Consejos American Psique: Estilo de vida
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jueves, 25 de febrero de 2016

Ciudades para ricos

No resulta extraño que mucha de la gente que anda por una calle cualquiera en ciudades como San Francisco, Washington D.C. o Seattle ingrese más de 100.000 dólares al año, unos ingresos que a pesar de todo no les permiten vivir con holgura ni mucho menos.

La libertad de movilidad que ha hecho tan famoso el estilo de vida americano está en entredicho. Hoy una imensa mayoría de americanos viven en las ciudades que pueden permitirse y quedan excluidos de la liga de las grandes urbes de prestigio. Ni aunque quisieran vivir en la periferia, algo que, de momento, no sucede en las grandes urbes europeas.

Recomiendo la lectura de este artículo del Atlantic Monthly acerca del fracaso que representa que las ciudades en las que habita más gente de izquierdas y progresistas sean no sólo las más caras sino en aquellas en las que hay más desigualdad.

http://www.theatlantic.com/business/archive/2014/10/why-are-liberal-cities-so-unaffordable/382045/?utm_source=SFFB


martes, 28 de julio de 2015

Qué ha quedado de la América de los 70 y los 80


Es curioso. Buena parte de la realidad que alimentaba los estereotipos que los españoles tenían de los Estados Unidos en los años 70 y 80 se ha esfumado sin darnos cuenta.

Estados Unidos era entonces el país de la mercancía barata: la ropa tirada de precio, comida barata, coches baratos, casas baratas y material deportivo a tutiplén. El país del give me two que iban de compras a Nueva York. Casi cualquiera podia sentirse un rey.

Hoy mucha gente que vive a caballo entre los dos países llenan las maletas de ropa de Zara y de Mango cuando llegan a España. Se gastan 300 o 400 dólares y sienten que se llevan moda, algo valioso. Se llevan alimentos, aquellos que al menos saben que permite la FDA (su agencia alimentaria) y no les van a confiscar en la aduana. Van a Decathlon y alucinan con los precios. Van a Mercadona y a los autoservicios de descuento y les parece que la comida cuesta un tercio que en cualquier ciudad de medio pelo de los Estados Unidos. Se sienten los reyes aquí.

Si, siguen quedando como últimos bastiones los Levi’s, allí dejados de la mano de Dios, y el precio de la gasolina que es la mitad debido a que no está taxado.

Los Estados Unidos de América eran también el país de las grandes infraestructuras: los nudos de autopistas de 12 carriles que aparecían en las series, los puentes míticos e imposibles que surcaban el océano (como el de la bahía de San Francisco), los aeropuertos en cualquier ciudada mediana o pequeña. Pocos se niegan a reconocer que el asfalto de las autopistas americanas es rugoso, de peor calidad; que muchos puentes aparecen a punto de hundirse; que en realidad hay pocos aeropuertos modernos de verdad y algunos de ellos (como los de Chicago o Nueva York) están al borde del colapso; que el metro de las ciudades con metro (pocas) es poco denso y obsoleto.

Todo el mundo sabe que los americanos tendrán que elevar sus tipos impositivos los próximos años para sufragar mejores y más modernas infraestructuras.

Estados Unidos era también el país de las high school californianas de los telefilmes en los que los rubios adolescentes peleaban por ser  los más populares de la clase y llevarse a las mejores tías. Esas escuelas con pistas de atletismo interminables, campos de baloncesto de verdad y hierba por todas partes. Donde, en lugar de las denostadas lentejas con chorizo se servían hamburguesas y pizza todos los días lectivos.

Debe ser que por la televisión no se apreciaba lo deplorable de los catering que sirven estos centros ni se sabía de que los padres tienen que costear casi hasta el papel higiénico debido a las restricciones presupuestarias.

Estados Unidos era el sitio donde la gente se reinventaba, uno se divorciaba o quería cambiar de trabajo y se trasladaba en un periquete de Texas a Nueva York para empezar de cero.

Qué poca gente sabe que las grandes ciudades como San Francisco, Nueva York o Washington DC se han convertido, en virtud de los precios estratosféricos de sus viviendas, en un reducto privilegiado para las clases con mayores ingresos y donde, en realidad, muy pocos norteamericanos pueden plantearse vivir por muy buen trabajo que tengan. La segregación de los ZIP o códigos postales accesibles a una minoría.

Y se me dirá, ¿qué queda entonces de aquella América? Pues mucho. Dinamismo empresarial, iniciativa, ilusión, una cierta idea de excelencia y un mercado de trabajo lo suficientemente bueno como para, a pesar de todo, no coartar la libertad individual o, en otras palabras, que permite a cualquiera sentirse dueño de su destino.

Bastante, me parece a mí.

domingo, 5 de abril de 2015

Un experimento involuntario: Unos días sin televisión e internet


Cada vez que visito casas de amigos o familiares con niños respiro con alivio. Si, en esas casas los niños también pasan bastante tiempo viendo la tele o conectados a internet mediante una tableta o un portátil viendo series, películas o con un videojuego. No me tengo que sentir culpable. Si, mi casa no es la única en la que los adultos y los niños ven programas distintos por la noche, sin compartir el espacio alrededor de la caja tonta como recuerdo que hacíamos en los años 70 y 80.

No tengo nada en contra de los videojuegos o internet o las series de Netflix. Pueden ser herramientas de aprendizaje y entretenimiento tan válidas como cualquier otra. La televisión ayuda a expandir el mundo de uno sobre todo cuando se vive en una ciudad pequeña. Uno puede socializar con los videojuegos y hay series y películas capaces de entretener a los niños inculcándoles buenos valores.

Si tengo algo en contra de esa desconexión mental que se ha asentado en las distintas generaciones que no conviven bajo un mismo techo, en la idea de que distintas generaciones consumen distintos productos audiovisuales, en la desaparición de esas veladas en las que toda la familia veía un concurso o una película, en la tendencia a que el tiempo doméstico compartido se ciña a la comida, la cena y poco más.

Hace poco fui testigo y partícipe de un experimento involuntario. Pasamos un largo Puente en casa de una amiga que se acababa de comprar una casa. Los padres, nosotros, de cuarenta y tantos, los niños de 7 y 10. El sitio vacío, sin muebles, sin camas, sin apenas cacharros de cocina. Un espacio alegre y luminoso, sin más. Lo divertido era salir durante el día a visitar sitios en Seattle y su area metropolitana, a veces eran sitios turísticos y otras veces parques, campus de universidades o recorrer vecindarios. Por la noche, cocinar algo sencillo y leer los libros que habíamos comprado, a falta de otras alternativas. Poner un CD de música en un aparato portátil. A veces jugar una partida al ajedrez, un juego siempre tan a mano.

Pero no todo era tan estructurado. Los niños pasaban horas jugando a bajar las escaleras como si fueran windsurfistas, con una tienda de campaña plantada en la habitación, ensayando trucos de magia, simplemente hablando y divagando con nosotros o entre ellos, debatiendo que hacer mañana, donde ir. Los adultos, nosotros, leíamos en el suelo, sobre un colchón hinchable, resolvíamos problemas domésticos olvidados (arreglar una cisterna, colocar unas cortinas, averiguar porque el agua de la ducha no caía caliente, etc.) que nos enseñaban paciencia, a gestionar las contrariedades.

Quizás hubiera sido mejor un hotel, una casa con todas las comodidades, pero lo cierto es que nadie quería regresar a una casa, la nuestra, con tanta comodidad, con internet, con un buen paquete de televisión por cable. Todos echamos de menos la casa luminosa, sin muebles, sin posesiones innecesarias, sin cortinas, de nuestra amiga.

Por unos días, habíamos vivido, o mejor dicho, convivido, regresando al mundo de las palabras. 

Totalmente recomendable.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Comida socialdemócrata

Mi nueva entrada en el Huffington Post acerca de por qué los Estados Unidos siempre acaban perdiendo en las comparaciones en cuestiones de comida.

http://www.huffingtonpost.es/cesar-garcia/comida-socialdemocrata_1_b_3957496.html

sábado, 2 de febrero de 2013

Americanos mimados


En comparación con el resto de habitantes del planeta, a los americanos les gusta pensar de si mismos que están mimados.  Es difícil saber si hay más de arrogancia o de autocrítica en este pensamiento.  Por un lado se ven como perpetuos adolescentes insatisfechos con el mundo que les ha tocado vivir a pesar de (según también ellos) ser el mejor de los posibles. Por otro, se sienten elegidos por haber nacido en el país de la libertad, la democracia, la sociedad del espectáculo y el producto interior bruto.

Para mí que hay más de arrogancia, acaso de una arrogancia humilde, muchas veces incluso bienintencionada. Una arrogancia, eso sí, consciente de la estulticia del que se siente elegido por vivir en casas más grandes, conducir 4 x 4, jugar al golf en campos sin baches, comprar calzoncillos y bragas de Calvin Klein a precio de ganga, acariciar al menos la posibilidad de estudiar en una universidad de renombre, ver los estrenos de Hollywood un par de meses antes o disponer de un pedazo de pasto donde emplear el tiempo libre.

Los europeos, y entre ellos quizás más los mediterráneos, tratamos de contragolpear pensando que cómo puede considerarse mimada  gente que no termina de descubrir las bondades del aceite de oliva, que desprecia el producto fresco, que no sabe lo que es ir a un cine que no esté ubicado en un parking o tomarse una ración de bravas en la terraza de una plazita. Gente para la cual  las vacaciones consisten en irse una semana de camping y que, según los últimos estudios, no tiene mas de dos amigos de verdad (eran tres en los años 60).

Es curioso, pero a muchos americanos no se les pasa por la cabeza que simplemente poder trabajar, un proyecto profesional e independencia vital tenga remotamente que ver con estar mimado.

Gente rara en el fondo.