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jueves, 7 de enero de 2016

Una visita a la librería de Amazon en Seattle

Nos las prometíamos muy felices toda la familia yendo a visitar la nueva y única librería que Amazon tiene en todo el mundo. Situada en el distrito universitario de Seattle, la ciudad en la que la compañía tiene su sede. Casi como si se tratara de una atracción de feria.

Las expectativas acerca de todo lo que pone en marcha Amazon, aunque a veces los efectos colaterales sean indeseables, eran altas. De la misma forma que se piensa que la empresa de Bezos va a cambiar el modelo de negocio del periodismo tras la compra del Washington Post y la inversión masiva en tecnología, otros muchos han pensado que el hecho de que haya abierto una librería física podría marcar un antes y un después en el mundo de las librerías.

La visita se quedó en algo ramplón, decepcionante, y no anticipa un futuro muy halagador al concepto de librería.

Para empezar, aunque en el distrito universitario de Seattle, la verdad es que la librería donde de verdad está ubicada es en un mall al aire libre, una especie de Las Rozas Village. El ambiente era de centro comercial, de alguien que se compra un libro de cocina después de haberse comprado unos calzoncillos o unas bragas en Banana Republic y después se va a tomar un café al Starbucks de al lado.

El local es convencional, tirando a pequeño y con una selección escueta de libros que en su mayoría no se exponen de canto sino en horizontal. Bien es cierto que sigue teniendo el rango de librería seria ya que mantiene más o menos las secciones tradicionales (sociología, filosofía, etc.) y buenos títulos a pesar de todo. Predomina, sin embargo, la novedad y siempre dando protagonismo a los libros que más  éxito tienen de ventas y de crítica en Amazon.com. Todos ellos vienen acompañados de sus correspondientes valoraciones de los lectores no bajando ninguno de ellos de las cuatro estrellas. La tienda da un gran protagonismo, no obstante, a toda la gama de lectores y tabletas electrónicas de Amazon que están por todas partes.




¿Qué cosas la distinguen de una librería convencional? Pocas, la verdad. Quizás que no se puede pagar en metálico y que los precios son algo más bajos que lo que marcan las carátulas. Pero todo lo demás resulta familiar: espacio más que estrecho para tratarse de una librería de gran compañía americana,y sobre todo que el gran protagonista es Amazon.com y no la librería en sí que se antoja un mero y limitado recordatorio del universo ilimitado de la marca que te despacha unas cuchillas de afeitar o una serie de televisión inglesa. Se echan mucho de menos los sofas y el espacio para leer que uno encontraba en la fenecida cadena de librerías Borders.

La librería, sin embargo, estaba llena y no precisamente de universitarios sino de gente que portaba grandes bolsas de cartón de cadenas de ropa. Familias con niños pequeños, adolescentes, jóvenes. Desde luego, sospecho que la mayoría no tenía mayores razones para estar allí más allá de eso que los marketinianos llaman “vivir la marca”.

Queda la duda de saber si la idea de poner una librería de Amazon es más un ejemplo de Responsibilidad Social Corporativa motivado por el sentimiento de culpa de haber decapitado unas cuantas librerías o un ejemplo de la necesidad que tienen las empresas virtuales, por muy exitosas que éstas sean, de corporeizarse para demostrarnos que hay un mundo más allá de los algoritmos y los teleoperadores robotizados.

Veremos.





viernes, 6 de noviembre de 2015

Amazon ha entendido el momento

Amazon recibe palos por todos los sitios a pesar de que cada vez tiene más fieles. O quizás por eso. Se le acusa de prácticas laborales seudoesclavistas, de no pagar impuestos y  de haber pulverizado las librerías, entre otras lindezas.

Su líder, Jeff Bezos, tampoco concita las simpatías que otros como Bill Gates. Aparece como excesivamente frío, cerebral y se le acusa de falta de generosidad a diferencia de otros multimillonarios filántropos.

Sin embargo, la mayoría de los que critican a Amazon por todas estas razones son los mismos que compran en Amazon hasta maquinillas de afeitar y no aportan ni un euro de más ni un minuta extra de su tiempo a que esas librerías que tanto dicen adorar puedan sobrevivir.

En cierto modo, la relación con Amazon es un termómetro de la hipocresía para mucha gente.

Su ultimo movimiento estratégico, la apertura de una megalibrería en Seattle, no contribuye a aclarar las cosas. ¿Qué pretende Amazon con ello? ¿Un revival de los años 80 y 90? ¿De esos años en que los Borders y los Barnes and Noble, unos extinguidos y los otros en extinción, florecían como setas con sus flamantes cafés y confortables sillones?

Parece poco probable que vea un nicho de negocio en ello. Más bien parece un gesto de cariño (interesado quizás pero cariño al fin y al cabo) a su ciudad natal o quizás una acción más de responsabilidad social corporativa producto del remordimiento por haberse cargado un buen número de librerías en un país en el que el precio fijo del libro no existe.

Atlantic Monthly la denominaba “catedral laica”, un título que en una de las ciudades menos religiosas de Estados Unidos y donde la idea de la plaza pública es inexistente, empieza a ostentar cualquier lugar en el que la gente se reuna por espacio de una hora o más.

La nueva librería ha sido, en cualquier caso, bien recibida por todo el mundo y a nadie se le ha ocurrido acusar a Amazon de ser el asesino que tiene la gentileza de pagar los gastos del entierro. Más bien los artículos se han centrado en resaltar la iniciativa como un esfuerzo de la empresa por construir comunidad (building community), uno de los bienes más preciados en un país en el que la gente apenas se reune de forma casual o comparte el espacio público para algo que no tenga que ver con el deporte o la restauración.

En una sociedad opulenta hasta cierto punto saturada de empresas y fundaciones centradas en el respeto y cuidado del medio ambiente o en la promoción de estilos de vida saludables, no quedan tantos propósitos relevantes hoy día para que las compañías puedan destacar.

Sólo el principal y la verdadera gasolina de la existencia. Hacer que los individuos pasen más tiempo con otros de su propia especie. Un fenómeno en extinción en esta parte del mundo.

Hasta este extremo hemos llegado pero Bezos y Amazon lo han entendido.