Consejos American Psique: liderazgo
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lunes, 20 de julio de 2015

Cinco lecciones vitales de Carlos de Masterchef


He descubierto tarde, muy tarde quizás, Masterchef. Tanto es así que estoy siguiendo con atención la repetición de la última temporada en Clan este mes de julio.

No es tanto el aspecto culinario lo atractivo del programa. No todo es positivo en lo que se refiere a la obsesión de la época que vivimos por la gastronomía. De la frugalidad por obligación se ha pasado a la gula por elección en menos que canta un gallo. Comer bien se sobrevalora, me incluyo ahí, en ausencia de metas e ideales más elevados pero de más difícil consecución.

El auge de los placeres inmediatos y frecuentes como el sexo y la comida llenan un vacío, el que antes correspondía a Dios, la patria, las ideologías o la vida eterna. Para muchos, esa es la conquista de nuestra época. Tengo dudas.

Sin embargo, si uno contempla Masterchef a la ligera y sin tomarse demasiado en serio la importancia de ser cocinero profesional, profesión muy respetable por otro lado, puede llevarse varias satisfacciones.

La primera de ellas es recuperar una tradición casi extinguida, que es la de congregar a viejos, maduros y jóvenes delante del televisor viendo la misma cosa. Tiempo de calidad en familia, se dice ahora en expresión de manual de autoayuda, a lo que antes era la norma pero sin pretensiones.

La segunda es que pueden compartirse lecciones básicas y necesarias con los hijos, o con cualquiera, acerca de lo que hacer y no hacer en la vida y en el trabajo de algunos de los concursantes. En particular, me ha impresionado el liderazgo, la calidad personal y la ética del trabajo de Carlos, el ganador de la última edición.

Los chavales actuales tienen mucho que aprender de esta persona de apariencia vulgar, poco instruida y con un enorme talento natural para los fogones. Se me ocurren al menos cinco cualidades que Carlos tiene y, en general, escasean entre jóvenes y mayores.

1.    Actitud para asumir críticas y obedecer órdenes sin que su creatividad queda coartada. Carlos interioriza y procesa todo lo que los jurados le reprochan sin que su creatividad se vea menoscabada en ningún momento. En lugar de reaccionar defensivamente, siempre ofrece una sonrisa genuina, que le sale bastante de dentro. Nunca dice esa cosa tan frecuente de que por seguir órdenes ha tenido que dejar de hacer algo.

2.    Nunca se le ve criticando a un compañero con mala intención. Fuera de los fogones siempre tiene comentarios respetuosos. Dentro de los fogones, cuando ejerce por ejemplo de capitán de equipo y ve que las cosas no se hacen bien, hace comentarios firmes pero suaves. Siempre se le ve dando el callo y predicando con el ejemplo.

3.    Su actitud ante cada desafío culinario, pongamos la repostería que no es su fuerte, es siempre positiva sin amilanarse ante las situaciones pero tampoco cayendo en la arrogancia o la positividad fácil y sin argumentos, que son tan frecuentes. Eso de “voy a por todas” que se oye en tantos concursantes y que resulta risible y banal con tanta frecuencia.

4.    Nunca pierde la compostura. No se le ha visto llorar ni perder los papeles en ningún momento del concurso. Es esta una cualidad, la de mantener el tipo, que parece estar cayendo en desuso. En esta era del yo, de la expresión de la emotividad, parece que el que no lloriquea por cualquier contrariedad, no tiene sentimientos.

5.    Carlos se exige al máximo. Hay momentos del concurso en que le hubiera bastado bastante menos para pasar las rondas y, sin embargo, hurga en sus pasiones y busca aportar valor a todo lo que hace.

Carlos, el chaval de Talavera, da lecciones de liderazgo, saber hacer y estar a mucho pedante que hace másteres en Estados Unidos y estudió en el Liceo Francés.

domingo, 19 de abril de 2015

Creérselo


Dice Patrick Mouratoglou, entrenador de Serena Williams, en una entrevista con L’Equipe que Nadal y su equipo se pasan de pesimistas, de sinceros acerca de la flojera mental que le está costando tantos partidos. Según él, Serena Williams, número uno mundial del tenis femenino, nunca hubiera reaccionado de la misma manera.
“Durante unos años, no ha habido un jugador que pensara que podía ganarle en tierra batida. Salían a la pista derrotados. Ahora, eso cambiará”, asegura Mouratoglou.
Más allá de lo que pueda tener de táctica fácil para descargar presión, es verdad que Nadal ha sido siempre un poco así. Ganaba a Federer una vez tras otra y en la ceremonia de premios seguía diciendo que el suizo era el mejor jugador de la historia. Su tío, Toni Nadal, no deja de decir que Federer es mejor, que Djokovic tiene más talento, que no admira a su sobrino.
Es cierto lo que dice el francés Mouratoglou, no sólo acerca de Serena Williams sino de prácticamente cualquier deportista o individuo que aspire a algún tipo de liderazgo en la sociedad norteamericana. Los trapos sucios, las inseguridades, las lava uno a solas, con su conciencia, no se airean nunca. Tener confianza, una autoestima alta es el camino hacia la superación, ya supone haber triunfado de alguna manera. No en vano, aunque los resultados de los estudiantes norteamericanos son más que mediocres en el informe PISA, son lo que demuestran mayorconfianza. Algo tiene que ver con el afán por crear empresas incluso a pesar de haber cosechado fracasos en el pasado.
Esta situación choca con el carpetovinismo. En su libro España3.0, necesitamos resetear el país, Javier Santiso se cansa de decir que los españoles tienen que creerse que pueden inundar el mundo con Start Ups, que hay gran cantidad de historias de éxito, que la calidad de vida en España no tiene parangón, que la piel de toro puede hacer lo que han hecho Corea del Sur e Israel, es decir, moverse del modelo económico del turismo y el ladrillo a la tecnología de valor añadido. Dice muchas veces lo de “hay que creérselo.”
Me chocó el otro día un reportaje en TVE, creo que era de Comando Actualidad, en el que el periodista estaba en Sevilla entrevistando a un empresario de Sevilla y no se cansaba de resaltar que en la ciudad del Nervión había una empresa de éxito en la que sus empleados eran sevillanos pata negra, es decir, gente apellidada García, Gómez o Fernández, supongo. Joder, que proeza, a estas alturas de siglo.
Algo hay de cierto. Los españoles conjuran la exageración, generalmente acerca de sus fracasos, con una mirada limpia, prístina, teresiana de la realidad, que transmite honradez y crea cercanía pero al mismo tiempo desmitifica todo lo que hacemos. Es aquello de, después de recibir un halago por una prenda, el halagado dice “lo compré en las rebajas, 15 euros”.
Luego nos extraña que los vinos españoles se vendan de media por 4 o 5 veces lo que cuesta un vino francés, que el aceite de oliva se considere un producto primordialmente italiano a pesar de que España produce el 40 por ciento del aceite mundial y acapare los premios en las competiciones internacionales.
Unicamente somos capaces de vender lo que hacemos, cuando rebajamos y desmitificamos lo que hacen los demás, en lo que también somos expertos.
Así nos va. Hay que creérselo, sí, aunque sea porque los demás son, al menos, tan malos como nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2012

El tenis y la psique americana

Después de leer Rafa, my story de John Carlin y seguir bastante de cerca el desarrollo del Open de Australia de tenis cada vez estoy más convencido de que el tenis está hecho a la medida de la psique norteamericana. Aunque el tenis americano ahora este en horas bajas, lo cierto es que ningún otro país ha cosechado en el pasado tantos éxitos en este deporte como los Estados Unidos. Y el hecho de que los españoles han dominado este deporte durante la última década me hace concebir esperanzas de que no hay nada escrito acerca del carácter inalterable de los pueblos.

Para empezar el tenis es probablemente el deporte más individualista que existe, en el que el que se experimenta una mayor soledad que pone a prueba al deportista durante un largo periodo de tiempo expuesto a una multitud. Por algo no resulta difícil ver a los jugadores hablar, hacer comentarios, enfadarse y reírse solos en medio de la pista en los transcursos de los partidos. El tenis provoca unas sensaciones muy distintas al deportista que, por ejemplo, el fútbol en el que el espíritu cooperativo que debe imperar hace que, en muchos casos, se diluyan las responsabilidades. Unas sensaciones no muy distintas a las que se han asociado históricamente con la figura del cowboy, único responsable de su destino, que discurre durante meses por las vastas extensiones del oeste americano o con el mas actual personaje del entrepreneur (empresario) que – a lo Bill Gates o Steve Jobs – da la impresión de ser capaz de poner en marcha el sólo proyectos megalómanos. No en vano, según el antropólogo holandés Geert Hofstede que en los años 90 entrevistó a mas de 100.000 empleados de IBM en todo el mundo con el objetivo de entender mejor como difieren las distintas culturas entre sí, Estados Unidos lidera la clasificación de los países mas individualistas del mundo. Y para botón de muestra, no por accidente el inglés es el idioma en el que la primera persona (I) se escribe con mayúscula (tampoco por accidente los siguientes países en esta clasificación de los más individualistas son anglosajones: Australia, Canada y Gran Bretaña).



Leyendo Rafa, libro sobre tenis pero, junto a Winning ugly de Brad Gilbert, sobre todo de mental warfare (dureza mental), uno se da cuenta rápidamente de que el tenis es sobre todo un deporte del olvido, donde el jugador para tener éxito debe aprender a dejar atrás en la memoria constantemente las pifias que acaba de hacer en el punto anterior y a concentrarse en el siguiente punto, es decir, en el futuro. Los mejores jugadores, como Nadal y ahora Djokovic, son los que consiguen puntos espectaculares después de fallar pelotas inverosímiles o que pueden costarles el partido. Esta mirada hacia el futuro también se refleja en que, cuando las cosas les van medio o incluso muy bien, son capaces de transformar y hacer evolucionar su juego a medida que sus rivales hacen lo mismo. Nadal ha tenido que aprender a hacer su juego mas ofensivo y acortar los puntos si desea tener una carrera mas larga y tener alguna posibilidad en los torneos largos contra jugadores como Djokovic que sabía (y sigue sabiendo) como neutralizar su juego defensivo de largos peloteos abriendo ángulos con su revés a dos manos. Djokovic ya trabajó, entre otros muchos aspectos, la dureza mental que hace que ya no se descomponga, blasfeme y rompa raquetas cuando comete fallos. Por eso ganó a Nadal en el Open de Australia. En suma, los jugadores de tenis se reinventan constantemente y tratan de superar el pasado, justo lo que muchos norteamericanos que cambian de ciudad, trabajo y mujer todos los años (hasta la crisis aproximadamente un 20 por ciento de ellos se mudaban de estado cada 12 meses) solían hacer.

Estudiando las taxonomías culturales de Hofstede uno aprende que los Estados Unidos son un país de valores profundamente masculinos en los que no ha lugar a las medias tintas con respecto al lugar que uno ocupa en el mundo. El sentimiento de autoafirmación, la comprensión de que uno tiene éxito o fracaso (aunque naturalmente la mayoría se muevan en amplias zonas grises) permean a toda la sociedad por igual a pesar del contrapeso que teóricamente debería ejercer el colectivismo del pensamiento cristiano. Un sentimiento que se da por igual en el deporte de la raqueta, pura suma cero, en el que el éxito del contrario es mi derrota y viceversa. Aunque a los americanos se les enseña a valorar y a trabajar en equipo en la escuela y la universidad, sus metas son siempre individuales y el reconocimiento, a través de multitud de premios, tiene siempre un rostro con nombre y apellidos. No por casualidad el uso de términos como winner y loser es habitual en este país mientras que sus equivalentes en español, ganador y perdedor, nos suenan algo artificiosos.

Por ultimo, siguiendo el guión marcado por Hofstede, el americano ha sido educado para copar con lo inesperado, lo no escrito en el guión, concepto que el antropólogo holandés identifica como la predisposición para exponerse a circunstancias inesperadas. Al igual que el jugador de tenis es consciente y debe estar preparado para sufrir bastantes lesiones durante su carrera, parar de jugar si se pone a llover durante el partido y tener que suspenderlo antes de que amaine, quedarse esperando en el caso de que el jugador contrario puede necesitar los cuidados del masajista o, como en el partido entre Nadal y Federer en Australia, aceptar que puede empezar una traca de fuegos artificiales de diez minutos con motivo de la fiesta nacional que haga detenerse el match, asimismo el americano no le teme a los riesgos derivados de los vaivenes de la vida. Por eso a muchos de ellos no les preocupa en absoluto que el sistema de salud sea el único privado de todos los países industrializados, una situación que pone en clara desventaja a aquellas personas nacidas con una salud regular, se meten en lo que a muchos españoles les parece el farragoso y estresante mundo de crear una empresa, o han invertido y siguen invirtiendo en bolsa como la mejor manera de cuidar de sus ahorros. Aunque a los españoles les gusta presumir de saber improvisar, lo cierto es que nos asusta lo inesperado y por eso nos gusta vivir en una sociedad en la que hay un exceso de reglas y códigos para todo, tanto en el mundo laboral como en las relaciones personales.

Y si ahora somos buenos en el tenis – se habla y con razón de una escuela española de jugar (Courier, el capitán norteamericano de Copa Davis tras la ultima derrota de su equipo frente al español la definió como de “un tenis cerebral”) no hay que perder la esperanza de que podamos transformar nuestra mentalidad en muchos otros aspectos.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Confianza

Realizar un seguimiento de las ruedas de prensa de los jugadores durante el Open de Tenis de los Estados Unidos constituye una buena manera de apreciar las diferente manera de construir la confianza en uno mismo de los jugadores norteamericanos y los europeos o los latinoamericanos. Mientras que Nadal no ha tenido reparos en afirmar que de un tiempo a esta parte le falta confianza en sus golpes o Del Potro se ha permitido mencionar sus problemas físicos, nunca escucharemos a un solo tenista estadounidense mostrar signos verbales de flaqueza. Andy Roddick, el tenista bandera estadounidense hasta hace poco y en lento pero firme declive, ha insistido desde el principio en el buen momento de forma en que se encontraba y la confianza que siente en el torneo. Este es el caso de otros tenistas estadounidenses menores.

Para un americano mostrar confianza aunque no la sienta es un modo de adquirirla y proyectarla hacia los demás. Esta es una noción que se aprende desde edades tempranas hasta por los alumnos menos aventajados y que el resto del mundo ha imitado en buena parte mediante los libros de autoayuda. Fuera del mundo corporativo la vemos con peores ojos. Para terminar de decirlo todo, un factor que redime a los americanos en este aspecto es que no sólo se ensalzan a si mismos sino que son extraordinariamente generosos con los demás por lo que la excesiva confianza no se percibe como síntoma de arrogancia. Esta es probablemente la causa por la que el propio Nadal o David Ferrer, elogiados numerosas veces por el jugador americano, se deshacen en elogios hacia Roddick y destacan su nobleza.



martes, 31 de mayo de 2011

Decisiones

Desde su más tierna infancia los americanos están acostumbrados a tomar decisiones. El sistema educativo puede presentar numerosas carencias, sobre todo en el terreno de las humanidades, pero es efectivo en generar individuos con iniciativa. De hecho, pocas cosas hay que admiren más los americanos que la autoconfianza. Los padres entrenan a sus hijos desde pequeños a decidir sobre su destino. A los niños, aunque tengan cinco años, se les consulta en cuestiones como el tipo de escuela, el modelo de coche, la ropa, la comida del día o el lugar de vacaciones. Tanto es así, que en algunas escuelas secundarias ubicadas en Sillicon Valley, determinados programas se centran en estimular a los estudiantes a la creación de nuevas empresas.


La delicada forma que tienen de tratarse unos a otros, en las que el tono imperativo y la reprimenda siempre parecen estar ausentes aunque los errores sean obvios, también parece haber sido concebida para no erosionar la confianza de los demás que es el bien más preciado. La excesiva franqueza o la negatividad resultan de mal gusto y son siempre sustituidas por sugerencias en positivo que hacen presumir que el individuo hará las cosas bien en un futuro.


La experiencia universitaria es en buena parte el producto de la toma de decisiones acerca de multiples aspectos. Qué clases tomar y en cuantos trimestres o semestres acabar los estudios, la cantidad a endeudarse, a qué asociaciones pertenecer, en qué asociaciones presentarse como candidato para tener una responsabilidad ejecutiva, escribir o no para el periódico de la escuela, realizar labores de voluntariado, etc… Haber leído Tristam Shandy puede considerarse un rasgo de relativa clase pero nunca tanto como crear una startup company.

martes, 24 de mayo de 2011

Mentor

Trabajar en Estados Unidos, y particularmente en un contexto educativo universitario, implica escuchar en bastantes ocasiones una palabra que en España ha desaparecido prácticamente del dominio público, el término mentor. La etimología es la misma tanto en español como en inglés y viene a significar consejero o guía. Mientras que para nosotros los españoles es un concepto que nos remite a una era pasada en la que quizá determinados artistas o intelectuales jóvenes ejercían de discípulos de otros más consagrados, para los americanos es una idea vigente e institucionalizada.
En el mundo profesional o académico norteamericano se entiende que convertirse en mentor de alguien o en un mentee, es decir, una persona que sigue el consejo o la guía de otro, no es producto del azar o la coincidencia de haber conocido a alguien determinado con un carisma especial. En empresas y universidades hay procedimientos claramente delimitados para que los profesores más expertos guíen a los más jovenes, los profesionales más veteranos a los recién llegados y los docentes a sus alumnos fuera del aula. Es, sin más, una obligación del que sabe más, del más curtido, instruir en la toma de decisiones al que sabe menos, al más inexperto. Por supuesto, como todo en la vida hay mentores mejores y peores, pero la buena disposición, tanto para el consejo como para el aprendizaje, suele estar presente en ambas partes. Para muchos americanos, compartir su conocimiento y tiempo con otros es parte de la noción de servicio a los demás que se espera de cualquier persona con responsabilidades, con independencia de sus creencias religiosas, éticas o morales. Es, sin más, un rasgo de liderazgo.