No resulta extraño que mucha de la gente que anda por una calle cualquiera en ciudades como San Francisco, Washington D.C. o Seattle ingrese más de 100.000 dólares al año, unos ingresos que a pesar de todo no les permiten vivir con holgura ni mucho menos.
La libertad de movilidad que ha hecho tan famoso el estilo de vida americano está en entredicho. Hoy una imensa mayoría de americanos viven en las ciudades que pueden permitirse y quedan excluidos de la liga de las grandes urbes de prestigio. Ni aunque quisieran vivir en la periferia, algo que, de momento, no sucede en las grandes urbes europeas.
Recomiendo la lectura de este artículo del Atlantic Monthly acerca del fracaso que representa que las ciudades en las que habita más gente de izquierdas y progresistas sean no sólo las más caras sino en aquellas en las que hay más desigualdad.
http://www.theatlantic.com/business/archive/2014/10/why-are-liberal-cities-so-unaffordable/382045/?utm_source=SFFB
¿Cómo son los americanos? ¿Son tan simples como dicen algunos? ¿Les conocemos tan bien como creemos gracias a las noticias y las películas? ¿En qué se diferencian de los españoles? En American Psique, César García responde a éstas y otras preguntas a través de un análisis pormenorizado de los elementos que conforman la psicología de los habitantes de los Estados Unidos en el siglo XXI.
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jueves, 25 de febrero de 2016
martes, 28 de julio de 2015
Qué ha quedado de la América de los 70 y los 80
Es curioso. Buena parte de la realidad que alimentaba los
estereotipos que los españoles tenían de los Estados Unidos en los años 70 y 80
se ha esfumado sin darnos cuenta.
Estados Unidos era entonces el país de la mercancía barata:
la ropa tirada de precio, comida barata, coches baratos, casas baratas y
material deportivo a tutiplén. El país del give
me two que iban de compras a Nueva York. Casi cualquiera podia sentirse un
rey.
Hoy mucha gente que vive a caballo entre los dos países
llenan las maletas de ropa de Zara y de Mango cuando llegan a España. Se gastan
300 o 400 dólares y sienten que se llevan moda, algo valioso. Se llevan
alimentos, aquellos que al menos saben que permite la FDA (su agencia
alimentaria) y no les van a confiscar en la aduana. Van a Decathlon y alucinan
con los precios. Van a Mercadona y a los autoservicios de descuento y les
parece que la comida cuesta un tercio que en cualquier ciudad de medio pelo de
los Estados Unidos. Se sienten los reyes aquí.
Si, siguen quedando como últimos bastiones los Levi’s, allí
dejados de la mano de Dios, y el precio de la gasolina que es la mitad debido a
que no está taxado.
Los Estados Unidos de América eran también el país de las
grandes infraestructuras: los nudos de autopistas de 12 carriles que aparecían
en las series, los puentes míticos e imposibles que surcaban el océano (como el
de la bahía de San Francisco), los aeropuertos en cualquier ciudada mediana o
pequeña. Pocos se niegan a reconocer que el asfalto de las autopistas
americanas es rugoso, de peor calidad; que muchos puentes aparecen a punto de
hundirse; que en realidad hay pocos aeropuertos modernos de verdad y algunos de
ellos (como los de Chicago o Nueva York) están al borde del colapso; que el
metro de las ciudades con metro (pocas) es poco denso y obsoleto.
Todo el mundo sabe que los americanos tendrán que elevar sus
tipos impositivos los próximos años para sufragar mejores y más modernas
infraestructuras.
Estados Unidos era también el país de las high school californianas de los
telefilmes en los que los rubios adolescentes peleaban por ser los más populares de la clase y llevarse a
las mejores tías. Esas escuelas con pistas de atletismo interminables, campos
de baloncesto de verdad y hierba por todas partes. Donde, en lugar de las
denostadas lentejas con chorizo se servían hamburguesas y pizza todos los días
lectivos.
Debe ser que por la televisión no se apreciaba lo deplorable
de los catering que sirven estos
centros ni se sabía de que los padres tienen que costear casi hasta el papel
higiénico debido a las restricciones presupuestarias.
Estados Unidos era el sitio donde la gente se reinventaba,
uno se divorciaba o quería cambiar de trabajo y se trasladaba en un periquete
de Texas a Nueva York para empezar de cero.
Qué poca gente sabe que las grandes ciudades como San
Francisco, Nueva York o Washington DC se han convertido, en virtud de los
precios estratosféricos de sus viviendas, en un reducto privilegiado para las
clases con mayores ingresos y donde, en realidad, muy pocos norteamericanos
pueden plantearse vivir por muy buen trabajo que tengan. La segregación de los
ZIP o códigos postales accesibles a una minoría.
Y se me dirá, ¿qué queda entonces de aquella América? Pues mucho. Dinamismo
empresarial, iniciativa, ilusión, una cierta idea de excelencia y un mercado de
trabajo lo suficientemente bueno como para, a pesar de todo, no coartar la
libertad individual o, en otras palabras, que permite a cualquiera sentirse
dueño de su destino.
Bastante, me parece a mí.
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domingo, 5 de abril de 2015
Un experimento involuntario: Unos días sin televisión e internet
Cada vez que visito casas de amigos o familiares con niños respiro con
alivio. Si, en esas casas los niños también pasan bastante tiempo viendo la
tele o conectados a internet mediante una tableta o un portátil viendo series,
películas o con un videojuego. No me tengo que sentir culpable. Si, mi casa no
es la única en la que los adultos y los niños ven programas distintos por la
noche, sin compartir el espacio alrededor de la caja tonta como recuerdo que hacíamos
en los años 70 y 80.
No tengo nada en contra de los videojuegos o internet o las series de
Netflix. Pueden ser herramientas de aprendizaje y entretenimiento tan válidas
como cualquier otra. La televisión ayuda a expandir el mundo de uno sobre todo
cuando se vive en una ciudad pequeña. Uno puede socializar con los videojuegos
y hay series y películas capaces de entretener a los niños inculcándoles buenos
valores.
Si tengo algo en contra de esa desconexión mental que se ha asentado en las
distintas generaciones que no conviven bajo un mismo techo, en la idea de que
distintas generaciones consumen distintos productos audiovisuales, en la
desaparición de esas veladas en las que toda la familia veía un concurso o una
película, en la tendencia a que el tiempo doméstico compartido se ciña a la
comida, la cena y poco más.
Hace poco fui testigo y partícipe de un experimento involuntario. Pasamos
un largo Puente en casa de una amiga que se acababa de comprar una casa. Los
padres, nosotros, de cuarenta y tantos, los niños de 7 y 10. El sitio vacío,
sin muebles, sin camas, sin apenas cacharros de cocina. Un espacio alegre y
luminoso, sin más. Lo divertido era salir durante el día a visitar sitios en
Seattle y su area metropolitana, a veces eran sitios turísticos y otras veces
parques, campus de universidades o recorrer vecindarios. Por la noche, cocinar
algo sencillo y leer los libros que habíamos comprado, a falta de otras
alternativas. Poner un CD de música en un aparato portátil. A veces jugar una
partida al ajedrez, un juego siempre tan a mano.
Pero no todo era tan estructurado. Los niños pasaban horas jugando a bajar
las escaleras como si fueran windsurfistas, con una tienda de campaña plantada
en la habitación, ensayando trucos de magia, simplemente hablando y divagando
con nosotros o entre ellos, debatiendo que hacer mañana, donde ir. Los adultos,
nosotros, leíamos en el suelo, sobre un colchón hinchable, resolvíamos problemas
domésticos olvidados (arreglar una cisterna, colocar unas cortinas, averiguar
porque el agua de la ducha no caía caliente, etc.) que nos enseñaban paciencia,
a gestionar las contrariedades.
Quizás hubiera sido mejor un hotel, una casa con todas las comodidades,
pero lo cierto es que nadie quería regresar a una casa, la nuestra, con tanta
comodidad, con internet, con un buen paquete de televisión por cable. Todos
echamos de menos la casa luminosa, sin muebles, sin posesiones innecesarias,
sin cortinas, de nuestra amiga.
Por unos días, habíamos vivido, o mejor dicho, convivido, regresando al mundo de las palabras.
Totalmente recomendable.
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lunes, 23 de septiembre de 2013
Comida socialdemócrata
Mi nueva entrada en el Huffington Post acerca de por qué los Estados Unidos siempre acaban perdiendo en las comparaciones en cuestiones de comida.
http://www.huffingtonpost.es/cesar-garcia/comida-socialdemocrata_1_b_3957496.html
http://www.huffingtonpost.es/cesar-garcia/comida-socialdemocrata_1_b_3957496.html
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sábado, 2 de febrero de 2013
Americanos mimados
En comparación con el resto de habitantes del planeta, a los americanos les gusta pensar de si mismos que están mimados. Es difícil saber si hay más de arrogancia o de autocrítica en este pensamiento. Por un lado se ven como perpetuos adolescentes insatisfechos con el mundo que les ha tocado vivir a pesar de (según también ellos) ser el mejor de los posibles. Por otro, se sienten elegidos por haber nacido en el país de la libertad, la democracia, la sociedad del espectáculo y el producto interior bruto.
Para mí que hay más de arrogancia, acaso de una arrogancia humilde, muchas veces incluso bienintencionada. Una arrogancia, eso sí, consciente de la estulticia del que se siente elegido por vivir en casas más grandes, conducir 4 x 4, jugar al golf en campos sin baches, comprar calzoncillos y bragas de Calvin Klein a precio de ganga, acariciar al menos la posibilidad de estudiar en una universidad de renombre, ver los estrenos de Hollywood un par de meses antes o disponer de un pedazo de pasto donde emplear el tiempo libre.
Los europeos, y entre ellos quizás más los mediterráneos, tratamos de contragolpear pensando que cómo puede considerarse mimada gente que no termina de descubrir las bondades del aceite de oliva, que desprecia el producto fresco, que no sabe lo que es ir a un cine que no esté ubicado en un parking o tomarse una ración de bravas en la terraza de una plazita. Gente para la cual las vacaciones consisten en irse una semana de camping y que, según los últimos estudios, no tiene mas de dos amigos de verdad (eran tres en los años 60).
Es curioso, pero a muchos americanos no se les pasa por la cabeza que simplemente poder trabajar, un proyecto profesional e independencia vital tenga remotamente que ver con estar mimado.
Gente rara en el fondo.
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