Consejos American Psique: meritocracia
Mostrando entradas con la etiqueta meritocracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta meritocracia. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de octubre de 2014

Good job!

Esta es la expresión que más se oye en las competiciones deportivas infantiles a lo largo y ancho de Norteamérica. Especialmente los sábados por la mañana que es cuando el fútbol se convierte en el centro de la vida.

El good job que literalmente significa buen trabajo puede oirse unas 150 o 200 veces por partido, partidos que suelen durar alrededor de los 50 minutos. Lo dice el padre, la madre, los abuelos y los entrenadores, por supuesto, ya que si no serían seriamente cuestionados.

Da lo mismo que el niño o la niña no acierte a pegar a la pelota, la de para atrás, la mande a tomar vientos de un patadón o al portero se le escurra entre las manos. Es la intención, el derroche de energía, aunque sea mínimo, lo que cuenta.

Pero nadie se engaña, incluso los niños saben que se trata de una representación colectiva.

Los chavales parecen futbolistas con sus trajes pagados por patrocinadores, sus botas de fútbol reglamentarias, sus espinilleras aunque los partidos sean de guante blanco, su cantimplora de agua en las rotaciones y sus barritas energéticas durante o después de los partidos. Muchos de ellos recibirán una medalla o un trofeo cuando termine la competición.

Los padres no pierden la ocasión de mostrar públicamente el amor que sienten por sus hijos a los que animan, toman fotos y filman las evoluciones sin tregua.

Es la cultura del refuerzo positivo, de la autoestima en la que el orgullo personal no se basa tanto en el aprecio del mérito como en la generación de autoconfianza. A los niños se les enseña que uno es especial si se siente especial y le hacen sentir especial, no necesariamente porque haga cosas especiales. Y este movimiento, yo diría mundial, a juzgar por las cosas que veo cuando voy a España ha tenido su matriz en Estados Unidos, para que luego digan que el imperio americano está declinando en cuanto a ideas.

Estados Unidos no ha dejado de ser el país más meritocrático del mundo. Sin embargo, hoy día esta meritocracia se combina con una cultura paralela que sugiere que el mérito más importante de todos, el que le puede hacer a uno la vida más fácil cuando se haga mayor, es sentir que  lo que hace tiene mérito, es importante aunque no lo sea. Es el mérito que tiene sentirse meritorio, especial, sabiendo prescindir convenientemente de la sustancia, algo que no está al alcance de todos ya que en cualquier momento nos da un bajón y empezamos a vernos como lo que somos, seres normales.

En este nuevo mundo, contar los goles a favor o en contra, ganar al contrario, está proscrito a pesar de que los padres compiten entre ellos a todas horas por demostrar a los otros que sus hijos viven las mejores experiencias, van al mejor colegio, tienen las mejores vacaciones y llevan las mejores mochilas.

Si yo fuera un niño estaría confuso. Demasiados mensajes mezclados.


A veces pienso que los padres estarían mucho major quietos y callados.

jueves, 4 de julio de 2013

La beca vista como incentivo

Estados Unidos es el país de las becas. La cantidad de ayudas ofrecidas por instituciones públicas y privadas es casi inagotable. Lógicamente, como cualquier beca que se precie, nunca son suficientes para atender toda la demanda.

Comparto con vosotros un artículo que publique en elconfidencial.com en el que, entre otras cosas, explicaba la diferencia entre como en la cultura americana la beca se entiende fundamentalmente como incentivo mientras que en la cultura española es un subsidio y, por lo visto tras la última polémica con respecto a la ley Wert, la opinión publica de España quiere que siga siendo así.

No sé si estaréis de acuerdo con mi punto de vista, pero al menos espero que os interese la diferencia entre la concepcion norteamericana y la nuestra.

http://blogs.elconfidencial.com/espana/tribuna/2013/06/26/becas-subsidios-o-incentivos-11542

sábado, 8 de septiembre de 2012

Las nuevas zapatillas de Lebron James

Aunque suele ponerse a Francia e Italia como los países iconos de la moda, sabemos que no es cierto. No es sino mera hipocresía (o nostalgia) de una élite que sabe que ha perdido el gusto por el gusto. En un mundo que los grandes gurús del periodismo estadounidense como Thomas Friedman o Fared Zakaria se empeñan en denominar de postnorteamericano por la fuerza de las estadísticas más que de la realidad, no deja de sorprenderme que el aspecto de las personas de todas las edades por todo el mundo sea, sin excepción, el de los vilipendiados teenagers de la generación millennial estadounidense. ¿Acaso dictar al resto del mundo como se vista y calza no es una prueba de poder aunque pueda catalogarse de poder suave?

Capítulo aparte en el mundo de la moda merecen las zapatillas deportivas que han desbancado claramente de un tiempo a esta parte como objeto de deseo a los grandes zapateros italianos o a los Blahnik de turno. La informalidad, la juventud y la espontaneidad unidas a la fama, el dinero o la belleza son una combinación insuperable. La culpa de todo ello no tiene nombres y apellidos como siempre gusta buscar pero si una forma de pensar que, con raíces en Norteamérica, desde los primeros tiempos ha gustado de diferenciar a las personas no tanto por sus orígenes sociales sino por sus actos. En un mundo postcool lógicamente tiene sentido que lo cool sea vestir como todo el mundo unas zapatillas Nike o Asics de colores llamativos e imposibles que, al menos aparentemente, nos recuerdan que todos somos personas a los que únicamente diferencian nuestros méritos.




Es la utopía norteamericana que da una vuelta más de rosca con el muy cacareado lanzamiento por Nike de las zapatillas de deporte más caras de la historia. Las nuevas Lebron James que salen al mercado al nada módico precio de 315 dólares. ¿A qué público van destinadas estas nuevas zapatillas? ¿Acaso ha surgido una nueva casta socioeconómica que trata de imponer como estándar de distinción social el calzado de baloncesto? Es verdad que el fenómeno no es del todo nuevo. Llevamos dos o tres décadas en que los raperos llevan creando modas de vestir basadas en el mundo del deporte que han triunfado entre sus numerosos émulos y multitud de adolescentes con problemas de identidad. Pero hay quien dice que este modelo y este precio supone un salto cualitativo y cuantitativo en un periodo de aguda crisis económica.

Mientras tanto, no me cabe duda de que el multimillonario Bill Gates, el actor-director Ben Affleck o el escritor Jonathan Franzen seguirán calzando zapatillas convencionales de 60 pavos, dejando claro lo que hace diferente a las personas y a Norteamérica del resto del mundo.

No se si el nuevo modelo triunfará, pero de momento ha cambiado algunas reglas del marketing norteamericano como los lanzamientos y las colas a medianoche por los problemas de seguridad que pueden generar su alto precio. Sin embargo, parafraseando un dicho español, estoy seguro de que en este país podrá decirse aquello de dime que zapatillas de deporte llevas y te diré quien no eres.

lunes, 2 de enero de 2012

Las tarjetas regalo de Starbucks y la simetría

Pocos días antes de las vacaciones de navidad, una de sus alumnas regaló a mi mujer, también profesora universitaria, una tarjeta regalo de cinco dólares para gastar en Starbucks. El regalo era en agradecimiento a la labor que había desarrollado como coordinadora o advisor de una publicación online del departamento de periodismo de la que esta estudiante ha sido la directora durante un trimestre.

No se si será por deformación profesional pero mi primera reacción fue analizar la acción desde un punto de vista comunicativo. Pensé en que esta estudiante podría haber elegido invitar a mi mujer a tomar el café en la universidad un día cualquiera pero probablemente lo había desestimado por el riesgo de recibir una negativa, de que la conversación se tornara incómoda o que una acción tan efímera le quitara lustre y emotividad al gesto. Por otro lado, me llamó la atención el formato del regalo. Un formato que permite posponer y alargar la emoción del sentimiento de reconocimiento por el alumno, quizás la mayor satisfacción que puede sentir cualquier profesor. En resumen, me pareció una acción de relaciones públicas perfectamente concebida en su modestia.

Después de todo, y visto fríamente, lo que hizo esta estudiante no fue sino invitar a mi mujer a un simple café, un café fancy quizás, un latte grande con leche de soja o un frapuccino de algún sabor inverosimil o cualquier otra de las diecinueve mil combinaciones posibles de café que pueden darse en Starbucks. Sin embargo, había algo que no acababa de resultarme natural en este tipo de iniciativa y que no estaba estrictamente relacionado con el valor cuantitativo del regalo. Un algo que pienso que tiene que ver con mi condición de español y una idea del resentimiento social de la cual nos cuesta desprendernos. Los españoles tenemos presente la existencia de relaciones de poder mucho mas que los americanos y, por tanto, nos sigue chocando que aquellos que deberían sentirse legítimamente como acreedores respecto a aquellos que ostentan el poder se transformen en lo contrario como en el caso de esta estudiante. En nuestro país este resentimiento lo percibo bastante a menudo (no siempre, afortunadamente) en la rudeza de los modales de aquellos cuya actividad se relaciona con el servicio al cliente, en la forma en que los ciudadanos perciben la crisis como un juego de suma cero en el que si alguien gana todos pierden o en la visión denigratoria que los empleados tienen de sus jefes.

A decir verdad, me sentí, en cierto modo, incluso un pelín decepcionado de que todos los estudiantes no sean como los profesores los retratan a menudo: desagradecidos, arrogantes, perezosos, resentidos... Pensé como en mis tiempos de estudiante en la Complutense, tras una experiencia parecida a la de esta alumna, a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido regalarle nada al profesor, más bien al contrario hubieramos esperado que a final de curso el profesor, en agradecimiento al buen rollito generado en la clase, nos hubiera invitado a tomar unas cañas a un grupo de escogidos. No es que aquí, en America, no haya profesores que inviten a un café y muffins a los alumnos a final del trimestre (a cañas es más difícil por la prohibición del consumo de alcohol hasta los 21 años) pero si es mucho más habitual que se produzca una reciprocidad que en una mayoría de los casos es sincera ya que los alumnos son escrupulosos en tener este tipo de gestos cuando las notas han sido puestas en el sistema informático.

Empecé a pensar que una característica de la sociedad norteamericana es, a pesar de las objetivas desigualdades sociales (que, por cierto, son en muchos sentidos inferiores a las de la sociedad española), la existencia de simetría en las relaciones laborales y personales. Y esto se produce porque, en oposición a la idea de panóptico de Bentham, un concepto de poder disciplinario todavía común en España basado en que los que se encuentran en lo alto de la jerarquía vigilan (y premian) a los que se hallan en los estratos inferiores, en América muchas organizaciones funcionan como en una plaza pública donde, a pesar de las diferencias de rango y salario, todo el mundo observa a todo el mundo que se siente con capacidad para enjuiciar, premiar o castigar. Debido a ello incluso un estudiante que pronto se graduará en periodismo con un deuda en préstamos estudiantiles de ochenta mil dólares y en un mercado laboral más que complicado puede sentir la suficiente gratitud para comprar una tarjeta regalo de Starbucks de 5 dólares a un profesor titular de una universidad pública con el salario prácticamente garantizado de por vida.