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jueves, 4 de agosto de 2016

De que hablamos cuando hablamos de leer

Da la impresión de que nos encontramos en tránsito hacia una cultura oral, una especie de regreso a los orígenes del hombre.

Parece que a la gente le cuesta más abrir un libro que nunca. No sólo lo dicen las ventas de libros, que han bajado considerablemente, sino una cultura ambiente en la que prima la idea de experiencia sobre el conocimiento.

No se considera versado en Londres o la historia de Ana Frank, a aquel que ha leído a Dickens o el diario de Ana Frank sino al que ha viajado a la capital inglesa, aunque haya sido un fin de semana con un paquete turístico de bajor coste,  o el que ha entrado en la casa natal de la escritora en Amsterdam. Ir, sentir no importa qué, gana la partida a estar y leer, al supuesto intermediario que te cuenta la historia.

Es verdad que una gran parte de los lectores de periódicos en papel se ha pasado a las ediciones digitales, pero, lo dice el tiempo que pasa la gente en cada artículo, se lee distinto, menos, raramente se llega hasta el final de los artículos.

También es cierto que, especialmente los jóvenes pero no sólo, pasan mucho tiempo en los medios sociales al fin y al cabo “leyendo”, decodificando símbolos escritos, pero la verdad es que cada vez más “se escribe como se habla”, leemos pero en realidad es como si estuvieramos escuchando una jerga poco elaborada, hecha para el consumo y la destrucción instantánea, que aunque podamos recuperar en realidad es una hipótesis que no nos interesa, como las imágenes que circulan en Snapshot.

Estudiar los libros de texto, leer interminables artículos académicos está cada vez más desprestigiado en el mundo de la enseñanza convencional. Prima la idea de que el aprendizaje es producto de la experiencia, de compartir con otros. El ratón de biblioteca que deglute libros en solitario, si es que todavía existe, se considera un fracasado, alguien que no ha entendido el signo de los tiempos. El profesor que prescribe demasiadas lecturas que requieren demasiado tiempo no ha entendido lo que es un mundo que se mueve a la velocidad de la luz. Leer pasa por no ser un trámite ineludible para aprender, sino más bien al contrario.

Hemos pasado, al menos en términos de lo que es el ideal normativo, de un extremo a otro del péndulo, de las, al menos teóricamente soporíferas e inútiles lecciones magistrales a la dictadura del trabajo en grupo, las discusiones y el refuerzo positivo.

En España, por un complejo histórico archiconocido, nos gusta abrazar las modas y las vanguardias acríticamente. Eso incluye la pobreza de las bibliotecas de las escuelas españolas, incluso las de élite, que están despobladas de libros.

En los Estados Unidos, que nunca ha tenido problema en negar las tradiciones pero también en inventarlas si es necesario, las bibliotecas de los colegios están llenas de libros, a los estudiantes se les invita a visitarlas durante el horario lectivo, a llevarse libros prestados, a leer a Dashiel Hammett o a J. K. Rowling aunque antes no hayan leído a Shakespeare.

Aquí hay que haber leído ineludiblemente el Cantar del Mio Cid y la Celestina antes de llegar a Lorenzo Silva o a Elvira Lindo.

Así nos va.


domingo, 19 de junio de 2016

Escribir es estúpido

Escribir es estúpido, viene a decir Vicente Verdú en uno de sus últimos artículos.

Crear contenido que no tenga carácter técnico no tiene futuro, ni presente, y está condenado a la irrelevancia.

El interés por la ficción o el ensayo es una llama que se apaga lentamente.

El escritor holístico es una figura del pasado, ridícula, pretenciosa y absurda. Ya ni siquiera se nabla de malos escritores, habida cuenta de que los escritores no importan.

La idea de que es el escritor es vocacional, de que escribe para si mismo si nadie le quiere leer, ha muerto también. Hay muchos escritores que han dejado de hacerlo porque no vale la pena. Ni pueden monetarizar lo que escriben ni tienen un número mínimo de lectores. Una situación que empieza a afectar a escritores antaño considerados conocidos.

No menciona Verdú a los blogs, supongo que porque la immensa mayoría no genera dividendos económicos y porque es un sector ya de por si minifundista. También, me temo, porque en el fond Verdú sólo considera escritura seria aquella que se publica en papel impreso.

Que refrescante y saludable leer a Verdú en estos tiempos en que el pensamiento positivo ya forma parte del credo de la corrección política. Que bueno leer verdades que duelen.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/10/actualidad/1465569941_821510.html


jueves, 2 de junio de 2016

Vivir con los padres también en América

Hace una semana Pew Research Center anunciaba los resultados de un estudio según el cual por primera vez en la historia vivir con los padres era la situación más común de los jóvenes americanos de entre 18 y 34 años. El diecinueve por ciento de los más mayores, aquellos que se encuentran entre los 25 y 34 años, también viviría con sus progenitores.
  
Es la proporción más alta de jóvenes que viven en esta situación desde que se tiene noticia. Concretamente, un tercio de todos ellos, lo que supone una proporción mayor que los que viven con sus esposas o parejas.  

¿Qué está pasando?  Hay preocupación. Cuando la gente vive en su casa no se compra o alquila otras casas. No necesita neveras, sofás o máquinas cortadoras de césped.

Los precios de las casas están volviendo a subir no tanto porque haya demasiada demanda como porque hay muy poca oferta y no se han construido casas nuevas.

Todo ello sucede en un ambiente de cierto bienestar económico con una tasa de desempleo inferior al 5 por ciento.

Nadie tiene una respuesta concluyente a lo que está pasando pero esta no pasa por decir que la sociedad americana se esté italianizando o españolizando. De hecho, las familias norteamericanas no son precisamente un ejemplo de solidez. No,  el deseo de independencia y autonomía de los jóvenes en Norteamérica es intenso ya que son educados para sentirse los capitanes de su propio barco.

Hay varias hipótesis. La gente se casa más tarde y los solteros actuales prefieren estar en casa por una cuestión de comodidad, eso que tanta gracia nos hace de “la mesa puesta” a que se refiere Jose Mota en su programa.

Se publica mucha literatura estos días acerca de la cultural del “hook up” de los millennial Americanos acostumbrados a relaciones sexuales puntuales sin demasiado componente afectivo. Hay incluso libros que hablan de que el concepto de tener novio o novia está obsoleto entre los miembros de una cierta generación.

Tampoco puede dejarse de lado que la vida se ha encarecido extraordinariamente en las grandes áreas metropolitanas donde los alquileres no bajan de los 2.000 dólares por un apartamento pequeño mientras que los salarios de entrada para muchos recién graduados son de 30.000 al año antes de impuestos. Otros muchos tienen préstamos universitarios que pagar de 50 o 60 mil dólares o están trabajando en prácticas  sin percibir salario o por 10 dólares la hora.

En suma, que vivir con los padres hasta edades avanzadas empieza a ser en Estados Unidos también un asunto de clase como tantos otros del que se encuentran a salvo aquellos que viven en los super ZIP, esos códigos postales concentrados mayormente en las costas en los que vive la clase media-alta o muy alta y en los que viven mucho de los jóvenes que acuden a las universidades de élite.

Y todo ello sucede, se ponga Trump como se ponga, en uno de los momentos en que la hegemonía corporativa y cultural de Estados Unidos es mayor.

América sigue siendo grande pero hay cosas en las que empieza a parecerse a los países considerados pequeños.


jueves, 28 de abril de 2016

Una generación de socialistas a los que no gustan los Kellogg's para desayunar

Se dicen muchas cosas sobre los millenials y la mayoría negativas. Que si son indolentes, que no tienen ética del trabajo, que no leen, que tienen la piel muy blanda o que se lo tienen demasiado creído. No son solo los baby-boomers o los de la generación X los que les critican, sino que con cierta frecuencias son ellos mismos los que lo tienen hasta cierto punto asumido.

Para más inri, en Estados Unidos corre la leyenda de que es la primera generación que no tiene miedo al socialismo como concepto, el fuerte apoyo que disfruta Bernie Sanders es una buena muestra de ello, e incluso de que son los primeros americanos de la historia que desprecian los cereales en el desayuno. Pecados mortales ambos.

Son, sin embargo, no tanto el futuro como el presente de América. Acaban de superar en número a los durante tiempo hegemónicos baby-boomers y están empezando a ocupar puestos de responsabilidad ya que se puede ser millennial y tener 38 años (esta generación engloba a todos aquellos nacidos entre el 81 y el 97).

El reciente estudio publicado por Pew Research Center revela una generación más diversa y progresista, rasgo que básicamente viene a confirmar que el mundo en su mayoría camina en una única dirección hacia sociedades desacralizadas, escépticas, ecológicas, individualistas e igualitarias.

Pero más allá de lo que revelan estos lugares comunes de los medios de comunicación, lo cierto es que la fuerza numérica de esta generación ya está empezando a cuestionar al menos dos axiomas que están hacienda la vida casi imposible a mucha gente.

Primero, aquello de “el que el que quiera ir a la universidad que se lo pague” que tanto gustaba al contribuyente norteamericano, ya no sirve y quebranta el principio de igualdad de oportunidades. La educación superior es el equivalente a la secundaria de hace cincuenta años y, por tanto, la idea de que recibir una educación es una opción más, es un viejo paradigma que ya no sirve. En pocos países la educación superior es más clasista y tiende más a perpetuar el status quo que en Estados Unidos.

Segundo, la idea incuestionada de que la eficiencia y la productividad están reñidas con la calidad de vida. En este sentido, estoy de acuerdo con el artículo de The Atlantic que vaticina un cambio de la cultura laboral gracias a los valores de los millennial. No nos engañemos, la sociedad se ha feminizado pero el mundo laboral se ha endurecido hasta extremos insospechados debido a la fuerza del dato y la cultura de la rendición de cuentas (accountability) por todo y ante todo . Llamémoslos los valores baby-boomers que los de la generación X no se sintieron con autoridad para cuestionar.

El artículo anticipa empresas eficientes pero más humanas en las que incluso las temidas revisiones anuales (annual reviews) sean sustituidas por otros métodos que no hagan sentir en los empleados el temido agujero en el estómago como por ejemplo recibir feedback con más frecuencia. ¿Valores millenials? Si queremos poner etiquetas puede valer esa denominación, pero lo importante es que estaríamos hablando de humanizar el trabajo.


Si los millenial consiguen estas dos cosas, les sobra el socialismo.

jueves, 25 de febrero de 2016

Ciudades para ricos

No resulta extraño que mucha de la gente que anda por una calle cualquiera en ciudades como San Francisco, Washington D.C. o Seattle ingrese más de 100.000 dólares al año, unos ingresos que a pesar de todo no les permiten vivir con holgura ni mucho menos.

La libertad de movilidad que ha hecho tan famoso el estilo de vida americano está en entredicho. Hoy una imensa mayoría de americanos viven en las ciudades que pueden permitirse y quedan excluidos de la liga de las grandes urbes de prestigio. Ni aunque quisieran vivir en la periferia, algo que, de momento, no sucede en las grandes urbes europeas.

Recomiendo la lectura de este artículo del Atlantic Monthly acerca del fracaso que representa que las ciudades en las que habita más gente de izquierdas y progresistas sean no sólo las más caras sino en aquellas en las que hay más desigualdad.

http://www.theatlantic.com/business/archive/2014/10/why-are-liberal-cities-so-unaffordable/382045/?utm_source=SFFB


miércoles, 3 de febrero de 2016

Cientos de librerías de Amazon por doquier

Amazon planea abrir cientos de librerías en los Estados Unidos mayormente en centros comerciales. Aparentemente serán pequeños quioscos, un poco como una especie de correlato bibliófilo de los ministarbucks, lugares relativamente elegantes, de paso y predecibles. Mejor que un Carrefour pero no llega al rango de librería.

Y es que en América las librerías cierran. En muchas universidades apenas venden más que libros de texto. En la capital, Washington D. C., no queda una sola gran cadena con el cierre del último Barnes & Noble.

Después de haberse cepillado a buen número de librerías tradicionales, parece que el modelo futuro está en los malls, al igual que ha sucedido con las pantallas de cine. Comprar un libro cinco estrellas en valoración del usuario después de haberse comprado una camisa en Zara y un paraguas en Macy's.

Internet quedará para los bibliófilos y el mundo físico para los bestsellers.

http://www.chicagotribune.com/business/ct-amazon-opening-hundreds-of-bookstores-20160203-story.html

jueves, 21 de enero de 2016

Un mundo sin españoles

Hay una tipología de españoles a los que les gustaría un mundo sin españoles. La de los que quieren aprender inglés de verdad, del bueno. Ver películas americanas sin subtítulos, leer libros sin que cueste trabajo y tener que recurrir al diccionario constantemente, enterarse del 95 por ciento en una conversación telefónica.

Son los que estudiaron inglés cuando existía la EGB en clases de 35 alumnos con profesores de Moratalaz. Fueron seis o siete años a academias privadas. Pasaron algunos meses de agosto en Londres o el sur de Inglaterra. Nunca dominaron del todo la lengua de Shakespeare. Sigue siendo su asignatura pendiente.

Otros, con menos recursos económicos no pudieron ni eso. Los más valientes se fueron a hacer camas o servir mesas a las islas británicas. Aprendieron el inglés de los restaurantes, ese working English que hablan los inmigrantes luchando siempre por no pasar demasiado tiempo con otros españoles.

Ahora, muchos de esa generación tienen hijos y piensan que no quieren repetir errores pasados. Conozco unos cuantos. No quieren que sus hijos vayan a Irlanda y se acaben trayendo una novia de otro pueblo de la periferia de Madrid o de Barcelona. En teoría el mundo se ha ensanchado y las posibilidades son mayores. Ya no es sólo Londres y Dublín sino Canadá, Australia e incluso Nueva Zelanda. Parece posible vivir en un sitio en el que no hay españoles.

Se paga mucho por ello. Un campamento de verano remoto en la costa del Pacífico de los Estados Unidos. Se paga incluso por trabajar. Mil dólares al mes en Australia pagando clases de inglés para poder trabajar de limpiador y ganar 1.600. Todo para estar lo más lejos posible. En un mundo sin españoles.

Hay que reconocer que hasta ahora la cosa no es que haya funcionado muy bien. El inglés en España, un país que acoge a 70 millones de turistas al año, se sigue hablando poco y mal. Seguimos esperando tener un presidente del gobierno que hable inglés pero es que el nivel de bastantes recepcionistas de hotel, cuadros altos e intermedios de nuestras empresas no es mucho mejor.

Y, sin embargo, no será por falta de horas y dinero empleado en el intento. Todos conocemos gente que lleva de una manera u otra estudiando ingles toda su vida y apenas lo chapurrea y entiende. El clásico nivel medio-alto que muchos todavía escriben en sus curricula.

Lo curioso es que en muchos casos es la derecha considerada tradicional española la parte de la sociedad que no sólo más busca ese mundo ideal sin españoles sino que más ha renunciado a cualquier adscripción española de la educación. Los que no se plantean enviar a sus hijos a una universidad que no sea extranjera o los matriculan en cualquier liceo extranjero de su ciudad.

Y no es sólo por la cosa del idioma.



jueves, 10 de diciembre de 2015

El prestigio de ser pobre en política

Es interesante como en España se considera una buena credencial, toda una garantía, que la gente que se dedica a la política tenga poco patrimonio y, a ser posible, haya ganado poco dinero en su vida profesional.

En la entrevista que Bertín Osborne hizo a Pedro Sánchez en su programa, Sánchez, que al igual que su consorte proceden de familias bien acomodadas, se hartó de repetir que había estado en el paro hacía poco.

Cuando el ayuntamiento de Madrid ha publicado las declaraciones de bienes y actividades de sus concejales hace pocos días, varios de ellos, como Guillermo Zapata y Nacho Murgui, se enorgullecían de su escaso patrimonio y no tener ni cuenta corriente. Prueba de su inocencia, dirán algunos.

La política americana es muy distinta. La credencial de cualquier político que se presente a nivel local o nacional es haber tenido éxito en el sector privado. Resulta complicado labrarse una reputación si uno ha cobrado siempre del estado o no ha ejercido una actividad profesional.

En España se critica con frecuencia el que uno tenga que ser millonario para presentarse a presidente de los Estados Unidos por el alto coste que conlleva. Y tienen cierta razón. Pero de lo que no se habla es que haber tenido éxito en los negocios y una independencia financiera se considera la prueba del algodón de que alguien está capacitado, tiene la vida solucionada y no ha llegado a la política para medrar. No es nada infrecuente el caso de gente que se dedica a la política ocho o diez años y vuelve a los negocios. Hay una cierta idea de que la política es un servicio.

Alguien con escaso patrimonio, que no haya hecho nada destacable en el mundo privado tiene muy pocas posibilidades de dedicarse a la política americana de alto nivel, que se supone es un coto reservado a los mejores, como por ejemplo Hillary Clinton, Mitt Romney o el detestable Donald Trump. Resultaría inconcebible un concejal de Chicago diciendo que no tiene cuenta corriente y crearía sospechas acerca de su capacitación profesional. Todo político norteamericano que se precie puede esgrimir un success story que le otorga una cierta credibilidad de partida.

En España, un candidato a la presidencia del gobierno se siente, sin embargo, cómodo diciendo que hace poco tiempo estaba en el paro o presumiendo de haber sido un buen opositor como Mariano Rajoy.

Puede que algunos lo consideren darwinista, pero a mi me gusta que se dediquen a la política gente de mérito y que estén muy bien pagados. Gente que si no se dedicara a la política, fueran excelentes empresarios o profesionales.

No hay otra manera. Si se quiere atraer al mundo de la política a los mejores, el problema de fondo al fin y al cabo, nadie debería tener que avergonzarse de tener dinero y patrimonio siempre que haya sido ganado honradamente. Si no, seguiremos condenados a que nuestros gobernantes sean opositores o gente de aparato.