Consejos American Psique: deporte
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lunes, 4 de julio de 2016

Por favor, un poco de excelencia en la retransmisión de partidos de fútbol

Siempre se ha dicho que una de las diferencias entre el periodismo de los países latinos y el de los países anglosajones recae en el tipo de relación que se da entre los hechos y la opinión.

Mientras que la escuela norteamericana estaría obsesionada con una separación exquisita entre hechos y opinión, los periodistas y las audiencias de los países del norte del Mediterráneo y de Sudamérica piensan que lo que añade la sal y pimienta es la mezcla de ambas.

Según los manuales académicos de comunicación internacional el periodismo latino sería opinativo, emocional, algo manipulador y carente de rigor en algunos aspectos. A cambio, los lectores de estos países disfrutarían de un modelo más pluralista y vibrante en el que cada uno encuentra un medio con el que compartir una ideología o visión del mundo.

La verdad es que la fuerza de los muy opinativos canales de noticias Fox News y MSNBC indica que al menos parte de la información que reciben los norteamericanos se ha “latinizado”.

Por eso me sigue sorprendiendo tanto que la calidad de los comentarios en las retransmisiones deportivas televisivas sigan siendo tan pobre en España y se trate al espectador como si fuera un mero hincha sin juicio critico. Para algo bueno y distintivo que tiene nuestro periodismo, usémoslo.

En el país de la opinión, del comentario, de la observación, resulta que en un partido de fútbol, los comentaristas apenas comentan más para contarnos lo que ya vemos y animar al equipo español de turno que si pierde siempre será porque el rival ha sido excepcional y no porque los jugadores hayan rendido poco, estado desacertados o el planteamiento táctico haya sido pobre.

La retransmisión del último Italia-España en Telecinco fue un perfecto ejemplo. Ni una crítica al técnico que dio la sensación de no haber preparado el partido, ni un solo comentario mínimamente alusivo al bajo rendimiento de muchos jugadores. Todo eran loas para el equipo italiano cuyas principales estrellas eran el portero y tres defensas.

En un mundo en el que todos los ciclos se acortan y el presente lo es todo, al entrenador español se le seguían dando las gracias cuatro años después de ganar el último título y después de fracasar en los últimos dos grandes torneos en las primeras rondas.

La apologia del “ser de los nuestros” como sucede en la política y tantos ámbitos de la sociedad. El desprecio a la rendición de cuentas para no sacrificar una relación personal.

Y todo ello pasa en uno de los pocos ámbitos en el que los españoles exigen excelencia como es el mundo del fútbol. Un mundo darwinista a más no poder en el que el que vale, vale y el juicio critico de los técnicos de los equipos y los aficionados es afilado.

Los dos mejores jugadores del mundo, Messi y Ronaldo, no parece que sean las mejores personas pero prima su rendimiento en el campo.

Otro gallo cantaría a este país si, como dice Pérez-Reverte, en otros ámbitos de la sociedad hubiera tanto afán de excelencia como en el deporte.

MIentras tanto, llama la atención que quizás el país con un fútbol profesional más potente, sigue teniendo unas retransmisiones televisivas bastante peores que, por ejemplo, ESPN en los Estados Unidos.


Por favor, traten al espectador de fútbol como un adulto, que esto es importante, no como la política.

martes, 11 de marzo de 2014

El pádel como metáfora de la decadencia española


Sé que suena de derechas, y que incluso a algunos les puede sugerir una vuelta a las sotanas y al autoflagelamiento, decir que la depresión española se ha debido también a una crisis de valores, a una carencia de ideales generalizada que no iba mucho más allá de meterse una buena comilona entre pecho y espalda a ser posible en un restaurante que al menos tuviera una estrellita Michelín, echar un buen polvo en un hotel con encanto y pagar una hipoteca de un adosado a poder ser en 30 o 35 años.
No deja de ser curioso que la lujuria y la gula (palabras, por cierto, prácticamente proscritas en la actualidad) ahora se hayan transformado en sana gastronomía de masas (a la que se dedica una atención desmesurada) e innumerables blogs y programas eróticos nocturnos.
Lo cierto es que los dos mejores libros que se han escrito sobre la crisis han sido En la orillade Rafael Chirbes y Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina, ambos escritores identificados con la izquierda y que en buena medida propugnan que aquí no ha habido sólo una crisis económica sino una crisis de valores como un caballo que nadie ha querido ver a pesar del goteo diario de hechos y noticias que nos rodeaban. No en vano, los personajes de Chirbes son empresarios de medio pelo que se hartan de comer arroz a banda e ir a los burdeles locales mientras trabajadores rumanos, marroquíes y latinoamericanos engordan su cuenta corriente.
Salvando las distancias, el triunfalista anuncio de la apertura de un club de pádel en Londres a cargo de un dinámico empresario toledano que anuncia la conquista de las islas por este deporte tan popular por nuestros lares y en otros países hermanos como Argentina tiene algo de déjà vu, retrotrae a un pasado reciente que no queda tan lejano como 2006, a esos tiempos en que Enrique Bañuelos gastaba cientos de miles de euros en organizar una paella para 20.000 personas en el neoyorquino Central Park pagando avión, hotel y salario a 50 paelleros y llevando más de 4.000 litros de agua valenciana desde aquí.
Según el despacho de agencia se trata del mayor club de padel del país aunque sólo cuente con cuatro trabajadores, circunstancia que se explica porque en Inglaterra nadie juega al padel.
No deja de ser sintomático que el padel haya logrado una alta popularidad en España durante la década larga de burbuja inmobiliaria. Y no ha sido sólo porque la pista de padel, el gimnasio y el servicio privado de seguridad se convirtieran en el nuevo símbolo de estatus de las clases medias.
Llama la atención el auge del padel, que no deja de ser un subproducto del tenis, en el país que ha disfrutado de la supremacía de este deporte durante los últimos 14 o 15 años. El éxito de la escuela española de tenis se basa en una sólida ética del trabajo, capacidad estratégica y dureza mental adquirida jugando tenis en tierra batida que han tratado de imitar sin éxito otras federaciones como la norteamericana.
Frente al tenis, basado en el derroche físico, la fortaleza mental y la precisión, el padel ofrece todo lo contrario. Mientras que para el tenis lleva meses adquirir la destreza mínima para su disfrute, el padel ofrece gratificación inmediata debido a que el golpeo de la pelota exige menor detreza, el jugador tiene que cubrir menor superficie ya que siempre se juega por parejas y ofrece dos oportunidades de golpear la pelota ya que el jugador puede dejarla pasar y que golpee en la pared, es decir, ofrece segundas oportunidades. En comparación con el tenis individual, el jugador de padel sufre menos presión, liberado de la responsabilidad de asumir los propios errores de uno que además se minimizan al no precisar el saque de demasiada técnica.
A decir verdad, la mayor barrera de entrada en el pádel son los materiales que son mucho más caros que los del tenis y el pago de la pista que también suele doblar el precio del alquiler de una pista de tenis. El filtro social es, por tanto, mayor.
Hoy día, resulta habitual ver chavales jugando al padel que nunca han pisado una pista de tenis ya que les resulta un deporte demasiado cansado y difícil y el padel ofrece diversión inmediata.
Parece ser que la práctica del tenis ha entrado en un declive agudo y se predice que ello puede afectar al relevo generacional de los tenistas profesionales.
El tenis, uno de los pocos deportes y disciplinas en los que España ha desarrollado un modelo propio, envidiado e imitado y en el que las escuelas españolas venden la marca España como las escuelas de cocina francesas han vendido Francia durante centurias, se ha venido abajo debido a la competencia del pádel en los últimos 15 años.
Todavía habrá quien piense que el auge del pádel y el declive del tenis como deporte base en España es una mera anécdota y que lo que está sucediendo es una mera crisis económica que pasará cuando Alemania y Francia empiecen a crecer.

sábado, 24 de noviembre de 2012

La marca España es posible

La debilidad de la imagen de España en Estados Unidos es manifiesta por muchas razones pero, entre ellas, yo diría que hay dos que destacan en los últimos años. La primera de ellas es la falta de convicción en aquellos rasgos que como país hacen a España interesante y excelente para un norteamericano. Con ello me refiero a la falta de mensajes nítidos y unívocos que se vinculen a España más allá de los sobados estereotipos y que no dependan solo de las ocasionales promociones del Instituto de Comercio Exterior (ICEX). El FC Barcelona en su gira por los Estados Unidos promocionando el turismo en Cataluña, los representantes del gobierno vasco visitando a la comunidad vasca de Idaho y promocionando la cocina autóctona, la comunidad autónoma de la Rioja organizando una cata de vinos de Rioja en Nueva York o la Junta de Castilla y León llevando la muestra de Las edades del hombre a esa misma ciudad no hacen sino transmitir un mensaje que para el americano medio resulta confuso y fragmentario. Si no hay un discurso sólido para España, tampoco lo habrá para sus partes más allá de una ínfima minoría que probablemente ya conocía de antemano los vinos de Rioja o que Barcelona es la ciudad de Gaudí. Pero bueno, se asume con toda naturalidad que es preferible acumular parcelas de poder local a reforzar una imagen de marca común que puede generar puestos de trabajo.


La segunda razón es que simplemente ha fallado la performance. No ha habido tantos terrenos en la modernidad en los que España haya destacado y podido vender excelencia internacional. A veces los ha habido, como sucede ahora con la moda pret-a-porter y no se ha aprovechado para configurar esa imagen de país vinculado a esta industria (en parte por la potencia de italianos y franceses que llevan copándola desde hace décadas pero también por la falta de voluntad).

Por eso me ha llamado la atención positivamente la campaña que esta realizando la academia de tenis Sánchez-Casal en los medios especializados en tenis de este país para promocionar la apertura de una nueva escuela ubicada en Naples (Florida). Esta academia, regentada por Emilio Sánchez-Vicario y Sergio Casal, copa estos días por ejemplo la cadena de televisión mas importante de tenis de este país, Tennis Channel, con un anuncio y entrevista tras otra cuyo mensaje siempre es el mismo: traer a los Estados Unidos el know how del mundo tenístico español responsable de haber generado la mayor hornada tenística de la ultima década y ganado mas copas Davis que cualquier otro país. En estos anuncios y entrevistas, Sánchez-Vicario habla sin timidez de aspectos como la ética del trabajo, perseverancia y la calidad técnica como el secreto del tenis español que quiere poner al servicio del tenis norteamericano. Y lo más curioso es que, para gente que como colectivo confía tan poco en sus propias posibilidades como los españoles, el mensaje suena de lo más creíble. Todos los comentaristas de tenis en este país, desde John McEnroe a Brad Gilbert, creen que es cierto. Ética del trabajo, perseverancia y calidad técnica. ¿Enseñar y ayudar a los norteamericanos? ¿Por qué es creíble? Simplemente porque es cierto y lo de menos ha sido que la campaña publicitar haya coincidido con la derrota en Copa Davis contra la Republica Checa y que el anuncio sea algo chapucero (incluida la música de reminiscencias orientales que trata de crear misterio en torno a la pregunta de en qué radica el secreto del éxito del tenis español). Incluso a pesar de eso, el mensaje ha calado. Pero claro, es que lo que se decía era verdad y además ha habido voluntad de comunicarlo. Algo que no sucede con frecuencia.

domingo, 14 de octubre de 2012

Saber perder


A menudo en América, el país del fair play, saber perder equivale a ganar. Reconocer una falta, un fracaso, atreverse a exteriorizarlo en una charla de alcohólicos anónimos o a documentarlo en un informe a disposición del público implica un motivo de redención. Encontramos toda una casuística al respecto: los cristianos renacidos, los emprendedores que han tenido varios fracasos empresariales a lo largo de sus vidas y a los que se les sigue concediendo crédito, la gente que cambia de ciudad debido a malas experiencias y empieza desde cero una nueva vida.

Han sido los propios norteamericanos, y en concreto la Agencia Norteamericana Antidopaje (USADA) los que se han encargado de sacar a la luz pública las sofisticadas técnicas de dopajes utilizadas por Lance Armstrong y un buen número de ciclistas, bastantes de ellos norteamericanos, del equipo US Postal. El informe incluye numerosos testimonios de compatriotas, como Floyd Landis y Tyler Hamilton, que, aportando nombres y apellidos, describen con pelos y señales el comportamiento de sus compañeros de pelotón.







Junto a Michael Phelps y Michael Jordan, Lance Armstrong estaba considerado como uno de los mejores deportistas norteamericanos de todos los tiempos. La revelación del dopaje se ha aceptado con naturalidad, con un sentimiento de inevitabilidad ante las pruebas expuestas. Han sido los propios norteamericanos, los que han abierto “la lata de los gusanos”, como dicen aquí. Un aspecto que no se suele mencionar es que el equipo de Armstrong, el US Postal (la empresa pública de correos de los Estados Unidos), era en cierto sentido una selección nacional de ciclistas norteamericanos. Es como si la Agencia Española Antidopaje demostrara que todos los corredores de un equipo llamado Correos y Telégrafos que contara con los mejores corredores nacionales. O como si de repente los propios españoles demostráramos que nuestro admirado Rafael Nadal se hubiera dopado (algo metafísicamente imposible ya que el mundo del tenis es rigurosísimo con este tipo de controles).

Se da la circunstancia de que en ningún momento Armstrong dio positivo a diferencia, por ejemplo, de Alberto Contador al que en España todavía se le sigue considerando un gran campeón. Los únicos que se quejaron fueron el gremio de carniceros vascos ya que Contador arguyó que la causa del positivo era un filete de ternera vasca que había consumido. Me vienen a la cabeza otros ejemplos de deportistas españoles vinculados al dopaje a los que los medios de comunicación siguen tratando entre algodones. Supongo que se trata de una manera diferente de entender el patriotismo.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Las nuevas zapatillas de Lebron James

Aunque suele ponerse a Francia e Italia como los países iconos de la moda, sabemos que no es cierto. No es sino mera hipocresía (o nostalgia) de una élite que sabe que ha perdido el gusto por el gusto. En un mundo que los grandes gurús del periodismo estadounidense como Thomas Friedman o Fared Zakaria se empeñan en denominar de postnorteamericano por la fuerza de las estadísticas más que de la realidad, no deja de sorprenderme que el aspecto de las personas de todas las edades por todo el mundo sea, sin excepción, el de los vilipendiados teenagers de la generación millennial estadounidense. ¿Acaso dictar al resto del mundo como se vista y calza no es una prueba de poder aunque pueda catalogarse de poder suave?

Capítulo aparte en el mundo de la moda merecen las zapatillas deportivas que han desbancado claramente de un tiempo a esta parte como objeto de deseo a los grandes zapateros italianos o a los Blahnik de turno. La informalidad, la juventud y la espontaneidad unidas a la fama, el dinero o la belleza son una combinación insuperable. La culpa de todo ello no tiene nombres y apellidos como siempre gusta buscar pero si una forma de pensar que, con raíces en Norteamérica, desde los primeros tiempos ha gustado de diferenciar a las personas no tanto por sus orígenes sociales sino por sus actos. En un mundo postcool lógicamente tiene sentido que lo cool sea vestir como todo el mundo unas zapatillas Nike o Asics de colores llamativos e imposibles que, al menos aparentemente, nos recuerdan que todos somos personas a los que únicamente diferencian nuestros méritos.




Es la utopía norteamericana que da una vuelta más de rosca con el muy cacareado lanzamiento por Nike de las zapatillas de deporte más caras de la historia. Las nuevas Lebron James que salen al mercado al nada módico precio de 315 dólares. ¿A qué público van destinadas estas nuevas zapatillas? ¿Acaso ha surgido una nueva casta socioeconómica que trata de imponer como estándar de distinción social el calzado de baloncesto? Es verdad que el fenómeno no es del todo nuevo. Llevamos dos o tres décadas en que los raperos llevan creando modas de vestir basadas en el mundo del deporte que han triunfado entre sus numerosos émulos y multitud de adolescentes con problemas de identidad. Pero hay quien dice que este modelo y este precio supone un salto cualitativo y cuantitativo en un periodo de aguda crisis económica.

Mientras tanto, no me cabe duda de que el multimillonario Bill Gates, el actor-director Ben Affleck o el escritor Jonathan Franzen seguirán calzando zapatillas convencionales de 60 pavos, dejando claro lo que hace diferente a las personas y a Norteamérica del resto del mundo.

No se si el nuevo modelo triunfará, pero de momento ha cambiado algunas reglas del marketing norteamericano como los lanzamientos y las colas a medianoche por los problemas de seguridad que pueden generar su alto precio. Sin embargo, parafraseando un dicho español, estoy seguro de que en este país podrá decirse aquello de dime que zapatillas de deporte llevas y te diré quien no eres.

domingo, 8 de julio de 2012

Fans y aficionados

El deporte profesional ocupa en España un espacio mucho más relevante en la vida pública que en los Estados Unidos. Al establecer un primer contacto con una persona desconocida los españoles, sobre todo los hombres, solemos preguntarnos primeramente por el equipo de fútbol del que somos aficionados mientras que en América la pregunta inevitable a las primeras de cambio es a que nos dedicamos. La afición al deporte adquiere rango de identidad entre nosotros mientras que en los Estados Unidos suele ser la profesión (how are you doing?).

Es verdad que superficialmente, atendiendo al número de cadenas de televisión dedicadas a retransmitir eventos deportivos no parece que fuera así. Los paquetes de cable convencionales de la televisión americana contienen una media de 15 canales dedicados al deporte amen de un número infinito e indeterminado en la modalidad pay per view. Sin embargo, en América el deporte profesional se ve, por supuesto, pero en realidad se habla poco de él o está lejos de considerarse un sentimiento, de generar afectos u odios o de constituir un modo de vida. No hay prensa deportiva, los telediarios apenas hablan de deporte si no es a título testimonial, los programas deportivos de radio no tienen ni la milésima parte de influencia que en España y las tertulias son inexistentes. Hablar de deportes apenas se limita al previo o al post de las retransmisiones o quizás a determinados blogs y chats.



Para el fan americano el deporte profesional es, sobre todo, un espectáculo que uno contempla con delectación más que con emoción, en el que prima la cantidad (los partidos de la NBA o de fútbol americano se alargan en ocasiones hasta casi las 4 horas) y cuyas consecuencias del resultado tienden a olvidarse pasados unos minutos. La fidelidad a unos colores, e incluso a una modalidad deportiva, está tan condicionada por las decisiones empresariales como personales. Uno puede aficionarse de repente al soccer (fútbol) si la ciudad en la que vive tiene una nueva franquicia o ésta ha sido potenciada y desengancharse del basket si esa franquicia ha sido comprada por otra ciudad. El nuevo fan comenzara a vivir los colores, a utilizar bufandas, portar camisetas con la imagen del principal sponsor siguiendo pautas de comportamiento importadas de Europa y, muy particularmente, del fútbol inglés. Incluso, ocasionalmente, algunos fans simularán un comportamiento fanático que, en realidad, no sienten. Después de todo, al aficionado español el fan americano le resulta superficial, falto de compromiso, sin raíces, incapaz de tomar las calles si algún día la franquicia que dice adorar es tomada por otra ciudad.

El verdadero aficionado es capaz de llorar, reír, odiar, amar y pintarse la cara por su equipo y no digamos por la selección. Entiende el deporte como la única guerra que puede permitirse siendo persona, una sublimación de la belicosidad en la era del pacifismo a ultranza. El aficionado cambiará de esposa, de casa, de trabajo o se hará budista o ateo con muchísima más facilidad que de equipo de fútbol, lo único que es para siempre. El fan americano, en cambio, cambia con la misma facilidad de equipo o de interés deportivo que de ciudad o de esposa. No hace distinciones.

El fan se nos antoja insincero, el aficionado auténtico. El fan es carente de sustancia, el aficionado lleno de carácter. El aficionado es español y europeo, el fan es americano. El aficionado son los tiffosi, los hooligans, los hinchas, el fan no encuentra, en cambio, correlato verbal. El aficionado es puro, local, el fan es una mezcla, un sucedáneo, un subproducto. El aficionado es infantil e inmaduro, el fan sabe a que se esta de verdad jugando. Los aficionados hombres de letras europeos y sudamericanos tratan de intelectualizar los sentimientos que provoca el deporte, mientras que los hombres de letras norteamericanos (una expresión que en América hace mucho tiempo que dejo de emplearse) los ignoran. Los aficionados somos estúpidos y lo sabemos, los fans son sabios pero no se han dado cuenta.

lunes, 6 de febrero de 2012

El tenis y la psique americana

Después de leer Rafa, my story de John Carlin y seguir bastante de cerca el desarrollo del Open de Australia de tenis cada vez estoy más convencido de que el tenis está hecho a la medida de la psique norteamericana. Aunque el tenis americano ahora este en horas bajas, lo cierto es que ningún otro país ha cosechado en el pasado tantos éxitos en este deporte como los Estados Unidos. Y el hecho de que los españoles han dominado este deporte durante la última década me hace concebir esperanzas de que no hay nada escrito acerca del carácter inalterable de los pueblos.

Para empezar el tenis es probablemente el deporte más individualista que existe, en el que el que se experimenta una mayor soledad que pone a prueba al deportista durante un largo periodo de tiempo expuesto a una multitud. Por algo no resulta difícil ver a los jugadores hablar, hacer comentarios, enfadarse y reírse solos en medio de la pista en los transcursos de los partidos. El tenis provoca unas sensaciones muy distintas al deportista que, por ejemplo, el fútbol en el que el espíritu cooperativo que debe imperar hace que, en muchos casos, se diluyan las responsabilidades. Unas sensaciones no muy distintas a las que se han asociado históricamente con la figura del cowboy, único responsable de su destino, que discurre durante meses por las vastas extensiones del oeste americano o con el mas actual personaje del entrepreneur (empresario) que – a lo Bill Gates o Steve Jobs – da la impresión de ser capaz de poner en marcha el sólo proyectos megalómanos. No en vano, según el antropólogo holandés Geert Hofstede que en los años 90 entrevistó a mas de 100.000 empleados de IBM en todo el mundo con el objetivo de entender mejor como difieren las distintas culturas entre sí, Estados Unidos lidera la clasificación de los países mas individualistas del mundo. Y para botón de muestra, no por accidente el inglés es el idioma en el que la primera persona (I) se escribe con mayúscula (tampoco por accidente los siguientes países en esta clasificación de los más individualistas son anglosajones: Australia, Canada y Gran Bretaña).



Leyendo Rafa, libro sobre tenis pero, junto a Winning ugly de Brad Gilbert, sobre todo de mental warfare (dureza mental), uno se da cuenta rápidamente de que el tenis es sobre todo un deporte del olvido, donde el jugador para tener éxito debe aprender a dejar atrás en la memoria constantemente las pifias que acaba de hacer en el punto anterior y a concentrarse en el siguiente punto, es decir, en el futuro. Los mejores jugadores, como Nadal y ahora Djokovic, son los que consiguen puntos espectaculares después de fallar pelotas inverosímiles o que pueden costarles el partido. Esta mirada hacia el futuro también se refleja en que, cuando las cosas les van medio o incluso muy bien, son capaces de transformar y hacer evolucionar su juego a medida que sus rivales hacen lo mismo. Nadal ha tenido que aprender a hacer su juego mas ofensivo y acortar los puntos si desea tener una carrera mas larga y tener alguna posibilidad en los torneos largos contra jugadores como Djokovic que sabía (y sigue sabiendo) como neutralizar su juego defensivo de largos peloteos abriendo ángulos con su revés a dos manos. Djokovic ya trabajó, entre otros muchos aspectos, la dureza mental que hace que ya no se descomponga, blasfeme y rompa raquetas cuando comete fallos. Por eso ganó a Nadal en el Open de Australia. En suma, los jugadores de tenis se reinventan constantemente y tratan de superar el pasado, justo lo que muchos norteamericanos que cambian de ciudad, trabajo y mujer todos los años (hasta la crisis aproximadamente un 20 por ciento de ellos se mudaban de estado cada 12 meses) solían hacer.

Estudiando las taxonomías culturales de Hofstede uno aprende que los Estados Unidos son un país de valores profundamente masculinos en los que no ha lugar a las medias tintas con respecto al lugar que uno ocupa en el mundo. El sentimiento de autoafirmación, la comprensión de que uno tiene éxito o fracaso (aunque naturalmente la mayoría se muevan en amplias zonas grises) permean a toda la sociedad por igual a pesar del contrapeso que teóricamente debería ejercer el colectivismo del pensamiento cristiano. Un sentimiento que se da por igual en el deporte de la raqueta, pura suma cero, en el que el éxito del contrario es mi derrota y viceversa. Aunque a los americanos se les enseña a valorar y a trabajar en equipo en la escuela y la universidad, sus metas son siempre individuales y el reconocimiento, a través de multitud de premios, tiene siempre un rostro con nombre y apellidos. No por casualidad el uso de términos como winner y loser es habitual en este país mientras que sus equivalentes en español, ganador y perdedor, nos suenan algo artificiosos.

Por ultimo, siguiendo el guión marcado por Hofstede, el americano ha sido educado para copar con lo inesperado, lo no escrito en el guión, concepto que el antropólogo holandés identifica como la predisposición para exponerse a circunstancias inesperadas. Al igual que el jugador de tenis es consciente y debe estar preparado para sufrir bastantes lesiones durante su carrera, parar de jugar si se pone a llover durante el partido y tener que suspenderlo antes de que amaine, quedarse esperando en el caso de que el jugador contrario puede necesitar los cuidados del masajista o, como en el partido entre Nadal y Federer en Australia, aceptar que puede empezar una traca de fuegos artificiales de diez minutos con motivo de la fiesta nacional que haga detenerse el match, asimismo el americano no le teme a los riesgos derivados de los vaivenes de la vida. Por eso a muchos de ellos no les preocupa en absoluto que el sistema de salud sea el único privado de todos los países industrializados, una situación que pone en clara desventaja a aquellas personas nacidas con una salud regular, se meten en lo que a muchos españoles les parece el farragoso y estresante mundo de crear una empresa, o han invertido y siguen invirtiendo en bolsa como la mejor manera de cuidar de sus ahorros. Aunque a los españoles les gusta presumir de saber improvisar, lo cierto es que nos asusta lo inesperado y por eso nos gusta vivir en una sociedad en la que hay un exceso de reglas y códigos para todo, tanto en el mundo laboral como en las relaciones personales.

Y si ahora somos buenos en el tenis – se habla y con razón de una escuela española de jugar (Courier, el capitán norteamericano de Copa Davis tras la ultima derrota de su equipo frente al español la definió como de “un tenis cerebral”) no hay que perder la esperanza de que podamos transformar nuestra mentalidad en muchos otros aspectos.

lunes, 6 de junio de 2011

Nadal

Leo hoy en el periódico que Carlos Moyá ha escrito en su cuenta de Twitter sobre la admiración que le provoca que Rafael Nadal tenga las ganas de dar las gracias al público francés tras conseguir su sexto triunfo en Roland Garros. Efectivamente, si ese agradecimiento hubiera procedido de un deportista con un mínimo componente de mala leche, se hubiera interpretado como una provocación o, cuando menos, como una ironía. Desde hace varios años el distinguido público parisino que asiste a este torneo de tenis se dedica a celebrar cada fallo de Nadal y a vitorear al contrario (si, incluso aunque se trate de un jugadores tan desagradables como Soderling).

Las hipótesis que explican este comportamiento se antojan numerosas: puede tratarse simplemente de la particular idiosincracia francesa siempre difícil de descifrar, el aburrimiento de la grada de ver ganar al mismo jugador año tras año, o incluso un cierto sentimiento atávico de superioridad frente a su vecino del sur. Yo más bien me inclino a pensar que se trata de una afirmación de la iconografía que los parisinos han propagado por el mundo de sí mismos. Una percepción emparentada con aspectos como la pulcritud, la elegancia y la sofisticación. Eso es, sin ir más lejos, lo que ayer representaba Federer frente a Nadal. El buen gusto de no tener que correr para ser el mejor jugador de la historia, el saber estar en los anuncios comerciales para firmas como Rolex y Mercedes. Para muchos de ellos la personalidad de Nadal se antoja demasiado agreste en la arcilla, demasiado coraje, demasiada fuerza física, demasiadas carreras y golpes efectivos pero no tan bien perfilados como los de Federer. Encima, Nadal es humilde, a veces demasiado.

En cambio, la recepción que se dispensa a Nadal en Estados Unidos es diametralmente la opuesta. Las características de su tenis cautivan al público norteamericano. Su despliegue físico portentoso, su dureza mental, su afán de mejora constante aunque sea el número uno. También su personalidad. El chico que ha tenido la misma novia desde la adolescencia, que todavía vive con su madre, que sigue diciendo que Federer es el mejor tenista de la historia aunque le gane a menudo. Los americanos aman a Nadal. Todavía me acuerdo de ver como hace poco Larry Ellison, el Presidente de Oracle, vivía, acompañado de su hija, como si le fuera la vida en ello, los partidos de Nadal en el torneo de Indian Wells. Igual que el resto del público. Nadal es el ideal normativo de la psique americana.

jueves, 5 de mayo de 2011

Fútbol y excepcionalismo americano (y III)

El auge del fútbol es considerado un elemento más de disputa en lo que frecuentemente se denomina la guerra cultural entre una América predominantemente rural, blanca, republicana y religiosa y la otra América urbana, multiracial, progresista y secular.

Los primeros verían en la expansion del fútbol una amenaza a los valores y al excepcionalismo norteamericano, mientras que los segundos lo consideran un engarze con el resto del mundo. En su libro How soccer explains the world (Una explicación futbolística del mundo), Frank Foer reúne un catálogo de citas de lo que se ha denominado el antilobby futbolístico americano como por ejemplo esta perla de Tom Weir, un periodista del periódico USA Today, “odiar el fútbol es más americano que la tarta de manzana, conducir un pickup (coche con remolque), o pasar la tarde del sábado con el mando a distancia de la televisión en la mano”. Jack Kemp, un aspirante a la vicepresidencia del gobierno en los años 90 dijo en una ocasión que el fútbol americano “en el que se lanza, se pega una patada y se corre con la pelota en las manos es democrático y capitalista mientras que el fútbol es un deporte europeo y socialista”.

Y es que hay algo de cierto en que para muchos americanos el fútbol se relaciona con gente de países depauperados como México, que no tienen la infraestructura para jugar otros deportes, o con cierta mentalidad europea colectivista (baste recordar que hasta no hace demasiados años los jugadores de fútbol no llevaban ni su nombre en las camisetas, una circunstancia que cambió en este caso por influencia norteamericana). A diferencia de otros deportes genuinamente americanos como el baloncesto, el béisbol o el fútbol americano, en el fútbol los tanteos son rácanos, los patrocinadores no pueden pedir tiempos muertos y no hace falta estar especialmente dotado físicamente para competir. Sin embargo, tal y como aspiran yuppies (el 50 por ciento de los que juegan al fútbol en este país provienen de hogares donde los ingresos son de al menos 75.000 dólares al año) e inmigrantes, el fútbol sigue expandiéndose con fuerza y haciendo América algo menos especial.

martes, 3 de mayo de 2011

Fútbol y excepcionalismo americano (II)

Lo cierto es que la afición al fútbol puede interpretarse como una metáfora de lo que se viene cociendo en América durante los últimos años. Una metáfora de la lenta erosión que se viene produciendo en los valores de lo que se dio en llamar el excepcionalismo americano, es decir, el hecho de que Estados Unidos fuera la única nación en la historia brotada directamente de una revolución basada desde el principio en la igualdad, el individualismo y los principios de libertad económica. Si solía citarse la falta de interés por el fútbol como un rasgo más de la singularidad del carácter americano, eso ya no puede decirse. Aunque parezca lo contrario, la influencia que el resto del mundo ejerce sobre Estados Unidos nunca ha sido mayor.

La potencia del fútbol base en Estados Unidos es extraordinaria, tanto que en España yo no veo en la actualidad nada remotamente parecido. Un par de datos indicativos acerca de la importancia social que está adquiriendo el fútbol los ofrece la Asociación de Fabricantes de Material Deportivo: 15 millones de americanos juegan al fútbol regularmente lo que le convierte en el tercer deporte en importancia en número de practicantes por detrás del baloncesto (26 millones) y el béisbol (16 millones). Esta progresión seguirá en aumento ya que entre las chicas es el deporte más popular en las escuelas con un crecimiento del 226 por ciento en los últimos 20 años. Personalmente he podido comprobar esta explosión en Ellensburg. Por ejemplo, los sábados por la mañana durante los meses de otoño en Ellensburg no hay literalmente ni un solo niño, ni niña, que no acuda a jugar el torneo local en uno de los 12 campos de hierba que componen unas instalaciones impresionantes.

La afición por el fútbol ha dado lugar a extraños compañeros de cama. Por un lado, nos encontramos con la inmigración latina (sobre todo mejicana) y, por otro, con un numeroso segmento de la población, no sólo, pero en un importante porcentaje, integrado por personas de nivel socioeconómico alto que vive en zonas urbanas. Los primeros, practican el fútbol cuando sus duros horarios laborales se lo permiten y siguen la liga mejicana en los canales hispanos; los segundos apuntan a sus hijos a equipos de fútbol de las federaciones locales y siguen la liga inglesa con fruición. La guerra cultural del fútbol está servida. Si el fútbol acaba triunfando en América, como parecen empeñados los latinos y los snobs, ¿qué es lo que le queda al excepcionalismo americano?

jueves, 28 de abril de 2011

Fútbol y excepcionalismo americano (I)

La pasión que estos días se vive en España con los múltiples enfrentamientos entre Real Madrid y Barcelona me trae a la cabeza la diferente relación que tienen los americanos con el deporte en general y con el fútbol en particular.

“Más que un club” o “más que un partido” son latiguillos recurrentes en los medios de comunicación españoles para referirse a este tipo de partidos. Sin embargo, en todos los años que he vivido en Estados Unidos jamás he escuchado o leído frases semejantes para referirse a un acontecimiento deportivo. Para el americano el deporte es sobre todo show, espectáculo y la emoción se termina cuando acaba el partido. Las ligas profesionales se basan en franquicias que están en manos de patrocinadores. En una mayoría de los casos, los equipos representan en primer lugar a la marca comercial que los financia y, secundariamente, a la ciudad en la que están localizados. Me viene a la cabeza el ejemplo del equipo de baloncesto Seattle Supersonics que, tras 40 años jugando en Seattle y ganar un título de la NBA, decidió marcharse a Oklahoma City tras ser vendido por su dueño Howard Schultz, el dueño de Starbucks, a un grupo de inversores de esta ciudad. Algo así como si el Sevilla se pusiera en venta y pasara a ser de un día para otro el equipo de la ciudad de Salamanca.

Sólo así se explica lo que está sucediendo con el fútbol (o soccer que es como aquí se le llama para diferenciarlo del fútbol americano), un juego con muy poca tradición en este país como deporte de élite. La liga local, bautizada como MLS (Major League Soccer), es sin embargo cada vez más popular. Las franquicias se multiplican. En 2009 Seattle adquirió su propia franquicia, los Seattle Sounders. En 2011 el equipo de la vecina ciudad de Portland, los Portland Timbers, ha empezado a jugar en primera división. Revistas, periódicos y programas deportivos hablan ya calurosamente de la rivalidad futbolística que se está fraguando en esta zona del país. Que no haya tradición es lo de menos. De hecho, los americanos en general no creen en las tradiciones (por eso son tan innovadores). Si hay que inventarlas, pues se inventan.