Consejos American Psique: impuestos
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jueves, 12 de septiembre de 2013

Relaciones cínicas con el estado


Parece que no ha sorprendido ni preocupado demasiado la reciente información, proveniente de un estudio del BBVA, de que los españoles son los europeos que mas esperan del estado. Yo me atrevería a afirmar que incluso hay un cierto orgullo en ello, al fin y al cabo el orgullo en un estado justiciero constituye un síntoma de europeidad, aunque todos sepamos que nuestro estado del bienestar, que no el estado en su totalidad, es relativamente raquítico en comparación con otros países de nuestro entorno quedando únicamente la educación gratuita y la sanidad universal como ultimas líneas rojas.

Curiosamente tienden a ser los países del sur de Europa mas estatistas que los del norte, en los que el estado ofrece más prestaciones sociales pero tiene un menor intervencionismo en la vida pública.  No en vano los regímenes fascistas arraigaron durante más tiempo en estos países con toda la carga simbólica de los estados autárquicos. En realidad, hay algo de resquicio fascista y teocrático en esta creencia casi ciega en las cosas que el estado es capaz de resolver.

Sin embargo, la relación de los españoles con el estado es mucho mas compleja de lo que parece. En este sentido, siempre me ha sorprendido la hipocresía de los españoles, a los que por un lado les gusta que el estado mande (en el estudio del BBVA había mucha gente que decía que el estado debía controlar los precios), pero por otro demuestran un considerable afán por batir al sistema declarando menos de lo que ganan u olvidándose de hacer facturas. Y eso no sólo ahora, sino también en los años de las vacas gordas.

Este afán por no pagar impuestos no se debe tanto, en contra de lo que se dice, a que la presión fiscal sea excesiva sino sobre todo a la desconfianza antropológica del español con respecto al uso que los gobernantes hacen del estado. No puede olvidarse que en España el estado moderno, y no, no me refiero al estado-nación sino a la institución como autoridad imparcial, surge desde sus comienzos desprovisto de legitimidad. La concepción que los españoles tienen del estado es la de un ente irracional siempre al servicio de intereses privados (ya sea partidos políticos, empresas, sindicatos o cualquier tipo de oligarquía). Por lo cual se da la paradoja de que por un lado el estado tendría una vertiente justiciera de apoyar al débil pero por otro se percibe como un instrumento de abuso de poder por parte de quienes lo detentan. El resultado es que como ciudadanos sentimos que el estado nos protege pero como contribuyentes vemos al estado como poco menos que un ladrón.

Y es que en el fondo los descreídos americanos en el rol del estado creen más en su naturaleza justiciera que nosotros. Un estado quizás más pequeño, menos entrometido en la vida privada de los ciudadanos y, por ello mismo, dotado de una mayor legitimidad.  Un ejemplo claro de esta actitud lo encontramos a la hora de pagar impuestos. No descubro nada si digo que los americanos sienten aversión por esta palabra. Pues bien, a pesar de ello, el americano de a pie paga sus impuestos escrupulosamente. No recuerdo una única vez que un vendedor o un proveedor no me haya dado una factura o me haya preguntado si quiere que pague una parte en A y otra en B. Nadie lo hace porque la duda ofende y dejaría a uno en evidencia.

Con el estado pasa un poco como con las religiones, que crecen, se desarrollan y fortalecen cuando no se imponen y se deja a la gente a su libre albedrio. Quizás por eso los países donde los estados son mas pequeños, que no necesariamente menos fuertes ya que la sombra del gobierno federal norteamericano es alargada, también son más respetados.

sábado, 16 de junio de 2012

El valor del precio

Decía el poeta Antonio Machado que “todo necio confunde valor y precio”. Parece difcil rebatir la tendencia humana natural a identificar la valía de las cosas con su valor monetario. Pero, especialmente en España, también sucede lo contrario, que cuando no sabemos el precio, no sabemos apreciar el valor de las cosas y eso es un juego en el que los americanos nos sacan mucha ventaja. Un rasgo muy útil en un momento como el actual en el que hace falta hacer mucha pedagogía acerca de casi todo.

La cultura americana establece una identificación clara entre valor y precio. Un bien o un servicio que se obtiene por un precio bajo y ofrece altas prestaciones is a good value. Especialmente en tiempos de campaña (o precampaña electoral para ser más exactos) uno se da de bruces con la realidad sociológica que separa a ambas culturas. En Estados Unidos la preocupación obsesiva es el incremento de la deuda de cara a las próximas generaciones mientras que en España, incluso en un momento de depresión como el actual, lo más importante para una mayoría de los electores es que se mantengan las prestaciones materiales como si fueran derechos inalienables.




Los americanos son conscientes del valor de las cosas porque se les recuerda el precio constantemente. Los ejemplos son numerosos. El seguro medico te envía el coste total de la visita incluso en el caso de que se haga cargo al ciento por ciento del servicio. La construcción de una nueva escuela en tu barrio tiene una translación directa en el housing tax (el impuesto anual equivalente al uno por ciento del valor total de la vivienda) que sufre un incremento instantáneo. El universitario sabe que debe devolver hasta el último céntimo de los préstamos que recibe del gobierno para realizar sus estudios. No por casualidad, la educación y la cobertura médica ocupan siempre las primeras posiciones de las cuestiones que los norteamericanos consideran primordiales.

La importancia de saber el precio verdadero que cuestan las cosas, corriendo el tupido velo de eso que en España se denomina eufemísticamente como gasto social, permea cada detalle de las transacciones diarias. En las tiendas los precios que figuran son siempre antes de impuestos al igual que los individuos hablan de los salarios de sus empleadores aunque luego las deducciones estatales o federales sean importantes.

Yo mismo me di de bruces una vez más con este choque cultural en Seattle el pasado fin de semana. Un trayecto en tranvía que apenas tomaba 7 minutos costaba 2,50 dólares. Para más inri, todas las paradas de la ruta estaban esponsorizadas aunque únicamente consistían en una austera marquesina que apenas debe generar gastos ya que la cultura cívica en esta ciudad es notable. La primera parada la esponsorizaba una empresa de servicios de salud, la segunda Amazon.com, la tercera la Universidad de Washington y la cuarta un centro de investigación sobre el cáncer. Y pese a tenerse que tragar uno el mensaje publicitario en cada parada, el trayecto de 5 minutos eran 2,50 dólares, repito. Pero pensándolo bien el precio me pareció casi barato, ya que en ese trayecto apenas viajábamos 8 o 9 personas en un tranvía de última generación.

Los americanos nos enseñan que hay veces que asociar el precio al valor parece sensato y no nos convierte necesariamente en unos filisteos.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Pagar

El otro día me encontré a Jim, el jefe de publicidad de la cadena de radio local. La conversación transcurría por los cauces habituales, es decir, preguntándonos mutuamente y haciendo comentarios positivos acerca de nuestras respectivas progenies, hasta que derivó a uno de los temas candentes en Ellensburg: la construcción o no de una nueva Middle School para niños de 10 a 12 años que requeriría subir los impuestos alrededor de 200 dólares por familia y año mediante el pago del housing tax (un impuesto anual que se paga por ser propietario de una casa y que suele equivaler a un uno por ciento de su valor total). Se notaba que a Jim le irritaba el tema. Me dijo que había votado que no en el referéndum que se organizó a tal efecto y en el que resultó ganadora la opción de construir la nueva escuela pero no con la mayoría requerida de un 65 por ciento sino con un 57 por ciento. Jim me dijo que había votado que no, que el presupuesto, 29 millones de dólares, le parecía demasiado elevado y que el proyecto se podía llevar adelante porla mitad. Su vehemencia me chocó, máxime teniendo en cuenta que Jim tiene una hija que en dos años tendrá que ir a la Middle School y que la actual es un desastre. Si alguien tiene un interés personal en el proyecto, ese es Jim.

Siempre me ha parecido curiosa y peligrosa la relación que los españoles tenemos con el estado. Somos, en su mayoría, estatalistas no porque creamos en su imparcialidad y buen funcionamiento sino porque en el fondo el estado es de todos y la mayor parte de las veces de nadie. Nada nos gusta más que presumir de lo barato que es ir a la piscina en nuestro pueblo, de las clases de yoga “gratuitas” que ofrece el ayuntamiento o de los viajes subvencionados. Sin embargo, a la mínima nos escaqueamos cuando toca pagar impuestos. Tal y como digo en alguna parte de American Psique, poca gente he conocido a la que le guste menos pagar impuestos que al americano medio, sin embargo, a pesar de su reputada fama de antiestatalista, el ciudadano de este país cree en el alcance y la legitimidad de éste para resolver determinados problemas y, de hecho, siente que personalmente es responsable de una pequeña porción del mismo. Puede que estemos en desacuerdo con el escaso tamaño que le gusta atribuirle, pero hasta el republicano más descreído cree que las decisiones del estado están dotadas de legitimidad y van a misa.

Sólo así se explica que, con frecuencia, muchos americanos decidan dejar de recibir servicios del estado a cambio de pagar menos impuestos y que, cuando los diferentes estados toman decisiones presupuestarias duras en tiempos de crisis, como por ejemplo ha hecho el estado de Washington (hay que recordar que sólo el gobierno federal tiene la potestad para endeudarse según la constitución) al reducir los subsidios a las universidades públicas de un 70 a un 30 por ciento en un plazo de dos años, lo cual ha supuesto subir las matrículas a los estudiantes en un 30 por ciento y congelar los salarios de los profesores, las protestas han sido tímidas y en ningún caso ni los sindicatos de alumnos ni de profesores se hayan planteado ir a la huelga. Son este tipo de sucesos los que me hacen preguntarme si en España creemos de verdad en el rol del estado, como algo que nos pertenece y de lo que somos responsables, más que los americanos.