Consejos American Psique: Trabajo
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viernes, 2 de agosto de 2013

Un país sin bedeles

El otro día estuve en la facultad de filosofía y letras de una universidad española. Eran las 9 de la mañana en plena canícula y estaba vacía. Lo primero que me encontré al entrar fue con una bedel. La mujer leía una revista de cotilleos dejando pasar el tiempo lo mejor que podía y sabía. Le pregunté cómo encontrar el despacho de un profesor al que iba a visitar y me indicó la dirección con amabilidad antes de regresar a la lectura de la revista.

Me dirigí al ascensor siguiendo sus instrucciones mientras pensaba que había algo entrañable y anacrónico en la escena de esa mujer vestida de bedel,  dentro de una ventanilla y con poco que hacer. No pude evitar pensar que, y no quiero parecer oportunista, esa bedel que probablemente se jubile dentro de 20 años trabajando en el mismo lugar es un símbolo del estado de parálisis de la universidad española.

Las universidades norteamericanas no tienen bedeles. En realidad, no hay conserjes ni bedeles en Norteamérica en general. Si acaso hay porteros en los edificios de apartamentos en los que vive la gente muy pudiente en ciudades como New York o Washington D.C por razones de seguridad o comodidad.

Tener a disposición a alguien vestido de uniforme, por si le necesita, para darte una dirección, que no disimula su ociosidad, no es algo americano. Si acaso un símbolo de calidez mediterránea, del Sur de Europa.

Empecé a pensar por  qué en los Estados Unidos de América no hay bedeles, ni gente que te corte las entradas en los cines o las exposiciones, ni tampoco hay que reservar las pistas de tenis que hay en los parques, ni hay nadie controlándote en los restaurantes por si te echas más Coca-Cola de la cuenta en el área donde se encuentran los grifos de los refrescos.La concepción norteamericana de la responsabilidad individual lo abarca todo. Los americanos esperan que uno se informe acerca de cómo llegar a los sitios, confían en que no te vas a colar en una sala que no te corresponde, que no vas a quedarte toda la mañana jugando el tenis cuando hay gente esperando fuera o que no te vas a echar una cantidad extra de Coca-Cola que no has pagado. También que te vas a costear la atención médica o la mayor parte de la matrícula de la universidad con tus propios recursos, que todo hay que decirlo.

Por eso nunca ha existido una figura del bedel equivalente a la nuestra. 

viernes, 26 de julio de 2013

Buscar trabajo

A lo largo del año, cuando hablamos por Skype los sábados por la mañana, mis padres me preguntan invariablemente por el estado de la economía norteamericana y sobre todo por la tasa de paro. Cuando les digo que en todo el país es del  siete y medio por ciento y en el estado de Washington ronda el siete, se siguen sorprendiendo aunque ya se lo haya dicho muchas veces. Experimentan lo que yo llamo una especie de delectación masoquista, muy española, una mezcla de complejo de inferioridad ancestral típico de la gente de su generación y de sentirse afortunados porque su hijo se haya librado de la plaga del desempleo.

Podría entrar en detalles, en tecnicismos, pero prefiero ahorrar crueldades innecesarias. Podría contarles que los políticos de la gran potencia siguen considerando que un nivel de paro semejante se considera intolerable, que los economistas andan preocupados porque el desempleo estructural en Norteamérica después de la crisis vaya a pasar del 4,5 al 6 por ciento, que se habla de una generación perdida que percibirá de por vida salarios inferiores a los de sus padres e incluso de que ir a la universidad ya no aporta un adecuado retorno de la inversión a las familias y eso a pesar de que un universitario, alrededor del 35 por ciento de los jóvenes estadounidenses, gana alrededor de un 150 por ciento más de salario que el que no lo es.

Sin embargo, lo que más me sigue llamando la atención de la situación española no es tanto el porcentaje de desempleo, que mucha gente olvida que 20 años  atrás alcanzo cotas relativamente similares, sino las condiciones casi humillantes en que la gente tiene que buscar trabajo.
El otro día, mientras esperaba en una tienda de Movistar a que me atendieran, veo a un chico de unos 20 años entregar un currículo casi con desidia. Llevaba un taco de ellos y se notaba que estaba realizando un reparto industrial por todas las tiendas del centro comercial. Me sorprendió la naturalidad con que entregaba aquel folio con una foto por membrete. Le pregunté a la dependiente que me atendía si Movistar requería fotos en los currículos y me miró con asombro.

En realidad, mi ingenuidad no tiene límites ya que hacía solo unos meses que me había encontrado un anuncio de una universidad privada española, que se dice católica para más señas,  que buscaba profesorado internacional en el extranjero y que también exigía foto, al parecer una característica de gran relevancia en la docencia. Recuerdo que, indignado, envié un correo electrónico a la persona que figuraba como contacto señalando que esa es una práctica que en Estados Unidos y otros países se considera gravemente discriminatoria. Tengo que decir que no me sorprendió demasiado que no contestara mi correo ni me diera las gracias.

Me vienen a la cabeza imágenes de una nueva España negra, silenciosa, asumida por el común de los mortales. Recuerdo el caso de la todavía prestigiosa cadena de supermercados Sánchez Romero cuyos evaluadores de recursos humanos juzgaban hace no tanto el color de la piel de los candidatos en función de su proporción de “café o leche”. Aparte de una reprimenda mediática, lo cierto es que la sociedad española no castigó (si, a veces el castigo es una buena cosa) demasiado la reputación de Sánchez Romero que sigue vendiendo con éxito su imagen de supermercado Premium.

También  me vienen a la memoria recuerdos un poco más gozosos. Cuando disfrutaba leyendo las desventuras de Henri Chinaski, aquel alter ego bukowskiano, en aquel Los Angeles de los años 50. Recuerdo que lo que más me sorprendía de aquel personaje no era tanto que siendo feo, pobre y falto de higiene se acostara continuamente con mujeres o que tuviera la energía para escribir hasta altas horas de la madrugada después de una larga jornada de trabajo físico en compañía de un transistor y bebiendo continuamente. No, lo que más me sorprendía era la vitalidad del mercado de trabajo norteamericano donde Chinaski encontraba un trabajo tras otro en fábricas de bombillas, de pepinillos o de tuercas (llegue a contar más de 50 trabajos en la novela Factotum). Aquel mundo en que ningún supervisor explotador te pedía currículo con foto o tenía en cuenta tu edad.

Para muchos debe ser curioso que el país del susodicho capitalismo salvaje nos dé lecciones de civismo a la hora de buscar trabajo. Las empresas equivalentes a Telefónica o a la Universidad Católica de Murcia en Estados Unidos se habrían buscado un lío que les hubiera costado unos cuantos millones de dólares además de una caída considerable de su reputación. 

Debería hacernos pensar que un mercado laboral como el norteamericano que visto desde aquí resulta casi salvaje, desregulado, en el que existe  un tipo  de contrato prácticamente único, indemnizaciones por despido bajas o casi inexistentes sea, aunque tampoco ideal, en muchos sentidos más humano y amable con el que busca trabajo.

También que las sucesivas reformas laborales españolas se limiten siempre a regular las modalidades contractuales o las indemnizaciones por despido y no otros aspectos capitales como la discriminación por el físico o la edad en un país de servicios como España en que una gran cantidad de trabajos son de cara al público.

Si, debería hacernos pensar.


A todos.

domingo, 12 de mayo de 2013

Poner las cosas en un papel


Los documentos mastodónticos son propios de las sociedades menos desarrolladas en los que el nivel de confianza entre las personas es bajo y se piensa que por escribir las cosas la ley se hace cumplir. La burocracia no es sino un desesperado y vacuo intento de predecir el futuro, de evitar los imprevistos y a menudo lo que hace es coartar la creatividad.

Aunque las cosas hayan cambiado mucho en estos últimos 30 o 40 años, sigue siendo característico de los gobiernos de los países latinos el despliegue de leyes y de normas prolijas para asegurar la confianza entre los miembros de sus sociedades. Después de todo, seguimos rigiéndonos por el Código Napoleónico que, heredero del Derecho Romano, establece que aquello que no está expresamente permitido está prohibido a diferencia de la Common Law inglesa que establece justamente lo contrario.

Esto es un hecho cuando hablamos de procesos legales o normas de convivencia dictadas por los poderes públicos. No sucede lo mismo, sin embargo, en el mundo de la empresa, por ejemplo. En un gran número de empresas españolas, los procesos no están bien definidos, dependen en muchos casos de las secretarias que vienen a ser la memoria viva de la empresa en el caso de que haya acumulado antigüedad. Los manuales del empleado, las normas, la explicación de los procesos obedece, en muchos casos, a la subjetividad y libre interpretación de los supervisores o a la aplicación de grandes normas, como el Estatuto de los Trabajadores, que en el fondo nadie aplica por razones económicas o de estructuras de poder.

A los americanos, en cambio, les gusta ponerlo todo en un papel y cuanto más detallado mejor. No tanto por una falta de confianza, suelen ser gente que se siente relativamente cómoda con el riesgo, sino porque el elemento subjetivo está devaluado.  La opinión personal, la decisión tomada a última hora sin contrastar no gozan de gran prestigio. No en vano, decir que alguien es “opinionated” (demasiado opinativo) es peyorativo mientras que en nuestra cultura alguien que tiene carácter (lo que aquí se denomina temper, es decir, que pierde los estribos con facilidad) se percibe como un rasgo que puede ser molesto a veces pero en general positivo. Lo que cuenta son los procesos, aquello que no requiere de una deliberación a última hora.

Ponerlo todo en un papel es un gesto típicamente americano al igual que el concepto, tan imitado hoy en día, del case study, de las autobiografías o libros de memorias (relativamente escasos en España), del hazlo tu mismo  o  si no cómpramelo a mí, o de compartir el conocimiento escribiendo una crítica de unas bolsas para el aspirador en Amazon.com (hay una buena cantidad de ellas).

Poner las cosas por escrito, aunque sean obviedades o lugares comunes, es americano. Es una forma de crear o envolver un producto.

lunes, 15 de abril de 2013

Trabajo fácil


Una de las cosas que recuerdo de mi niñez son los adornos en la pared que abundaban a la entrada de aquellos pisitos que, como el mío, olían perpetuamente a repollo, con sofás de eskay y cuadros de cacerías presidiendo los comedores. Había alguno que me llamaba particularmente la atención que decía “el trabajo es sagrado, no lo toques” y en el que solía aparecer la imagen de un currante espantada ante la idea de agarrar la pala y seguir cavando.

En realidad, era un brindis al sol, un mero gesto quijotesco. Aunque el español siempre se las ha dado de despreciar el trabajo, lo cierto es que raramente ha sido así. Uno solamente puede vanagloriarse de despreciar aquello que tiene al alcance y el trabajo, precisamente, nunca ha sido una mercancía que haya abundado en España desde hace muchos siglos atrás.

Los españoles mostramos una actitud timorata, acobardada ante el mundo del trabajo, ante la dificultad de ganarlo y el miedo de perderlo. El bukoskiano personaje de Henri Chinaski nunca podría haber sido parido por un escritor español. Recuerdo que una de las cosas que más impresionaban de sus obras era la cantidad de trabajos que su alter ego biográfico Chinaski encontraba y perdía en cada uno de sus libros, sobre todo en su libro Factotum. Trabajos industriales que entonces, antes de que la globalización de la economía lo explicara todo, nos parecían de poca calidad y que hoy serían un sueño para muchos por la seguridad y confort mental que ofrecían. Quién pudiera, como Chinaski, trabajar en una fábrica de pepinillos pasando una entrevista de trabajo en la que contesta a su futuro patrón que su interés se debe a que el sitio en cuestión “le recuerda a su abuela” o mirando pasar botellas en una cadena de producción y rechazando las defectuosas con la cabeza en otra parte. Con lo difícil que ya era encontrar un trabajo, cualquier trabajo, en España a mediados de los 80, ¿como era posible que a ese borracho, desarrapado y salido de Chinaski le volvieran a contratar una y otra vez?




Era obvio que a mis quince años no sabía mucho de liberalismo económico y del modelo americano.

Casi tres décadas después, con integración europea, varios booms económicos y sextuplicado la renta per cápita, las cosas no parecen haber cambiado tanto. El trabajo, sí, sigue siendo sagrado para los españoles entre otras cosas porque no hay. En cambio, la relación de la mayoría de los americanos con el trabajo es tranquila y desapasionada. Incluso en los tiempos, como estos últimos años, en que no abunda, tampoco falta. Hay un significativo número de americanos que trabajan a ráfagas, cuando les hace falta. Es el caso de estudiantes que quieren contribuir a pagar sus estudios o a financiarse algún proyecto. También el de hombres y mujeres que no necesitan trabajar para vivir porque trabajan sus cónyuges o disponen de rentas, que buscan algo que hacer que les distraiga o algún trabajo voluntario. No se sulfuran, ni piensan que les vaya la vida en ello, ni que vaya a pasar el último tren en sus vidas. Para los cuáles el trabajo dista mucho de ser sagrado, si acaso útil a uno mismo, a los demás o simplemente entretenido.

domingo, 20 de enero de 2013

La revancha de los becarios


Charlie Rose es una institución en la televisión pública norteamericana. Por el estudio de su programa pasa todos los días la flor y nata del tema que se trate. Si se habla de cocina entrevista a Ferrán Adrià, si se habla de economía a Roubini y si se habla de tecnología a Bill Gates.

Lleva haciendo entrevistas sin concesiones ni cortes publicitarios a muchos de los cráneos más privilegiados del mundo durante alguna que otra década. Goza de prestigio incluso entre los que nunca han visto su programa y el TIVO trabaja más que nunca a la hora en que se emite su programa en muchos hogares cultos norteamericanos. Es una de las escasas pruebas vivientes de que la televisión puede ser otra cosa. Cuando uno asiste a sus entrevistas, tiene la sensación de ser un individuo más completo.




Charlie Rose ha perdido recientemente un juicio contra uno de sus becarios que le acusaba de no haberle pagado ninguna remuneración cuando en realidad estaba realizando un trabajo que correspondía a un profesional hecho y derecho. En realidad, La productora de Charlie Rose ha tenido que pagar 1.000 dólares a cada uno de los 189 becarios que ha tenido en el programa desde sus comienzos. En total, un cuarto de millón de dólares.

Todo el mundo se ha enterado ya que la noticia ha sido divulgada en el New York Times y en otros medios líderes. A Charlie Rose no se le ha caído la cara de vergüenza y su vida personal y profesional ha seguido poco más o menos como estaba. Pero al menos se ha hecho pública la infamia y sus compañeros de profesión, muchos de los cuales probablemente cometen pecados parecidos, no le han tapado.

En el país del capitalismo salvaje, donde más se pisotean los derechos de los trabajadores, en el que se permiten las peores desigualdades según algunos, sigue habiendo un sentido del decoro, de respeto por el trabajo, de sentido de la justicia y afán por ejercerla que permite a un becario enfrentarse a Charlie Rose, ganar y que se haga público por los mismos compañeros de profesión de la parte perdedora. Debería hablarse más a menudo de eso.