Consejos American Psique: Futuro
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martes, 11 de noviembre de 2014

Las lentejas de mamá: 6 reflexiones sobre la emigración


Vaya por delante que a cualquier joven español de veintitantos le aconsejo emigrar y pensando en no volver en X años o quizás nunca a no ser de vacaciones o por compromisos familiares. Difícil papeleta aunque si puede ser a los Estados Unidos pues mejor.
Sin embargo, entiendo a Raúl G. Serra cuando dice que echa de menos las lentejas de su madre desde su peripecia londinense. Todo el mundo tiene derecho a echar de menos a su familia, los recuerdos y las sensaciones con los que ha crecido. No veo ese toque siciliano o machista que algunos comentaristas de su blog han querido ver.
Las lentejas son sólo una metáfora. Hay mucha gente, los otros emigrantes, que aprovechan para sacar pecho y decir “haz como yo”, “mira que bien me ha ido a mí”, cada vez que oyen una queja. Me parece una actitud arrogante y ventajista basada en una aceptación del darwinismo ahora que las cosas les van bien a ellos.
Londres puede ser el paraíso o un pequeño infierno si te has ido a buscar la vida con un nivel de inglés precario trabajando en un restaurante o hacienda camas en un hotel. La soledad puede ser acuciante y comerse un filete como el que describe Raúl puede convertirse en un sueño de Carpanta cuando tienes que contar cada penique.
Sin embargo, me hago en voz alta una serie de reflexiones que quizás pueden ayudar a algunos.
1. Adaptarse a una sociedad nueva en la que uno tiene asignado un nuevo papel, inmigrante en el sector servicios, lleva tiempo y un esfuerzo suplementario motivado por el hecho de saber que a dos horas de avión te esperan unas lentejas y una cama con el embozo bien hecho. Hay que aguantar el envite (véase si no mi Carta abierta a Benja Serra) si o sí.
2. Hay que olvidarse de ese pensamiento tan español de “trabajar en lo mío”. Muchas veces “lo mío” puede ser un rollo patatero y nos perdemos oportunidades en otros campos más interesantes y mejor remunerados. En el mundo anglosajón tienen bastante claro que pasar por la universidad habilita para muchas cosas con un mínimo de formación complementaria y una buena actitud. La biografía no te marca necesariamente a los 30 años como aquí.
3. Si tienes ideas, “empezar una startup”, España no es un buen país. Hay aversión generalizada al riesgo. Por simplificar, los únicos que prestan dinero son los bancos tradicionales que son lo más conservador que existe. Sólo te van a apoyar si ya tienes dinero o credenciales. En casi cualquier otro sitio del mundo desarrollado, Londres por supuesto, lo tendrás más fácil si tienes buenas ideas.
4. Aunque lo parezca, no es lo mismo vivir fuera un año que cinco. En términos de madurez emocional, aporta más vivir diez años en un sitio que haber visitado 57 países en fines de semana. Uno madura mucho más, endurece la piel y relativiza muchas de las inevitables adversidades de la vida.
6. Para ser fuerte en casa, ayuda mucho serlo primero fuera. No siempre, porque España es un país muy desagradecido, se abren puertas pero es más sencillo si te has labrado fuera una reputación. Lo único que pasa es que luego no quieres volver.
7. Por último, porque la lista sería interminable para un post, aunque el subjetivismo y la sentimentalidad están de moda en esta era del yo, no te dejes llevar por ellas. Confronta tus sentimientos y sensaciones. Si vienes en verano de vacaciones, te darás cuenta de que las cosas cambian poco, de que no te estás perdiendo nada.
Recordarás que los pisos de Atocha están mal aislados y hace un frío que pela en invierno, que los filetes de las casas de comida de Tirso de Molina son correosos, que el olor a fritanga se queda en tu ropa y que el vino de los menús es pendenciero a más no poder. Te darás cuenta de que tus amigos están melancólicos los domingos por la tarde pensando, los que lo tengan, en el trabajo que les espera el lunes por la mañana.
Si después de hacerse estas reflexiones uno quiere volver, pues que vuelva. Queda avisado.

martes, 21 de octubre de 2014

El futuro de la educación

Interesante artículo sobre el futuro de la educación al que tuve ocasión de aportar mis dos céntimos, como dicen en los Estados Unidos.

La verdad es que, de una manera u otra, bastantes de las cosas que se intuyen ya tienen lugar en bastantes universidades americanas.

http://www.elmundo.es/espana/2014/10/21/54455b9f22601d22738b458e.html

domingo, 1 de julio de 2012

¿Un mundo postcool?

En su libro The birth and death of cool (de 2009 y aun no traducido al español), Ted Gioia expone como una de las grandes aportaciones de América a la historia del siglo XX ha sido el concepto de lo cool. Una idea que hunde sus raíces en el mundo del jazz y muy particularmente en el comportamiento vital del músico Miles Davis y algunas de sus piezas incluidas en el disco Birth of the cool. De ahí, pasara rápidamente al cine, la literatura y otras esferas culturales hasta convertirse en un paradigma de masas en la década de los 70 y los 80 que acabaría transformándolo todo. Una idea que cambiará la forma que tenemos en todo el mundo de mirar la moda, los accesorios, los coches, los peinados, el arte, la música o la propia noción de lo que es tener estilo.

Pocas ideas podrían ser mas democráticas o americanas que el concepto de cool, el cual, tal y como expone Gioia, puede ser cultivado por todo el mundo. Una idea que en sus inicios transciende las clases sociales y las fronteras materiales. Basado fundamentalmente en una actitud irónica o de un relativo desapego a las convenciones de la vida, la grandeza y el éxito de este concepto es que uno no necesita ser guapo ni elegante ni rico ni joven para ser cool. De hecho, en los Estados Unidos es un concepto que dinamita los rígidos estándares morales y estéticos heredados de la época victoriana y permite a los afroamericanos transformarse en trend-setters de lo que está por venir. Según Gioia, el resultado, después de varias décadas de abuso de lo cool por parte de corporaciones y los expertos en marketing está siendo la muerte del mismo debido a su excesivo éxito. Todos hemos acabado apelando tanto a los valores de lo cool que hemos terminado por descreer del concepto.





En su libro, Gioia dibuja un panorama sombrío para lo cool tal y como lo entendemos hasta ahora. Un mundo en el que los únicos que seguirían creyendo en la idea de lo cool son los desheredados, los inmigrantes, las personas que carecen de formación intelectual o los medios económicos, los habitantes del tercer mundo. Los ricos y sofisticados americanos habrían dejado de creer en esta idea hace bastante tiempo y llevarían en su mayoría vidas bastante sencillas y austeras en las que la etiqueta de cool es casi un inconveniente. De alguna forma se producirá un retorno al mundo de nuestros padres o abuelos: en alimentación se volverán a consumir productos a granel y en los que el envase no desempeñe un papel predominante, se comprarán coches que gasten poco, ropa sin logos aparatosos y con buena relación calidad-precio o directamente se reducirá el consumo a lo necesario aunque no haya necesidad económica.

Gioia basa sus vaticinios en el éxito arrollador de marcas en Estados Unidos que gastan poco en publicidad y menos en la contratación a famosos (por ejemplo Starbucks, Google, Amazon, Apple o New Balance), que directamente tratan de ocultarse tras la apariencia de lo simple y racional en el consumo (como Coca-Cola o Pepsi con sus nuevas marcas de zumos orgánicos de las que tratan de borrar cualquier huella de su pertenencia a una gran corporación) o que han fracasado rotundamente por tratar de parecer demasiado cool a través de aparatosas campanas publicitarias o la contratación de estrellas como Gap o Microsoft. Al consumidor americano y particularmente su versión mas joven, la generación Millenial, ya no le encandilan con esos cuentos.

Para Gioia, la parte menos positiva de la decadencia del concepto corresponderá a la erosión que sufrirán las relaciones entre las personas, que pasarán a ser más francas y directas y, por tanto, mas basadas en la confrontación que en las ultimas décadas. El buen rollito instaurado por los baby-boomers se irá disipando poco a poco y será sustituido por los comentarios mordaces al prójimo como de un tiempo a esta parte hemos podido comprobar que sucede en los comentarios de los blogs o de las noticias en las versiones digitales de los periódicos.

Como casi siempre en lo que se refiere a tendencias y estilos de vida, lo que suceda en América se adoptará en Europa y en el resto del mundo. Será un mundo quizás más aburrido pero sin duda más honrado y que guardará más relación con la idea primigenia de democracia e igualdad sobre la que se fundaron los Estados Unidos.

sábado, 26 de mayo de 2012

El futuro de América

Los Estados Unidos son una cultura del becoming mientras que la de los españoles y otros países latinos puede ser considerada como del being. Los americanos se pasan la vida pensando como será el mundo y sus vidas el día de mañana. Nosotros nos centramos más en vivir el presente y mañana Dios dirá. No por casualidad sino debido a esta obsesión por saber que les deparará el futuro (y aunque pueden citarse todos los precedentes que se quiera), la ciencia ficción es un género literario y cinematográfico genuinamente americano. Americanos son los escritores Isaac Asimov, Philip K. Dick y Ray Bradbury así como las películas Blade Runner, Cuando el destino nos alcance o El Planeta de los Simios y muchas otras. También hay una tradición de imaginar el futuro menos literaria y mas científica o pseudocientífica a la que los gurús de todo tipo, sociólogos, economistas y académicos no son ajenos. Alvin Toffler con sus sucesivas olas, Jeremy Rifkin y últimamente, más serio que los dos anteriores, Richard Florida elucubran sobre el futuro que nos aguarda.

Pero a otro nivel, cada individuo de este país no deja de pensar y trabajar en como serán los próximos meses y años de su vida. El americano, a diferencia de nosotros, renuncia al presente. Las agendas, incluso de las gentes más sencillas o más jóvenes, están repletas de citas inaplazables con un outcome (producto final) siempre en perspectiva. Varios trabajos, cursillos, clases particulares, proyectos domésticos de bricolaje o jardinería, clubs de lectura, actos benéficos para recaudar fondos copan las vidas diarias de millones de americanos para los cuales ponerse a cocinar, leer un libro o reunirse para tomar un café y hablar de los asuntos del día con amistades puede ser considerado un lujo innecesario cuando no una pérdida de tiempo. Las reuniones sociales suelen, a nosotros los meridionales, parecernos cronometradas ya que nunca se extienden mucho más de una hora u hora y media por regla general. Quedar no es nunca solo quedar, sino quedar para alguna actividad en la que la conversación se integra como se puede: un partido de baloncesto, una caminata por el campo o ir a ver una película tras la cual siempre habrá otro evento que apremie. El jubilado americano nunca se imagina pasando los últimos anos sentado en un banco de una plaza con otros de su edad, por el contrario fantasea con proyectos filantrópicos o familiares que le permitirán recobrar el tiempo perdido. El americano tiene, en consecuencia, serios problemas para vivir el presente que siempre entiende como una pasarela hacia el futuro pero no como un fin en si mismo. Para el americano el presente es innecesario, superfluo, despreciable si no está orientado hacia el porvenir. Más que en ningún otro lugar, en América ser contemporáneo, un hombre de su tiempo, es ser un hombre del futuro. En ningún otro país hay una mayor hambre por la novedad y amor por la tecnología. A los americanos les encanta hacer colas por la noche en los centros comerciales para comprarse el último modelo de zapatilla Nike o la ultima versión del iPad. Si intentas ganarte el afecto de un desconocido, no trates de fingir que sabes de futbol americano, sino transmítele tus impresiones sobre determinados gadgets electrónicos y habrá una buena conversación. Porque, a fin de cuentas, lo que interesa es el futuro aunque sea inalcanzable y la tecnología genera esa ilusión de aprehender lo que aun no existe.



En su ultimo libro, The great reset, el sociólogo Richard Florida imagina el futuro que le espera a los Estados Unidos tras la tercera gran crisis económica de la historia. Florida imagina un futuro donde todos deberán aprender a ser más creativos. La ética de la identificación por la adquisición de productos comenzara a desfallecer y los símbolos fetiche de la sociedad americana de la era industrial, el coche y la casa en propiedad, perderán parte del prestigio que tenían. Su lugar será ocupado por el consumo de experiencias que enriquezcan a la persona como la educación, los viajes o disponer de mayor tiempo libre con la familia o los amigos. La mayoría de las personas volverán a vivir en régimen de alquiler, mucho más acorde con esta nueva sociedad de la creatividad y el conocimiento en el que la flexibilidad temporal y geográfica será moneda común. Florida imagina un futuro en el que los americanos incorporaran a sus vidas lo mejor de Europa: una relativa frugalidad de un estilo de vida en el que las casas son menos espaciosas y costosas de mantener y el individuo se mueve en entornos de alta densidad de población que favorecen la formación de redes personales y profesionales. De la misma forma, en esta nueva época al americano le gustará hacer más vida de barrio, moverse en transporte público y adoptar el tren de alta velocidad para los trayectos de carácter regional en lugar del avión. Según Florida, el paradigma de la sostenibilidad se convertirá en el nuevo paradigma americano durante las próximas décadas. Ni que decir tiene que, echando la vista atrás, la mayoría de las predicciones que se ha hecho del futuro en el pasado apenas se han visto cumplidas y si no leed El fin del trabajo de Jeremy Rifkin, lo cual no le impide seguir percibiendo jugosos dividendos por sus conferencias. Al fin y al cabo en Norteamérica lo importante no es tanto si uno acierta con sus predicciones sino simplemente el mérito radica en ser capaz de imaginar el futuro.