazon es un termómetro de la hipocresía para mucha gente.

Su ultimo movimiento estratégico, la apertura de una megalibrería en Seattle, no contribuye a aclarar las cosas. ¿Qué pretende Amazon con ello? ¿Un revival de los años 80 y 90? ¿De esos años en que los Borders y los Barnes and Noble, unos extinguidos y los otros en extinción, florecían como setas con sus flamantes cafés y confortables sillones?

Parece poco probable que vea un nicho de negocio en ello. Más bien parece un gesto de cariño (interesado quizás pero cariño al fin y al cabo) a su ciudad natal o quizás una acción más de responsabilidad social corporativa producto del remordimiento por haberse cargado un buen número de librerías en un país en el que el precio fijo del libro no existe.

Atlantic Monthly la denominaba “catedral laica”, un título que en una de las ciudades menos religiosas de Estados Unidos y donde la idea de la plaza pública es inexistente, empieza a ostentar cualquier lugar en el que la gente se reuna por espacio de una hora o más.

La nueva librería ha sido, en cualquier caso, bien recibida por todo el mundo y a nadie se le ha ocurrido acusar a Amazon de ser el asesino que tiene la gentileza de pagar los gastos del entierro. Más bien los artículos se han centrado en resaltar la iniciativa como un esfuerzo de la empresa por construir comunidad (building community), uno de los bienes más preciados en un país en el que la gente apenas se reune de forma casual o comparte el espacio público para algo que no tenga que ver con el deporte o la restauración.

En una sociedad opulenta hasta cierto punto saturada de empresas y fundaciones centradas en el respeto y cuidado del medio ambiente o en la promoción de estilos de vida saludables, no quedan tantos propósitos relevantes hoy día para que las compañías puedan destacar.

Sólo el principal y la verdadera gasolina de la existencia. Hacer que los individuos pasen más tiempo con otros de su propia especie. Un fenómeno en extinción en esta parte del mundo.

Hasta este extremo hemos llegado pero Bezos y Amazon lo han entendido.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

En defensa de Amazon


Que quede claro, no tengo ningún interés personal o comercial en que a Amazon le vaya bien. No tengo ni tíos ni familiares medianamente lejanos que trabajen ahí.
Pero me sigue sorprendiendo que en un mundo en el que, querámoslo o no, la mayoría de la gente establece una conexión con la realidad a través de las marcas, en España se sea tan pacato al hablar abiertamente de ellas en las tribunas públicas. Halagar desinteresadamente al que lo hace bien le pone a uno bajo sospecha.
Está de moda meterse con Amazon. Si uno no se mete con Amazon parece que no es un amante de los libros, que no le gusta que haya librerías en las ciudades, que los autores reciban una justa compensación, que se trate bien a los empleados que trabajan en los almacenes o que haya una sana competencia.
Resulta que antes de que apareciera Amazon, todo funcionaba bien. Las ciudades españolas estaban llenas de encantadoras librerías en las que los libreros eran reencarnaciones de Simone de Beauvoir o Jean Paul Sartre y uno siempre acababa llevándose a casa una obra maestra sobre la que más tarde debatía largo y tendido con ese exquisito librero de toda la vida.
Vamos a ver, lo que yo recuerdo, con excepción de algunas librerías excepcionales que en su mayoría siguen funcionando y a las que sigo acudiendo, es que la mayoría de las veces que iba buscando un libro en concreto, casi nunca lo encontraba porque no lo tenían o estaba descatalogado. Recuerdo sitios pequeños e incómodos en los que uno apenas podía moverse, lugares transformados en meras oficinas de pedidos en las que a uno siempre acababan diciéndole "si quiere se lo podemos encargar" y que siempre estaban cerrados los sábados por la tarde o los domingos que es cuando uno de verdad tiene tiempo para estas cosas. En los sitios que más libros venden como la FNAC, la Casa del Libro o El Corte Inglés ya hace mucho tiempo que la cultura la despachan a estilo supermercado y los empleados se han transformado en meros reponedores que llevan la expresión de agobio en la cara.
No dudo de que lo que cuentan los periódicos acerca del trato que reciben los almaceneros de Amazon en países como Estados Unidos o Alemania sea cierto acerca de la disciplina ignominiosa a la que se los somete, pero no hace falta irse tan lejos. Sólo basta preguntar a las personas que trabajan en Carrefour, a las cajeras del Mercadona, de Zara y de casi cualquier empresa del sector servicios cara al público en qué condiciones se desenvuelve su trabajo diario en el que tienen que comportarse como máquinas durante 8 horas al día por 800 euros. Cuántas veces, como cliente, sale uno pensando este tipo de cosas cuando no ha recibido la atención que uno espera en este tipo de comercios. Hay que denunciar las malas prácticas laborales, sí, pero en todos por igual y no solo en aquellos de los que no se esperan ingresos publicitarios.
Lo cierto es que en una época en el que la reducción de costes se impone siempre a la prestación de un mejor servicio (la gente se pasa la vida esperando a que les atienda un operador al teléfono, aguardando en colas a que les despachen un sandwich a precio de oro sin que apenas les miren, estresados metiendo la comida en las bolsas al hacer la compra en el supermercado tratando siempre infructuosamente de seguir el ritmo del cajero, echándose ellos mismos la gasolina, etc...), Amazon es una de las pocas empresas que sirven a un público masivo basándose en un paradigma que, al menos como cliente, nunca transmite rapacería.
No debe ser tan mala una empresa que realiza los envíos de una cantidad casi infinita de productos siempre en la fecha indicada y en buen estado; con la que uno se conecta un sábado por la noche para realizar una petición y recibe una respuesta ese mismo sábado por la noche con una promesa que siempre se cumple; en la que uno realiza una transacción por error y es subsanada casi al instante ofreciendo una compensación bastante generosa.
Decir, como hace Marc Fumaroli, que Amazon no paga impuestos es contar la mitad de la historia, si esa reducción de costes se traslada al cliente, que somos todos, en forma de mejores precios y servicio.
Un pecado, por lo visto, y de lo que deben avergonzarse los usuarios que no pueden permitirse las pequeñas y exquisitas boutiques de cualquier producto que constituyen el nuevo ideal de consumo de las clases medias-altas.

domingo, 29 de abril de 2012

El cuarto poder

Amazon es una de las empresas bandera de lo que se ha denominado el milagro económico de Seattle de las últimas décadas junto a Microsoft, Boeing, Starbuck’s, Costco y Nordstrom. Raro es el día en que en el Seattle Times, el periódico de cabecera de Seattle y del estado de Washington, no aparece una noticia sobre alguna de estas empresas. Como español y habiendo trabajado en el sector de las relaciones públicas en España, sin embargo, me sorprende la cantidad de veces que estas noticias tienen un carácter negativo.

En este periódico es harto frecuente leer informaciones en portada acerca de la lentitud en los tiempos de entrega de los últimos pedidos a Boeing o de los juicios y litigios en los que Starbuck’s anda metida. La última gota que ha colmado el vaso ha sido la serie de Serie de reportajes sobre Amazon que ha realizado en el último mes. La serie de cuatro reportajes consecutivos, en los que el diario de "la ciudad esmeralda" ha entrevistado a clientes, proveedores, empleados y directivos de la compañía, no deja títere con cabeza. Aunque se subraya la obsesión de Amazon por satisfacer al cliente hasta el último detalle y su afán de innovación, los reportajes ofrecen una cara bastante sombría de una de las empresas más admiradas del mundo. Entre otras lindezas se describen las despiadadas prácticas de almacenaje en la que se obliga a los empleados a trabajar como autómatas, con los supervisores encima de la chepa obligándoles a firmar documentos en los que el empleado afirma que sus lesiones ergonómicas no son derivadas del trabajo. También se incide en la agresiva política de pagos de la empresa hacia las editoriales y las librerías asociadas para que reduzcan sus márgenes al mínimo poniendo en peligro su supervivencia. En otro de estos reportajes se cuestiona la falta de sensibilidad social del gigante .com que apenas ha destinado dinero a obras caritativas durante todos estos años. En favor de la compañía, hay que decir que parece haber dado todo tipo de facilidades a los periodistas para que puedan realizar la información abriendo sus puertas de par en par y dejando que empleados de distintos niveles hablaran con el diario.



Leer este tipo de reportajes me trae a la cabeza un concepto hoy ya casi olvidado que hace alusión a la prensa como el cuarto poder. Un ideal que requiere de una prensa que sea independiente y se comporte como el watchdog (perro guardián) de una opinión pública que requiere de los políticos y los empresarios respuestas directas a la ciudadanía y no a otros poderes fácticos como sucede en España. Una prensa pluralista e independiente económicamente aun con todos los problemas que ha tenido y actualmente tiene para sobrevivir en este país. El modelo norteamericano, en el que suele haber un único periódico de cabecera en las principales ciudades, permite una relativa fortaleza económica del mismo y facilita su pluralismo al tener que servir a un mercado potencial mayor de lectores y, en consecuencia, que responder a las distintas sensibilidades.

A diferencia de España donde abunda la prensa de partido o que sigue una ideología de manual, en la que por obra u omisión uno ya sabe lo que va a leer antes de escribirse, el periodismo norteamericano se caracteriza por una mucha mayor variedad de opiniones en el mismo medio y una separación mayor de lo que es el hecho y la opinión. Aunque con dificultades, su modelo económico, unido a las altas expectativas de una audiencia heterogénea, da como resultado una prensa en general más combativa con todas las facciones. Incluido el mundo de la empresa. Ver al Seattle Times yendo a la yugular de Amazon es como si La Vanguardia atacara a La Caixa o El País al Corte Inglés. ¿Recordáis haber leído alguna vez una noticia negativa de la primera (y única) gran cadena de grandes almacenes española? Yo no, y os invito a que me dejéis en renuncio si así es.