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domingo, 20 de septiembre de 2015

El dislike de Facebook como síntoma

En su excelente y ya algo olvidado libro a pesar de ser relativamente reciente, Sonríe o muere. La trampa delpensamiento positivo (2009), la autora norteamericana Barbara Ehrenreich ajustaba cuentas con su propia cultura.

No era un empeño fácil, ya que el libro cuestionaba la que quizás sea la señal de identidad más fuerte de la cultura americana contemporánea y que, gracias a los libros de autoayuda, se ha convertido en tendencia planetaria: la necesidad de ser positivos siempre como forma de hacer sentir al individuo que está en control de su destino por adverso que sea.

No en vano, se habla poco de la carga eufemística del idioma inglés actual en el que casi siempre las dificultades insalvables se denominan retos (challenges), la muerte de un familiar o sufrir una enfermedad incurable equivale a tener algunos problemas personales (personal problems), un trabajo catastrófico puede mejorarse (needs improvement) y un plato de sabor espantoso, sobre todo si es de una cultura culinaria desconocida, es simplemente diferente (different).

Ehrenreich viene a decir que esta idea es peligrosa y crea el efecto contrario que pretende producir en la gente, es decir, mayor dosis de infelicidad. Que la vida también tiene un componente de azar y parcelas en las que controlarlo todo no es posible. Que si uno no es rico o no encuentra trabajo no es porque no se haya esforzado lo suficiente o no tenga la personalidad adecuada; que uno puede tener cáncer aun teniendo una dieta rica en verdura, frutas, fibra y andando 10 kilómetros todos los días o que un padre puede tener un hijo drogadicto habiendo hecho sus deberes.

Según la autora, la optimista idea de que somos los capitanes de nuestro barco en todo momento estaría causando más daño que beneficio poniendo en muchos individuos una carga mental innecesaria causa de un estado de ansiedad permanente.

Por eso sabía que cuando se anunció la noticia de que Facebook tienepensado implantar un botón para expresar desagrado por algo (dislike que es una palabra que se usa bastante poco ya que cuando algo no gusta simplemente se silencia sin más), la sangre no iba a llegar al río. Básicamente, lo que Facebook está estudiando es la posibilidad de que los usuarios puedan expresar su desagrado ante una mala noticia o una situación injusta, pongamos la noticia de una hambruna o un asesinato en masa en una escuela. Hasta ahora las únicas opciones para los usuarios de Facebook más participativos era pulsar el botón de like lo cual era ciertamente equívoco. Facebook no pretende alterar ni un ápice aquello que ha sido el secreto de su éxito, o sea, el buen rollo y la capacidad de la gente de contagiar energía positiva y metamorfosearse para mejor.

Y, sin embargo, no se hasta que punto Facebook llega tarde en lo del dislike. Los millenial ven ya Facebook como una anticualla, un reducto de viejos pedos (sus padres) y se están pasando masivamente a Twitter  donde los trending topic son muchas veces polémicas, discusiones cuerpo a cuerpo, una declaración altisonante.


Acaso tanto optimismo y energía positiva esté acabando por aburrir al personal.

martes, 23 de diciembre de 2014

Las grandes corporaciones y los valores tradicionales


En la era del consumo conspicuo, del cinismo, el sarcasmo o como mínimo la ironía hacia todo y todos, resulta contraproducente que sean las grandes firmas corporaciones las que defienden los valores de siempre.
¿Quién les va a creer? A ellos que defienden estructuras y modelos de vida líquidos, flexibles, maleables, nos vienen ahora con lo tradicional, lo estable, lo de siempre, la familia, los hijos, en fin.
A los que abogan por los contratos por horas, las deslocalizaciones, la moda rápida, los muebles de usar y tirar, pantallas invisibles, salarios variables, horarios discontinuos y un sinfín de circunstancias que generan modos de vivir que convierten a las personas en entidades desestructuradas, sin un marco afectivo, de expectativas o espacio-temporal demasiado estables.
No descubro nada, esto que estoy diciendo ya lo han dicho muchas veces mejor Zygmunt Baumann o Richard Sennet.
Si el turrón Almendro te sigue recordando todas las navidades que cuando te comes un cachito del preciado dulce sientes la navidad, la fraternidad o la familia, no te queda más remedio que reirte. Si Nike, te dice que ser español ya no es una excusa, sino una responsabilidad, la verdad es que sientes un punto de embarazo por lo grandilocuente y demodée del mensaje, aunque lo digan Rafa Nadal o Pau Gasol. Si Burger King escenifica lo que es una reunión de padres e hijos en uno de sus restaurantes de comida rápida, sentados en esas sillas y mesas de esos materiales que uno nunca acaba de tomarse en serio, comiendo en cajitas y bebiendo en vasos de plástico, parece incluso más difícil que antes creer en la importancia de la familia frente a otros fetiches como el trabajo, el ocio o el consumo.
Si Ikea te invita a que no gastes tanta pasta en juguetes sino que pases más tiempo con tus hijos jugando a lo que sea en lugar de surfear la web todas las noches a la búsqueda de gangas en Internet, ver una serie de HBO, husmear y presumir en Facebook o seguir contestando e-mails que siempre pueden esperar para mañana, entonces piensas que IKEA es esa multinacional sueca que ofrece salarios de hambre en Rumania, que fabrica muebles perecederos de aglomerado, responsable de que hayas pasado algunos infernales sábados por la tarde de gentío y ruido, de sus infames perritos calientes que te han obligado a recurrir a la sal de frutas más de una vez, de tediosas tardes en las que se ponen a prueba tus nervios intentando descifrar el maremagnum de tuercas y tornillos para armar las estructuras de sus literas. ¿Qué legitimidad tienen ellos, los suecos, para hablar de familias fuertes?
Si, es cierto que lo de ser suecos tiene algunas cosas buenas, que no pagan malos sueldos para lo que se lleva, que sus muebles ponen a tu alcance una cierta belleza de los objetos cotidianos que incluso el filósofo Javier Gomá ha ensalzado en uno dee sus últimos ensayos.
Ikea será culpable de muchas cosas pero no de que no pases tiempo con tus hijos y ni tan siquiera de realizar costosas campañas publicitarias para recordártelo y, de paso, vender un poquito más en su campaña de navidad.
Olvidate del iPhone y del Galaxy por un momento, no atiendas a los reclamos de Amazon.es que te acosan mientras lees El País, boicotea Facebook donde nunca pasa nada aunque parezca que pasan cosas todo el tiempo.
Juega un poco con ella a las cuatro en raya, al ajedrez o a Yatzee. Pregúntale, y sobre todo escucha, que tal le ha ido el partido o que problema tiene con su amigo Lucas.
Aunque lo diga Ikea.
O incluso yo que también tengo que predicar con el ejemplo.
Feliz navidad a todos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Los troles antiemigrantes


Cada vez que El País se propone continuar informando a los españoles acerca de las posibilidades que ofrece la emigración en distintos países, noto la aparición de más voces discordantes que niegan la mayor, es decir, que emigrar sea inteligente o conveniente.
Lo he notado en particular leyendo los comentarios al final de la noticia que contiene testimonios de españoles que han emigrado a Estados Unidos. Que si no se ofrece la cara B de la emigración, que debe haber multitud de españoles desgraciados por todas partes que no han sido capaces de lograr su parte alícuota del sueño americano (como si en España no los hubiera a mansalva), que si no se encuentra queso o jamón (un problema importantísimo que a uno no le dejar vivir, lo reconozco, aunque más difícil es encontrar bacalao salado), que si no se puede salir a la calle sin que te vuelen la tapa de los sesos, que si te dejan que te desangres en medio de la calle, que si no tienes vacaciones y te acuestas con el ordenador, que si tu cerebro se queda apelmazado por el dólar.
Uno tiene la sensación de que a muchos compatriotas les agradaría más leer historias de perdedores, de fracasados, de náufragos sentimentales y afectivos. No les entra en la cabeza que se pueda ser bastante feliz sin comer calamares fritos o sin la posibilidad de pringar el pan en la salsa de las patatas bravas.
A veces uno siente que a muchos conciudadanos les gusta más leer historias como la de losjóvenes españoles que fueron engañados en Alemania o la visión derrotista de Benjamín Serra en su célebre tuit. Uno siente que les gustaría leer que un emigrante español se desangraba en la calle y nadie le ha atendido, que ha sufrido algún incidente xenófobo, que ha sido robado a punta de pistola o que vive en la pobreza entre cartones en Nueva York y situaciones similares.
No son una mayoría de españoles ni mucho menos quienes piensan así y se regocijan diciendo aquello de ya volverá, pero tampoco son tan pocos.
Les conocemos.
En España, país de nuevos rico-pobres, la emigración tiene algo de estigma, de haber fracasado en un entorno en el que sobreviven los más fuertes, los de siempre. La emigración, incluso cuando es exitosa, se percibe como un premio de consolación como si el apego al terruño fuera siempre la primera opción, lo deseable en cualquier caso. Se ignora que en cualquier grupo humano siempre hay por naturaleza un porcentaje de personas proclives a moverse del sitio y no siempre por necesidad, que son más felices no viviendo en su lugar de origen. Es obvio que no todas las experiencias de personas que han emigrado y que leemos en El País se justifican por un mero móvil económico sino que en muchos casos hay algo más.
A los nuevos troles antiemigración habría que decirles que algún día quizás ellos o sus hijos se beneficien de las ideas y las formas de trabajar que muchos de esos emigrantes han experimentado en otros lugares.
Me gustaría que una segunda revolución, comparable a la que tuvimos hace cincuenta años gracias a la turismo en las costumbres, sucediera gracias a las redes y proyectos surgidos de la emigración en lugares donde el mérito es valorado, donde la racionalidad y la legalidad imperan, y la palabra clientelismo es un término foráneo sin traducción posible en determinados idiomas de raíz no latina.

sábado, 9 de febrero de 2013

El amigo americano


Los americanos lo miden todo. Leí hace poco un estudio que decía que los americanos casi no tienen amigos. Bueno, que solían tener tres en los años 60 y ahora sólo tienen dos de media. En una sociedad en la que las relaciones son tan flexibles, casi a la carta y en la que la gente se ha tradicionalmente mudado tanto (hasta esta última crisis) de casa y de trabajo, pues en el fondo no debe extrañarnos.

Debe ser para suplir esa deficiencia que han sido ellos los que han inventado las redes sociales  en las que proliferan los “likes” y los “friends”. El concepto de networking, un palabro que no encuentra realmente un equivalente exacto en Román paladino, también parece estar sufriendo una metamorfosis. Antes implicaba un intercambio que exigía al demandante de contacto una frase ingeniosa que provocara al otro una sonrisa, quizás un pensamiento agudo, una información útil. Hoy se limita a un escueto y sin sentido “quiero invitarte a que formes parte de mi network”. ¿Para qué? Para expandir mi base de datos y estar en contacto, ¿te parece poco?







Cuando les digo a mis estudiantes que eso no es hacer realmente networking, que construir capital social exige un cierto nivel de esfuerzo y de ingenio con el objetivo de aportar algo de valor a la vida de la persona deseada, parecen entenderlo al instante. Es como cuando la gente va a misa, entienden el mensaje pero luego no lo practican. Cuando me invitan a formar parte de sus redes nunca recibo más que un decepcionante “I would like you to be part of my network”. Más triste que una pechuga de pollo reseca, sin marinar, sin guarnición ni patatas.

El verdadero amigo americano no es el título de una novela de Patricia Highsmith o una película de Win Wenders ya algo olvidada. Es un concepto de las relaciones definidas por su negación: la carencia de un contenido, la ausencia de compromiso, la inexistencia de una narrativa que de forma a la relación.

La verdadera americanización del mundo ha sido ésta. De verdad.