Consejos American Psique: mentalidad
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domingo, 18 de octubre de 2015

¿Qué es lo que más envidian los europeos de los americanos?

Hace poco charlaba con un conocido músico español después de un concierto. Tomando una copa de vino, me preguntaba con inters (aunque el es un communicator excelente) por qué los americanos eran tan buenos hablando y presentándose en público. Por supuesto, les dije que era porque la educación les prepara para ello desde la más tierna infancia, exponiéndoles a performances de diverso tipo en clase y fuera de la clase.

Imitaciones, actuaciones, obras de teatro, conciertos de navidad y un sinfín de momentos en que hay que dar la cara. En la universidad los cursos de public speaking son obligatorios en muchos grados. Pero, sobre todo, si uno no quiere verse condenado al ostracismo, a un cierto nivel de marginalidad, tiene que saber hacerlo o al menos intentarlo. Resultado: que un elevado número de norteamericanos son buenos story-tellers, saben contarte una historia independientemente de su nivel de conocimiento y preparación. Por supuesto, ayudan muchas otras cosas como que el optimismo es la norma y que el sistema educativo está concebido no tanto para adquirir conocimientos como confianza.




Por ejemplo, a uno siempre le sorprenden lo indulgentes que los americanos son con el conocimiento de lenguas extranjeras. Aunque apenas conozcan los rudimentos de un idioma, muchos creen que eso equivale a hablarlo un poquito. Si son capaces de entender unas cuantas frases e hilar mínimamente una conversación, hay bastantes que dicen que hablan ese idioma de forma fluida.
Exceso de confianza o quizás que un país en el que el unilinguismo es la norma incluso entre las élites intelectuales y hasta cierto punto se sigue considerando un rasgo positivo, un conocimiento rudimentario de otra lengua se considera una conquista.

Pero a lo que iba, los norteamericanos no se avergüenzan de que la forma sea la sustancia. Algo que tienen muy claro en los procesos de selección, a la hora de determinar quien deber ser el líder de lo que sea. En cierto sentido, aunque es cierto que es una sociedad mucho más intransigente con la mentira y menos cínica que las europeas (sirva como botón de muestra el caso Volkswagen) lo que se dice o como se dicen las cosas tiene igual o más importancia que la realidad objetiva. Crear un paquete y colocarle un lacito a una minucia o poner en un papel cosas que a los europeos les resultarían obvias forman parte del ethos norteamericano.

Los europeos se ríen de ello, lo consideran un rasgo de superficialidad, de inautenticidad e incluso de falta de inteligencia.

Sin embargo, secretamente les envidian y matarían por saber presentarse como lo hacen ellos.



sábado, 18 de octubre de 2014

Un mundo que llega, otro que no se acaba de ir


Asisto a una sesión en la que un alto ejecutivo de una empresa clave en el sector del marketing y la comunicación se dirige a un grupo de universitarios norteamericanos a punto de graduarse. El mensaje es muy claro. Les dice que van a competir por los puestos de trabajo a los que aspiran en Seattle con gente de todo el mundo, especialmente europeos y asiáticos, porque Estados Unidos sigue siendo el país de las oportunidades.

Es un modo de motivarles como otro cualquiera pero además es cierto, Seattle es la ciudad norteamericana con la población mejor educada, en la que habita un mayor porcentaje de gente con doctorados, masters y títulos universitarios.

Gran parte de la culpa de la fortaleza de Seattle como líder en innovación la tienen los inmigrantes venidos de todas partes del mundo que trabajan en empresas globales como Microsoft, Amazon o Starbucks que tienen su sede en esta ciudad.

Si uno va por las calles de Seattle, sus centros comerciales, sus restaurantes, oye hablar inglés con muchos acentos y encuentra todo tipo de fisonomías.

Este grupo de estudiantes que escuchaban la arenga eran todos nacidos en Norteamérica y sin acento. No van a buscar trabajos en cadenas de comida rápida, de limpiadores o taxistas. Tampoco les están diciendo que alguien en China con una salario chino vaya a hacer su trabajo sino que en su propia ciudad, alguien nacido muy lejos es posible que compita por el mismo puesto y le supere.

Lejos de lo que cabía esperar su reacción no es negativa, ni antagonista, ni defensiva, ni envidiosa, ni si quiera se les pasa por la cabeza que pueda ser de otra forma si los que llegan reunen los méritos para llevarse salaries de 100.000 o 200.000 dólares al año.

No se plantean otra cosa en un mundo global. Saben que la prosperidad de Seattle en los últimos 30 años tiene mucho que ver con el nivel de apertura, de tolerancia que reina y que hace que la gente de talento quiera vivir allí.

Ni uno solo de ellos habla o piensa que habría que limitar la contratación de extranjeros, como por ejemplo sucede en las ciudades deprimidas del medio oeste, que el progreso sea una cuestión de suma cero, que haya que poner piedrecitas en el camino, implantar sistemas de oposiciones, titulaciones especiales, complicados sistemas de puntuación, requisitos de difícil cumplimiento para los de fuera o complicados trámites burocráticos para que el foráneo pueda poner un negocio, ejercer de ciudadano de pleno derecho o trabajar para el estado o la universidad pública.

La sociedad norteamericana puede tener muchos defectos pero desde luego no el abuso de las excusas si uno no logra lo que espera. A estos estudiantes se les dice que hacer bien el trabajo se da por hecho, que ser buena persona y buen compañero se da por descontado, que hay que inventar, discutir, innovar, hacer las cosas de una forma distinta.

Uno va a estas empresas y hay pizarras y rotuladores por todas partes, los horarios son flexibles, hay gente que estudia un master o un doctorado al tiempo que trabajo. Hay sitios donde la gente puede debatir ideas jugando al ping-pong o al futbolín a cualquier hora del día. Hay menos de apariencia e hipocresía en ello de lo que la gente piensa.

No se por qué, cuando oigo este tipo de discursos, me vienen a la cabeza, quizás por contraste,  expresiones con las que he crecido. Algunas de ellas, a bote pronto, son “hacer oposiciones”, “cantar temas”, “no puedes irte antes de las siete”, “se trata de meter horas”, “de aquí, de toda la vida”, “para toda la vida”, “horario partido”, “dorarle la píldora”, “por lo civil o por lo militar”, “estudias o trabajas” (como si no se pudieran hacer las dos cosas).

Suenan rancias, invitan a la melancolía, sí, pero provienen de un mundo todavía bastante vigente por desgracia.



viernes, 26 de julio de 2013

Buscar trabajo

A lo largo del año, cuando hablamos por Skype los sábados por la mañana, mis padres me preguntan invariablemente por el estado de la economía norteamericana y sobre todo por la tasa de paro. Cuando les digo que en todo el país es del  siete y medio por ciento y en el estado de Washington ronda el siete, se siguen sorprendiendo aunque ya se lo haya dicho muchas veces. Experimentan lo que yo llamo una especie de delectación masoquista, muy española, una mezcla de complejo de inferioridad ancestral típico de la gente de su generación y de sentirse afortunados porque su hijo se haya librado de la plaga del desempleo.

Podría entrar en detalles, en tecnicismos, pero prefiero ahorrar crueldades innecesarias. Podría contarles que los políticos de la gran potencia siguen considerando que un nivel de paro semejante se considera intolerable, que los economistas andan preocupados porque el desempleo estructural en Norteamérica después de la crisis vaya a pasar del 4,5 al 6 por ciento, que se habla de una generación perdida que percibirá de por vida salarios inferiores a los de sus padres e incluso de que ir a la universidad ya no aporta un adecuado retorno de la inversión a las familias y eso a pesar de que un universitario, alrededor del 35 por ciento de los jóvenes estadounidenses, gana alrededor de un 150 por ciento más de salario que el que no lo es.

Sin embargo, lo que más me sigue llamando la atención de la situación española no es tanto el porcentaje de desempleo, que mucha gente olvida que 20 años  atrás alcanzo cotas relativamente similares, sino las condiciones casi humillantes en que la gente tiene que buscar trabajo.
El otro día, mientras esperaba en una tienda de Movistar a que me atendieran, veo a un chico de unos 20 años entregar un currículo casi con desidia. Llevaba un taco de ellos y se notaba que estaba realizando un reparto industrial por todas las tiendas del centro comercial. Me sorprendió la naturalidad con que entregaba aquel folio con una foto por membrete. Le pregunté a la dependiente que me atendía si Movistar requería fotos en los currículos y me miró con asombro.

En realidad, mi ingenuidad no tiene límites ya que hacía solo unos meses que me había encontrado un anuncio de una universidad privada española, que se dice católica para más señas,  que buscaba profesorado internacional en el extranjero y que también exigía foto, al parecer una característica de gran relevancia en la docencia. Recuerdo que, indignado, envié un correo electrónico a la persona que figuraba como contacto señalando que esa es una práctica que en Estados Unidos y otros países se considera gravemente discriminatoria. Tengo que decir que no me sorprendió demasiado que no contestara mi correo ni me diera las gracias.

Me vienen a la cabeza imágenes de una nueva España negra, silenciosa, asumida por el común de los mortales. Recuerdo el caso de la todavía prestigiosa cadena de supermercados Sánchez Romero cuyos evaluadores de recursos humanos juzgaban hace no tanto el color de la piel de los candidatos en función de su proporción de “café o leche”. Aparte de una reprimenda mediática, lo cierto es que la sociedad española no castigó (si, a veces el castigo es una buena cosa) demasiado la reputación de Sánchez Romero que sigue vendiendo con éxito su imagen de supermercado Premium.

También  me vienen a la memoria recuerdos un poco más gozosos. Cuando disfrutaba leyendo las desventuras de Henri Chinaski, aquel alter ego bukowskiano, en aquel Los Angeles de los años 50. Recuerdo que lo que más me sorprendía de aquel personaje no era tanto que siendo feo, pobre y falto de higiene se acostara continuamente con mujeres o que tuviera la energía para escribir hasta altas horas de la madrugada después de una larga jornada de trabajo físico en compañía de un transistor y bebiendo continuamente. No, lo que más me sorprendía era la vitalidad del mercado de trabajo norteamericano donde Chinaski encontraba un trabajo tras otro en fábricas de bombillas, de pepinillos o de tuercas (llegue a contar más de 50 trabajos en la novela Factotum). Aquel mundo en que ningún supervisor explotador te pedía currículo con foto o tenía en cuenta tu edad.

Para muchos debe ser curioso que el país del susodicho capitalismo salvaje nos dé lecciones de civismo a la hora de buscar trabajo. Las empresas equivalentes a Telefónica o a la Universidad Católica de Murcia en Estados Unidos se habrían buscado un lío que les hubiera costado unos cuantos millones de dólares además de una caída considerable de su reputación. 

Debería hacernos pensar que un mercado laboral como el norteamericano que visto desde aquí resulta casi salvaje, desregulado, en el que existe  un tipo  de contrato prácticamente único, indemnizaciones por despido bajas o casi inexistentes sea, aunque tampoco ideal, en muchos sentidos más humano y amable con el que busca trabajo.

También que las sucesivas reformas laborales españolas se limiten siempre a regular las modalidades contractuales o las indemnizaciones por despido y no otros aspectos capitales como la discriminación por el físico o la edad en un país de servicios como España en que una gran cantidad de trabajos son de cara al público.

Si, debería hacernos pensar.


A todos.

viernes, 12 de julio de 2013

El riesgo necesario

En Ellensburg los aficionados al tenis no suelen quedar para jugar con una persona determinada. No hace falta conocer a nadie, basta con presentarse a las doce en las canchas de tenis de la universidad que se encuentran a disposición todo el día. Si aparecen ocho personas, se montan dos partidos de dobles. Si aparecen siete, en la otra cancha dos juegan contra uno. Si aparecen cinco, la figura del que sobra se va rotando en el dobles a cada juego. Al principio era frustrante, yo quería saber con quién iba a jugar a tal hora al día siguiente, pero nadie se comprometía. Todo el mundo me decía que hiciera acto de aparición y no me dejarían tirado. De hecho, así es.  Perder el respeto a la incertidumbre, al riesgo aunque sea mínimo y medido es más fácil cuando uno sabe que se da la cooperación entre las personas como entre este grupo de jubilados, profesores de universidad y profesionales que se reúnen a jugar al tenis todos los días sin un plan concreto. Fuera del “negocio del tenis” la relación personal entre nosotros es casi inexistente.

La capacidad de los americanos para copar con el riesgo es, por otro lado, conocida e incluso medida. A finales de los 90, el antropólogo holandés Geert Hofstede entrevistó a los 100.000 empleados de IBM en más de 90 países y llego a la conclusión de que uno de los aspectos que más diferencia a las sociedades es su capacidad para tolerar las situaciones ambiguas. En general, los Estados Unidos y otras sociedades de países fríos salían ganando en este aspecto debido, según otros antropólogos, a que en estas latitudes las dificultades promueven mayormente el espíritu cooperativo entre las personas. Es verdad que hay otros países con alta tolerancia al riesgo, pero son en su mayoría países en vías de desarrollo cuyos ciudadanos viven en situaciones de penuria.

Las sociedades del sur de Europa, entre ellas la española, se caracterizaban por lo contrario, por un afán inveterado por establecer reglamentaciones y códigos que eliminen la ambigüedad. Y ello incluye las relaciones profesionales y personales. De hecho en el mundo empresarial español he escuchado a los managers a veces referirse a tal o cual persona no conocida del todo y preguntar: “¿y ese de dónde sale?” cuando lo que estaban tratando de saber es el nivel social o la ideología política del candidato a un puesto de trabajo para, en caso de que no fuera la previsible, limitar su acceso a la empresa o al grupo.

Es curioso que esta tolerancia a la incertidumbre y al riesgo se combine con aspectos que parecen opuestos como es la tendencia de los americanos a planificarlo todo incluso en su vida familiar y  personal. He conocido gente que planifica las vacaciones con casi un año de antelación, tiene fondos disponibles para aprovecharse de las rebajas de la ropa de invierno en mitad de la canícula y en cuanto te descuidas hay siempre alguien que cuando hay una reunión familiar dibuja un chart con las actividades previstas casi al minuto para el día o la semana. La palabra comité para casi cualquier cosa es el pan de cada día cuando se reúne un grupo de personas.

Los americanos creen en el riesgo, palabra que en esta sociedad tiene una connotación menos negativa que en la nuestra y sin la que les parece que a la vida le falta algo de sal y pimienta. Esta querencia por el riesgo se manifiesta en muchas facetas: la querencia a empezar un negocio aunque se haya fracasado antes, a deshacer y rehacer relaciones, a invertir en el mercado de valores, a ponerse a estudiar una carrera con 45 años y dar un giro completo a la vida o a cambiar de ciudad y amigos.

Supongo que la permeabilidad de los grupos y la idea de que siempre uno puede encontrarse gente lista para ayudar o cooperar en el proyecto que corresponda tiene algo que ver con ello.

viernes, 21 de junio de 2013

Quitar la moqueta


Por fin hemos decidido eliminar de nuestra casa un elemento tan genuinamente americano como es la moqueta. No en vano, el olor a moqueta húmeda mezclado con el de las grasas animales empleadas para la fritura de las patatas fritas en los puestos de comida rápida, es el primer aroma que a uno le llega cuando pisa suelo norteamericano. Uno tiene que pensárselo dos veces antes de deshacerse de la moqueta. De niño, cuando vivía en un barrio de la periferia de Madrid e iba a jugar a los clics a casa un compañero de clase que la tenía, me parecía lo último, el colmo de la modernidad.





La moqueta se sigue imponiendo en los hogares americanos. Es económica de instalar y reemplazar, aporta calidez cuando el termómetro es inmisericorde afuera y tiene la nada desdeñable cualidad de disimular durante largo tiempo la roña y la suciedad  y ofrecer un aspecto decente y contemporáneo, que no elegante, a cualquier habitación.

¿Por qué quitar, entonces, la moqueta a la que adornan todas estas espléndidas cualidades? Despegar la moqueta y poner un suelo de madera, y no digamos de baldosa, es sincerarse, asumir que el mundo puede ser un lugar frío e inhóspito, que la mugre no puede ocultarse, que la realidad no es postiza y podemos hacerla y deshacerla a nuestro antojo, que cualquier cambio de envergadura es difícil, que el mundo que nos ha tocado vivir no es un lugar naturalmente cálido sino un perpetuo toma y daca y que las apariencias no engañan.

Hay algo infantil y carente de riesgo al mismo tiempo en la moqueta. Un niño que se cae en la moqueta, suele quedar ileso. En la moqueta se puede jugar con los pequeños sin tener que recurrir a sentarse en las sillas alrededor de la mesa, que hace parecer todo demasiado serio e importante. En la moqueta uno se siente joven. Incluso ofrece una alternativa cómoda y fácil a aquellos conservadores que quieren sentirse innovadores por un día en cuestiones de sexo y dejar la cama a un lado.

Pero la moqueta, a diferencia del papel, no lo aguanta todo. Por ejemplo, no aguanta las meadas de los perros que acaban dejando un olor perenne que por mucho producto de limpieza que se aplique sale a relucir en cualquier momento en que la brisa cambia de dirección.

A los americanos les sigue gustando la moqueta de la misma forma que toleran la hipocresía como un defecto menor comparado con otros. Acaso no les falte razón en que fingir lo que uno no siente o embellecer una realidad que se ha revelado sórdida puede cambiar el mundo.

 Quizás el precio de quitar la moqueta sea demasiado alto.

sábado, 18 de mayo de 2013

La obsesión por la maleza


Una de las consecuencias inmediatas de la llegada de la primavera en los Estados Unidos es que los jardines y parques de todo el país, especialmente en zonas semidesérticas o en las que sopla mucho el viento, se llenan de maleza y muy concretamente de la que se conoce como diente de león.

Hay siempre un fin de semana de mayo caluroso en el que el periodo de hibernación invernal se da por terminado definitivamente y uno empieza a ver a la gente en sus jardines con sprays y cavando agujeros para eliminar las malas hierbas de raíz. Los supermercados de repente se llenan de sacos polvorientos y arenosos de fertilizante y herbicidas y el aire se torna amenazantemente alérgico.

La maleza es una de las plagas a las que más temen los americanos y que más ponen en cuestión sus principios de libertad e individualismo. Los vecinos que invierten tiempo y dinero en controlarla miran con sospecha y desdén a aquellos que no lo hacen. Les mandan cartas y correos electrónicos con recomendaciones de productos y proveedores. Nada como el interés individual para promover el espíritu comunitario.




La maleza es el equivalente floral en América a la grasa corporal, a los actos inmorales, a la pereza, a la desidia, a la mentira e incluso a la pobreza, que todavía arrastra algún estigma en estos lares como plasmación material de las carencias espirituales. Algo que hay que erradicar de raíz en el sentido más literal del término y para lo que no hay excusas físicas, económicas o geográficas en el caso de que tu jardín se halle en una intersección o en primera línea.

Si tienes maleza, los vecinos por primera vez se involucrarán en tu vida y cuestionarán tus hábitos, tu personalidad y moralidad.

He conocido personas que por sus creencias o desconfianza en el sistema, no vacunan a sus hijos y no sufren el mismo rechazo que aquellos que dejan la maleza crecer en su propiedad. En el siglo XXI, contagiar la maleza se considera un mal peor que la tuberculosis, la difteria o incluso la obesidad por las que nadie te critica.

De todas las guerras que libran los norteamericanos en el mundo, la peor y la que afecta más la vida de las gentes pasa dentro de casa. Es la guerra contra la mala hierba, más en el sentido literal que figurado.

domingo, 12 de mayo de 2013

Poner las cosas en un papel


Los documentos mastodónticos son propios de las sociedades menos desarrolladas en los que el nivel de confianza entre las personas es bajo y se piensa que por escribir las cosas la ley se hace cumplir. La burocracia no es sino un desesperado y vacuo intento de predecir el futuro, de evitar los imprevistos y a menudo lo que hace es coartar la creatividad.

Aunque las cosas hayan cambiado mucho en estos últimos 30 o 40 años, sigue siendo característico de los gobiernos de los países latinos el despliegue de leyes y de normas prolijas para asegurar la confianza entre los miembros de sus sociedades. Después de todo, seguimos rigiéndonos por el Código Napoleónico que, heredero del Derecho Romano, establece que aquello que no está expresamente permitido está prohibido a diferencia de la Common Law inglesa que establece justamente lo contrario.

Esto es un hecho cuando hablamos de procesos legales o normas de convivencia dictadas por los poderes públicos. No sucede lo mismo, sin embargo, en el mundo de la empresa, por ejemplo. En un gran número de empresas españolas, los procesos no están bien definidos, dependen en muchos casos de las secretarias que vienen a ser la memoria viva de la empresa en el caso de que haya acumulado antigüedad. Los manuales del empleado, las normas, la explicación de los procesos obedece, en muchos casos, a la subjetividad y libre interpretación de los supervisores o a la aplicación de grandes normas, como el Estatuto de los Trabajadores, que en el fondo nadie aplica por razones económicas o de estructuras de poder.

A los americanos, en cambio, les gusta ponerlo todo en un papel y cuanto más detallado mejor. No tanto por una falta de confianza, suelen ser gente que se siente relativamente cómoda con el riesgo, sino porque el elemento subjetivo está devaluado.  La opinión personal, la decisión tomada a última hora sin contrastar no gozan de gran prestigio. No en vano, decir que alguien es “opinionated” (demasiado opinativo) es peyorativo mientras que en nuestra cultura alguien que tiene carácter (lo que aquí se denomina temper, es decir, que pierde los estribos con facilidad) se percibe como un rasgo que puede ser molesto a veces pero en general positivo. Lo que cuenta son los procesos, aquello que no requiere de una deliberación a última hora.

Ponerlo todo en un papel es un gesto típicamente americano al igual que el concepto, tan imitado hoy en día, del case study, de las autobiografías o libros de memorias (relativamente escasos en España), del hazlo tu mismo  o  si no cómpramelo a mí, o de compartir el conocimiento escribiendo una crítica de unas bolsas para el aspirador en Amazon.com (hay una buena cantidad de ellas).

Poner las cosas por escrito, aunque sean obviedades o lugares comunes, es americano. Es una forma de crear o envolver un producto.

domingo, 5 de mayo de 2013

Fiestas por turnos

Lo primero que uno nota de las fiestas de los norteamericanos es que empiezan a la hora y acaban a la hora o incluso antes. A la hora de su comienzo, ya se empieza a apreciar una cierta incomodidad. Los silencios cortan el aire como cuchillos. Es habitual que bastantes de los invitados se escabullan arguyendo que tienen cosas importantes que  hacer que les impiden prolongar su estancia dejándole a uno, que no tiene ganas de hacer nada más el sábado tarde o noche, la incómoda sensación de pensar que su vida debería ser más interesante.

La vida americana le acostumbra a uno a ver como normal que este tipo de reuniones sociales duren una hora y media rigurosamente cronometrada. Parecen propios de la Baja Edad Media aquellos tiempos carpetovetónicos en los que aparecer a la hora se consideraba descortés ya que uno sabe que el anfitrión estará todavía vistiéndose  o habrá bajado al supermercado a última hora para comprar algún ingrediente que se había olvidado.

Las fiestas americanas son, efectivamente, eficaces mecanismos de relojería en los que pocas cosas se dejan a la imprevisión. Se decide quien lleva qué y en cuanta cantidad, en que habitaciones se realizaran según qué tipo de actividades, donde estarán los niños, que películas se pondrán e incluso he estado en algunas en que se preparan temas de conversación o juegos divertidos y que no generen situaciones comprometidas.

La última vuelta de tuerca son las fiestas por turnos en las que los anfitriones, al igual que en los antiguos cines de sesión continua o en algunos restaurantes madrileños de no muy grato recuerdo, siguen un protocolo de invitación por franjas horarias. Tu vienes de 3 a 5, tú de 5 a 7, etc… Una modalidad que persigue evitar que se mezclen combinaciones indeseables, que las estancias se prolonguen demasiado y los invitados se repitan en exceso y la satisfacción de convencerse a uno mismo del enorme poder de convocatoria que tiene sin que la casa quede hecha un desastre.

Confieso que no se a través de las lentes de que paradigma debe ser analizado este nuevo fenómeno. Por un lado esta concepción de los eventos personales retrotrae claramente a la economía de los bienes de consumo industriales, basada en generar productos y servicios para un público masivo que se beneficia de las economías de escala (un único evento al que uno invita a la máxima cantidad de gente posible con el mínimo coste organizativo). Por otro, es deudora del nuevo modelo de la economía de las experiencias, basado en evitar la repetición y la rutina en la vida de uno, y exprimir al máximo los minutos disfrutando de compartir las experiencias propias y ajenas con la máxima variedad de tipos humanos.

A mí, personalmente, esta nueva modalidad de fiestas me parece una ordinariez rayana con la falta de respeto, pero entiendo que desde una lógica económica (de economía de las experiencias) y de networking es irreprochable y, por ende, un concepto exportable.

sábado, 27 de abril de 2013

Pensar grande


La obsesión por el tamaño de los americanos es archisabida. Incluso el más acérrimo defensor del carácter norteamericano, entre los que me incluyo, tiene que reconocer que hay algo vulgar, inmaduro, infantil y a contracorriente del progreso de la humanidad en la búsqueda de lo grande porque sí. El tamaño de los vasos de los refrescos (siempre con una pajita y hasta los topes de hielo), las raciones de comida (siempre el doble de lo que uno realmente necesita), los coches concebidos como casas rodantes, incluso la ropa que con frecuencia le resulta a uno excesivamente holgada haciéndole parecer a uno que ha ganado unos kilos de más. Es cierto, no tiene demasiada defensa el gusto por lo grande porque sí.

Hay, sin embargo, una excepción. La afición de pensar a lo grande, thinking big. Incluso el americano menos cultivado, con una experiencia vital menos rica, es consciente de la importancia de tener sueños, de no conformarse con cualquier cosa. Un afán que de alguna forma contribuye al auge de la religión en este país donde pocos se conforman, como en Europa, con ver la vida como un conjunto de reacciones químicas y azarosas, adecuadamente gestionadas por un estado antaño protector, que se extingue en un tiempo relativamente corto de tiempo. Soñar es, por tanto, parte del ethos americano tanto como el apple pie.

Es cierto que hay ejemplos de empresas exitosas e innovadoras en unos cuantos países, pero pocas de ellas se basan en la idea de pensar a lo grande, de soñar. No son solo las economías de escala lo que explica que haya una empresa llamada Netflix que ofrece prácticamente disponer de toda la historia del cine (35.000 peliculas) a sus abonador por 15 euros al mes; u otra, más conocida fuera de los Estados Unidos, llamada Apple que desarrollo un dispositivo de tamaño inferior a la palma de una mano que fue el primero que permitía hablar por teléfono, comunicarse a través de Internet, tomar fotos, ver películas, escuchar cualquier emisora de radio del mundo y realizar cualquier transacción comercial; u otra  como Amazon.com que prácticamente permite adquirir cualquier mercancía existente en el mundo desde la casa de uno y a precios competitivos.

Yo a eso lo llamo pensar grande. Zara, el Banco de Santander, Volkswagen y Louis Vuitton son empresas eficientes pero no son el producto de sonadores. Apple o Amazon.com sí.

A un nivel micro, existen millones de americanos que suenan y que innovan con pequeños o grandes negocios. Lo de menos es que estén mejor o peor educados, una cualidad que para soñar a veces está hasta de sobra.

lunes, 8 de abril de 2013

Cuéntame lo que te pasó


Sucede con harto frecuencia en Norteamérica. Allí donde se reúne un grupo de personas para hablar en un foro público sobre cualquier tema, lo primero que hacen es contar su historia personal. Sin preámbulos. Sin dilaciones. Una historia personal contada en primera persona que explique la conexión entre la biografía del panelista y el tema a tratar deja contentos a todos. A los ponentes y a la audiencia.

Una historia lo suficientemente gráfica que no de lugar a elucubraciones o pensamientos rocambolescos. Una historia directa, repleta de ejemplos a flor de piel, con aroma de veracidad, que se entienda a la primera, que no precise de explicaciones o aclaraciones sucesivas, que evite tener que recurrir a los recovecos del pensamiento abstracto que transcienden la mera casuística.

Sucede en las mesas redondas, en los paneles, cuando un guest speaker  se pone enfrente de un grupo de estudiantes. Cuéntanos una historia, piensan, que nosotros ya te haremos las preguntas que consideremos oportunas si tu narrativa resulta lo suficientemente interesante. No te andes con Power Points o con notas pedantes mecanografiadas en un papel. Mantén el contacto visual, haznos sonreír, danos buenos ejemplos, se uno de nosotros o por lo menos parécelo. ¿Que vienes de muy abajo y has trabajado duro para conseguir estar donde estás? Okay. ¿Que siempre subiste lo que querías desde que eras pequeño? Fine. ¿Que has viajado mucho y has aprendido del contacto con otras culturas? Excellent. ¿Que creer en Dios te ha ayudado a superar los momentos difíciles? Great. ¿Qué sabes bien convivir con el caos? Admirable. ¿Qué has fracasado cinco o seis veces y te has reinventado otras tantas? ¿Qué has encontrado un mentor extraordinario? ¿Que tus padres te lo han dado todo o que has cuidado de tu hermana desde que eras adolescente y eso te ha ensenado a superar las dificultades? Sure.

No esperábamos menos. Ni más, a decir verdad.

Son historias sencillas, casi de escuela de guion de cine clásico, con distintos actos y un clímax, optimistas, arquetípicas, en las que hay una moraleja, que han sido contadas muchas veces por muchos otros antes que ellos y en las que únicamente varían algunos detalles biográficos de escasa importancia.

Son historias que giran alrededor de uno mismo, con el yo (I) siempre bien en mayúscula, optimistas, que oscilan entre el narcisismo y el altruismo. Historias americanas. Historias universales.