En
América no hay intelectuales. El uso de semejante expresión despierta
sospechas, un deje de ironía. Los intelectuales al modo en que los conocemos en
Francia, la Europa Mediterránea y Latinoamérica pasan por ser gente
desinformada y excesivamente opinativa que piensa que el bagaje de unas cuantas
lecturas, viajes y conversaciones les hace especiales. Una antigualla. Resultan
pedantes, superfluos, gente de la que hay que desconfiar no sólo en tiempo de
elecciones sino en cualquier momento del día y de la noche. Hay que huir de
ellos en la política, la universidad, la televisión, la radio. Suelen ser
además gente pretenciosa y arrogante que siempre piensa que tiene la razón
aunque nunca se haya acercado a los problemas de frente.
No
les falta razón. Los intelectuales carecen de los datos básicos para evaluar la
mayoría de las situaciones. Basan la fuerza de sus argumentos en deseos,
intuiciones, en una bonhomía intrínseca sin coste alguno para sus reputaciones.
Los americanos que siguen buscando interpretaciones holísticas del género
humano siguen creyendo en Dios y la religión.
Un sucedáneo de las mismas podrían ser los economistas y los escritores
del Wall Street Journal ya que vivimos
una época en que cada vez más gente cree que la economía lo explica todo. Lo
más cercano a un intelectual que tiene América son los Paul Krugman, Gary
Becker o Roubini. Al menos ellos si que saben leer estadísticas, hacer
logaritmos y tienen una visión global del mundo.
En
una cultura que entiende que puede aprenderse a escribir una novela (en las
universidades abundan las carreras en creative
writing [literatura creativa]), igual que a ensamblar los materiales de un
coche o a confeccionar el cuestionario de una encuesta, aquel que se agarra a
la noción de talento innato lo tiene jodido.
El
tiempo parece estar dándoles la razón. Lo que no se aprende en la clase de una universidad, no se sabe, aunque
seas un jodido intelectual.