Consejos American Psique: comunicación
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viernes, 6 de junio de 2014

Ultimas noticias sobre el periodismo ciudadano


Cada vez estoy más convencido de que una de las cosas que distinguen a los anglosajones es su capacidad para analizar críticamente la realidad y al mismo tiempo mantener una alta dosis de optimismo. Muy optimistas. Incluso en lo que se refiere a la situación actual del periodismo.
Esta reflexión viene al caso después de asistir al último congreso de la Asociación Internacional de la Comunicación (ICA) en Seattle. Tuve la fortuna de ser invitado como ponente a una mesa redonda en la que debatíamos la vigencia del pensamiento de Walter Lippmann, considerado uno de los clásicos del periodismo y la comunicación norteamericana entre otras cosas por haber sido el primero en cuestionar el papel de la prensa y la ciudadanía para dirimir los asuntos públicos en su libro Opinión pública (1922) y por su labor como columnista durante 30 años en elHerald Tribune.
A mi lado se encontraba Michael Schudson, profesor de periodismo en Columbia University y una celebridad en el mundo académico estadounidense por lo que lógicamente concitaba toda la atención.
Lo que más me sorprendió de la conversación fue, cuando uno oye más que hablar de EREs y precariedad en la prensa española, el relativo tono esperanzador de la reunión compuesta principalmente de una audiencia de profesores de ciencias de la información de todo el mundo.
Un dato interesante aportado por Schudson, y que no todo el mundo conoce, es que aunque el número de periodistas ha disminuido en Estados Unidos de 67.000 en 1992 a 59.000 en 2002 hasta llegar a los 40.000 actuales, lo cierto es que en 1971 la cifra de periodistas era prácticamente la misma, exactamente 39.000. Y ello teniendo en cuenta que, gracias a los ordenadores, las páginas web, los agregadores, Wikipedia y YouTube, Google y los propios artículos de los periódicos que circulan online, los actuales periodistas son mucho más eficientes a la hora de investigar de lo que solían serlo en el pasado. Es cierto que 20.000 puestos de trabajo se han ido por el desagüe desde 2002 pero también es verdad que podrían haber sido muchos más simplemente para mantener la calidad que las redacciones ofrecían entonces.
Una de las reflexiones de Schudson fue que hasta que no seamos capaces de medir la productividad del periodismo de calidad, y no únicamente el número de artículos o de palabras generados por periodista, será difícil determinar si hay muchos o pocos periodistas.
La audiencia también estaba ávida por conocer cual era la opinion de Schudson acerca del periodismo ciudadano cuyo paradigma está representado por el Huffington Post, que en Estados Unidos está claramente más consolidado que en España.
En su respuesta, Schudson hizo referencia a la diferencia que Lippmann estableció entre insiders y outsiders para describir la perspectiva que, en una sociedad cada vez más compleja, tiene el ciudadano que sabe cada vez menos de la mayoría de los asuntos y solamente puede considerarse un experto o medio experto en unos pocos de ellos. En otras palabras, la mayoría de nosotros somos outsiders en casi todo einsiders en nuestra profesión o alguna afición que tengamos si acaso. Las redacciones convencionales jamás dispusieron o dispondrán de expertos suficientes.
Schudson y varias personas en la audiencia se mostraron de acuerdo en que el periodismo ciudadano cubrirá un vacío que se irá haciendo cada vez más amplio ya que la sociedad seguirá haciéndose, por razones demográficas, tecnológicas y de todo tipo, irremediablemente cada vez más compleja.
Otra cuestión, y aquí me falta un poco de ese optimismo anglosajón, es si el mero altruismo o el reconocimiento social seguirán siendo motivación suficiente en el futuro para estos ciudadanos que ejercen de reporteros en su tiempo libre.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El amor a la mentira


Los americanos aman las mentiras. Bueno, las buenas mentiras. De hecho, la cultura norteamericana, a diferencia de la nuestra, tolera mal la mentira en el puesto de trabajo, en la política o incluso en las relaciones personales. Mientras que nosotros nos mostramos indulgentes, olvidadizos, piadosos con la mentira, ellos están al acecho de la falsedad en las conversaciones telefónicas, los e-mails y todo aquel soporte perdurable. Mentir se castiga casi siempre con la máxima pena.

Sin embargo, son curiosamente los americanos los campeones de la mentira. No he visto ningún otro pueblo al que le encante sumergirse más en una buena mentira urdida por un departamento de publicidad, marketing o relaciones públicas. Hasta el americano más ingenuo se siente sabedor de que una mentira bien contada y vivida con autenticidad se transforma en una verdad irrefutable. Es el caso, como cita Seth Godin en su magnífico y entretenido libro All marketers are liars de la fiebre por la comida orgánica que en general ningún estudio concluyente avala que sea mejor para la salud ni más sabrosa. En numerosas ocasiones no sólo el producto no es más saludable sino que el fabricante se permite incluir una lista de ingredientes  que no por   orgánicos dejan de ser más calóricos y en muchos casos más perniciosos para la salud. Es más, si la materia prima orgánica no se consume localmente ni tan siquiera ahorra energía o contribuye a respetar el medio ambiente.






Algo muy similar a lo que sucede a la fiebre por los outlets o las tiendas de descuento, que en una buena mayoría de casos reciben mercancía que grandes firmas, como el caso de Ralph Lauren, fabrican especialmente para este tipo de establecimientos prendas que uno nunca podrá encontrar en Macy’s o Nordstrom.

¿Son más estúpidos los norteamericanos? Yo más bien diría que en la era de la crisis de los relatos, la función que en el pasado, como decía Vargas Llosa en su ensayo La verdad de las mentiras, se encargaba de realizar la literatura para suplementar lo anodino de nuestras vidas, ahora la realizan los nuevos storytellers, es decir, los expertos en marketing y comunicación. A los estudiantes universitarios de hoy en día apenas hay relatos escritos capaz de atraparlos, pero son multitud los anuncios, los videos o las historias de cazagangas cuyas historias son capaces de fascinarles.

El americano sabe que la fantasía, la mentira es imprescindible para la supervivencia y no se avergüenza de reconocerlo. Venga de donde venga, incluidas las firmas comerciales.

domingo, 28 de octubre de 2012

Sed profesionales


Los americanos son unos enamorados de los focus groups, también conocidos en España como grupos de discusión. Para el que no lo sepa, un focus group  es un método de investigación informal y cualitativo que consiste en reunir a una serie de participantes alrededor de una mesa para que hablen libre y espontáneamente acerca de un tema determinado. Son el pan nuestro de cada día de los profesionales del marketing y la investigación de mercados. La diferencia es que si uno pregunta en España a la gente que pasa por la calle que es un grupo de discusión probablemente pocos acierten a articular una definición precisa más allá de lo que les dicta el sentido común de acuerdo al significado literal de las palabras que componen la expresión. En cambio, incluso el ciudadano norteamericano más sencillo sabe más o menos que es un focus group y para que sirve. Para empezar, es frecuente que en las campañas electorales varias de las cadenas de televisión, como CNN, C-Span y Fox News, organicen sus propios focus groups y retransmitan las impresiones de los participantes acerca de los candidatos. Durante los debates televisados entre Obama y Romney o los candidatos a vicepresidentes, el espectador de CNN tiene la oportunidad de contemplar en tiempo real un gráfico que muestra el agrado o el desagrado de los participantes en el grupo de discusión, con una línea para hombres y otra para mujeres, con respecto a lo que acaban de decir los candidatos. Con posterioridad a los debates, las cadenas filman y comparten con los televidentes las opiniones de los participantes en estos grupos de discusión.







Para el elector norteamericano, tan importante como las ideas del candidato, su capacidad técnica y su integridad es que sepa comunicar emociones en un debate televisado o en una comparecencia pública, una cualidad que deja de convertirse en un medio para ganar las elecciones como en un fin en si mismo, una prueba de profesionalidad, de ser un político de raza. Por ello, los consultores de marketing político en este país son estrellas de televisión y multimillonarios. Los espectadores aman conocer las impresiones acerca de los debates de gente como James Carville o Dick Morris, otrora asesores y jefes de campaña de políticos de relumbrón como Bill Clinton.

La principal razón es que los americanos admiran sobremanera el arte de la representación, al good performer. Y esto funciona para todo, son gente que se enorgullecen de que su marca favorita realice una buena campaña publicitaria de la misma manera que de ir a un dentista que tiene una pantalla para ver las pruebas de rayos X o que siempre lleva puestos los guantes aunque a veces no sea imprescindible. Son todas ellas cosas que se entienden como una prueba de profesionalismo. Y la realización de un focus group cuyos resultados se revelan a la opinión pública es con frecuencia una salvaguarda, la prueba del algodón para saber que alguien o una compañía determinada se está comportando profesionalmente.

Hace unos años, un video filmado por dos empleados de Domino’s Pizza en el que realizaban todo tipo de guarrerías mientras trabajaban empezó a ganar popularidad en la red en cuestión de horas. A los followers de Domino’s no parecía preocuparles tanto el hecho de que los empleados de la firma pudieran contaminar los alimentos que gente como ellos disfrutaban consumiendo sino sobre todo que la empresa gestionara la crisis en un tiempo adecuado y lanzando los mensajes apropiados a la opinión pública. ¿Cual es vuestra estrategia en Twitter? ¿A quién vais a mandar  al noticiario de las 5 de la CBS? ¿Qué les estaban tratando de decir? Dejar de una vez de hablar tanto de la calidad de la masa de vuestras pizzas y sed profesionales o en el próximo focus group os váis a enterar.

domingo, 1 de julio de 2012

¿Un mundo postcool?

En su libro The birth and death of cool (de 2009 y aun no traducido al español), Ted Gioia expone como una de las grandes aportaciones de América a la historia del siglo XX ha sido el concepto de lo cool. Una idea que hunde sus raíces en el mundo del jazz y muy particularmente en el comportamiento vital del músico Miles Davis y algunas de sus piezas incluidas en el disco Birth of the cool. De ahí, pasara rápidamente al cine, la literatura y otras esferas culturales hasta convertirse en un paradigma de masas en la década de los 70 y los 80 que acabaría transformándolo todo. Una idea que cambiará la forma que tenemos en todo el mundo de mirar la moda, los accesorios, los coches, los peinados, el arte, la música o la propia noción de lo que es tener estilo.

Pocas ideas podrían ser mas democráticas o americanas que el concepto de cool, el cual, tal y como expone Gioia, puede ser cultivado por todo el mundo. Una idea que en sus inicios transciende las clases sociales y las fronteras materiales. Basado fundamentalmente en una actitud irónica o de un relativo desapego a las convenciones de la vida, la grandeza y el éxito de este concepto es que uno no necesita ser guapo ni elegante ni rico ni joven para ser cool. De hecho, en los Estados Unidos es un concepto que dinamita los rígidos estándares morales y estéticos heredados de la época victoriana y permite a los afroamericanos transformarse en trend-setters de lo que está por venir. Según Gioia, el resultado, después de varias décadas de abuso de lo cool por parte de corporaciones y los expertos en marketing está siendo la muerte del mismo debido a su excesivo éxito. Todos hemos acabado apelando tanto a los valores de lo cool que hemos terminado por descreer del concepto.





En su libro, Gioia dibuja un panorama sombrío para lo cool tal y como lo entendemos hasta ahora. Un mundo en el que los únicos que seguirían creyendo en la idea de lo cool son los desheredados, los inmigrantes, las personas que carecen de formación intelectual o los medios económicos, los habitantes del tercer mundo. Los ricos y sofisticados americanos habrían dejado de creer en esta idea hace bastante tiempo y llevarían en su mayoría vidas bastante sencillas y austeras en las que la etiqueta de cool es casi un inconveniente. De alguna forma se producirá un retorno al mundo de nuestros padres o abuelos: en alimentación se volverán a consumir productos a granel y en los que el envase no desempeñe un papel predominante, se comprarán coches que gasten poco, ropa sin logos aparatosos y con buena relación calidad-precio o directamente se reducirá el consumo a lo necesario aunque no haya necesidad económica.

Gioia basa sus vaticinios en el éxito arrollador de marcas en Estados Unidos que gastan poco en publicidad y menos en la contratación a famosos (por ejemplo Starbucks, Google, Amazon, Apple o New Balance), que directamente tratan de ocultarse tras la apariencia de lo simple y racional en el consumo (como Coca-Cola o Pepsi con sus nuevas marcas de zumos orgánicos de las que tratan de borrar cualquier huella de su pertenencia a una gran corporación) o que han fracasado rotundamente por tratar de parecer demasiado cool a través de aparatosas campanas publicitarias o la contratación de estrellas como Gap o Microsoft. Al consumidor americano y particularmente su versión mas joven, la generación Millenial, ya no le encandilan con esos cuentos.

Para Gioia, la parte menos positiva de la decadencia del concepto corresponderá a la erosión que sufrirán las relaciones entre las personas, que pasarán a ser más francas y directas y, por tanto, mas basadas en la confrontación que en las ultimas décadas. El buen rollito instaurado por los baby-boomers se irá disipando poco a poco y será sustituido por los comentarios mordaces al prójimo como de un tiempo a esta parte hemos podido comprobar que sucede en los comentarios de los blogs o de las noticias en las versiones digitales de los periódicos.

Como casi siempre en lo que se refiere a tendencias y estilos de vida, lo que suceda en América se adoptará en Europa y en el resto del mundo. Será un mundo quizás más aburrido pero sin duda más honrado y que guardará más relación con la idea primigenia de democracia e igualdad sobre la que se fundaron los Estados Unidos.

domingo, 25 de marzo de 2012

Las marcas y la conversación

España es quizás el país más marquista que haya en el mundo occidental. Cada uno en la medida de sus posibilidades, pero particularmente el individuo perteneciente a nuestras clases medias y medias altas, no los ricos de verdad, busca refugio con toda impunidad en el logo que le haga sentirse más seguro de si mismo, que refuerce su atractivo sexual o su capacidad para erigirse como modelo de referencia entre su círculo de allegados. Nunca veo más cocodrilos y jugadores de polo que cuando viajo a España en verano. Es una guerra invisible de lo visible que es, que no conoce de ideologías, propia de una cultura visual y de apariencias como la española y todas las latinas. Sin embargo, y a pesar de su omnipresencia en nuestra vida cotidiana, los españoles no conversamos mucho sobre las marcas, a lo sumo sobre las distintas calidades de productos de alimentación de tiendas como Mercadona, que ha sido probablemente el fenómeno conversacional más potente de la piel de toro en los últimos años.

Los americanos, más acostumbrados desde hace muchas décadas a convivir en un mundo de marcas fuertes que son en general más accesibles para el común de los mortales, se erigen en grandes conversadores sobre ellas. To engage in a conversation (incitar a la conversación) es, más allá de que suene a retórica vacía e indiferenciadora que podemos encontrar en cualquier web corporativa de nuestros días, una realidad bien presente. A los americanos les encanta hablar y, sobre todo en estos días de apogeo de Internet y las redes sociales, escribir sobre marcas y productos. Por ejemplo, los ríos de tinta vertidos acerca de las diferencias entre el iPad y el Kindle desmienten la idea de que, como llevan suscribiendo los gurús de la comunicación desde hace al menos una década, lo importante son los contenidos. No mucha gente habla ya de los libros que leen, las películas que ven o la música que escuchan. En realidad eso es lo de menos. Lo importantes es donde se produce este consumo, es decir, si se trata de un iPad, un Kindle o cualquier otro dispositivo que deja la impronta de su personalidad. Lo importante no es tal o cual novela sino las prestaciones que te da el Kindle o el Nook a través de los cuáles lo has leído. Si no, no hay más que echar un vistazo a las casi 15.000 críticas realizadas por usuarios (cuando escribo este texto) acerca de las prestaciones del nuevo dispositivo de la empresa de Jeff Bezos. Al americano, más que marcar diferencias de estatus llevando una determinada prenda, lo que le motiva es compartir su opinión sobre tales o cuales pantalones, calcetines o anorak con otros consumidores como él. Os invito que leáis las críticas al Kindle, algunas francamente técnicas y elaboradas de más de 2.000 palabras. O a que comparéis las más de mil críticas realizadas a Freedom, el último libro de Jonathan Franzen, a las menos de diez que podréis encontrar en las web de la Casa del Libro o de la Fnac sobre los últimos libros del propio Franzen, Pérez Reverte o Ruiz Zafón, que podrían considerarse los equivalentes españoles en términos de ventas al autor norteamericano.




Pero si no os convence como argumento el mundo de la literatura o de los audiovisuales, podéis aventuraros a buscar opiniones sobre productos diversos en las webs de compañías como Gap, Crate & Barrell o Macy’s acerca de ropa, muebles o artículos de maquillaje. A los americanos les encanta opinar y compartir conocimiento y experiencias acerca de unos calcetines, unos pantalones de pana, una máquina de café expreso o una barra de pintalabios. Van a muerte con sus marcas y no vacilan en demostrarlo. No dudan en escribir una carta al servicio al cliente de una compañía si se han sentido mal atendidos o al contrario, escribir una carta de felicitación a un empleado que les ha procurado un buen servicio pidiendo un aumento de sueldo. Nunca en mis clases disfrutan y participan más mis alumnos que cuando usamos Starbucks, una de las marcas que mas fascina a los norteamericanos en la veintena, como case study de lo que sea. Muchos de mis estudiantes que en otras circunstancias estarían consultando a hurtadillas una página de Facebook levantan la mano. En América una cosa es la realidad y otra muy diferente el mundo de las marcas y los productos, o sea, el de lo real, que se antoja mucho mas interesante para la gente que la propia vida.

domingo, 26 de febrero de 2012

Dientes, sonrisas, comunicación

Los americanos tienen, por término medio, dentaduras maravillosas. Mi favorita es la de la cantante Sheryl Crow, que tiene unos dientes que enamoran, aunque hay otras muy buenas como la jefa de prensa de Mitt Romney, Andrea Saul, a la cual he visto bastante últimamente en distintos medios de comunicación. No en vano, existen estudios que demuestran que el estado de la dentadura de sus gentes es uno de los criterios con los que se puede medir el nivel de bienestar de un país. Incluso algunos americanos bromean acerca de que la mejor manera de distinguir un europeo de un americano a simple vista es el estado de los dientes. Y tiene una cierta lógica ya que durante bastante tiempo los americanos estuvieron mucho mejor alimentados que los europeos aunque ahora sea más bien al contrario. Lo cierto es que, aunque el país no disponga de un sistema socializado de salud, numerosas empresas ofrecen un seguro dental a sus empleados y que las revisiones que se consideran adecuadas para tener una dentadura sana son dos veces al año.






Tener una dentadura en mal estado es casi un delito en este país. No es ni mucho menos infrecuente que adultos de cincuenta años exhiban alambres en los dientes con esa convicción tan americana de que todo es posible en cualquier momento y lugar. Y no es para menos ya que la capacidad de hablar y comunicar en público es considerada uno de los rasgos esenciales para triunfar en prácticamente cualquier profesión y no solamente entre los directivos. Argüir que tal bonus está justificado por la capacidad de comunicación de fulano o mengano no resulta sospechoso en una cultura empresarial en la que la capacidad de comunicación a veces es tan relevante como la propia gestión.

Y, no nos engañemos, comunicar es en una mayoría de ocasiones saber sonreír. Y saber sonreír no es sólo enarcar los labios y abrir la boca sino que todo ello parezca genuino, auténtico, reflejo de una convicción interna que genere en los demás la convicción de que uno se encuentra a gusto, conforme, feliz de estar en la propia piel y en el mundo. Y todo ello sin que parezca que está actuando. Os invito a que echéis un vistazo a las fotos que los americanos despliegan de ellos mismos en Facebook, a las caras de los políticos o deportistas que son entrevistados en CNN, Fox o ESPN. Antes de hablar ya han hablado con una sonrisa sincera, de verdad, aunque a nosotros pueda parecernos impostada porque sabemos que la vida no es, después de todo, tan perfecta. Incluso, en muchos casos en la vida cotidiana la sonrisa sustituye al saludo que puede parecer demasiado económico, austero si no va acompañado de una sonrisa. Pero para que la sonrisa surta el efecto debido se espera que la dentadura sea perfecta, sin mácula, el producto quizás de una mentalidad eugenésica que aún pervive en la psique americana.

Al contrario de lo que algunos piensan, Estados Unidos es un país en el que la seriedad, y no digamos la timidez, son percibidos como defectos. A nadie le gusta que le definan con uno de esos atributos como si fuera un insulto. Uno de los escasos defectos que incluso sus adeptos sacan a Obama es que proyecta una imagen demasiado seria, cerebral que no llega con la eficacia debida al público estadounidense que lo encuentra demasiado distante, algo pretencioso. Tiene mucho mérito que hay llegado a presidente de los Estados Unidos sin sonreír mas.



Me consta que en las sesiones de formación de portavoces y en las clases de coaching a los directivos españoles se les lleva décadas enseñando telegenia y a sonreír. Muchos políticos y hombres de negocios españoles han aprendido a hacerlo pero a menudo se les critica, ¿de qué se ríen? se les pregunta de forma burlona. Quizás se debe a que no han aprendido a sonreír lo suficientemente bien, a que no somos americanos o a que su dentadura no es lo suficientemente perfecta.

jueves, 26 de mayo de 2011

American Psique, un libro que está dando que hablar

Muchos son los medios de comunicación que en los últimos días han informado del lanzamiento del libro American Psique (editorial LoQueNoExiste). La obra ha aparecido reseñada en Dossier Empresarial y Computing. Otros medios, como El Confidencial o El Mundo han entrevistado al autor y han reflexionado sobre cómo los españoles vemos a los americanos y las cosas positivas que podríamos aprender de ellos.
Además, la campaña desarrollada por Medialuna en redes sociales para lanzar esta obra ha sido resaltada en PrNoticias, Publicidad y Marketing Web y Computing.


"Tenemos un problema con los americanos y lo que representa EEUU políticamente" (Luis Alemany - El Mundo) EL MUNDO


"Pocos elementos de la política española desde la Guerra Civil hasta el presente pueden entenderse en su plenitud sin la presencia de EEUU" (esteban Hernández - El Confidencial) EL CONFIDENCIAL


"Ensayo ameno y repleto de datos" (Dossier Empresarial)


"La campaña en redes sociales para dar notoriedad a la nueva obra American Psique es un ejemplo de cómo Internet y las redes sociales sirven para la promoción y la comunicación en los tiempos modernos y de forma rentable" (Computing)


"Internet y las redes sociales han rentabilizado la promoción y la comunicación actual" PR COMUNICACIÓN