Consejos American Psique: sociedad española
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domingo, 19 de abril de 2015

Creérselo


Dice Patrick Mouratoglou, entrenador de Serena Williams, en una entrevista con L’Equipe que Nadal y su equipo se pasan de pesimistas, de sinceros acerca de la flojera mental que le está costando tantos partidos. Según él, Serena Williams, número uno mundial del tenis femenino, nunca hubiera reaccionado de la misma manera.
“Durante unos años, no ha habido un jugador que pensara que podía ganarle en tierra batida. Salían a la pista derrotados. Ahora, eso cambiará”, asegura Mouratoglou.
Más allá de lo que pueda tener de táctica fácil para descargar presión, es verdad que Nadal ha sido siempre un poco así. Ganaba a Federer una vez tras otra y en la ceremonia de premios seguía diciendo que el suizo era el mejor jugador de la historia. Su tío, Toni Nadal, no deja de decir que Federer es mejor, que Djokovic tiene más talento, que no admira a su sobrino.
Es cierto lo que dice el francés Mouratoglou, no sólo acerca de Serena Williams sino de prácticamente cualquier deportista o individuo que aspire a algún tipo de liderazgo en la sociedad norteamericana. Los trapos sucios, las inseguridades, las lava uno a solas, con su conciencia, no se airean nunca. Tener confianza, una autoestima alta es el camino hacia la superación, ya supone haber triunfado de alguna manera. No en vano, aunque los resultados de los estudiantes norteamericanos son más que mediocres en el informe PISA, son lo que demuestran mayorconfianza. Algo tiene que ver con el afán por crear empresas incluso a pesar de haber cosechado fracasos en el pasado.
Esta situación choca con el carpetovinismo. En su libro España3.0, necesitamos resetear el país, Javier Santiso se cansa de decir que los españoles tienen que creerse que pueden inundar el mundo con Start Ups, que hay gran cantidad de historias de éxito, que la calidad de vida en España no tiene parangón, que la piel de toro puede hacer lo que han hecho Corea del Sur e Israel, es decir, moverse del modelo económico del turismo y el ladrillo a la tecnología de valor añadido. Dice muchas veces lo de “hay que creérselo.”
Me chocó el otro día un reportaje en TVE, creo que era de Comando Actualidad, en el que el periodista estaba en Sevilla entrevistando a un empresario de Sevilla y no se cansaba de resaltar que en la ciudad del Nervión había una empresa de éxito en la que sus empleados eran sevillanos pata negra, es decir, gente apellidada García, Gómez o Fernández, supongo. Joder, que proeza, a estas alturas de siglo.
Algo hay de cierto. Los españoles conjuran la exageración, generalmente acerca de sus fracasos, con una mirada limpia, prístina, teresiana de la realidad, que transmite honradez y crea cercanía pero al mismo tiempo desmitifica todo lo que hacemos. Es aquello de, después de recibir un halago por una prenda, el halagado dice “lo compré en las rebajas, 15 euros”.
Luego nos extraña que los vinos españoles se vendan de media por 4 o 5 veces lo que cuesta un vino francés, que el aceite de oliva se considere un producto primordialmente italiano a pesar de que España produce el 40 por ciento del aceite mundial y acapare los premios en las competiciones internacionales.
Unicamente somos capaces de vender lo que hacemos, cuando rebajamos y desmitificamos lo que hacen los demás, en lo que también somos expertos.
Así nos va. Hay que creérselo, sí, aunque sea porque los demás son, al menos, tan malos como nosotros.

lunes, 3 de marzo de 2014

El New York Times tenía razón aunque de rebote


Vayan por delante varias cosas. Creo que damos demasiada importancia a lo que dice la prensa extranjera sobre nuestro país. Para saber sobre España, lo mejor es siempre leer prensa española incluso a pesar de estar fuertemente ideologizada.
A lo largo de mi vida, he conocido a unos cuantos corresponsales extranjeros. Hay buenos profesionales y conocedores de España, por supuesto. Pero también hay bastantes recién llegados, que no se enteran o no se quieren enterar de lo que pasa, que llevan (o su editor lleva) la historia escrita de antemano. En muchos casos, sobre todo en artículos acerca de la sociedad y menos en lo que se refiere a economía por ejemplo, lo que se escribe sobre España dice más de los prejuicios y clichés de la sociedad en su conjunto o del corresponsal que de la realidad en sí.
En algunos casos, medios de mucho relumbrón mandan un corresponsal que tienen en Londres o Berlín a cubrir algo que pasa en España ya que no tienen aquí la infraestructura, contratan a un becario o a un stringer para que les gestione entrevistas, les diga quién es quién o les reserve la habitación del hotel o del restaurante.
El artículo acaba escribiéndolo y firmándolo un tío que apenas sabe de la realidad española.
Por ello se explica que un alto porcentaje de lo que se escribe sobre la sociedad española para el público norteamericano parte de referentes y estereotipos de sobra conocidos para aquellos que apenas saben sobre España. La idea suele ser arrojar una perspectiva si acaso algo diferente de cosas que ellos piensan que saben de sobra. Por ejemplo, una mujer torera, un japonés que canta flamenco o un nuevo método para cocinar la paella serán siempre historias con gancho. Cualquier hecho que no encaje con esa narrativa, carecerá de interés aunque socialmente tenga mucho más impacto.
Aunque también presumen de rigor, los periodistas americanos no tienen ningún pudor en auto proclamarse story-tellers (contadores de historias) y se dejan llevar a menudo por aquella frase que se atribuye a Mark Twain de: "no dejes que los hechos te estropeen una buena historia."
Hace pocos días, el New York Times volvía a la carga con un artículo que atribuía a la arraigada existencia de la siesta, y lo ilustraba con una foto de un señor sevillano de cincuenta y tantos dormido en el sofá y arropado con una manta a plena luz del día, la mala situación económica española.
El artículo no decía tanto que los españoles sean vagos y perezosos, como que se organizan mal, comen y ven demasiada tele y fútbol a deshoras.
El artículo es burdo y malo. Todos sabemos que las siestas ya no las duerme prácticamente nadie y es más una ruptura para el almuerzo que otra cosa. Las razones de la hecatombe económica sabemos que no han sido esas y se han debido a partes iguales a un elevado estado de corrupción institucional y avaricia y estulticia colectiva propulsado por el crédito barato. Nada tan extraordinario. También ha pasado en otros países aunque con menor intensidad.
Sin embargo, hay que admitir que en lo de los horarios laborales sobre todo, el New York Times tiene razón. En que no tiene sentido, salir de casa a las ocho de la mañana y regresar a las ocho de la tarde, en que la cultura del trabajo sigue siendo muy presencial, en que estos horarios son más injustos con los más débiles que no tienen dinero para comer un menú del día o tiempo para volver a sus casas en la periferia, que estos horarios son el mayor enemigo de la conciliación laboral y familiar.
Que la vida es una coñazo, vamos, si hay que pasarse doce horas fuera de casa por culpa del trabajo. Que no hay tiempo para aprender idiomas, para ir al gimnasio o al supermercado que siempre están a reventar, que no hay ganas de abrir un libro al final del día. Que es un modelo de vida embrutecedor.
Y en eso, que no es necesariamente la tesis del artículo del mitificado periódico norteamericano, el New York Times si tiene razón aunque sea de casualidad.