Consejos American Psique: cultura popular
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viernes, 2 de enero de 2015

Feos

En uno de sus últimos ensayos contenido en la obra colectiva Muchas felicidades, se pregunta Fernando Savater que a santo de qué hemos localizado y limitado la posibilidad de ser felices a la juventud cuando en realidad dura tan poco.
Algo parecido puede decirse acerca de la belleza. ¿Por qué a pesar de haber poca gente realmente bella pone todo el mundo tanto énfasis en la necesidad de ser guapo si, incluso en el caso de que se dé, es una condición tan efímera? ¿No hay algo de mentalidad masoquista en que la belleza, de la que tan poca gente participa, a menudo sustituya al mérito? Es una batalla perdida incluso en el caso de las mujeres y hombres agraciados que, en un plazo de tiempo relativamente corto, engordan, pierden el pelo o se arrugan como pasas.
Podría hablarse de la vida en general. Tan corta. Para qué poner tanto énfasis en dejar huella, una marca indeleble, en tener éxito, si en realidad dura tan poco y cuando nos morimos se nos olvida en un tiempo relativamente corto.
De acuerdo, me he pasado de nihilista.
Lo que más me chocó de la foto que acompañaba a la noticia titulada de modo bastante sensacionalista El club de las chicas feas que 'arrasa' en las redes socialesfue la forma en que posaban las miembras del comité directivo de la Asociación Feminista de la universidad Royal Holloway de Londres, también denominadas club de las feas. A pesar de que el artículo iba acompañado de selfies pretendidamente irónicos acerca de la obsesión por la guapura, la pose de sus líderes en la foto oficial era convencional, savvy, sin distancia, sus líderes trataban de parecer sexies de veras (lencería incluida), y uno no acababa de captar la ironía del mensaje de que el endiosamento de la belleza corporal conduce, como tantas otras cosas, a la derrota final. Quizás fueran feas, pero no cabe duda de que trataban de buscar un atajo para resultar atractivas.
Quiso la casualidad que ese mismo día viera el reportaje del programa En portadatitulado El alma de Berik. Era estremecedor y al mismo tiempo aleccionadora la historia de Berik, un hombre de Kazajistán deformado por bultos cancerígenos probablemente causados por las pruebas nucleares realizadas por la antigua Unión Soviética. Berik viajó a Madrid para someterle a una operación que, como su propio cirujano indicaba, no le iba a transformar en un Brad Pitt, pero sí al menos a adecentarlo.
Dulce y complicado a la vez, Berik estaba acostumbrado a que los niños se rieran de él por su aspecto. Le vemos comiéndose un bocadillo de calamares en una terraza mientras que numerosas personas le miran con una muy española notable falta de vergüenza y malsana curiosidad. Afortunadamente, algo bueno tenía que tener ser ciego: Berik no se entera, aunque su madre sí, que sufre en silencio como sólo sabe una madre.
Qué diferencia entre Berik y las miembras del club de las chicas feas. Es verdad que todos tenemos un átomo de vanidad. Incluso Berik, un caso perdido, quiereadecentarse, como dice su cirujano, ser menos deforme, algo que logra después de la operación; sin embargo, viendo las fotos de las orgullosas de ser feas uno tiene la sensación de que se han inventado una truco como otro cualquiera para serresultonas, de saltarse las barreras que impone el físico para cazar a un tío o una tía guapa. Lo de siempre, una forma ingeniosa de ser cool y seducir si no te queda bien el pantalón ajustado, el escote o la camisa slim fit para marcar musculo.
En suma, un ejercicio de vanidad que vuelve a poner de manifiesto que los sentidos y las emociones siempre triunfan sobre la razón.

lunes, 28 de octubre de 2013

A vueltas con el inglés de los españoles

 Una interesante reflexión acerca de como los españoles nos inventamos un segundo idioma para poder pronunciar nombres y conceptos de la cultura popular norteamericana

http://www.huffingtonpost.es/juan-cabrera/de-burlan-caster
a-apel_b_4143394.html?utm_hp_ref=spain

viernes, 1 de marzo de 2013

Barcelona como encarnación de lo español


Es curioso como cambian las percepciones de los pueblos en unas pocas generaciones. Si los españoles, herederos a nuestro pesar de la narrativa de la generación del 98, seguimos identificando España con Castilla y la meseta, no es así en absoluto al otro lado del océano Atlántico a pesar de las circunstancias políticas.

En los Estados Unidos de América, las esencia españolas están encarnadas esencialmente  en Barcelona. La ciudad condal reúne todos los atributos de aquellas percepciones de la cultura popular que flotan sobre España entre los americanos. Un país de sol y playa, de ocio, con monumentos curiosos, en el que se pueden comprar con toda facilidad sombreros mexicanos en Las Ramblas y donde el fútbol es parte de la vida.

Contra su voluntad, ya que en un determinado momento el Ministerio de Industria y Turismo ofreció al club convertirse en embajador de la marca España y rechazó la oferta, el F. C. Barcelona y Messi han hecho más por la imagen de marca de España que todas las campañas del ICEX, el Instituto Cervantes, el Ministerio de Asuntos Exteriores y las distintas consejerías de las autonomías juntas. Su camiseta es omnipresente allí donde se juntan multitudes por cualquier motivo, entre los estudiantes extranjeros, en todas las tiendas de deportes y en las de los outlet malls incluso en aquellos lugares donde hay poca afición por el fútbol. Allí donde hay un español, hay muchas posibilidades de que el primer tema de conversación gire en torno al F. C. Barcelona.

Aunque a muchos españoles les sorprenda escucharlo, la mayoría de los ciudadanos de este país no sabe que pertenece a una región llamada Cataluña, que un tercio de la gente tiene una lengua materna distinta del español o que últimamente la mitad de la gente dice que quiere la independencia. Barcelona es España y sobre todo un lugar bonito y cool donde pasárselo bien ya que hay playa, buen tiempo, muchas terrazas y bares de tapas y un equipo de fútbol muy famoso.

Es verdad que también hay americanos que leen el New York Times y a los que oír el vocablo Catalan les resulta seductor, interesante, puede que hasta sofisticado. Pero son muy, muy pocos.

jueves, 21 de febrero de 2013

La otra comida rápida


El otro sábado sucumbí como todo hijo de vecino a ir de compras a un mall en las cercanías de Seattle. A media mañana, el cansancio y el estrés empezaron a acumularse cuando los niños empezaban a estar hambrientos y hartos del ejercicio de correr alrededor de mercancía mientras sus padres miraban y se probaban cosas. La solución más rápida fue entrar en Chipotle, una cadena de restaurantes de la empresa propietaria de MC Donalds. El lugar estaba atestado de familias con padres que tuvieron sus hijos avanzada la treintena, con pinta en su mayoría profesionales o lo que antiguamente se llamaban yuppies.

Chipotle ofrece una versión simplificada de la comida mejicana adaptada al gusto de los estadounidenses que consiste básicamente en mezclar arroz, judías (o frijoles), hojas de ensalada y algún tipo de carne de res, pollo o cerdo a la brasa aderezado con algunas especias y hierbas como cilantro envuelto o no en una tortilla (mejicana, se entiende). La comida sabe fresca y natural, lo cual no es poco en un sitio de esas características. Además de ser barata, un dato a tener en cuenta cuando hay que dar de comer a cuatro personas.




Pero lo más llamativo de Chipotle no es el ambiente ni la comida. Son los letreros.  Simples, en letra grande y que me recuerdan tanto a los textos de los libros para niños de 3 o 4 años. Unos letreros cuya simpleza refleja la escasez de opciones disponibles (apenas 20 o 25 pero iguales en el 75 por ciento de los ingredientes). La antítesis perfecta de las hamburguesas con seis salsas diferentes en la composición que sirven en las cadenas de hamburguesas o de las aproximadamente 19.000 combinaciones de café que uno puede encontrar en los Starbucks.

Chipotle es el equivalente en el mundo de la comida rápida a los diseños de Apple, las pantallas blancas de Google o la ropa laboral de Carhartt.

El menos es más también se impone en aquellos áreas que muchos consideran vulgares.

domingo, 13 de enero de 2013

Stanford, nueva meca del turismo mundial

Uno de mis placeres culpables, ¿o no debería sentirme culpable?, es la fascinación que me provocan los campus de las universidades norteamericanos. Cuanto más aislados y rurales mejor. Siempre me ha maravillado esa aureola que los rodea de reductos de civilización y conocimiento atemporal en medio de la barbarie que nos rodea. Por ello, no es infrecuente que cuando vamos de viaje y pasamos cerca de uno siempre le digo a mi mujer que nos desviemos y demos una vuelta por él. Ella suele hacerlo sin protestar, como si compartiera conmigo esta pasión de la que en realidad nunca hemos hablado.

No sé si es el producto de lecturas juveniles o cine universitario mal digerido, pero lo cierto es que me gusta pasear por ellos y fantasear con como sería vivir en tal o cual ciudad y acudir todos los días a dar clase en ese esplendido edificio. No digamos, qué hubiera sentido como estudiante viviendo en uno de sus dorms o enamorándome y desenamorándome el mismo día unas cuantas veces. Sé que no soy el único, me consta que hay otros colegas con los que he hablado que sienten la misma o parecida pasión y que de alguna manera nos sentimos elegidos.

Hace un par de semanas decidimos hace una parada en la universidad de Stanford de vuelta de Monterrey y camino de San Francisco. Hacía un buen día y los chicos se estaban portando bien en el asiento de atrás. ¿Por qué no? Dijimos. Siempre es un placer para los sentidos contemplar el espectacular y ostentoso paseo de palmeras que da la bienvenida al visitante y sumergirse en la ecléctica arquitectura estilo misión con influencias románicas de sus edificios. Quizás, pensamos, les inspire a los chavales saber que están paseando por una de las universidades más famosas del mundo a donde acuden los elegidos de todos los rincones del planeta y algún día les espolee a superarse y ser mejores. Algún día puede que recuerden este momento. En fin, estoy seguro que me dejo algún tópico olvidado que rondaba mi cabeza en ese momento.




Para nuestra sorpresa el campus estaba abarrotado de gente portando gorras, mochilas y cámaras de vídeo. Era la versión pija y digital de las antiguas meriendas con el seiscientos y la tortilla de patata. Gente de todo el mundo y de todas las edades, incluidas numerosas familias. Eran domingueros, como nosotros, llegados de todas partes del mundo y con intenciones parecidas: sentirse por unos minutos u horas en uno de los centros simbólico de la sociedad de la conocimiento y luego quizás comprarse algo en las rebajas de Nordstrom, Macy’s o alguna de las cadenas de ropa que se encuentran a tiro de mano del campus.

La conclusión dejó tras de sí un regusto de melancolía. Stanford, como otros tantos campus norteamericanos, se ha convertido en un lugar de peregrinación, una suerte de Santiago de Compostela laico para una nueva clase mundial que sueña con Silicon Valley, las start ups, los business angels, Google o Apple como hace décadas sonaban con Hollywood, la Metro o la 20th Century Fox.

Son los nuevos reyes de la sociedad del espectáculo, en el sentido real y figurado, y hay que rendirles el tributo debido.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El amor a la mentira


Los americanos aman las mentiras. Bueno, las buenas mentiras. De hecho, la cultura norteamericana, a diferencia de la nuestra, tolera mal la mentira en el puesto de trabajo, en la política o incluso en las relaciones personales. Mientras que nosotros nos mostramos indulgentes, olvidadizos, piadosos con la mentira, ellos están al acecho de la falsedad en las conversaciones telefónicas, los e-mails y todo aquel soporte perdurable. Mentir se castiga casi siempre con la máxima pena.

Sin embargo, son curiosamente los americanos los campeones de la mentira. No he visto ningún otro pueblo al que le encante sumergirse más en una buena mentira urdida por un departamento de publicidad, marketing o relaciones públicas. Hasta el americano más ingenuo se siente sabedor de que una mentira bien contada y vivida con autenticidad se transforma en una verdad irrefutable. Es el caso, como cita Seth Godin en su magnífico y entretenido libro All marketers are liars de la fiebre por la comida orgánica que en general ningún estudio concluyente avala que sea mejor para la salud ni más sabrosa. En numerosas ocasiones no sólo el producto no es más saludable sino que el fabricante se permite incluir una lista de ingredientes  que no por   orgánicos dejan de ser más calóricos y en muchos casos más perniciosos para la salud. Es más, si la materia prima orgánica no se consume localmente ni tan siquiera ahorra energía o contribuye a respetar el medio ambiente.






Algo muy similar a lo que sucede a la fiebre por los outlets o las tiendas de descuento, que en una buena mayoría de casos reciben mercancía que grandes firmas, como el caso de Ralph Lauren, fabrican especialmente para este tipo de establecimientos prendas que uno nunca podrá encontrar en Macy’s o Nordstrom.

¿Son más estúpidos los norteamericanos? Yo más bien diría que en la era de la crisis de los relatos, la función que en el pasado, como decía Vargas Llosa en su ensayo La verdad de las mentiras, se encargaba de realizar la literatura para suplementar lo anodino de nuestras vidas, ahora la realizan los nuevos storytellers, es decir, los expertos en marketing y comunicación. A los estudiantes universitarios de hoy en día apenas hay relatos escritos capaz de atraparlos, pero son multitud los anuncios, los videos o las historias de cazagangas cuyas historias son capaces de fascinarles.

El americano sabe que la fantasía, la mentira es imprescindible para la supervivencia y no se avergüenza de reconocerlo. Venga de donde venga, incluidas las firmas comerciales.