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jueves, 5 de febrero de 2015

Entrevista en El Mundo sobre mi nueva novela


Nuestros problemas con EEUU (II)

  • César García, el profesor español en Washington que refutó los tópicos anti estadounidenses en el ensayo 'American psique', convierte el choque cultural en novela

Antonio Resines en Manhattan, en 'La línea del cielo'...
Antonio Resines en Manhattan, en 'La línea del cielo' (1983), de Fernando Colomo.
¿Alguien en la sala leyó 'American psique' (editado por Lo que No Existe)? Pues era un libro estupendo, el ensayo de un profesor español en una universidad estadounidense (una universidad normal, ningún nombre pijo de la Ivy League por aquí) que tomaba las ideas comunes que en España retratan a los gringos, güei, y las refutaba parcial o completamente: la insolidaridad, la pacatería, la zafiedad, la avaricia...
Pues ahora toca la refutación de la refutación: César García, el profesor de la Central Washington University que firmó 'American psique' ha publicado este invierno 'Lenguas extranjeras' (editado por C. de Langre), un nuevo acercamiento, esta vez en forma de novela, al mismo tema: el choque cultural del europeo que vive en Estados Unidos. La gracia consiste en que 'Lenguas extranjeras' es un texto mucho más puñetero, más desencantado pero también más dulce, que 'American psique'. A primera vista, la novela dice lo contrario que el ensayo: que los estadounidenses son tan majaderos como los europeos o quizá más, que sus universidades son igual de mediocres y que sus mecanismos de solidaridad social consisten, a menudo, en que un viejo que está como una cabra se dedique a entregar comida mala y broncas a un puñado de mexicanos enfadados. García, en cambio, no está tan de acuerdo en que 'Lenguas extranjeras' desmienta a 'American psique'.
"Una novela te proporciona una libertad para hablar del mundo de las relaciones personales que no te da, dicho en el mejor sentido de la palabra, un panfleto de carácter sociológico", explica García en un correo enviado desde un lugar llamado Ellensburg, Washington. "Mis opiniones acerca de la mayoría de los temas que abordé en 'American psique' no han cambiado. Por ejemplo, sigo pensando que el sistema universitario de los Estados Unidos es el mejor del mundo porque conjuga mérito, responsabilidad, riesgo y una igualdad de oportunidades mayor de lo que se dice. La universidad pública, contra lo que sucede en Europa, sigue funcionando bastante bien a pesar de los recortes porque todavía combina apoyo estatal, ciertamente cada vez menor, con incentivos para que administradores, profesores y estudiantes no se apoltronen. He escrito positivamente y sigo haciéndolo sobre ello a diario en miblog, en el Huffington Post o para otras organizaciones. Pero si es verdad que, en la distancia, parece que todas las universidades americanas fueran como las de las de la Ivy League o las de investigación. En un país en el que hay más de 3.000 universidades, hay primera, segunda y tercera división. Y es cierto, existen muchas pequeñas universidades generalmente privadas en las que la calidad es muy baja al igual que existen en España y en otros países. Una parte importante de la universidad americana en su conjunto no tiene el oropel que se percibe desde fuera".
"Quizás es en lo que se refiere a las relaciones personales en lo que puedo estar más de acuerdo con su afirmación ['Lenguas extranjeras' refuta a 'American psique'] y con otros escritores españoles, como Pérez de Ayala o Valera, cuyos escritos sobre Estados Unidos estudié durante mi tesis doctoral y a los que entonces consideré un tanto estereotipados y provincianos en sus apreciaciones. Aunque suene a generalización, hay algo de cierto en lo epidérmico de las relaciones sociales, la hipocresía (la cual puede considerarse un defecto pero a veces puede ser una virtud si de lo que se trata es de mantener la armonía y las formas) y en la soledad que experimenta a diario un número muy alto de personas en este país. Muchos no lo saben, pero en una parte muy amplia de la América del Norte dominan el silencio y la soledad física y espiritual".

Oye, me aburro

Muy en resumen: 'Lenguas extranjeras toma la vida de Javier Pindado, filólogo madrileño, chico bien con ganas de escapar cuanto más lejos mejor, de su familia, más bien disfuncional y pelmazo. Primero recala en Columbia y ahí hay un ratito para los sueños de grandeza. Pero Pindado no es tan bueno en su trabajo o no es tan competititvo como para quedarse en Nueva York, así que su vida se dirige a una universidad de pueblo en la que encallará sin remedio. De Nueva York se trae una mujer joven y probablemente guapa, pero aburrida y destinada a abandonarlo sin ni siquiera dar un portazo. Y, entonces, Pindado piensa ¿qué pinto yo aquí? y empieza a observar la vida que lo rodea con la lupa de un entomólogo.
En medio de esa observación, aparece una frase aparentemente irrelevante, una alusión a los perfiles de los estadounidenses en sus redes sociales, siempre con sus retratos frontales y sonrientes. Ahora, el lector español puede buscar entre los contactos de su móvil y verá que todos los retratos son fotos irónicas o desenfocadas o en escorzo. Y si pensamos que en esa diferencia está la la clave de la novela... ¿qué dice el autor? "Bueno, no se si me arriesgaría a hacer una afirmación tan tajante subrayando esa diferencia. Lo cierto es que para la psique americana es importante acostumbrarse a 'dar la cara' desde temprana edad. En las clases de las escuelas infantiles es habitual que aparezcan los nombres de los chicos junto a su retrato a la entrada de las clases, en los supermercados siempre figuran las fotos de quienes trabajan en las diferentes secciones, no hay un sólo anuncio de una agencia inmobiliaria en el que no aparezca la imagen del agente inmobiliario en cuestión con su nombre y apellidos, los chicos que van a hacer la primera comunión aparecen retratados en los tablones de las parroquias, los dentistas y los doctores se anuncian en la prensa con su familia, los estudiantes que optan a liderar las asociaciones universitarias ponen fotos suyas en los tablones, y, cómo no, los profesores de universidad suelen incluir retratos en las 'webs' de los departamentos e incluso en la puerta de su despacho en situaciones informales".
César García, en su retrato oficial de la Central Washington University.
"En América, mostrar el rostro está asociado a la idea de transparencia, de apertura a los demás, de ofrecer la mejor versión de uno mismo, con el menor número de imperfecciones, a través de una franca sonrisa para, en el fondo, hacer algún tipo de negocio. Mientras, en España, hasta que llegó la fiebre de las redes sociales, que otros tuvieran acceso a un retrato tuyo si no eras una persona pública se consideraba casi una intromisión en la intimidad. La diferencia está en que en Estados Unidos un dentista o cualquier profesional se considera una persona pública mientras que en España no. Dicho esto, la esfera pública en Norteamérica es vibrante, poderosa, en comparación con la española. Uno, si se lo proponía, podía acceder fácilmente (incluso antes de Internet) a mucha información de la gente, es un país en el que se discute de todo y en tiempo real (en la esfera pública, ojo, no en la privada donde domina la cautela y mantener una amistad es a menudo a costa de la discrepancia y el sacrificio de la autenticidad personal). Las películas sobre lo que pasa hoy, tardan sólo un año en hacerse, mientras que en España tardan 30 años. Contra lo que pueda parecer, la esfera pública y la privada se confunden más en Estados Unidos que en España aunque nosotros seamos maestros en mezclar la política o la cosa pública con los negocios o los intereses privados".
Entre tanta cara sonriente, Pindado habrá de enamorarse, cómo no. Enamorarse más o menos, porque la chica a la que conoce, Gabrielle, no es especialmente encantadora, ni inteligente, ni guapa, ni sexi... igual que Fairfield, el pueblo en el que da clase. Es, eso sí, franca y sin dobleces, formal y generosa. Y así, el protagonista se pasa la mitad de la novela dándole vueltas a por qué implicarse con una chica como Gabrielle. "¿Por qué? Porque no tiene un plan, ni un proyecto determinado, una nota bastante característica de esta generación en España, y eso es algo que cuando vives en América se nota más. El sistema educativo en este país es muy eficaz a la hora de hacer que la gente se plantee objetivos, metas tangibles en la vida. Pindado lleva una vida flotante y de repente se da cuenta de que necesita reglas, cauces claros, una estructura aunque sea de manera vicaria. Vivir sin estructura u objetivos vitales es posible pero está al alcance de muy pocos. Pindado no es uno de ellos. A Pindado le atrae estar con una persona de principios y religiosa como Gabrielle, aunque él no lo sea por ética o incluso por estética, porque no se castiga con preguntas. Por otro lado, si bien es verdad que las nuevas tecnologías han logrado con relativo éxito crear sucedáneos de las relaciones personales sacrificando la cercanía física, lo cierto es que no ha sido así en lo que se refiere a las relaciones sentimentales, románticas y, como no podía ser de otro modo, sexuales. La proximidad física sigue siendo un factor decisivo a la hora de elegir una determinada pareja en el tipo de ciudades pequeñas como las de la novela. Puede parecer extraño si uno viveen una gran ciudad como Madrid donde el 'mercado' de las relaciones es aparentemente ilimitado, pero en estos sitios pequeños a tres o cuatro horas de una gran ciudad (unas distancias que en España casi son impensables esté donde uno esté), la gente soltera o separada se pasa la vida preguntando si conoces a alguien que esté libre y viva en los alrededores. He conocido personas que han abandonado trabajos solo por esta razón o, simplemente, aceptan que cualquier alternativa es preferible a la soledad si uno está encadenado al trabajo como sucede en la academia donde la movilidad es más baja que en otros trabajos... Lo que Javier Pindado quiere en el fondo es acostumbrarse a amar a Gabrielle".

Sobre todo, no grites

La otra trama de la novela relata el fracaso de Pindado es su intento de relanzar su carrera como profesor. El protagonista de 'Lenguas extranjeras' no es más torpe que sus colegas de departamento, una pandilla en la que no faltan los vagos, los xenófobos y los corruptos. Precisamente por eso, porque son unos mediocres, le harán la vida imposible, hasta el punto de aprovecharse de un par de alumnos un poco tontorrones para dejarlo vendido. Y por ahí aparece el recuerdo de Antonio Calvo aquel profesor español en Princeton que un día dio dos gritos en clase, error inadmisible en Estados Unidos. Los alumnos, como pagan tanto dinero por sus matrículas, se convierten en clientes de la universidad, y los clientes son intocables, se explica en 'Lenguas extranjeras'.... Así que mucho cuidado con soltar un '¡coño!' en el aula. Calvo se convirtió por culpa de sus gritos en un apestado en Princeton. Terminó por suicidarse.
"El estudiante norteamericano es de una buena fibra moral", explica César García. "Por encima de la visceralidad, o el sentimiento a flor de piel, existe un consenso social bastante potente en la sociedad norteamericana de que hay que ser justos, valorar el mérito o un argumento bien plantado. En este sentido, aunque a veces puedan errar en sus juicios como todo el mundo o más ya que gozan de un plus de confianza en si mismos, los estudiantes norteamericanos son, en general, sanos. Dicho esto, la mentalidad de cliente que paga por recibir un servicio que impregna hoy día los campus universitarios sí puede llevar a situaciones de abuso en este sentido. Por eso, me sigue pareciendo importante que haya universidades públicas de calidad que se guíen por criterios meritocráticos y no en función de la cuenta de resultados. Cuanto más reduzcas la contribución estatal, mayor peso se dará a la contabilidad pura y dura a excepción de las universidades de prestigio. En este sentido, se pueden producir abusos".
Última pregunta: ¿Qué tal se lleva García con España a estas alturas? Porque las escenas españolas de su novela son bastante sombrías. "Mi visión global de la sociedad española es positiva. Hay un equilibrio entre forma de vida, trabajo y relaciones que me parece sofisticado. En muchos sentidos, lo mejor de dos mundos, el del mundo desarrollado y la cultura latina. Ese equilibrio se ha tambaleado algo últimamente debido a la crisis y es lo que hay que recuperar ya que si no se es eficiente es difícil disfrutar de una serie de derechos y modos de vida. Por cuestiones familiares, alguien como yo hecho por y para la urbe, ha pasado estos últimos años en lugares rurales. Cuando voy a España, paso la mayor parte del tiempo en pueblos del interior que, ciertamente, han cambiado poco desde los años 70, si acaso para peor ya que tienden a la extinción. Es una España que ocupa una porción gigantesca de su territorio y que, en general, todos ignoramos salvo cuando no nos queda más remedio. Lo mismo le pasa a Pindado, que está el tiempo imprescindible en Quintanilla y siempre preferirá pasar la tarde en Ikea, Macy's o El Corte Inglés".



domingo, 7 de septiembre de 2014

La inversión de tu vida

España es siempre España. Parece que, como demuestra la incipiente recuperación, podrá seguir a trancas y barrancas siendo lo que lleva siendo muchos años, es decir, un país de servicios apoyado en la demanda interna y en un sector de la construcción que siempre será importante.

Esto se traduce en que a los jóvenes les queda enfrentarse a una situación crónica de paro o precariedad. Las clases dirigentes y con recursos ya lo saben hace bastante y por eso llevan años enviando a sus hijos sobre todo a estudiar a Estados Unidos o a Londres. Cuando uno se encuentra a un subdirector de periódico importante nacional y bien conectado decirte que sus hijos se quedarán fuera después de acabar sus estudios de posgrado en Estados Unidos es que la cosa está chunga de verdad.

El consejo que voy a dar no es para todo el mundo ya que, desgraciadamente, hay muchas familias españolas pasándolo rematadamente mal, pero si puede servir a una clase media todavía no empobrecida del todo con algún ahorro que no sabe donde destinar viendo el depresivo panorama de la vivienda y teniendo en cuenta la alergia al riesgo de invertir en acciones.

A esos padres que tienen unos ahorrillos de 40 o 50.000 euros y están pensando en comprar un apartamento a 50 kilómetros de una gran ciudad, una plaza de garaje o simplemente dejarlos en el banco en un depósito al dos por ciento, les diría que se lo piensen dos veces sobre todo si tienen hijos en la universidad. Les diría que convenzan a sus hijos de estudiar uno o dos años en Estados Unidos un Máster o completar otros estudios de posgrado. Puede ser la inversión de sus vidas ya que les dará la oportunidad de tener un permiso de trabajo legal de hasta 18 meses que muchas veces se convierte en permanente por deseo del empresario. Mientras tanto, no pocas universidades ofrecen a los estudiantes la posibilidad de trabajar y, al menos, sufragar parcialmente los estudios y gastos de estancia.

Qué rendimiento inversor puede superar a realizarse profesionalmente y tener un proyecto personal por esa cantidad? Dudo que ninguno. Y ni siquiera entro en lo económico. Pero no viene mal recordar que España es el país de la OCDE donde la diferencia salarial es menor entre un titulado universitario y una persona que carece de título, alrededor de un 32 por ciento frente a un 172 por ciento en Estados Unidos. Un titulado con un título Master gana en Estados Unidos entre 65.000 y 120.000 dólares de media.

 Es normal que los españoles jóvenes mejor preparados emigren a otros países europeos por cercanía geográfica y porque disfrutan de permiso legal de trabajo y residencia desde el primer día, pero me sigue sorprendiendo que tan pocos consideren los Estados Unidos como destino, una sociedad más acostumbrada a integrar al foráneo en parte porque al no existir un estado del bienestar tan desarrollado los americanos no tienen la impression de que nadie les robe nada del pastel.

Creédme, ningún sitio es jauja pero esta es la inversión más barata que he visto nunca.  

Por eso los ricos españoles llevan haciéndolo muchos años.



viernes, 26 de julio de 2013

Buscar trabajo

A lo largo del año, cuando hablamos por Skype los sábados por la mañana, mis padres me preguntan invariablemente por el estado de la economía norteamericana y sobre todo por la tasa de paro. Cuando les digo que en todo el país es del  siete y medio por ciento y en el estado de Washington ronda el siete, se siguen sorprendiendo aunque ya se lo haya dicho muchas veces. Experimentan lo que yo llamo una especie de delectación masoquista, muy española, una mezcla de complejo de inferioridad ancestral típico de la gente de su generación y de sentirse afortunados porque su hijo se haya librado de la plaga del desempleo.

Podría entrar en detalles, en tecnicismos, pero prefiero ahorrar crueldades innecesarias. Podría contarles que los políticos de la gran potencia siguen considerando que un nivel de paro semejante se considera intolerable, que los economistas andan preocupados porque el desempleo estructural en Norteamérica después de la crisis vaya a pasar del 4,5 al 6 por ciento, que se habla de una generación perdida que percibirá de por vida salarios inferiores a los de sus padres e incluso de que ir a la universidad ya no aporta un adecuado retorno de la inversión a las familias y eso a pesar de que un universitario, alrededor del 35 por ciento de los jóvenes estadounidenses, gana alrededor de un 150 por ciento más de salario que el que no lo es.

Sin embargo, lo que más me sigue llamando la atención de la situación española no es tanto el porcentaje de desempleo, que mucha gente olvida que 20 años  atrás alcanzo cotas relativamente similares, sino las condiciones casi humillantes en que la gente tiene que buscar trabajo.
El otro día, mientras esperaba en una tienda de Movistar a que me atendieran, veo a un chico de unos 20 años entregar un currículo casi con desidia. Llevaba un taco de ellos y se notaba que estaba realizando un reparto industrial por todas las tiendas del centro comercial. Me sorprendió la naturalidad con que entregaba aquel folio con una foto por membrete. Le pregunté a la dependiente que me atendía si Movistar requería fotos en los currículos y me miró con asombro.

En realidad, mi ingenuidad no tiene límites ya que hacía solo unos meses que me había encontrado un anuncio de una universidad privada española, que se dice católica para más señas,  que buscaba profesorado internacional en el extranjero y que también exigía foto, al parecer una característica de gran relevancia en la docencia. Recuerdo que, indignado, envié un correo electrónico a la persona que figuraba como contacto señalando que esa es una práctica que en Estados Unidos y otros países se considera gravemente discriminatoria. Tengo que decir que no me sorprendió demasiado que no contestara mi correo ni me diera las gracias.

Me vienen a la cabeza imágenes de una nueva España negra, silenciosa, asumida por el común de los mortales. Recuerdo el caso de la todavía prestigiosa cadena de supermercados Sánchez Romero cuyos evaluadores de recursos humanos juzgaban hace no tanto el color de la piel de los candidatos en función de su proporción de “café o leche”. Aparte de una reprimenda mediática, lo cierto es que la sociedad española no castigó (si, a veces el castigo es una buena cosa) demasiado la reputación de Sánchez Romero que sigue vendiendo con éxito su imagen de supermercado Premium.

También  me vienen a la memoria recuerdos un poco más gozosos. Cuando disfrutaba leyendo las desventuras de Henri Chinaski, aquel alter ego bukowskiano, en aquel Los Angeles de los años 50. Recuerdo que lo que más me sorprendía de aquel personaje no era tanto que siendo feo, pobre y falto de higiene se acostara continuamente con mujeres o que tuviera la energía para escribir hasta altas horas de la madrugada después de una larga jornada de trabajo físico en compañía de un transistor y bebiendo continuamente. No, lo que más me sorprendía era la vitalidad del mercado de trabajo norteamericano donde Chinaski encontraba un trabajo tras otro en fábricas de bombillas, de pepinillos o de tuercas (llegue a contar más de 50 trabajos en la novela Factotum). Aquel mundo en que ningún supervisor explotador te pedía currículo con foto o tenía en cuenta tu edad.

Para muchos debe ser curioso que el país del susodicho capitalismo salvaje nos dé lecciones de civismo a la hora de buscar trabajo. Las empresas equivalentes a Telefónica o a la Universidad Católica de Murcia en Estados Unidos se habrían buscado un lío que les hubiera costado unos cuantos millones de dólares además de una caída considerable de su reputación. 

Debería hacernos pensar que un mercado laboral como el norteamericano que visto desde aquí resulta casi salvaje, desregulado, en el que existe  un tipo  de contrato prácticamente único, indemnizaciones por despido bajas o casi inexistentes sea, aunque tampoco ideal, en muchos sentidos más humano y amable con el que busca trabajo.

También que las sucesivas reformas laborales españolas se limiten siempre a regular las modalidades contractuales o las indemnizaciones por despido y no otros aspectos capitales como la discriminación por el físico o la edad en un país de servicios como España en que una gran cantidad de trabajos son de cara al público.

Si, debería hacernos pensar.


A todos.

viernes, 19 de julio de 2013

No es país para viejos

La leyenda de que América no es país para viejos está extendida desde hace mucho tiempo antes de que los Coen hicieran su película. Los propios americanos están convencidos de ello (los estereotipos siempre los cimentan los habitantes de los propios países), de que Estados Unidos es un país en el que los mayores viven segregados en comunidades de jubilados, llevan vidas solitarias y pocos les escuchan. También es cierto que al mismo tiempo piensan que no hay otro lugar como su país para ser joven y sacarle el meollo a la vida gracias a la fuerza de su cultura popular, y a las oportunidades que ofrece su economía y el mercado de trabajo para aquellos mas educados.

Nosotros nos consolamos pensando que España es un buen país para los mayores gracias a nuestro sistema de salud, el clima, la sociabilidad y la relativa fuerza de la que todavía goza la familia. En realidad, esa idea puede que tenga que ver con que en España pensamos que somos jóvenes durante más tiempo. Y no me refiero a que en España la esperanza de vida sea cuatro años mayor que en Estados Unidos. El otro día me entere de que para el ahora llamado Ministerio de Economía y Competitividad, el encargado de otorgar las becas de investigación, un joven investigador es aquel con menos de 40 años.

Mucho me temo que al redactar el pliego de los criterios de concesión de las cada vez más escasas e improbables becas los funcionarios de turno no estaban pensando en los 40 como The new thirties según les gusta a los americanos actuales denominar a esa fase de la vida con el optimismo que siempre les caracteriza.

En realidad la decisión de los miembros del ministerio de alargar la juventud al ecuador de la vida media se debe más bien a que en España nos gusta identificar una vida precaria con ser joven. Para los funcionarios del ministerio cobrar bajos salarios, saber que tu futuro pende de un hilo, que no vas a poder comprarte una casa o sacar adelante una familia son factores que le hacen sentirse a uno joven. En España estar jodido a uno le hace sentirse joven porque siempre parece que lo mejor está por llegar.

En cambio en América, lugar en el que la palabra muerte esta proscrita casi incluso en las iglesias, ser joven no suele  depender de la edad biológica. Al americano le gusta pensar que uno es joven mientras tiene proyectos o al menos perspectivas de hacer algo. Para el americano hay profundamente excéntrico en el dolce far niente, en tomarse un mes  de vacaciones para no hacer nada, en irse de viaje sin el ordenador, no digamos en decir que eres un ni-ni aunque lo seas.

A los 40 años se espera de uno que haya tenido varios fracasos profesionales para después ser contratado por una start-up, que se haya divorciado al menos una vez, que se haya mudado de iglesia o esté pensando en hacerlo de nuevo, que se haya cambiado de ciudad al menos 3 o 4 veces y que haya perdido y vuelto a ganar algún dinero en el mercado de valores.

Los mayores siguen siendo jóvenes cuando señoras de 75 años te ofrecen muestras de comida en los supermercados para complementar sus pensiones, colaboran en un banco de comida para inmigrantes o huyen del frio marchándose durante 4 meses a Arizona en tu motor home.

Si en España ser joven es fundamentalmente esperar, en América es hacer aunque lo de menos sea lo que uno haga.

viernes, 12 de julio de 2013

El riesgo necesario

En Ellensburg los aficionados al tenis no suelen quedar para jugar con una persona determinada. No hace falta conocer a nadie, basta con presentarse a las doce en las canchas de tenis de la universidad que se encuentran a disposición todo el día. Si aparecen ocho personas, se montan dos partidos de dobles. Si aparecen siete, en la otra cancha dos juegan contra uno. Si aparecen cinco, la figura del que sobra se va rotando en el dobles a cada juego. Al principio era frustrante, yo quería saber con quién iba a jugar a tal hora al día siguiente, pero nadie se comprometía. Todo el mundo me decía que hiciera acto de aparición y no me dejarían tirado. De hecho, así es.  Perder el respeto a la incertidumbre, al riesgo aunque sea mínimo y medido es más fácil cuando uno sabe que se da la cooperación entre las personas como entre este grupo de jubilados, profesores de universidad y profesionales que se reúnen a jugar al tenis todos los días sin un plan concreto. Fuera del “negocio del tenis” la relación personal entre nosotros es casi inexistente.

La capacidad de los americanos para copar con el riesgo es, por otro lado, conocida e incluso medida. A finales de los 90, el antropólogo holandés Geert Hofstede entrevistó a los 100.000 empleados de IBM en más de 90 países y llego a la conclusión de que uno de los aspectos que más diferencia a las sociedades es su capacidad para tolerar las situaciones ambiguas. En general, los Estados Unidos y otras sociedades de países fríos salían ganando en este aspecto debido, según otros antropólogos, a que en estas latitudes las dificultades promueven mayormente el espíritu cooperativo entre las personas. Es verdad que hay otros países con alta tolerancia al riesgo, pero son en su mayoría países en vías de desarrollo cuyos ciudadanos viven en situaciones de penuria.

Las sociedades del sur de Europa, entre ellas la española, se caracterizaban por lo contrario, por un afán inveterado por establecer reglamentaciones y códigos que eliminen la ambigüedad. Y ello incluye las relaciones profesionales y personales. De hecho en el mundo empresarial español he escuchado a los managers a veces referirse a tal o cual persona no conocida del todo y preguntar: “¿y ese de dónde sale?” cuando lo que estaban tratando de saber es el nivel social o la ideología política del candidato a un puesto de trabajo para, en caso de que no fuera la previsible, limitar su acceso a la empresa o al grupo.

Es curioso que esta tolerancia a la incertidumbre y al riesgo se combine con aspectos que parecen opuestos como es la tendencia de los americanos a planificarlo todo incluso en su vida familiar y  personal. He conocido gente que planifica las vacaciones con casi un año de antelación, tiene fondos disponibles para aprovecharse de las rebajas de la ropa de invierno en mitad de la canícula y en cuanto te descuidas hay siempre alguien que cuando hay una reunión familiar dibuja un chart con las actividades previstas casi al minuto para el día o la semana. La palabra comité para casi cualquier cosa es el pan de cada día cuando se reúne un grupo de personas.

Los americanos creen en el riesgo, palabra que en esta sociedad tiene una connotación menos negativa que en la nuestra y sin la que les parece que a la vida le falta algo de sal y pimienta. Esta querencia por el riesgo se manifiesta en muchas facetas: la querencia a empezar un negocio aunque se haya fracasado antes, a deshacer y rehacer relaciones, a invertir en el mercado de valores, a ponerse a estudiar una carrera con 45 años y dar un giro completo a la vida o a cambiar de ciudad y amigos.

Supongo que la permeabilidad de los grupos y la idea de que siempre uno puede encontrarse gente lista para ayudar o cooperar en el proyecto que corresponda tiene algo que ver con ello.

viernes, 28 de junio de 2013

Escenas de una barbacoa

Me sigue sorprendiendo encontrarme con gente que habla de las tapas como si se tratara de un tipo determinado de comida, cuando en realidad se trata de un concepto. Compartir distintas preparaciones, que pueden ser muy sencillas o muy complejas en un ambiente desenfadado, sofisticado, sucio e incluso de pie.

Algo parecido sucede con las barbacoas en Estados Unidos. La barbacoa no es una máquina para aportar un sabor característico a los alimentos, sino más bien una de las escasas manifestaciones de hedonismo colectivo que se dan en este país. Tiene, de hecho, un sello de marca. La fascinación que sigue suscitando, por ejemplo entre los estudiantes extranjeros, la experiencia de participar en una barbacoa sigue siendo uno de los mejores ejemplos de cómo, en esta era de la globalización que parece desmitificarlo todo y romper cualquier molde, el ideal de vida americano sigue gozando de excelente salud en la mayor parte del mundo.

Lo interesante es que, como San Patricio, el contenido del evento es escaso. El anfitrión compra generalmente carne de vaca y pollo, salchichas y quizás alguna verdura para poner en el grill. Abunda también la cerveza, los dips y en verano la sandía. Los hombres se disponen alrededor del anfitrión masculino para hablar de deportes o de trabajo ya que, pese a las apariencias, la idea de que el macho de la casa es responsable de masajear la comida en la parrilla esta tan implantada como el hecho de que a él le corresponde cortar el césped o reparar la bicicleta.




En otra parte del jardín, las mujeres conversaran acerca de los hijos, el trabajo o cualquier otro quehacer doméstico. En otra sección, los niños estarán ocupados en una sucesión de juegos que puede haber estado cuidadosamente planificada por la señora de la casa con algún propósito vagamente educativo y probablemente implementada por el cabeza de familia.

Las aproximadamente dos horas de duración del evento pasaran más rápida o más lentamente dependiendo del grado de compenetración de los invitados. Normalmente siempre hay uno, el más aburrido o el que más se está aburriendo, que no tiene la resistencia suficiente frente al tedio y anuncia que tiene que marcharse con cierta premura tras algo más de una hora arguyendo algún compromiso. El resto no alargara nunca su estancia más allá de las dos horas de rigor. Dos horas durante las cuales la pantalla de plasma en el interior de la casa retransmitirá un partido de futbol americano o de beisbol, habrá algún padre en una esquina del jardín recreándose con su Smart phone, quedaran restos de salsas rancheras o mejicanas calientes en boles a las que nadie osa ya introducir una rama de apio, los silencios en la conversación se harán más palpables y difíciles de llenar.

Tengo para mí que el secreto de las barbacoas radica en su terminación, en la vuelta a casa, en la conversación en el coche, en el retorno a la familia nuclear, a la vida activa y solitaria. 

A la seguridad.

domingo, 5 de mayo de 2013

Fiestas por turnos

Lo primero que uno nota de las fiestas de los norteamericanos es que empiezan a la hora y acaban a la hora o incluso antes. A la hora de su comienzo, ya se empieza a apreciar una cierta incomodidad. Los silencios cortan el aire como cuchillos. Es habitual que bastantes de los invitados se escabullan arguyendo que tienen cosas importantes que  hacer que les impiden prolongar su estancia dejándole a uno, que no tiene ganas de hacer nada más el sábado tarde o noche, la incómoda sensación de pensar que su vida debería ser más interesante.

La vida americana le acostumbra a uno a ver como normal que este tipo de reuniones sociales duren una hora y media rigurosamente cronometrada. Parecen propios de la Baja Edad Media aquellos tiempos carpetovetónicos en los que aparecer a la hora se consideraba descortés ya que uno sabe que el anfitrión estará todavía vistiéndose  o habrá bajado al supermercado a última hora para comprar algún ingrediente que se había olvidado.

Las fiestas americanas son, efectivamente, eficaces mecanismos de relojería en los que pocas cosas se dejan a la imprevisión. Se decide quien lleva qué y en cuanta cantidad, en que habitaciones se realizaran según qué tipo de actividades, donde estarán los niños, que películas se pondrán e incluso he estado en algunas en que se preparan temas de conversación o juegos divertidos y que no generen situaciones comprometidas.

La última vuelta de tuerca son las fiestas por turnos en las que los anfitriones, al igual que en los antiguos cines de sesión continua o en algunos restaurantes madrileños de no muy grato recuerdo, siguen un protocolo de invitación por franjas horarias. Tu vienes de 3 a 5, tú de 5 a 7, etc… Una modalidad que persigue evitar que se mezclen combinaciones indeseables, que las estancias se prolonguen demasiado y los invitados se repitan en exceso y la satisfacción de convencerse a uno mismo del enorme poder de convocatoria que tiene sin que la casa quede hecha un desastre.

Confieso que no se a través de las lentes de que paradigma debe ser analizado este nuevo fenómeno. Por un lado esta concepción de los eventos personales retrotrae claramente a la economía de los bienes de consumo industriales, basada en generar productos y servicios para un público masivo que se beneficia de las economías de escala (un único evento al que uno invita a la máxima cantidad de gente posible con el mínimo coste organizativo). Por otro, es deudora del nuevo modelo de la economía de las experiencias, basado en evitar la repetición y la rutina en la vida de uno, y exprimir al máximo los minutos disfrutando de compartir las experiencias propias y ajenas con la máxima variedad de tipos humanos.

A mí, personalmente, esta nueva modalidad de fiestas me parece una ordinariez rayana con la falta de respeto, pero entiendo que desde una lógica económica (de economía de las experiencias) y de networking es irreprochable y, por ende, un concepto exportable.

sábado, 27 de abril de 2013

Pensar grande


La obsesión por el tamaño de los americanos es archisabida. Incluso el más acérrimo defensor del carácter norteamericano, entre los que me incluyo, tiene que reconocer que hay algo vulgar, inmaduro, infantil y a contracorriente del progreso de la humanidad en la búsqueda de lo grande porque sí. El tamaño de los vasos de los refrescos (siempre con una pajita y hasta los topes de hielo), las raciones de comida (siempre el doble de lo que uno realmente necesita), los coches concebidos como casas rodantes, incluso la ropa que con frecuencia le resulta a uno excesivamente holgada haciéndole parecer a uno que ha ganado unos kilos de más. Es cierto, no tiene demasiada defensa el gusto por lo grande porque sí.

Hay, sin embargo, una excepción. La afición de pensar a lo grande, thinking big. Incluso el americano menos cultivado, con una experiencia vital menos rica, es consciente de la importancia de tener sueños, de no conformarse con cualquier cosa. Un afán que de alguna forma contribuye al auge de la religión en este país donde pocos se conforman, como en Europa, con ver la vida como un conjunto de reacciones químicas y azarosas, adecuadamente gestionadas por un estado antaño protector, que se extingue en un tiempo relativamente corto de tiempo. Soñar es, por tanto, parte del ethos americano tanto como el apple pie.

Es cierto que hay ejemplos de empresas exitosas e innovadoras en unos cuantos países, pero pocas de ellas se basan en la idea de pensar a lo grande, de soñar. No son solo las economías de escala lo que explica que haya una empresa llamada Netflix que ofrece prácticamente disponer de toda la historia del cine (35.000 peliculas) a sus abonador por 15 euros al mes; u otra, más conocida fuera de los Estados Unidos, llamada Apple que desarrollo un dispositivo de tamaño inferior a la palma de una mano que fue el primero que permitía hablar por teléfono, comunicarse a través de Internet, tomar fotos, ver películas, escuchar cualquier emisora de radio del mundo y realizar cualquier transacción comercial; u otra  como Amazon.com que prácticamente permite adquirir cualquier mercancía existente en el mundo desde la casa de uno y a precios competitivos.

Yo a eso lo llamo pensar grande. Zara, el Banco de Santander, Volkswagen y Louis Vuitton son empresas eficientes pero no son el producto de sonadores. Apple o Amazon.com sí.

A un nivel micro, existen millones de americanos que suenan y que innovan con pequeños o grandes negocios. Lo de menos es que estén mejor o peor educados, una cualidad que para soñar a veces está hasta de sobra.

jueves, 21 de marzo de 2013

Lo que no se aprende, no se sabe


En América no hay intelectuales. El uso de semejante expresión despierta sospechas, un deje de ironía. Los intelectuales al modo en que los conocemos en Francia, la Europa Mediterránea y Latinoamérica pasan por ser gente desinformada y excesivamente opinativa que piensa que el bagaje de unas cuantas lecturas, viajes y conversaciones les hace especiales. Una antigualla. Resultan pedantes, superfluos, gente de la que hay que desconfiar no sólo en tiempo de elecciones sino en cualquier momento del día y de la noche. Hay que huir de ellos en la política, la universidad, la televisión, la radio. Suelen ser además gente pretenciosa y arrogante que siempre piensa que tiene la razón aunque nunca se haya acercado a los problemas de frente.

No les falta razón. Los intelectuales carecen de los datos básicos para evaluar la mayoría de las situaciones. Basan la fuerza de sus argumentos en deseos, intuiciones, en una bonhomía intrínseca sin coste alguno para sus reputaciones. Los americanos que siguen buscando interpretaciones holísticas del género humano siguen creyendo en Dios y la religión.  Un sucedáneo de las mismas podrían ser los economistas y los escritores del Wall Street Journal ya que vivimos una época en que cada vez más gente cree que la economía lo explica todo. Lo más cercano a un intelectual que tiene América son los Paul Krugman, Gary Becker o Roubini. Al menos ellos si que saben leer estadísticas, hacer logaritmos y tienen una visión global del mundo.

En una cultura que entiende que puede aprenderse a escribir una novela (en las universidades abundan las carreras en creative writing [literatura creativa]), igual que a ensamblar los materiales de un coche o a confeccionar el cuestionario de una encuesta, aquel que se agarra a la noción de talento innato lo tiene jodido.

El tiempo parece estar dándoles la razón. Lo que no se aprende en la clase de una universidad, no se sabe, aunque seas un jodido intelectual.

sábado, 9 de febrero de 2013

El amigo americano


Los americanos lo miden todo. Leí hace poco un estudio que decía que los americanos casi no tienen amigos. Bueno, que solían tener tres en los años 60 y ahora sólo tienen dos de media. En una sociedad en la que las relaciones son tan flexibles, casi a la carta y en la que la gente se ha tradicionalmente mudado tanto (hasta esta última crisis) de casa y de trabajo, pues en el fondo no debe extrañarnos.

Debe ser para suplir esa deficiencia que han sido ellos los que han inventado las redes sociales  en las que proliferan los “likes” y los “friends”. El concepto de networking, un palabro que no encuentra realmente un equivalente exacto en Román paladino, también parece estar sufriendo una metamorfosis. Antes implicaba un intercambio que exigía al demandante de contacto una frase ingeniosa que provocara al otro una sonrisa, quizás un pensamiento agudo, una información útil. Hoy se limita a un escueto y sin sentido “quiero invitarte a que formes parte de mi network”. ¿Para qué? Para expandir mi base de datos y estar en contacto, ¿te parece poco?







Cuando les digo a mis estudiantes que eso no es hacer realmente networking, que construir capital social exige un cierto nivel de esfuerzo y de ingenio con el objetivo de aportar algo de valor a la vida de la persona deseada, parecen entenderlo al instante. Es como cuando la gente va a misa, entienden el mensaje pero luego no lo practican. Cuando me invitan a formar parte de sus redes nunca recibo más que un decepcionante “I would like you to be part of my network”. Más triste que una pechuga de pollo reseca, sin marinar, sin guarnición ni patatas.

El verdadero amigo americano no es el título de una novela de Patricia Highsmith o una película de Win Wenders ya algo olvidada. Es un concepto de las relaciones definidas por su negación: la carencia de un contenido, la ausencia de compromiso, la inexistencia de una narrativa que de forma a la relación.

La verdadera americanización del mundo ha sido ésta. De verdad.

sábado, 2 de febrero de 2013

Americanos mimados


En comparación con el resto de habitantes del planeta, a los americanos les gusta pensar de si mismos que están mimados.  Es difícil saber si hay más de arrogancia o de autocrítica en este pensamiento.  Por un lado se ven como perpetuos adolescentes insatisfechos con el mundo que les ha tocado vivir a pesar de (según también ellos) ser el mejor de los posibles. Por otro, se sienten elegidos por haber nacido en el país de la libertad, la democracia, la sociedad del espectáculo y el producto interior bruto.

Para mí que hay más de arrogancia, acaso de una arrogancia humilde, muchas veces incluso bienintencionada. Una arrogancia, eso sí, consciente de la estulticia del que se siente elegido por vivir en casas más grandes, conducir 4 x 4, jugar al golf en campos sin baches, comprar calzoncillos y bragas de Calvin Klein a precio de ganga, acariciar al menos la posibilidad de estudiar en una universidad de renombre, ver los estrenos de Hollywood un par de meses antes o disponer de un pedazo de pasto donde emplear el tiempo libre.

Los europeos, y entre ellos quizás más los mediterráneos, tratamos de contragolpear pensando que cómo puede considerarse mimada  gente que no termina de descubrir las bondades del aceite de oliva, que desprecia el producto fresco, que no sabe lo que es ir a un cine que no esté ubicado en un parking o tomarse una ración de bravas en la terraza de una plazita. Gente para la cual  las vacaciones consisten en irse una semana de camping y que, según los últimos estudios, no tiene mas de dos amigos de verdad (eran tres en los años 60).

Es curioso, pero a muchos americanos no se les pasa por la cabeza que simplemente poder trabajar, un proyecto profesional e independencia vital tenga remotamente que ver con estar mimado.

Gente rara en el fondo.

domingo, 13 de enero de 2013

Stanford, nueva meca del turismo mundial

Uno de mis placeres culpables, ¿o no debería sentirme culpable?, es la fascinación que me provocan los campus de las universidades norteamericanos. Cuanto más aislados y rurales mejor. Siempre me ha maravillado esa aureola que los rodea de reductos de civilización y conocimiento atemporal en medio de la barbarie que nos rodea. Por ello, no es infrecuente que cuando vamos de viaje y pasamos cerca de uno siempre le digo a mi mujer que nos desviemos y demos una vuelta por él. Ella suele hacerlo sin protestar, como si compartiera conmigo esta pasión de la que en realidad nunca hemos hablado.

No sé si es el producto de lecturas juveniles o cine universitario mal digerido, pero lo cierto es que me gusta pasear por ellos y fantasear con como sería vivir en tal o cual ciudad y acudir todos los días a dar clase en ese esplendido edificio. No digamos, qué hubiera sentido como estudiante viviendo en uno de sus dorms o enamorándome y desenamorándome el mismo día unas cuantas veces. Sé que no soy el único, me consta que hay otros colegas con los que he hablado que sienten la misma o parecida pasión y que de alguna manera nos sentimos elegidos.

Hace un par de semanas decidimos hace una parada en la universidad de Stanford de vuelta de Monterrey y camino de San Francisco. Hacía un buen día y los chicos se estaban portando bien en el asiento de atrás. ¿Por qué no? Dijimos. Siempre es un placer para los sentidos contemplar el espectacular y ostentoso paseo de palmeras que da la bienvenida al visitante y sumergirse en la ecléctica arquitectura estilo misión con influencias románicas de sus edificios. Quizás, pensamos, les inspire a los chavales saber que están paseando por una de las universidades más famosas del mundo a donde acuden los elegidos de todos los rincones del planeta y algún día les espolee a superarse y ser mejores. Algún día puede que recuerden este momento. En fin, estoy seguro que me dejo algún tópico olvidado que rondaba mi cabeza en ese momento.




Para nuestra sorpresa el campus estaba abarrotado de gente portando gorras, mochilas y cámaras de vídeo. Era la versión pija y digital de las antiguas meriendas con el seiscientos y la tortilla de patata. Gente de todo el mundo y de todas las edades, incluidas numerosas familias. Eran domingueros, como nosotros, llegados de todas partes del mundo y con intenciones parecidas: sentirse por unos minutos u horas en uno de los centros simbólico de la sociedad de la conocimiento y luego quizás comprarse algo en las rebajas de Nordstrom, Macy’s o alguna de las cadenas de ropa que se encuentran a tiro de mano del campus.

La conclusión dejó tras de sí un regusto de melancolía. Stanford, como otros tantos campus norteamericanos, se ha convertido en un lugar de peregrinación, una suerte de Santiago de Compostela laico para una nueva clase mundial que sueña con Silicon Valley, las start ups, los business angels, Google o Apple como hace décadas sonaban con Hollywood, la Metro o la 20th Century Fox.

Son los nuevos reyes de la sociedad del espectáculo, en el sentido real y figurado, y hay que rendirles el tributo debido.

lunes, 7 de enero de 2013

Sin las matemáticas no somos nada

Hace pocos días, en una conversación informal mi suegro se refería con orgullo al incipiente talento natural de su nieto de 8 años con las matemáticas afirmando que eso es justo “lo que el país necesita”. Y es que ser un hombre de ciencia y, más concretamente, la destreza con los números encarna el ideal del nerd para el americano de nuestro tiempo.

Estos días ser buen matemático tiene casi un marchamo patriótico, no en vano los ingenieros han superado o al menos igualado en consideración social a un buen médico o un bombero, dos de las profesiones más valoradas por la sociedad norteamericana. No es solo cuestión de dinero, que también, ya que las matemáticas abren las puertas a las grandes empresas de la economía del conocimiento y, por tanto, permiten pagar con creces las onerosas tarifas de una buena universidad y liberar a los padres de esa responsabilidad. Hay algo más, la impresión de que América dejara de ser América el día que deje de ser el país de los grandes inventores y emprendedores ya que eso más que ninguna otra cosa es lo que define a este país. Y hay un cierto pesimismo instalado de que esto está dejando de ser así, que está muy bien que haya ingenieros chinos e indios y de medio mundo trabajando en Microsoft y Google pero que estaría mejor si hubiera más ingenieros americanos.


De un modo implícito, para el americano no tener muchos matemáticos ha pasado a ser considerado un síntoma de decadencia nacional, de la pérdida de la famosa ética del trabajo que hizo grande a América en otro tiempo. No en vano, últimamente abundan en la prensa norteamericana los artículos acerca de la discriminación que sufren los estudiantes asiáticos, equiparada con la que sufrían los judíos en los años 20, para ingresar en las universidades de prestigio entre otras cosas debido a su superioridad manifiesta en el campo de las matemáticas donde arrasan en los exámenes estandarizados de ingreso a la universidad. La identificación entre habilidad matemática, creatividad e inteligencia es tan completa que existen análisis que demuestran que las posibilidades de publicar en una revista científica, aunque sea de ciencias sociales, es aproximadamente el doble si se incluye cualquier fórmula matemática en el abstract aunque resulte superflua. No es nada raro que esto suceda, tememos y respetamos a partes iguales aquello que no entendemos.

Una idea que, después de todo, encaja perfectamente con su psique, la cual por encima de todo valora la apariencia de lo empírico en la resolución de los problemas, el análisis del dato concreto y aplicado a una situación específica por encima de la visión holística de las cosas. La propensión a la matemática de los norteamericanos refleja a las claras su anhelo de un mundo ideal en el que todo encuentra una explicación o una solución aunque a veces sea un galimatías. Un mundo perfecto en el que el verdadero talento, el de las matemáticas, es enemigo de la memoria, de lo trillado, de lo que puede responderse con una búsqueda de datos en Google, porque lo que puede encontrarse en un buscador en unos pocos segundos que no merece la pena ser aprendido y nadie va a pagar a uno por saberlo.

Los matemáticos constituyen la esencia de la nueva clase creativa y empresarial que proclama Richard Florida o del nuevo paradigma de artista del siglo XXI del que pontifica el gurú del marketing Seth Godin. Se avecinan tiempos difíciles para muchos que creen, como todavía sucede a menudo en España, que pueden destacar simplemente a base de clase, intuición y talento natural.