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domingo, 13 de enero de 2013

Stanford, nueva meca del turismo mundial

Uno de mis placeres culpables, ¿o no debería sentirme culpable?, es la fascinación que me provocan los campus de las universidades norteamericanos. Cuanto más aislados y rurales mejor. Siempre me ha maravillado esa aureola que los rodea de reductos de civilización y conocimiento atemporal en medio de la barbarie que nos rodea. Por ello, no es infrecuente que cuando vamos de viaje y pasamos cerca de uno siempre le digo a mi mujer que nos desviemos y demos una vuelta por él. Ella suele hacerlo sin protestar, como si compartiera conmigo esta pasión de la que en realidad nunca hemos hablado.

No sé si es el producto de lecturas juveniles o cine universitario mal digerido, pero lo cierto es que me gusta pasear por ellos y fantasear con como sería vivir en tal o cual ciudad y acudir todos los días a dar clase en ese esplendido edificio. No digamos, qué hubiera sentido como estudiante viviendo en uno de sus dorms o enamorándome y desenamorándome el mismo día unas cuantas veces. Sé que no soy el único, me consta que hay otros colegas con los que he hablado que sienten la misma o parecida pasión y que de alguna manera nos sentimos elegidos.

Hace un par de semanas decidimos hace una parada en la universidad de Stanford de vuelta de Monterrey y camino de San Francisco. Hacía un buen día y los chicos se estaban portando bien en el asiento de atrás. ¿Por qué no? Dijimos. Siempre es un placer para los sentidos contemplar el espectacular y ostentoso paseo de palmeras que da la bienvenida al visitante y sumergirse en la ecléctica arquitectura estilo misión con influencias románicas de sus edificios. Quizás, pensamos, les inspire a los chavales saber que están paseando por una de las universidades más famosas del mundo a donde acuden los elegidos de todos los rincones del planeta y algún día les espolee a superarse y ser mejores. Algún día puede que recuerden este momento. En fin, estoy seguro que me dejo algún tópico olvidado que rondaba mi cabeza en ese momento.




Para nuestra sorpresa el campus estaba abarrotado de gente portando gorras, mochilas y cámaras de vídeo. Era la versión pija y digital de las antiguas meriendas con el seiscientos y la tortilla de patata. Gente de todo el mundo y de todas las edades, incluidas numerosas familias. Eran domingueros, como nosotros, llegados de todas partes del mundo y con intenciones parecidas: sentirse por unos minutos u horas en uno de los centros simbólico de la sociedad de la conocimiento y luego quizás comprarse algo en las rebajas de Nordstrom, Macy’s o alguna de las cadenas de ropa que se encuentran a tiro de mano del campus.

La conclusión dejó tras de sí un regusto de melancolía. Stanford, como otros tantos campus norteamericanos, se ha convertido en un lugar de peregrinación, una suerte de Santiago de Compostela laico para una nueva clase mundial que sueña con Silicon Valley, las start ups, los business angels, Google o Apple como hace décadas sonaban con Hollywood, la Metro o la 20th Century Fox.

Son los nuevos reyes de la sociedad del espectáculo, en el sentido real y figurado, y hay que rendirles el tributo debido.

lunes, 7 de enero de 2013

Sin las matemáticas no somos nada

Hace pocos días, en una conversación informal mi suegro se refería con orgullo al incipiente talento natural de su nieto de 8 años con las matemáticas afirmando que eso es justo “lo que el país necesita”. Y es que ser un hombre de ciencia y, más concretamente, la destreza con los números encarna el ideal del nerd para el americano de nuestro tiempo.

Estos días ser buen matemático tiene casi un marchamo patriótico, no en vano los ingenieros han superado o al menos igualado en consideración social a un buen médico o un bombero, dos de las profesiones más valoradas por la sociedad norteamericana. No es solo cuestión de dinero, que también, ya que las matemáticas abren las puertas a las grandes empresas de la economía del conocimiento y, por tanto, permiten pagar con creces las onerosas tarifas de una buena universidad y liberar a los padres de esa responsabilidad. Hay algo más, la impresión de que América dejara de ser América el día que deje de ser el país de los grandes inventores y emprendedores ya que eso más que ninguna otra cosa es lo que define a este país. Y hay un cierto pesimismo instalado de que esto está dejando de ser así, que está muy bien que haya ingenieros chinos e indios y de medio mundo trabajando en Microsoft y Google pero que estaría mejor si hubiera más ingenieros americanos.


De un modo implícito, para el americano no tener muchos matemáticos ha pasado a ser considerado un síntoma de decadencia nacional, de la pérdida de la famosa ética del trabajo que hizo grande a América en otro tiempo. No en vano, últimamente abundan en la prensa norteamericana los artículos acerca de la discriminación que sufren los estudiantes asiáticos, equiparada con la que sufrían los judíos en los años 20, para ingresar en las universidades de prestigio entre otras cosas debido a su superioridad manifiesta en el campo de las matemáticas donde arrasan en los exámenes estandarizados de ingreso a la universidad. La identificación entre habilidad matemática, creatividad e inteligencia es tan completa que existen análisis que demuestran que las posibilidades de publicar en una revista científica, aunque sea de ciencias sociales, es aproximadamente el doble si se incluye cualquier fórmula matemática en el abstract aunque resulte superflua. No es nada raro que esto suceda, tememos y respetamos a partes iguales aquello que no entendemos.

Una idea que, después de todo, encaja perfectamente con su psique, la cual por encima de todo valora la apariencia de lo empírico en la resolución de los problemas, el análisis del dato concreto y aplicado a una situación específica por encima de la visión holística de las cosas. La propensión a la matemática de los norteamericanos refleja a las claras su anhelo de un mundo ideal en el que todo encuentra una explicación o una solución aunque a veces sea un galimatías. Un mundo perfecto en el que el verdadero talento, el de las matemáticas, es enemigo de la memoria, de lo trillado, de lo que puede responderse con una búsqueda de datos en Google, porque lo que puede encontrarse en un buscador en unos pocos segundos que no merece la pena ser aprendido y nadie va a pagar a uno por saberlo.

Los matemáticos constituyen la esencia de la nueva clase creativa y empresarial que proclama Richard Florida o del nuevo paradigma de artista del siglo XXI del que pontifica el gurú del marketing Seth Godin. Se avecinan tiempos difíciles para muchos que creen, como todavía sucede a menudo en España, que pueden destacar simplemente a base de clase, intuición y talento natural.

martes, 1 de enero de 2013

La vida es puro teatro

Hace pocos días asistí a una misa de navidad en la parroquia de una escuela católica de San Francisco. Antes de que comenzara el servicio un miembro del coro presentó con nombres y apellidos al elenco de personas que participaría en la ceremonia de aquel día: el resto de los miembros del coro, los niños que escenificarían la escena del nacimiento de Cristo, los instrumentistas, los responsables de recolectar las ofrendas, los monaguillos y al propio cura. Fue sorprendente ya que me dio la impresión de que allí se conocía todo el mundo.

Era el equivalente a incluir los títulos de crédito antes del comienzo de una película que se ha visto muchas veces o una serie de la que se han visto muchos episodios. En algunas parroquias me consta que proporcionan un libreto antes de las misas para que la gente sepa cómo se llama cada cual. Es un rasgo que dice mucho de una cultura en la que importa sobremanera dar las gracias cuantas veces sea necesario y valora sin igual el arte de la representación.

En América nadie se engaña acerca de que la vida en cualquiera de sus manifestaciones es show, teatro, performance. La autenticidad personal y la capacidad de representar no solo no son antagónicas sino que más bien al contrario. Por eso los libros para aprender a hablar y comportarse en público son inagotables y no es raro que en las universidades los estudiantes de cualquier disciplina tomen dos y tres cursos como media sobre esta materia. La autoestima, el éxito personal y, en última instancia, la felicidad dependen de ello.

Y eso también incluye la relación con el ser superior.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Pequeña antología de las navidades americanas

Como todo el mundo sabe, las navidades empezaron oficialmente en los Estados Unidos con la iluminación del árbol de navidad que la cadena de grandes almacenes Macy’s realizó en todos sus centros el uno de Noviembre.

Aunque parezca mentira, ya nos encontramos en la recta final. Con mucho, la parte más importante de la navidad es la pre navidad y para cuando llega la navidad de verdad, los americanos empiezan a mostrar síntomas de agotamiento.

Muchas de las experiencias y rituales navideños genuinamente americanos ya tuvieron lugar (os dejo que descubráis vosotros solos sus contradicciones):

La sobredosis de Santa Claus; ir a ver el ballet del Cascanueces de Chaikowsky; escuchar la expresión happy holidays; las guerras culturales por televisión acerca de si debe o no celebrarse la navidad en un país multicultural; asistir a la fiesta de navidad en los colegios rurales en los que siempre se canta alguna canción judía para festejar Januca y el Feliz Navidad de Boney M. en español para hacerlas más inclusivas; las madres que regalan a sus hijas muñecas que se parecen físicamente a ellas compradas en unas tiendas llamadas American Girl donde pueden encontrarse ejemplares de todas las razas y colores y en la que la ropa para vestir a las muñecas cuesta lo mismo que la de vestir a una niña de verdad con ropa de marca (o sea 30 dólares por una camisita); hacer un regalo a algún niño sin recursos al que no se conozca; donar latas de comida para alguna causa benéfica a cambio de participar en algún sorteo; el reparto del periódico en el jardín incluso el día de navidad o de año nuevo; el número especial de la revista Times con los 100 personajes más influyentes del mundo; los partidos de la NBA la tarde del día de Nochevieja; gente haciendo jogging a cualquier hora del día o de la noche; Macy’s, siempre Macy’s; la música de piano de Nordstrom; el amigo ciego de los regalos; esperar colas para devolver regalos al día siguiente de la mañana de navidad; no saber qué hacer con el tiempo los días que nadie trabaja y surfear en el iPad; planear las comidas y las listas de la compra con una anticipación de 7 días; ir al cine del barrio en una sesión matinal; buscar la forma más eficiente de reciclar el empaquetado de los regalos en un trabajo que puede llevar horas; Walt Disney en sus múltiples e infinitas encarnaciones;



Lego, naturalmente; no comerse al día siguiente las sobras de la cena que acabarán finalmente en la basura; ir a un acuario o a un Children Museum cuando uno está desesperado y no sabe qué hacer con los niños; lavar montañas de platos; las cenas que las iglesias o las ONG’s organizan para los desamparados el día de nochebuena y de las que los periódicos se hacen eco al día siguiente; los bancos de comida que trabajan a tope; los días clave en los que el tráfico de e-mails para de repente excepto en el caso de las tiendas que te recuerdan que no has usado sus cupones; las iglesias en las que una vez al año aparecen sopranos maravillosas que cantan Hark! The Herald Angels Sing aunque el papa haya reconocido que no había ángeles cantando en el establo; el olor a nuevo de las cosas…

Y, por último, aunque se que me dejo muchas cosas, a primeros de enero los centros comerciales y los encartes dominicales de los periódicos recordándonos que San Valentín ya está a la vuelta de la esquina.

Feliz navidad a todos

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Religiones paródicas


Como no podía ser de otra manera, el país más religioso de occidente es el país en el que la religión y el estado aparecen más separados y el que da lugar con frecuencia a las reacciones más paródicas hacia la religión.

Una de las más novedosas en los últimos años es el fenómeno de las religiones paródicas que suelen tener bastante éxito armando ruido sobre todo en navidad. Uno de los casos más conocido es el de la religión de El monstruo de los espaghettis voladores (Flying Spaghetti Monster) cuyos adeptos son conocidos como pastafarianistas. Su fe se basa en que el creador guardaba un parecido físico con los espaghettis y las albóndigas (una combinación gastronómica típica en los Estados Unidos). Sus líderes, enemigos de la enseñanza del diseño inteligente y el creacionismo en las escuelas, se dedican a poner en aprietos a los legisladores locales que consienten en exhibir públicamente durante la navidad símbolos cristianos (nacimiento), judíos (menorah de Januca) o anclados en la tradición (árbol de navidad o Santa Claus).



El último incidente ha sucedido en Chester County en el estado de Pensylvannia. Tracy McPherson, líder de los pastafarianistas, arguyó que “nuestra parroquia tiene más de 10.000 miembros, muchos de ellos locales; nuestra iglesia en su totalidad tiene millones. Significaría mucho para nuestra congregación ver nuestra fe reconocida en el espacio público de los juzgados de Chester County de la misma forma que son reconocidas la fe Cristiana y judía.”

Ni que decir tiene que la propuesta (ver foto de los símbolos pastafarianistas) tiene todos los visos de no prosperar, pero la tendencia es a un incremento de las relaciones paródicas cuya lista empieza a ser numerosa: la iglesia de las 24 horas de Elvis, el culto del Mac, el eventualismo, el unicornia rosa invisible, el último juevesismo y un sinfín de organizaciones de parecidas características.

Sospecho que, en un entorno americano posmoderno, la parodia puede ser un instrumento más efectivo para erosionar el pensamiento religioso que el pensamiento ateos que se toman las religiones más en serio que muchos de los devotos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El nuevo sueño americano

En su libro Linchpin, el gurú del marketing Seth Godin se dedica a destrozar el mito de que trabajando duro y respetando la ley puede prosperarse en Estados Unidos o en cualquier país del mundo. Las cosas han cambiado. Para progresar hay que ser artistas, crear productos, ideas o experiencias nuevas. Lo importante es que sean diferentes, impredecibles y que, en mayor o menor medida, cambien a los individuos.

Lo expresa así de crudamente (traducción mía):

“¿Recordáis el viejo sueño americano?

Sus resonancias alcanzaron a millones de personas (en los Estados Unidos y en el resto del mundo). Podría definirse de la manera siguiente:

Mantén tu cabeza agachada

Sigue las instrucciones

Aparece en el trabajo a la hora

Trabaja duro

Cómete marrones

… si lo haces serás recompensado. Tal y como lo hemos conocido, el sueño ha terminado.


El nuevo sueño americano, aquel que los mercados de todo el mundo asumen como cierto, es el siguiente:

Sé relevante

Sé generoso

Crea arte

Sé juicioso

Conecta personas e ideas

… y no habrá más remedio que recompensarte.”
Nota final: Muchos americanos no se han enterado de que lo importante no es trabajar mucho sino bien. Me pregunto porque en una cultura como la nuestra, en la que la etimología del vocablo trabajo deriva de la palabra latina trepalium (un instrumento de tortura), no tenemos este tipo de gurús.

Se ve que estamos demasiado ocupados trabajando o queriendo hacerlo.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Pobres

¿Qué es ser pobre en América? Estadísticamente ser pobre es ganar menos de la mitad del salario medio, que para un hogar de cuatro personas se estima que ronda los 50.000 dólares anuales (unos 38.000 euros). Según los últimos datos arrojados por el censo norteamericano, que por primera vez tienen en cuenta los costes médicos y los gastos del trabajo, estaríamos hablando de unos 50 millones de personas consideradas oficialmente como pobres, un dato que en Europa siempre apetece escuchar.

Sin embargo, esta es una explicación que no debería dejarnos satisfechos ya que numerosas familias griegas, portuguesas e incluso españolas se consideraban de clase media (incluso en términos estadísticos) antes de la crisis con ingresos considerablemente más bajos. Aquí, no resulta en absoluto raro que personas que uno sabe reciben cupones del estado para comprar leche, latas de sopa Campbell y mantequilla de cacahuete viven en casas de 200 metros cuadrados, bien acondicionadas, con excelente calefacción y dos coches a la puerta que suelen ser un monovolumen y un 4 por 4. Justo como las familias pudientes de Las Rozas.



Digamos que para los americanos pobres, y para los que no lo son, ser pobre no es carecer de los bienes de consumo de nuestra época sino más bien, en el país de las oportunidades, carecer de la esperanza de poder progresar. Es tener un trabajo mal remunerado, generalmente en el sector servicios, y saber que no podrás jubilarte a los 65; es estar enfermo y saber que no vas a dejar patrimonio a tus hijos y dependerás de la beneficencia o del estado el resto de lo que te queda de vida; es crecer en una familia en un entorno rural con malas escuelas públicas; es haber cometido un delito grave y saber que no vas a tener una segunda oportunidad; es ser feo o gordo o tener los dientes mal y no tener recursos ni educación.

Ser feo o gordo es mucho peor que ser pobre, algo de lo que no se habla pero se percibe.

En Estados Unidos no hay realmente pobres, pero si perdedores. Esos son los pobres de verdad.

Y a pesar de todo, la mano del estado se nota. Un par de datos para los escépticos.

- Gracias a los pagos de la Seguridad Social, la tasa de pobreza es un 54,1 por ciento más baja entre la gente de 65 años o más mayor y un 24,4 por ciento entre el resto de los grupos.

- Sin el efecto redistributivo del impuesto sobre la renta, el promedio de pobreza infantil subiría del 18,1 por ciento al 24,4 por ciento.

Curiosamente, los cupones de comida apenas reducen la pobreza de un 17,6 a un 16 por ciento ya que en América lo que se dice pobres, pobres de solemnidad, hay muy pocos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Lo local vende

El amor a lo local de los norteamericanos actuales puede resultar sorprendente al europeo. Desde luego no se manifiesta en una bandera del pueblo, estado o región, ya que resulta imposible competir con la ubicuidad y el atractivo de la de las barras y las estrellas. Tampoco se muestra en el uso de una determinada lengua, siendo el inglés la lengua de comunicación sin que ello signifique vilipendiar otros idiomas. No tiene nada que ver con el apego a un tipo de vino, a unos quesos, a la forma o al color de una determinada legumbre o a la utilización de un determinado aceite de oliva, ya que, después de todo, la gastronomía norteamericana es un mosaico de sabores y colores diferentes siempre a la sombra del inmenso rascacielos que constituyen las hamburguesas y la poderosa cultura de la comida rápida.


Productos tan populares como los coches y los libros no constituyen una excepción. Los primeros son, con frecuencia, japoneses. Las editoriales más potentes generalmente alemanas. Incluso muchos de los curas y padres espirituales del último país cristiano de occidente vienen de países y continentes lejanos.

Sin embargo, lo local vende.

Vende comprar los pimientos y los pepinos cultivados en las inmediaciones de donde uno vive. Vende beber la cerveza de la fábrica de cerveza del pueblo. Vende comprar a precio de oro la carne matada a pocas millas. Venden los farmer’s markets, es decir, mercadillos en los que uno puede comprar quesos, aceitunas y panes de países lejanos. Vende abrir una librería de 2x1. Vende hacer algo por la ciudad en la que vives (ojo, no en la que has nacido) sin recibir nada a cambio, limpiar un parque, construir un parque infantil, dar una lección de astronomía a los niños aportando tu propio telescopio o entrenar un equipo infantil. Vende echar unas horas en un banco de comida o en un charity shop. En otras palabras, vende hacer que la gente se relacione, hacer comunidad. Eso es lo local. Como en todas partes, hay mucha gente que no hace nada, pero eso no vende.

domingo, 21 de octubre de 2012

Gays y competitivos

La economía y la moral siempre han ido de la mano en Estados Unidos (algo, por cierto, difícil de entender en España donde se confunden todo el tiempo). Por eso en Estados Unidos resulta de lo más normal que empresas de relumbrón se involucren con toda naturalidad en asuntos como el matrimonio gay.

Bill Gates y muchos otros líderes empresariales de empresas como Amazon, Starbucks y Expedia han puesto dinero de sus empresas para que la plataforma Washington United for Marriage pueda poner anuncios como éstos de un página en el Seattle Times:

“Como hombres de negocios radicados en el estado de Washington, nuestras empresas y organizaciones tratan de atraer el mejor y más brillante talento con el fin de poder competir en el mercado global y ser un reflejo de la diversidad de nuestras comunidades, clientes y empleados. Por ello apoyamos el Referendum 74 a favor de la ley estatal de igualdad de los matrimonios civiles que permite a todas aquellas parejas que lo deseen poder casarse al tiempo que protege la libertad religiosa.

La mayor cámara de comercio del estado, compuesta de 2.200 negocios que suponen alrededor 700.000 empleados, pide un voto afirmativo al Referéndum 74. Empresas como Alcoa, Concur, EMC, Expedia, Google, Group Health, Microsoft, Nike, Nordstrom, REI, Starbucks, T-Mobile, Vulcan y más de 600 pequeños negocios, organizaciones del trabajo, congregaciones, y organizaciones de base en todo el estado apoyan la nueva ley.



Las proyecciones de los economistas son que el hecho de que las parejas del mismo sexo puedan casarse aportará 88 millones de dólares a la economía del estado antes de 2015.

No queremos que nuestros empleados, nuestros clientes o nuestros amigos y vecinos que son homosexuales o lesbianas tengan que acogerse a un documento legal para que un ser querido pueda ser tratado en un hospital o que, a los ojos del gobierno, sea considerado un extraño aquel que ha sido su pareja durante décadas”.

Apoyamos que todas aquellas parejas que se aman tengan la libertad de casarse porque ello significa que cada empleado será tratado con justicia, contribuye a tener una economía competitiva y es bueno para la economía del estado”.

Nota final: No se conocen empresas opuestas al matrimonio gay en el estado de Washington que hayan hecho un ejercicio similar en sentido contrario. Tampoco se sabe que ninguna de las empresas que ha apoyado el matrimonio gay haya sido boicoteada.

lunes, 8 de octubre de 2012

Pensar mal

Todos los pueblos manipulan la interpretación de los hechos a su antojo. Sin embargo, resulta especialmente intrigante la capacidad de los americanos para alterar el marco interpretativo que da sentido a su realidad. Un caso palmario lo constituyen los incendios forestales que durante todo el verano y hasta la fecha vienen asolando el noroeste de los Estados Unidos. Solo en este mes de septiembre han calcinado alrededor de 100 kilómetros cuadrados en el centro del estado de Washington y se anticipa que no serán completamente extinguidos hasta que lleguen las primeras nieves.


La prensa local informa diariamente del estado de forma del fuego: el número de efectivos del cuerpo de bomberos, las condiciones climatológicas que afectan la expansión de las llamas, el número de viviendas que han sido evacuadas o que podrían serlo en el futuro o la calidad del estado del aire en las distintas poblaciones. No se dice ni una palabra de más acerca de las causa del incendio, que sin atisbo de duda se atribuye a una serie de tormentas eléctricas que tuvieron lugar a inicios de septiembre. Ni remotamente se menciona, por acción u omisión, el factor humano, la existencia de pirómanos, de intereses ocultos a los que podría beneficiar que la tierra se calcine para recalificar terrenos, no se pone en duda la acción de los bomberos, la ausencia de suficientes medidas preventivas, la ineficaz acción de los políticos, la insuficiencia de medios humanos y materiales. En una cultura que sobre todo valora hacer cosas y tener iniciativas del tipo que sea (aunque muchas de ellas a los europeos nos resulten estúpidas, fútiles o incluso carentes de gracia), en el caso de las catástrofes naturales los americanos se muestran estoicos (que no fatalistas). Ateos y creyentes aceptan pasivamente los designios de un Dios de naturaleza panteísta que en el fondo decide ocultamente el destino de las personas. Pensar mal (second guessing) no solo es visto negativamente sino que se considera estúpido, fuera de lugar, inapropiado. Las comparaciones entre lo que sucedió el 11-S y el 11-M son odiosas pero también las que acontecen cada verano con respecto a los incendios forestales.

Desde una perspectiva española, latina, mediterránea, en este tipo de situaciones el americano muestra su cara más ingenua, dócil, acomodaticia, se deja llevar, manipular. Se conforma con acercarse al puesto de acampada de los bomberos y llevarles pies, una sopa de chile o una lasaña. ¿Para que pensar en lo que pudo haber sido y nunca fue? ¿Que estaríamos haciendo nosotros? ¿Manifestándonos? Seguro.

lunes, 1 de octubre de 2012

Lo latino o la falta de término medio

Casi desde que tengo uso de razón llevo oyendo aquello de que lo latino está de moda en los Estados Unidos. Pero la verdad es que tampoco resulta fácil definir que es lo latino desde el momento en que incluso en la propia España hemos importado la terminología norteamericana, lo cual lleva en muchas ocasiones a que los propios inmigrantes sudamericanos que viven en España a autodenominarse latinos para diferenciarse de los españoles. Sin embargo, lo cierto es que hasta hace un par de décadas, un latino era un italiano, un portugués y un brasileño, y de hecho esta forma de referirse a estas poblaciones no se han extinguido del todo en las conversaciones informales.

Entonces, ¿qué es lo latino para un norteamericano? Podríamos simplificar diciendo que es el término que se aplica a todo aquel y aquello que pertenece al mundo de habla española como derivación de su pertenencia a Latinoamérica. Sin duda, este es el concepto que de forma harto simplificadora y algo absurda adoptó el Departamento de Estado para clasificar a los distintos grupos étnicos del país, siendo los latinos o Hispanics el único grupo cuya pertenencia queda definida por la lengua mientras que los afroamericanos estarían definidos por la raza y los asiáticos por el origen geográfico. Ni que decir tiene que a estas categorías les quedan cuatro días sobre todo si tenemos en cuenta que cada vez abundan más los individuos multirraciales.




Pero para que nos vamos a engañar. Una mayoría de norteamericanos, con todas las matizaciones y educación que se quiera, piensa que lo latino es todo aquello que viene de México, su comida, sus costumbres y su gente. No en vano los hispanos de origen mexicano constituyen más de un ochenta por ciento de la población latina en los Estados Unidos. Lo latino se asocia a la comida picante, la fiesta, la pasión, las personas de pelo negro y tez tostada, los colores chillones, los bigotes, la pereza, la informalidad, la pobreza, la crueldad, Eva Longoria, Penélope Cruz, César Millán y Ricky Martin. Por experiencia, puedo decir que no es el retrato que gusta a muchos españoles ni a muchos latinoamericanos. Sin embargo, en la era del turismo, la sensualidad y el tiempo libre, conviene no minusvalorar el poder fascinador de lo latino, de un dúplex en Zihuatanejo (México) con techumbre roja, muros enjalbegados de cal y con vistas al mar. La pasión es y siempre será cool así como las culturas asociadas a lo caliente que tienden a verse como lugares paradisiacos o la mismísima encarnación del infierno en la tierra. Siempre lo mismo. O Ciudad Juárez o Puerto Vallarta. O la exuberancia de Gaudí en el Paseo de Gracia o los individuos desdentados manifestándose que presenta el reportaje fotográfico publicado en The New York Times. Lo latino es y será siempre la falta de término medio.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Proteínas

A los americanos, de todo rango y condición, les gusta medicalizar la realidad. Las madres son expertas en pasar horas realizando consultas por internet acerca de los menores males que sospechan afligen a sus vástagos, una circunstancia que ha hecho de los doctores expertos en el arte de la paciencia y del trato al cliente. Los supermercados se forran vendiendo suplementos vitamínicos que en un alto número de los casos crean más problemas de salud de los que contribuyen a resolver. La ciencia médica inventa sin cesar patologías que sirven para eximir de culpa a los individuos por sus faltas ya se trate de falta de atención o mal comportamiento en las aulas. La esperanza de vida, mientras tanto, continua bajando, siendo este país el único de los industrializados que se encuentra en esta situación con una vida media dos o tres años inferior a la del resto de los miembros de la OCDE a pesar de que el gasto medio per cápita es el doble que el de Dinamarca (segundo país en términos de gasto). Se da la paradoja de que el país se precia de adoptar una perspectiva más científica sobre los males que afligen al hombre es el que obtiene peores resultados en materia de salud.


En este apartado ocupan un capitulo especial las proteínas. Los americanos adoran las proteínas. Son legión los que se comen varias claras de huevo por las mañanas desechando la yema demonizada por su colesterol. Las madres helicóptero (llamadas así las que no dejan a sus hijos ni a sol ni a sombra) se reconcilian constantemente con sus instintos explicando a sus hijos que el alimento que les están recomendando es aquel que contiene las proteínas necesarias para su crecimiento o para no contraer ciertas enfermedades. Últimamente en los food courts, la imprescindible sucesión de puestos de comida multiétnica de los centros comerciales que se caracterizan por compartir una zona en la que el comensal puede sentarse a engullir el plato combinado que acaba de seleccionar, abundan los stands en los que se factura aparte todo aquel alimento que contiene proteínas como si fuera una categoría en si misma y que puede agrupar unos tacos de pollo, unas gambas o unas albóndigas que se añaden a un plato de pasta pagando un par de dólares extra. La proteína aparece así como la categoría alimenticia mas codiciada y que por ello exige un desembolso monetario mayor. No en vano las proteínas han sido la base de dietas tan celebres como la Atkins y numerosos discípulos suyos por la sensación de saciedad que aportan a las personas que tratan de perder peso amen de su importancia para el crecimiento de los niños.

Lo mas curioso es que en un país en el que se consumen grandes cantidades de meat (termino genérico que en general se usa para referirse a la carne de vaca y no así a la carne de pollo o de cerdo que suele especificarse), la leche se vende por galones y el queso se funde ubicuamente en platos de pasta, pizza, comida mexicana, hamburguesa y chili beans no parece que falten muchas proteínas en la dieta, de hecho, si acaso, es la adicción a las proteínas parte del problema. Sin embargo, el americano esta dispuesto a darlo todo por la proteína, eso si soslayando la ingestión de pescado que es donde se suelen encontrar las proteínas de mayor calidad.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Las nuevas zapatillas de Lebron James

Aunque suele ponerse a Francia e Italia como los países iconos de la moda, sabemos que no es cierto. No es sino mera hipocresía (o nostalgia) de una élite que sabe que ha perdido el gusto por el gusto. En un mundo que los grandes gurús del periodismo estadounidense como Thomas Friedman o Fared Zakaria se empeñan en denominar de postnorteamericano por la fuerza de las estadísticas más que de la realidad, no deja de sorprenderme que el aspecto de las personas de todas las edades por todo el mundo sea, sin excepción, el de los vilipendiados teenagers de la generación millennial estadounidense. ¿Acaso dictar al resto del mundo como se vista y calza no es una prueba de poder aunque pueda catalogarse de poder suave?

Capítulo aparte en el mundo de la moda merecen las zapatillas deportivas que han desbancado claramente de un tiempo a esta parte como objeto de deseo a los grandes zapateros italianos o a los Blahnik de turno. La informalidad, la juventud y la espontaneidad unidas a la fama, el dinero o la belleza son una combinación insuperable. La culpa de todo ello no tiene nombres y apellidos como siempre gusta buscar pero si una forma de pensar que, con raíces en Norteamérica, desde los primeros tiempos ha gustado de diferenciar a las personas no tanto por sus orígenes sociales sino por sus actos. En un mundo postcool lógicamente tiene sentido que lo cool sea vestir como todo el mundo unas zapatillas Nike o Asics de colores llamativos e imposibles que, al menos aparentemente, nos recuerdan que todos somos personas a los que únicamente diferencian nuestros méritos.




Es la utopía norteamericana que da una vuelta más de rosca con el muy cacareado lanzamiento por Nike de las zapatillas de deporte más caras de la historia. Las nuevas Lebron James que salen al mercado al nada módico precio de 315 dólares. ¿A qué público van destinadas estas nuevas zapatillas? ¿Acaso ha surgido una nueva casta socioeconómica que trata de imponer como estándar de distinción social el calzado de baloncesto? Es verdad que el fenómeno no es del todo nuevo. Llevamos dos o tres décadas en que los raperos llevan creando modas de vestir basadas en el mundo del deporte que han triunfado entre sus numerosos émulos y multitud de adolescentes con problemas de identidad. Pero hay quien dice que este modelo y este precio supone un salto cualitativo y cuantitativo en un periodo de aguda crisis económica.

Mientras tanto, no me cabe duda de que el multimillonario Bill Gates, el actor-director Ben Affleck o el escritor Jonathan Franzen seguirán calzando zapatillas convencionales de 60 pavos, dejando claro lo que hace diferente a las personas y a Norteamérica del resto del mundo.

No se si el nuevo modelo triunfará, pero de momento ha cambiado algunas reglas del marketing norteamericano como los lanzamientos y las colas a medianoche por los problemas de seguridad que pueden generar su alto precio. Sin embargo, parafraseando un dicho español, estoy seguro de que en este país podrá decirse aquello de dime que zapatillas de deporte llevas y te diré quien no eres.

domingo, 2 de septiembre de 2012

¿Qué es lo atractivo de los Estados Unidos?

Haciendo zapping, me tope el otro día con un programa titulado Castellano-leoneses en el mundo, emitido, como no podía ser de otra forma, por Castilla y León Televisión. Ante tan seductora propuesta (el programa es una copia pura y dura, y no pretende disimularlo, de Españoles en el mundo de TVE pero con el valor añadido – que alguien tendrá que explicar algún día – de que los protagonistas sean de Palencia o Salamanca y no de Reus o Getafe), no pude sino permanecer colgado ya que aparecía una mujer de León que contaba acerca de su vida en el estado de Kentucky, donde había vivido nueve anos.

La verdad es que, a tenor de lo visto en pantalla tras la correspondiente selección de la reportera y el productor del programa, no parecía que vivir en el Kentucky rural fuera jauja. El documental, quizás con alguna que otra década de retraso, insistía en todos los tópicos ya conocidos incluyendo la comida de acción de gracias (que se presentaba en su versión mas pesada y grasienta), la vida en el coche ejemplarizada en ver como se podían depositar cheques sin bajarse uno del vehículo, el paisaje semiurbano de los car dealers y una pequeña incursión en el black Friday que es el día de rebajas que sigue al de Acción de Gracias y en el que los bargain hunters (cazadores de gangas) forman colas a la puerta de los centros comerciales que abren durante toda la noche.



Viendo el reportaje, que hacía sentir cierta pena por la protagonista forzada en su vida diaria a consumir comida de poca calidad y a vivir en un lugar exento de distracciones, la verdad es que no parecía que hubiera demasiadas razones para vivir en los Estados Unidos más allá del tamaño de las casas o las sentimentales derivadas del azar que son las que siempre suelen argüirse. Sin embargo era muy obvio que esta mujer no quería regresar a León ni a tiros aunque decía echar mucho de menos a su familia y la cultura del tapeo. Y no era solo porque tuviera un trabajo aparentemente bueno en un college privado.

Lamentablemente en este tipo de reportajes se nos suelen hurtar esas razones, los intangibles del día a día que en muchos casos tienen su reverso negativo en la vida española. En el siglo XXI Estados Unidos sigue siendo el país del mundo donde más gente quiere vivir y no son solo ciudadanos provenientes de países en vías de desarrollo. ¿Por qué? Algún día me gustaría que se contara en este tipo de reportajes en los que lo más importante siempre parece omitirse.

domingo, 8 de julio de 2012

Fans y aficionados

El deporte profesional ocupa en España un espacio mucho más relevante en la vida pública que en los Estados Unidos. Al establecer un primer contacto con una persona desconocida los españoles, sobre todo los hombres, solemos preguntarnos primeramente por el equipo de fútbol del que somos aficionados mientras que en América la pregunta inevitable a las primeras de cambio es a que nos dedicamos. La afición al deporte adquiere rango de identidad entre nosotros mientras que en los Estados Unidos suele ser la profesión (how are you doing?).

Es verdad que superficialmente, atendiendo al número de cadenas de televisión dedicadas a retransmitir eventos deportivos no parece que fuera así. Los paquetes de cable convencionales de la televisión americana contienen una media de 15 canales dedicados al deporte amen de un número infinito e indeterminado en la modalidad pay per view. Sin embargo, en América el deporte profesional se ve, por supuesto, pero en realidad se habla poco de él o está lejos de considerarse un sentimiento, de generar afectos u odios o de constituir un modo de vida. No hay prensa deportiva, los telediarios apenas hablan de deporte si no es a título testimonial, los programas deportivos de radio no tienen ni la milésima parte de influencia que en España y las tertulias son inexistentes. Hablar de deportes apenas se limita al previo o al post de las retransmisiones o quizás a determinados blogs y chats.



Para el fan americano el deporte profesional es, sobre todo, un espectáculo que uno contempla con delectación más que con emoción, en el que prima la cantidad (los partidos de la NBA o de fútbol americano se alargan en ocasiones hasta casi las 4 horas) y cuyas consecuencias del resultado tienden a olvidarse pasados unos minutos. La fidelidad a unos colores, e incluso a una modalidad deportiva, está tan condicionada por las decisiones empresariales como personales. Uno puede aficionarse de repente al soccer (fútbol) si la ciudad en la que vive tiene una nueva franquicia o ésta ha sido potenciada y desengancharse del basket si esa franquicia ha sido comprada por otra ciudad. El nuevo fan comenzara a vivir los colores, a utilizar bufandas, portar camisetas con la imagen del principal sponsor siguiendo pautas de comportamiento importadas de Europa y, muy particularmente, del fútbol inglés. Incluso, ocasionalmente, algunos fans simularán un comportamiento fanático que, en realidad, no sienten. Después de todo, al aficionado español el fan americano le resulta superficial, falto de compromiso, sin raíces, incapaz de tomar las calles si algún día la franquicia que dice adorar es tomada por otra ciudad.

El verdadero aficionado es capaz de llorar, reír, odiar, amar y pintarse la cara por su equipo y no digamos por la selección. Entiende el deporte como la única guerra que puede permitirse siendo persona, una sublimación de la belicosidad en la era del pacifismo a ultranza. El aficionado cambiará de esposa, de casa, de trabajo o se hará budista o ateo con muchísima más facilidad que de equipo de fútbol, lo único que es para siempre. El fan americano, en cambio, cambia con la misma facilidad de equipo o de interés deportivo que de ciudad o de esposa. No hace distinciones.

El fan se nos antoja insincero, el aficionado auténtico. El fan es carente de sustancia, el aficionado lleno de carácter. El aficionado es español y europeo, el fan es americano. El aficionado son los tiffosi, los hooligans, los hinchas, el fan no encuentra, en cambio, correlato verbal. El aficionado es puro, local, el fan es una mezcla, un sucedáneo, un subproducto. El aficionado es infantil e inmaduro, el fan sabe a que se esta de verdad jugando. Los aficionados hombres de letras europeos y sudamericanos tratan de intelectualizar los sentimientos que provoca el deporte, mientras que los hombres de letras norteamericanos (una expresión que en América hace mucho tiempo que dejo de emplearse) los ignoran. Los aficionados somos estúpidos y lo sabemos, los fans son sabios pero no se han dado cuenta.

domingo, 1 de julio de 2012

¿Un mundo postcool?

En su libro The birth and death of cool (de 2009 y aun no traducido al español), Ted Gioia expone como una de las grandes aportaciones de América a la historia del siglo XX ha sido el concepto de lo cool. Una idea que hunde sus raíces en el mundo del jazz y muy particularmente en el comportamiento vital del músico Miles Davis y algunas de sus piezas incluidas en el disco Birth of the cool. De ahí, pasara rápidamente al cine, la literatura y otras esferas culturales hasta convertirse en un paradigma de masas en la década de los 70 y los 80 que acabaría transformándolo todo. Una idea que cambiará la forma que tenemos en todo el mundo de mirar la moda, los accesorios, los coches, los peinados, el arte, la música o la propia noción de lo que es tener estilo.

Pocas ideas podrían ser mas democráticas o americanas que el concepto de cool, el cual, tal y como expone Gioia, puede ser cultivado por todo el mundo. Una idea que en sus inicios transciende las clases sociales y las fronteras materiales. Basado fundamentalmente en una actitud irónica o de un relativo desapego a las convenciones de la vida, la grandeza y el éxito de este concepto es que uno no necesita ser guapo ni elegante ni rico ni joven para ser cool. De hecho, en los Estados Unidos es un concepto que dinamita los rígidos estándares morales y estéticos heredados de la época victoriana y permite a los afroamericanos transformarse en trend-setters de lo que está por venir. Según Gioia, el resultado, después de varias décadas de abuso de lo cool por parte de corporaciones y los expertos en marketing está siendo la muerte del mismo debido a su excesivo éxito. Todos hemos acabado apelando tanto a los valores de lo cool que hemos terminado por descreer del concepto.





En su libro, Gioia dibuja un panorama sombrío para lo cool tal y como lo entendemos hasta ahora. Un mundo en el que los únicos que seguirían creyendo en la idea de lo cool son los desheredados, los inmigrantes, las personas que carecen de formación intelectual o los medios económicos, los habitantes del tercer mundo. Los ricos y sofisticados americanos habrían dejado de creer en esta idea hace bastante tiempo y llevarían en su mayoría vidas bastante sencillas y austeras en las que la etiqueta de cool es casi un inconveniente. De alguna forma se producirá un retorno al mundo de nuestros padres o abuelos: en alimentación se volverán a consumir productos a granel y en los que el envase no desempeñe un papel predominante, se comprarán coches que gasten poco, ropa sin logos aparatosos y con buena relación calidad-precio o directamente se reducirá el consumo a lo necesario aunque no haya necesidad económica.

Gioia basa sus vaticinios en el éxito arrollador de marcas en Estados Unidos que gastan poco en publicidad y menos en la contratación a famosos (por ejemplo Starbucks, Google, Amazon, Apple o New Balance), que directamente tratan de ocultarse tras la apariencia de lo simple y racional en el consumo (como Coca-Cola o Pepsi con sus nuevas marcas de zumos orgánicos de las que tratan de borrar cualquier huella de su pertenencia a una gran corporación) o que han fracasado rotundamente por tratar de parecer demasiado cool a través de aparatosas campanas publicitarias o la contratación de estrellas como Gap o Microsoft. Al consumidor americano y particularmente su versión mas joven, la generación Millenial, ya no le encandilan con esos cuentos.

Para Gioia, la parte menos positiva de la decadencia del concepto corresponderá a la erosión que sufrirán las relaciones entre las personas, que pasarán a ser más francas y directas y, por tanto, mas basadas en la confrontación que en las ultimas décadas. El buen rollito instaurado por los baby-boomers se irá disipando poco a poco y será sustituido por los comentarios mordaces al prójimo como de un tiempo a esta parte hemos podido comprobar que sucede en los comentarios de los blogs o de las noticias en las versiones digitales de los periódicos.

Como casi siempre en lo que se refiere a tendencias y estilos de vida, lo que suceda en América se adoptará en Europa y en el resto del mundo. Será un mundo quizás más aburrido pero sin duda más honrado y que guardará más relación con la idea primigenia de democracia e igualdad sobre la que se fundaron los Estados Unidos.

domingo, 24 de junio de 2012

El verano

La vida americana no tiene tiempos muertos. No tiene verano aunque haga calor, no tiene domingos por la tarde aunque haya lunes por la mañana, no tiene puentes aunque haya fines de semana de tres días y las rebajas comienzan casi cuando para nosotros todavía queda la mayor parte de la navidad.

Summer no equivale a verano. Es únicamente una estación más del año en que la climatología es más benigna. Punto. La canícula no impide que la hierba se ponga verde ni invita a horarios de trabajo intensivos. Los negocios no cierran, las universidades se mantienen abiertas, el congreso apenas para, la programación de televisión no cambia y muchos estudiantes trabajan más que el resto del año cuando atienden a las clases.

El verano americano es un buen tiempo para reinventarse, para ahorrar y pagar deudas pendientes, trabajar en el jardín y recolectar, buscar un nuevo empleo, instalar la tarima flotante de la casa tu mismo o reorganizar el espacio del garaje.



El verano americano no es un espacio mental. Las tardes no son eternas y con las persianas bajadas, los americanos no permanecen agazapados todo el día hasta que baja el sol ni pasan el día en las piscinas, no se sientan a tomar el fresco, ni juegan a las cartas toda la tarde, ni se quedan hasta las tantas hasta que el sueño o haber dicho todo lo decible agota la conversación. En América, en verano, sigue habiendo misas a las cinco de la tarde, las cenas a las 6 o 7 y sigue habiendo corredores temerarios que desafían a los 35 grados con humedad o se enfundan el casco de la bicicleta. Si acaso se bebe mucho té helado, más packs de cerveza, se usa más la barbacoa y se explotan al máximo las posibilidades del aire acondicionado.

En América las casas en verano siguen teniendo moqueta y las gentes visten camisas hawaianas y pantalones cortos aunque no dejen ni un día de ir a trabajar a una oficina. Tampoco los amigos se van de vacaciones, el teléfono deja de sonar el mes de agosto ni las bicicletas son solo para el verano.

Para el americano la palabra verano simplemente significa que hace calor pero el mundo no empieza ni acaba en este periodo. El verano y la psique americana son, de alguna forma, antitéticos.

sábado, 16 de junio de 2012

El valor del precio

Decía el poeta Antonio Machado que “todo necio confunde valor y precio”. Parece difcil rebatir la tendencia humana natural a identificar la valía de las cosas con su valor monetario. Pero, especialmente en España, también sucede lo contrario, que cuando no sabemos el precio, no sabemos apreciar el valor de las cosas y eso es un juego en el que los americanos nos sacan mucha ventaja. Un rasgo muy útil en un momento como el actual en el que hace falta hacer mucha pedagogía acerca de casi todo.

La cultura americana establece una identificación clara entre valor y precio. Un bien o un servicio que se obtiene por un precio bajo y ofrece altas prestaciones is a good value. Especialmente en tiempos de campaña (o precampaña electoral para ser más exactos) uno se da de bruces con la realidad sociológica que separa a ambas culturas. En Estados Unidos la preocupación obsesiva es el incremento de la deuda de cara a las próximas generaciones mientras que en España, incluso en un momento de depresión como el actual, lo más importante para una mayoría de los electores es que se mantengan las prestaciones materiales como si fueran derechos inalienables.




Los americanos son conscientes del valor de las cosas porque se les recuerda el precio constantemente. Los ejemplos son numerosos. El seguro medico te envía el coste total de la visita incluso en el caso de que se haga cargo al ciento por ciento del servicio. La construcción de una nueva escuela en tu barrio tiene una translación directa en el housing tax (el impuesto anual equivalente al uno por ciento del valor total de la vivienda) que sufre un incremento instantáneo. El universitario sabe que debe devolver hasta el último céntimo de los préstamos que recibe del gobierno para realizar sus estudios. No por casualidad, la educación y la cobertura médica ocupan siempre las primeras posiciones de las cuestiones que los norteamericanos consideran primordiales.

La importancia de saber el precio verdadero que cuestan las cosas, corriendo el tupido velo de eso que en España se denomina eufemísticamente como gasto social, permea cada detalle de las transacciones diarias. En las tiendas los precios que figuran son siempre antes de impuestos al igual que los individuos hablan de los salarios de sus empleadores aunque luego las deducciones estatales o federales sean importantes.

Yo mismo me di de bruces una vez más con este choque cultural en Seattle el pasado fin de semana. Un trayecto en tranvía que apenas tomaba 7 minutos costaba 2,50 dólares. Para más inri, todas las paradas de la ruta estaban esponsorizadas aunque únicamente consistían en una austera marquesina que apenas debe generar gastos ya que la cultura cívica en esta ciudad es notable. La primera parada la esponsorizaba una empresa de servicios de salud, la segunda Amazon.com, la tercera la Universidad de Washington y la cuarta un centro de investigación sobre el cáncer. Y pese a tenerse que tragar uno el mensaje publicitario en cada parada, el trayecto de 5 minutos eran 2,50 dólares, repito. Pero pensándolo bien el precio me pareció casi barato, ya que en ese trayecto apenas viajábamos 8 o 9 personas en un tranvía de última generación.

Los americanos nos enseñan que hay veces que asociar el precio al valor parece sensato y no nos convierte necesariamente en unos filisteos.

sábado, 9 de junio de 2012

El glamour de la basura

Desde hace casi un siglo la basura viene siendo una de las señas de identidad de la psique americana. No hay que olvidar que hasta los años 70 uno de los parámetros que se utilizaba para medir el desarrollo y la prosperidad de un país era la cantidad de basura generada y Estados Unidos se llevaba la palma aventajando al resto de los países desarrollados significativamente (hasta 1970 tendía a ser el doble que la española y hoy todavía es una cuarta parte más).

A pesar de ser un país nuevo, los americanos tienen con la basura una relación especial y más antigua. Enseñaron al resto del mundo las bondades del usar y tirar, de los materiales desechables hechos de papel y plástico que hoy siguen triunfando con McDonalds y Starbucks como estandartes. No en vano Estados Unidos es el paradigma de una era marcada por el carácter efímero de todo que el filósofo Zygmunt Bauman ha bautizado como “modernidad líquida” y que, hablando en plata, viene a querer decir que estamos viviendo una época en que la vida de las organizaciones y las relaciones personales es tan corta como la de los materiales que acaban en la basura o en la papelera. Ahora casi en cualquier parte del mundo encontramos representaciones de esa modernidad líquida, que por cierto tiende a dejar cada vez menos residuos, pero fueron los americanos sus primeros visionarios gracias a una cultura que siempre ha antepuesto la movilidad y el cambio a la rutina y la durabilidad.



Últimamente la basura ha alcanzado una nuevo estatus en este país. Se ha convertido ni más ni menos que en un elemento de prestigio. Dime que basura generas y que haces con ella y te diré quien eres. Para una avanzadilla de americanos educados y relativamente ricos que viven mayormente en los denominados Superzip (aquellos distritos en los que el salario medio de los hogares supera los 120.000 dólares y que son unos 200 en todo el país), generar basura comienza a estar estigmatizado. O al menos no gestionarla adecuadamente. Disponer de un cubo de basura para el compostaje al que hay que prestar una debida atención o celebrar cumpleaños en los que se sugiere sutilmente a los invitados que no traigan ningún tipo de regalos comienza a ser hábito obligado para formar parte de esta nueva élite social. Tampoco resulta raro que incluso el césped de las casas de estos barrios opulentos no se riegue por principio la hierba en verano y quede al capricho de la climatología como forma de reducir el consumo de agua, un bien no necesariamente escaso ni caro en muchos lugares.

No consumir, guardar, comprar a granel y aprovechar los restos comienza a no ser solo caldo de cultivo de los antisistema. Para una avanzadilla de la Norteamérica elegante remplaza en glamour a la sonoridad de las elegantes bolsas de papel de las boutiques de ropa o al atractivo envoltorio de la comida comprada en una tienda de productos gourmet. Poder pagar unas clases de mandarín o de clarinete a los hijos o vivir una puesta de sol en el Trastevere romano con toda la familia comiendo unos bocadillos de prosciutto con tomate comprados en algún puesto callejero puede tener eventualmente más valor que aparcar un BMW y un Mini a la puerta de casa.

Aunque no deja de ser una forma de buscar la distinción como otra cualquiera, no parece una mala alternativa a la vulgaridad que se ha instalado durante tantas décadas en las que los ciudadanos occidentales han buscado la felicidad tratando de forjar una identidad a través de la compra y la utilización de productos. Ya veremos si esta tendencia todavía incipiente en los Estados Unidos lleva a alguna parte o se disuelve como un azucarillo en el próximo ciclo económico.

sábado, 2 de junio de 2012

El correo

En América no hace falta ser muy popular ni muy importante para recibir toneladas de correo. A diferencia de España, donde el correo cada vez es más escaso y se limita fundamentalmente a recibir las onerosas facturas de Telefónica, una de las mayores sorpresas de la vida americana es el uso intensivo que se sigue haciendo del correo tradicional. Más sorprendente, si cabe, teniendo en cuenta el alto grado de penetración del internet que ronda el 90 por ciento.

Para empezar, la domiciliación de recibos no es todo lo frecuente que uno pensaría, por lo que el pago con cheque por correo sigue siendo relativamente normal ya que en muchos casos sigue siendo la única manera de realizar los pagos. Sin ir más lejos, en la ciudad donde vivo no tengo otra forma de pagar las facturas del agua, gas y luz que enviar un cheque todos los meses al ayuntamiento. Y aunque a mi me parece un incordio tener que escribir todos los meses los dichosos cheques, lo cierto es que entiendo que para mucha gente es una forma mejor de controlar mejor sus propias finanzas y evitar sorpresas desagradables.



Pero el uso del correo se extiende a un terreno que en España ya se cree desaparecido como es el de las relaciones interpersonales. Aún se sigue invitando y dando las gracias por asistir a los cumpleaños enviando tarjetas, felicitando las navidades o las happy holidays enviando una foto con un mensaje conmemorativo, incluyendo en sobres acolchados objetos o recortes de artículos curiosos para el interesado y enviando postales a los seres más queridos cada vez que se visitan otras ciudades. Ni Facebook, ni Twitter, ni Foursquare han sido capaces de sustituir esa faceta interior tradicionalista del alma norteamericana, de la cual el uso intensivo del correo forma parte, y que el escritor Jorge Santayana identificaba con la casa victoriana de los Estados Unidos.

Pero la importancia del correo se ve acrecentada por varios aspectos peculiares de la psique americana. Uno de ellos es la religiosidad. Por ejemplo, las iglesias siguen comunicándose con sus fieles a través de circulares y facilitando las donaciones mediante el envío de sobres del tamaño de un cheque o de un billete que permiten a los parroquianos donantes deducir el 25 por ciento de la cantidad que echan en la cesta los domingos. Otro aspecto que sigue haciendo que el correo tenga un papel fundamental es el de la importancia de las organizaciones no lucrativas que suelen contactar con sus donantes actuales y potenciales mediante el uso de cartas en las cuáles explican sus objetivos y misión. No hay semana que no reciba dos o tres cartas de este tipo de organizaciones con las que nunca he tenido contacto previamente. Pero por supuesto, en términos de volumen, siguen siendo los bancos. No sólo porque envíen los extractos mensuales con todo lujo de detalles sino sobre todo por la agresiva competencia de las distintas entidades que disponen de los ratings de crédito de cada individuo para que suscriban tarjetas de crédito o refinancien su hipoteca con ellos a un tipo de interés más bajo. Cuando te llega la carta de un banco del que no has oído hablar en tu vida, esta incluye la información del tipo de interés que estás pagando y de la cantidad que debes a tu banco actual. En cierta forma da un poco de miedo que tanta gente tenga ese tipo de información sobre tu vida, pero es un sistema eficiente para promover la competencia.

El ingente caudal de correo recibido se acentúa por un rasgo característico de la cultura del marketing directo norteamericano que es la persistencia. Compañías como Citibank, Diner’s Club o Capital One no se dan por vencidas fácilmente cuando tratan de captar un nuevo cliente. Sin ánimo de exagerar en estos últimos 5 años he debido recibir alrededor de 150 cartas de estas compañías tratando de que contratara algún tipo de servicio con ellos. Las cartas van directamente sin abrir al sobre de reciclaje pero eso no desanima ni mucho menos a estas compañías que deben tener muy estudiado el porcentaje de nuevos clientes que son captados únicamente a base de insistencia.

En los Estados Unidos todavía existe la creencia de que una carta siempre llega a su destinatario a diferencia de, por ejemplo, un correo electrónico. Las oficinas de correos están acostumbradas a redirigir la correspondencia durante periodos largos o cortos (la oficina de mi ciudad todavía me sigue enviando la correspondencia que va dirigida a mi vieja dirección).

El buen funcionamiento del correo norteamericano explica el éxito de numerosos negocios como es la venta por catálogo que todavía goza de gran predicamento o el de la empresa como Netflix que ha construido una gigantesca base de clientes al ser capaz de enviar prácticamente cualquier DVD disponible al domicilio de sus abonados en un solo día.

El correo no es sino un ejemplo más de cómo el sentimiento de confianza (en los tiempos de entrega, en que la mercancía llegará intacta y en que funcionará adecuadamente el sistema de devoluciones) genera eficiencia. Una confianza que de alguna manera ha lastrado la venta por catálogo históricamente en sitios como España y hace que las ventas online estén muy por debajo de las de otros países. Siempre la dichosa confianza.