Consejos American Psique: carácter americano
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viernes, 21 de junio de 2013

Quitar la moqueta


Por fin hemos decidido eliminar de nuestra casa un elemento tan genuinamente americano como es la moqueta. No en vano, el olor a moqueta húmeda mezclado con el de las grasas animales empleadas para la fritura de las patatas fritas en los puestos de comida rápida, es el primer aroma que a uno le llega cuando pisa suelo norteamericano. Uno tiene que pensárselo dos veces antes de deshacerse de la moqueta. De niño, cuando vivía en un barrio de la periferia de Madrid e iba a jugar a los clics a casa un compañero de clase que la tenía, me parecía lo último, el colmo de la modernidad.





La moqueta se sigue imponiendo en los hogares americanos. Es económica de instalar y reemplazar, aporta calidez cuando el termómetro es inmisericorde afuera y tiene la nada desdeñable cualidad de disimular durante largo tiempo la roña y la suciedad  y ofrecer un aspecto decente y contemporáneo, que no elegante, a cualquier habitación.

¿Por qué quitar, entonces, la moqueta a la que adornan todas estas espléndidas cualidades? Despegar la moqueta y poner un suelo de madera, y no digamos de baldosa, es sincerarse, asumir que el mundo puede ser un lugar frío e inhóspito, que la mugre no puede ocultarse, que la realidad no es postiza y podemos hacerla y deshacerla a nuestro antojo, que cualquier cambio de envergadura es difícil, que el mundo que nos ha tocado vivir no es un lugar naturalmente cálido sino un perpetuo toma y daca y que las apariencias no engañan.

Hay algo infantil y carente de riesgo al mismo tiempo en la moqueta. Un niño que se cae en la moqueta, suele quedar ileso. En la moqueta se puede jugar con los pequeños sin tener que recurrir a sentarse en las sillas alrededor de la mesa, que hace parecer todo demasiado serio e importante. En la moqueta uno se siente joven. Incluso ofrece una alternativa cómoda y fácil a aquellos conservadores que quieren sentirse innovadores por un día en cuestiones de sexo y dejar la cama a un lado.

Pero la moqueta, a diferencia del papel, no lo aguanta todo. Por ejemplo, no aguanta las meadas de los perros que acaban dejando un olor perenne que por mucho producto de limpieza que se aplique sale a relucir en cualquier momento en que la brisa cambia de dirección.

A los americanos les sigue gustando la moqueta de la misma forma que toleran la hipocresía como un defecto menor comparado con otros. Acaso no les falte razón en que fingir lo que uno no siente o embellecer una realidad que se ha revelado sórdida puede cambiar el mundo.

 Quizás el precio de quitar la moqueta sea demasiado alto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Dos almas

La pasada semana estuve en Nueva Orleans con motivo de un congreso académico. No tengo empacho en confesar que, cuando acudo a congresos, trato de pasar la menor cantidad de tiempo posible en las salas de reuniones de los hoteles una vez que he cumplido con mis obligaciones. Una de las cosas que más me gusta hacer cuando visito nuevos sitios es tomar alguna buena línea de transporte público en superficie y hacerme el trayecto de ida y vuelta. Nueva Orleans tiene una línea de tranvía que es ideal para este propósito ya que te lleva del evocador pero algo cargante (se ha transformado en un parque jurásico por la fuerza del turismo) French Quarter a otras zonas menos transitadas pero también atractivas que te dan una idea más exacta de como vive la gente.

En concreto la línea Royal St. Charles termina en un barrio de casas coloniales de diversas influencias en medio de un paisaje selvático. Las hay típicas del sur con porche y columnas doricas a la entrada, victorianas, más afrancesadas, alguna italianizante, de estilo cape cod.., pero lo que más llama la atención es, dentro de la variedad, el inmenso respeto que todas ellas, sin distinción, manifiestan a seguir los cánones tradicionales arquitectónicos de los distintos estilos. Lo mismo sucede con las múltiples iglesias en su mayoría de estilo gótico de las distintas confesiones cristianas que, relucientes e impolutas como si se hubieran terminado de construir ayer mismo, se suceden a lo largo de la ruta. Si a ello le unimos que el viaje se realiza en un tranvía de época, con sillones de madera y de frenada algo más que brusca, uno podría sentir que se encuentra a finales del siglo XIX en una de las épocas doradas de la ciudad. Los únicos elementos que perturban este paisaje evocador sureño son los SUVs (Sport Utility Vehicles o 4 x 4 en la jerga española) y una gran cantidad de mujeres que hacen jogging embutidas en atuendo sexy de atleta futurista o que pasean con un café de la mano mientras sujetan al perro.

En medio de este panorama, no pude evitar pensar en la conferencia que Jorge (o George) Santayana, un americano nacido en Madrid, dio en Berkeley en 1911. En este discurso, titulado The genteel tradition in American philosophy (en George Santayana La filosofía en América [J. Alcoriza y A. Lastra, eds.], Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, pp. 123-157), Santayana se refiere a los dos almas del carácter americano y su relación con la arquitectura. El escritor español habla de “la voluntad americana que habita en un rascacielos” y de “el intelecto americano que habita en una mansión colonial”. En otras palabras, la psique americana estaría para Santayana escindida, por un lado, entre la herencia del calvinismo y la tradición europea y, por otro, en la búsqueda del éxito en los negocios, la industria y el deporte. Santayana diagnosticó que se impondría este segunda alma, algo que, en contra de lo que parecía, no ha pasado del todo. A menudo se nos olvida que los americanos no son sólo grandes empresarios o innovadores, sino que también poseen ese otro alma que les impulsa, entre otras cosas, a seguir viviendo en casas de época o a creer que la vida no se puede explicar sin recurrir a lo trascendente. Cuando uno se topa con esa idea tan de cartón piedra de lo que es ser moderno que ha sido tan común en las actitudes, el pensamiento y las formas de tantos que hemos habitado la piel de toro durante estas últimas décadas, se me ocurre que no estaría mal tener dos almas.