Consejos American Psique: Santayana
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sábado, 12 de septiembre de 2015

La opinión pública como mordaza

La manifestación de la Diada ayer confirma una vez más el prestigio y el poder de la opinión pública. Vox populi vox Dei. Como si se tratara de un designio divino, la existencia de cientos de miles de individuos celebrando la independencia de Cataluña por anticipado crea acojone, preocupación en muchos. Sin embargo, ese prestigio del que goza la opinión pública en nuestros días no siempre ha sido tan indiscutible. Hasta hace menos de un siglo, lo más florido de la intelectualidad tendía a desconfiar de las opiniones surgidas al albor de la muchedumbre.

El filósofo hispano-estadounidense Jorge Santayana, por cierto de origen catalán por parte de madre, describía las opiniones de las personas como “creaciones de la mente humana, de los sentidos humanos y pasiones estimuladas y controladas por hechos externos”. Santayana aceptaba que las opiniones reflejaban el bienestar o el dolor de las personas, el ambiente en que vivían, pero eran incapaces de penetrar en aquello que constituía la verdadera naturaleza de las cosas. Santayana negaba la validez intrínseca de las opiniones a no ser que éstas se fundaran en criterios de verdad basados en la historia, la percepción o la ciencia. No es por tanto extraño que el filósofo resaltara todo aquello que hacía de la opinión pública un ente dudoso, etéreo y volátil, como el viento “que a veces se convierte en una fuerza formidable, algo que lleva en volandas o contra lo que lucha el individuo”, pero que también “es invisible, asciende de repente en gustos y misteriosamente desaparece”. La convicción de que el hombre, siempre temeroso de ir contracorriente, es un ser esencialmente imitativo al que cuesta mantener sus opiniones en solitario, le llevaría a cuestionar la opinión del pueblo sobre cuestiones complejas.

Walter Lippmann, discípulo de Santayana y autor de La opinión pública en 1922 (probablemente el tratado acerca de esta materia más importante escrito en el siglo XX), desarrolló en este libro el concepto de estereotipo para explicar como las personas, tratando de dar respuesta a realidades complejas, se guíaban por una serie de “imágenes en sus cabezas” sobre un mundo que estaba “fuera de su alcance, de su vista y de su mente”. Como Santayana, Lippmann presuponía que la opinión pública no constituía un grupo de individuos definido y que éste variaba en función de los intereses personales. Ambos criticaban como el hombre de su tiempo habría sucumbido irremisiblemente a las técnicas de propaganda de políticos y publicitarios.

No escasean en el siglo XX las cabezas pensantes que relativizan en algún momento de sus carreras el valor de la opinión pública. Hoy, al contrario, tener la opinión pública del lado de uno es síntoma de tener razón, incluso de cierta calidad en la argumentación. Medio o un millón de personas manifestándose en una calle parece un indicio inequívoco de que la opinión pública ha hablado, de que algo hay que hacer al respecto y sobre todo rápido, cuanto más rápido mejor, aunque estemos hablando de decisiones tan importantes como convocar un referendum de secesión. De nada sirve, como sostenía Lippmann, que todos sepamos que los políticos no son más que meros seguidores de los deseos irracionales del público. La mayoría silenciosa que no se manifiesta por las calles ni responde a las encuestas, ya que al fin y al cabo la percepción de aquello que constituye la opinión pública actúa como mordaza, no parece contar demasiado. Es, después de todo, demasiado pasiva, desinteresada y, en cierto sentido, difícil de manipular como para ser tenida en consideración. No acudir a una manifestación o acercarse a una urna no computa y acaba sucediendo que la opinión pública se convierte “no en la voz de Dios ni la voz de la sociedad, sino la voz de los espectadores interesados en la acción”, como escribió Lippmann en una obra posterior sobre el mismo tema, El público fantasma,  en 1925.

Si la opinión pública es la reina del mundo, las elecciones se han convertido meramente en herramientas para medir la capacidad de movilización de las distintas opciones por cualquier medio legítimo o ilegítimo.




lunes, 21 de noviembre de 2011

Dos almas

La pasada semana estuve en Nueva Orleans con motivo de un congreso académico. No tengo empacho en confesar que, cuando acudo a congresos, trato de pasar la menor cantidad de tiempo posible en las salas de reuniones de los hoteles una vez que he cumplido con mis obligaciones. Una de las cosas que más me gusta hacer cuando visito nuevos sitios es tomar alguna buena línea de transporte público en superficie y hacerme el trayecto de ida y vuelta. Nueva Orleans tiene una línea de tranvía que es ideal para este propósito ya que te lleva del evocador pero algo cargante (se ha transformado en un parque jurásico por la fuerza del turismo) French Quarter a otras zonas menos transitadas pero también atractivas que te dan una idea más exacta de como vive la gente.

En concreto la línea Royal St. Charles termina en un barrio de casas coloniales de diversas influencias en medio de un paisaje selvático. Las hay típicas del sur con porche y columnas doricas a la entrada, victorianas, más afrancesadas, alguna italianizante, de estilo cape cod.., pero lo que más llama la atención es, dentro de la variedad, el inmenso respeto que todas ellas, sin distinción, manifiestan a seguir los cánones tradicionales arquitectónicos de los distintos estilos. Lo mismo sucede con las múltiples iglesias en su mayoría de estilo gótico de las distintas confesiones cristianas que, relucientes e impolutas como si se hubieran terminado de construir ayer mismo, se suceden a lo largo de la ruta. Si a ello le unimos que el viaje se realiza en un tranvía de época, con sillones de madera y de frenada algo más que brusca, uno podría sentir que se encuentra a finales del siglo XIX en una de las épocas doradas de la ciudad. Los únicos elementos que perturban este paisaje evocador sureño son los SUVs (Sport Utility Vehicles o 4 x 4 en la jerga española) y una gran cantidad de mujeres que hacen jogging embutidas en atuendo sexy de atleta futurista o que pasean con un café de la mano mientras sujetan al perro.

En medio de este panorama, no pude evitar pensar en la conferencia que Jorge (o George) Santayana, un americano nacido en Madrid, dio en Berkeley en 1911. En este discurso, titulado The genteel tradition in American philosophy (en George Santayana La filosofía en América [J. Alcoriza y A. Lastra, eds.], Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, pp. 123-157), Santayana se refiere a los dos almas del carácter americano y su relación con la arquitectura. El escritor español habla de “la voluntad americana que habita en un rascacielos” y de “el intelecto americano que habita en una mansión colonial”. En otras palabras, la psique americana estaría para Santayana escindida, por un lado, entre la herencia del calvinismo y la tradición europea y, por otro, en la búsqueda del éxito en los negocios, la industria y el deporte. Santayana diagnosticó que se impondría este segunda alma, algo que, en contra de lo que parecía, no ha pasado del todo. A menudo se nos olvida que los americanos no son sólo grandes empresarios o innovadores, sino que también poseen ese otro alma que les impulsa, entre otras cosas, a seguir viviendo en casas de época o a creer que la vida no se puede explicar sin recurrir a lo trascendente. Cuando uno se topa con esa idea tan de cartón piedra de lo que es ser moderno que ha sido tan común en las actitudes, el pensamiento y las formas de tantos que hemos habitado la piel de toro durante estas últimas décadas, se me ocurre que no estaría mal tener dos almas.