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martes, 1 de julio de 2014

Café a 3 euros para pagar la universidad


Starbucks tiene el dudoso mérito de haber convencido a bastante gente que es lícito pagar 3 euros por un café servido en vaso de papel y por el que tienes aguardar una cola para recogerlo. Hay que decirlo todo, claro. En su haber, también hay que decir que el café es siempre correcto y los establecimientos están limpios, son cómodos, la música es decente y puedes estar el tiempo que quieras sin que ningún camarero te de la brasa cada cinco minutos para que consumas más.

Quizás hay que aguantar algunas americanadas de los baristas como eso de “que tengas un buen día” que suena tan raro dicho en español pero no parece un detalle tan importante.

Pero ante el anuncio que acaba de realizar en Estados Unidos de que pagará los estudios universitarios a todos aquellos de sus 135.000 empleados que lo deseen, sólo cabe quitarse el sombrero. Es verdad que tiene algo de truco, ya que los estudios tienen que ser realizados online y en Arizona State University (ASU), que, sin embargo, es una buena universidad. En todo caso, la empresa se compromete a pagar íntegramente los dos últimos años de licenciatura (que cuestan 10.000 dólares cada uno) y los dos primeros en alrededor de un 60 por ciento a través de becas y préstamos concedidos por Starbucks y la propia universidad.

Todo empleado que trabaje más de 20 horas con la compañía es apto para recibir las ayudas y sólo se requiere que mantenga su empleo durante el tiempo que duren sus estudios sin ningún compromiso posterior.

No es nada extraño que las compañías paguen los estudios de sus empleados en Estados Unidos pero suele tratarse empleos cualificados. La novedad es que es la primera vez que una iniciativa de este tipo afecta a la franja de empleos considerados de baja cualificación. No hay que olvidar que Starbucks es la cadena de hostelería con más establecimientos del mundo (si, más que McDonalds) y que en Estados Unidos sus empleados ganan el salario mínimo aunque tienen algunos beneficios más que en otras cadenas de comida rápida.

La iniciativa ha sido destacada en toda la prensa americana, tiene que ver con asociarse con uno de los valores supremos para el progreso, la educación, y la claudicación que la mayoría de los estados americanos han realizado en lo que se refiere a la educación superior donde han reducido sustancialmente la aportación pública que ha caído en algunos estados a un testimonial 15 por ciento del coste total de la matrícula.

Se que en España, donde la desconfianza (muchas veces con razón) hacia las empresas es secular, esta iniciativa se verá con mucho más cinismo (somos más cínicos en general, para que vamos a engañarnos) que en la sociedad americana donde los ciudadanos no se avergüenzan de mostrar aprecio a las corporaciones que lo hacen bien. Convendría, sin embargo, tenerla en cuenta sobre todo porque el vaciamiento de las responsabilidades del estado se está produciendo en numerosos ámbitos y alguien tendrá que cubrirlo.

Nike ha promovido el patriotismo español sin sentir vergüenza, Burger King hizo lo mismo con los valores familiares, ¿se atreverá alguien con la educación y la universidad en plan masivo y no a través de los consabidos planes de becas que siempre son para cuatro como hacen la Caixa o el Banco de Santander? 

lunes, 2 de enero de 2012

Las tarjetas regalo de Starbucks y la simetría

Pocos días antes de las vacaciones de navidad, una de sus alumnas regaló a mi mujer, también profesora universitaria, una tarjeta regalo de cinco dólares para gastar en Starbucks. El regalo era en agradecimiento a la labor que había desarrollado como coordinadora o advisor de una publicación online del departamento de periodismo de la que esta estudiante ha sido la directora durante un trimestre.

No se si será por deformación profesional pero mi primera reacción fue analizar la acción desde un punto de vista comunicativo. Pensé en que esta estudiante podría haber elegido invitar a mi mujer a tomar el café en la universidad un día cualquiera pero probablemente lo había desestimado por el riesgo de recibir una negativa, de que la conversación se tornara incómoda o que una acción tan efímera le quitara lustre y emotividad al gesto. Por otro lado, me llamó la atención el formato del regalo. Un formato que permite posponer y alargar la emoción del sentimiento de reconocimiento por el alumno, quizás la mayor satisfacción que puede sentir cualquier profesor. En resumen, me pareció una acción de relaciones públicas perfectamente concebida en su modestia.

Después de todo, y visto fríamente, lo que hizo esta estudiante no fue sino invitar a mi mujer a un simple café, un café fancy quizás, un latte grande con leche de soja o un frapuccino de algún sabor inverosimil o cualquier otra de las diecinueve mil combinaciones posibles de café que pueden darse en Starbucks. Sin embargo, había algo que no acababa de resultarme natural en este tipo de iniciativa y que no estaba estrictamente relacionado con el valor cuantitativo del regalo. Un algo que pienso que tiene que ver con mi condición de español y una idea del resentimiento social de la cual nos cuesta desprendernos. Los españoles tenemos presente la existencia de relaciones de poder mucho mas que los americanos y, por tanto, nos sigue chocando que aquellos que deberían sentirse legítimamente como acreedores respecto a aquellos que ostentan el poder se transformen en lo contrario como en el caso de esta estudiante. En nuestro país este resentimiento lo percibo bastante a menudo (no siempre, afortunadamente) en la rudeza de los modales de aquellos cuya actividad se relaciona con el servicio al cliente, en la forma en que los ciudadanos perciben la crisis como un juego de suma cero en el que si alguien gana todos pierden o en la visión denigratoria que los empleados tienen de sus jefes.

A decir verdad, me sentí, en cierto modo, incluso un pelín decepcionado de que todos los estudiantes no sean como los profesores los retratan a menudo: desagradecidos, arrogantes, perezosos, resentidos... Pensé como en mis tiempos de estudiante en la Complutense, tras una experiencia parecida a la de esta alumna, a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido regalarle nada al profesor, más bien al contrario hubieramos esperado que a final de curso el profesor, en agradecimiento al buen rollito generado en la clase, nos hubiera invitado a tomar unas cañas a un grupo de escogidos. No es que aquí, en America, no haya profesores que inviten a un café y muffins a los alumnos a final del trimestre (a cañas es más difícil por la prohibición del consumo de alcohol hasta los 21 años) pero si es mucho más habitual que se produzca una reciprocidad que en una mayoría de los casos es sincera ya que los alumnos son escrupulosos en tener este tipo de gestos cuando las notas han sido puestas en el sistema informático.

Empecé a pensar que una característica de la sociedad norteamericana es, a pesar de las objetivas desigualdades sociales (que, por cierto, son en muchos sentidos inferiores a las de la sociedad española), la existencia de simetría en las relaciones laborales y personales. Y esto se produce porque, en oposición a la idea de panóptico de Bentham, un concepto de poder disciplinario todavía común en España basado en que los que se encuentran en lo alto de la jerarquía vigilan (y premian) a los que se hallan en los estratos inferiores, en América muchas organizaciones funcionan como en una plaza pública donde, a pesar de las diferencias de rango y salario, todo el mundo observa a todo el mundo que se siente con capacidad para enjuiciar, premiar o castigar. Debido a ello incluso un estudiante que pronto se graduará en periodismo con un deuda en préstamos estudiantiles de ochenta mil dólares y en un mercado laboral más que complicado puede sentir la suficiente gratitud para comprar una tarjeta regalo de Starbucks de 5 dólares a un profesor titular de una universidad pública con el salario prácticamente garantizado de por vida.