Consejos American Psique: relaciones
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lunes, 9 de diciembre de 2013

La verdadera epidemia norteamericana


Se habla mucho de la epidemia de obesidad que afecta a los países industrializados, especialmente Norteamérica. Se piensa menos en una epidemia acaso más importante, la epidemia de la soledad.
Ahora que llega la navidad, quizás se ponga de moda hablar de la soledad por unos días.
Un reciente artículo del periódico canadiense más importante, The Globe and Mail, daba datos concluyentes al respecto. Un cuarto de los canadienses confiesan sentirse solos y dos estudios realizados en Estados Unidos hablan de que el 40% de los estadounidenses padecen de soledad indeseada. Pero la soledad es un mal que no solo afecta a la gente mayor como siempre se dice, en una encuesta realizada a 34.000 universitarios canadienses, dos tercios decían experimentar sentimientos de soledad a diario.
En The narcissism epidemic. Living in the age of entitlement, sus autores, Jean Twenge and Keith Campbell, señalaban que los americanos tienen cada vez menos amigos, dos de media cuando en los años 60 eran tres, o que cada vez menos gente invita a sus amigos a sus casas como solía ser costumbre.
Es bien sabido que la soledad suele venir acompañada de una mayor fragilidad del sistema inmunológico y una esperanza de vida más corta.
Los medios sociales no dejan de ser una trampa semántica, ya que una mayoría de gente que dice experimentar soledad suele estar conectada constantemente pero sus sentimientos son ambiguos al respecto, ya que les provoca un sentimiento de frustración más que otra cosa, de estar asistiendo a un festín del que no son plenos partícipes.
Mientras tanto, numerosas palabras y clichés se han puesto de moda. Vivimos en la era del networking, de la conexión, de las relaciones, del conocimiento compartido, del esfuerzo colaborativo y ese tipo de soniquetes.
Sabemos que no es así. Muchas veces en el yo te sigo-tu me sigues no hay más que mero narcisismo numérico, formar parte de las redes de otros no implica apenas afecto o conocimiento con respecto a esa otra persona, ser friend no llega ni de lejos a lo que en otro tiempo se consideraba un mero conocido, hacer networking empieza a devaluarse y ya apenas implica intercambiar una tarjeta de visita sin contenido substancial de por medio o un mensaje automatizado de Linkedin.
Mis estudiantes me invitan a menudo a formar parte de sus redes, pero casi nunca incluyen un mensaje personalizado o que indique que estaban pensando específicamente en mí a la hora de contactarme. Siempre les insisto en que hay que aportar algo más, especialmente en una época en que establecer una relación supone tan poco sacrificio.
Relacionarse, comunicarse de esta manera está a años luz de las emociones que suscita el anuncio navideño de turrones El almendro.
Es curioso, pero cada vez escucho a más de mis estudiantes decir que quieren estudiar comunicación porque les gusta la gente o quieren mostrarse más sociales. Estudiar profesiones en las que hay que interactuar con otros está de moda. Ser camarero o barista de repente adquiere un prestigio, un matiz que no tenían estas profesiones en el pasado, da la posibilidad de tener un contacto humano, de forjar relaciones.
Un bien cada vez más codiciado estos días.

sábado, 9 de febrero de 2013

El amigo americano


Los americanos lo miden todo. Leí hace poco un estudio que decía que los americanos casi no tienen amigos. Bueno, que solían tener tres en los años 60 y ahora sólo tienen dos de media. En una sociedad en la que las relaciones son tan flexibles, casi a la carta y en la que la gente se ha tradicionalmente mudado tanto (hasta esta última crisis) de casa y de trabajo, pues en el fondo no debe extrañarnos.

Debe ser para suplir esa deficiencia que han sido ellos los que han inventado las redes sociales  en las que proliferan los “likes” y los “friends”. El concepto de networking, un palabro que no encuentra realmente un equivalente exacto en Román paladino, también parece estar sufriendo una metamorfosis. Antes implicaba un intercambio que exigía al demandante de contacto una frase ingeniosa que provocara al otro una sonrisa, quizás un pensamiento agudo, una información útil. Hoy se limita a un escueto y sin sentido “quiero invitarte a que formes parte de mi network”. ¿Para qué? Para expandir mi base de datos y estar en contacto, ¿te parece poco?







Cuando les digo a mis estudiantes que eso no es hacer realmente networking, que construir capital social exige un cierto nivel de esfuerzo y de ingenio con el objetivo de aportar algo de valor a la vida de la persona deseada, parecen entenderlo al instante. Es como cuando la gente va a misa, entienden el mensaje pero luego no lo practican. Cuando me invitan a formar parte de sus redes nunca recibo más que un decepcionante “I would like you to be part of my network”. Más triste que una pechuga de pollo reseca, sin marinar, sin guarnición ni patatas.

El verdadero amigo americano no es el título de una novela de Patricia Highsmith o una película de Win Wenders ya algo olvidada. Es un concepto de las relaciones definidas por su negación: la carencia de un contenido, la ausencia de compromiso, la inexistencia de una narrativa que de forma a la relación.

La verdadera americanización del mundo ha sido ésta. De verdad.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Padres cool

El otro día me encontré a uno de mis estudiantes acompañado de su padre en un barrio de San Francisco, ciudad donde paso las navidades. Fue un encuentro sin nada reseñable salvo por un hecho: el padre resultaba mucho más cool que su hijo. Para que no se me malinterprete, el chaval no pudo ser más educado y cordial de lo que fue, con esa franqueza y efusividad que caracteriza a los chicos americanos. Lo primero que me preguntó y creo que lo único que le importaba, algo sintomático en una generación a la que se supone ensimismada y entontecida por los videojuegos, fue si tenía en mis clases a algunos de sus amigos y si eran buenos estudiantes. Recuerdo que iba vestido con una sudadera de nuestra universidad estatal situada en el centro del estado de Washington y que desde luego nadie conoce por estos lares plagados de chicos que acuden a las universidades de élite.

Recuerdo que su padre contemplaba la escena con cierta distancia pero al mismo tiempo interesado en ver interactuar a su hijo con un profesor. Era un hombre todavía bastante joven, supuse que bien parecido y que exhibía un bien trabajado desaliño que abunda en los reportajes de moda de los suplementos dominicales. Era un hombre cool que en cierto modo no trataba de parecerlo y al que probablemente no se le ha pasado por la cabeza el concepto durante meses. Un hombre que vive en una de las ciudades mejores del mundo en cuyas cercanías se cuecen muchas de las ideas y conceptos que después se convierten en universales y donde hace un tiempo permanentemente primaveral acompañado por su hijo que vive y estudia en un pueblo de la América rural a una distancia mental muy superior a la ya física que les separa y que es únicamente de dos horas en avión.


No es la primera vez que observo este tipo de contraste entre padres e hijos en Estados Unidos en la que teóricamente los hijos llevan las de perder. Una escena que ni se les hubiera pasado por la cabeza a los jóvenes españoles de mi generación para las que los padres llegados de los pueblos en aluvión eran siempre la antítesis de lo cool y a aquello que trataban de evitar parecerse.

Lo más curioso es que para este joven estudiante su padre no tenga nada de cool precisamente porque lo sea demasiado.

Algo ha cambiado.

domingo, 4 de marzo de 2012

Los Oscar y la grandeur perdida de los franceses

Sabido es que Francia, a pesar de las apariencias de eterno rival, siempre juega en terreno propio en los Estados Unidos. Sus agudos hombres de negocios siempre lo han sabido y ello les ha servido para lograr grandes beneficios económicos vendiendo moda, perfumes, comida, abriendo sucursales de sus restaurantes Michelin tres estrellas en Nueva York y exportando películas con el reclamo del refinamiento y la sofisticación que se le atribuye a todo lo francés. Que le pregunten a cualquier viticultor español lo que cuesta vender vino por encima de un cierto precio en Estados Unidos, precios que muchos americanos sólo están dispuestos a pagar por los caldos franceses y californianos.

Y es que a pesar de los desaires, o quizás por ellos mismos, la psique americana ha construido una mitología de Francia como contrapoder de su propio país en el mundo occidental. Aquella idea de llamar “freedom fries” a las “French fries” no fue sino un ejemplo de lo contrario que quería parecer, un paradójico reconocimiento de inferioridad de quien es, y se sabe, mucho más fuerte. Casi diría que, como sucede con ciertos amores fatales, cuanto más desplantes les hacen los franceses, los americanos más les quieren. Los bien escenografiados desacuerdos de Francia en cuestiones de política internacional son magnificados casi como si Francia pudiera tratar de igual a igual al coloso americano y como si la opinión de Francia en estos asuntos en realidad importara algo. Pero esta tendencia abarca todos los órdenes de la vida. Los americanos se lamentan de sus males leyendo el libro bringing up bebe con envidia acerca de las buenas maneras de los niños franceses que ellos son incapaces de instaurar o sus dietas hedonistas y milagrosas en el bestseller Why French women don’t get fat (por que las mujeres francesas no engordan).

A diferencia de los españoles, los franceses conocen perfectamente la psique americana que aspira en aquello que se aleja del mundo de los negocios y de la ciencia, a ser como ellos. Fuera del trabajo, al americano le gustaría comer, hablar, comportarse y hacer el amor como un francés. Por decirlo gráficamente, les tienen bien cogida la medida como esos equipos modestos que siempre vencen a los grandes. Por eso me sorprendieron tanto las declaraciones de los políticos franceses tratando de apuntarse el éxito de The Artist en la última entrega de los Oscar.


Para Sarkozy, los cinco Oscar conseguidos por la película mostraron “a los Estados Unidos que se hacen cosas maravillosas en Francia.” Por su parte, Hollande, líder del Partido Socialista francés, consideró “que los Oscar a la música y el vestuario muestran también la diversidad de talentos movilizados para el proyecto.” Incluso, Marine Le Pen, la ultranacionalista líder del Frente Nacional, dijo que los galardones suponían “una gran victoria del cine francés.”

La verdad es que este tipo de manifestaciones en España no me hubieran extrañado. Estamos acostumbrados a que cualquier mínimo triunfo de cualquier español en Estados Unidos se considere una pica en Flandes. Somos un país pequeño y lo asumimos. Me sorprendió que los franceses hayan caído en la trampa de enaltecer al pelotón de jubilados que compone al menos el 50 por ciento de los votantes la academia de Hollywood como aquellos que fijan el estándar de lo que se considera excelente. No he visto la película y tengo la impresión de que probablemente sea excelente de verdad, lo que me ha sorprendido es que la tradicional e inteligente táctica francesa de ignorar o infravalorar la opinión de los americanos en lo que se refiere a la cultura – aunque hay una relativamente nueva generación de escritores franceses, capitaneados por Frédéric Beigbeder, que se caracterizan por lo contrario—, y que tan buenos resultados de imagen le producen en este país para mantener el posicionamiento de país top del prestigio, ha dado un vuelco. Los franceses parecían españoles – incluido el inglés de circunstancias en la recogida de premios – y eso se lleva mal con la idea de grandeur. Aunque por suerte para ellos, por lo que he podido percibir a mi alrededor, los americanos no se han enterado.

lunes, 17 de octubre de 2011

One of us

El idioma inglés tiene dos palabras de uso común que aluden directamente al significado de la voz española confianza. Confidence es la confianza que uno tiene en si mismo mientras que trust se refiere a la confianza que tenemos en los demás. Si en alguna ocasión he hablado de como el sistema educativo norteamericano se caracteriza fundamentalmente por insuflar una buena dosis de confidence a sus ciudadanos, no es menos cierto que América es la tierra en la que ganarse la confianza de los demás, ser one of us, más se valora.

Recientemente me sucedió una anécdota que creo que ilustra bien lo que quiero contaros. El otro día tenía la siempre difícil misión de elegir unas gafas, después de todo una gran responsabilidad ya que es una prenda de vestir que llevas en la cara todos los días durante varios años. Comencé la búsqueda yendo un par de sitios en el pueblo que no tenían exactamente lo que estaba buscando. Hasta aquí normal. Lo que no es tan frecuente, desde una perspectiva española, es que en ambas ópticas me informaran como si se tratara de la cosa más normal del mundo acerca de otros dos sitios, situados digamos en la periferia de Ellensburg, donde podría encontrar otros modelos. Yo no hice la pregunta sino que fue mi mujer, que es a quien siempre se le ocurre preguntar en una tienda por otras tiendas de la competencia donde puede encontrarse mercancía parecida. Inmediatamente me vino a la cabeza una situación similar que me sucedió unos años atrás en el pueblo de Rueda un día que estaba de cata de vinos en compañía de mi mujer, mi hermano y mi cuñada. En uno de los establecimientos se me ocurrió preguntarle a la vendedora por otras bodegas en el centro del pueblo que pudiéramos visitar y ella, por supuesto, no acertó a decirme ninguna sin pensar que parte del atractivo de ir a Rueda es que puedes visitar varias bodegas. A la salida, mi hermano y mi cuñada se rieron de mi ingenuidad al pensar que la muy avispada vendedora iba a darme la dirección de otros competidores.

Este tipo de hechos me hacen pensar que en España seguimos viendo el mundo desde un punto de vista restrictivo, como un juego de suma cero en el que el éxito ajeno en la venta de bienes y servicios o en la consecución de logros profesionales se percibe como detrimento nuestro. Cuando hacemos negocios, en lugar de tratar de ganarnos la confianza de los demás dando a nuestros clientes la mejor información y pensar que lo importante es seguir trabajando duro para ser mejores, tendemos a callarnos. ¿Os imagináis a un ejecutivo español haciendo algo parecido a lo que hacía un ejecutivo de Microsoft, Robert Scobble, en su blog en 2004 cuando decía que el navegador de Internet Explorer no era tan bueno como Firefox, su nuevo competidor entonces, o alabando al Notepad? En su tiempo también fue criticado por gente en Microsoft pero precisamente eso hizo que se convirtiera en una de las voces más escuchadas en la blogosfera.

Este es uno de los ejemplos que Chris Blogan y Julien Smith dan en su muy interesante libro llamado Trust agents, acerca de como las personas y las organizaciones puedan construir relaciones de confianza mediante el uso de Internet. Estados Unidos es el país internetero por excelencia no sólo debido a su superioridad tecnológica y su espíritu emprendedor sino al valor que se le da a la creación de confianza en las relaciones personales y en el mundo de los negocios. Podemos aprender mucho de ellos. En confianza.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

'Stories'

Paseando por el campus de la universidad, observo que durante el verano se ha puesto en marcha una nueva campaña para reforzar el orgullo de pertenecer a Central Washington University entre los estudiantes. La campaña consiste en un conjunto de banderines distribuidos a lo largo del campus en el que una serie de antiguos alumnos de Central aparecen retratados en ropa de faena en el desempeño de su profesión. La campaña incluye entre otros a un entrenador de la NFL (Liga de Fútbol Americano), un astronauta, una investigadora o un piloto militar. Los banderines contienen la pregunta, What did you do today?, invitando a los universitarios a que se esfuercen en la persecución de sus metas (por supuesto con la ayuda de Central). Es, sin más, una forma de inspirarles para que cada uno de ellos construya la historia de sus vidas alrededor de una ocupación relevante.

Leo en el libro Storytelling de Christian Salmon que un estudio de Peter Brooks, un profesor universitario británico que ha enseñado en Estados Unidos bastantes años, había contabilizado hasta diez veces el uso de la palabra story por George W. Bush en uno de sus discursos durante su periodo de presidencia. Asimismo, George W. Bush no era recatado a la hora de presentar a los miembros de su equipo como gente cada uno de los cuáles “tiene su propia historia que es única, historias que cuentan realmente lo que América puede y debe ser”. Al mismo secretario de Estado, Colin Powell le presentó como “una gran historia americana”.

Y es que el americano “mata” por tener una historia que contar. Esta obsesión tiene a veces la ventaja de que les hace plantearse retos y desafíos de los que con frecuencia también se beneficia el resto de la humanidad. Creo que a todos nos vienen algunos ejemplos a la cabeza. Pero por supuesto, esto no siempre es así y los desafíos son meramente personales como el del antiguo compañero de clase de mi amiga Pamela que decidió recorrer a nado el Estrecho del Bósforo en Turquía sin ser un nadador especialmente dotado ni tener una conexión especial con este país. Posiblemente para este amigo, al que Pamela había reencontrado después de 25 años en una reunión de antiguos alumnos de high school, lo importante de este relato no era tanto el hecho en sí, después de todo poco más que una curiosidad, sino que constituía una relato capaz de dar sentido a su mundo durante algún tiempo en un contexto social que exige tener una historia vital que contar para tener éxito profesional o reconocimiento social.