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miércoles, 9 de julio de 2014

Demasiado dar las gracias tampoco es bueno


España,  y no importa en cual de las Españas se encuentre uno, es un país en el que se da poco las gracias, se dice poco por favor o lo siento. Somos poco efusivos. Ni siquiera se dice “te amo” en el idioma español, que suena la mar de cursi sino “te quiero” que tiene un claro matiz posesivo.

Los anglosajones, en cambio, dan mucho las gracias y dicen demasiado por favor en comparación con nosotros. Un americano pasa a dos metros de ti y se excusa. En la calle Serrano de Madrid, considerada lo más de lo más por algunos, uno se choca con alguien y no es infrecuente que ambos sigan andando sin cruzar palabra como sin más.

Por eso, en un país en el que se dan tan poco las gracias, me ha sorprendido la reacción de prestigiosos periodistas deportivos a la temprana y penosísima eliminación de España en el mundial. No les ha faltado tiempo para empezar a dar las gracias a Del Bosque y al resto de jugadores por los éxitos del pasado, como si no se les hubiera homenajeado lo suficiente, hubieran sido aclamados por la multitud en repetidas ocasiones, otorgado marquesados, recibidos por las más altas instancias de la nación y, aunque pueda sonar cínico, pagado sustanciosas primas. No han escaseado los halagos, merecidos en su mayor parte, en estos últimos años. Basta hacer una somera búsqueda en Google.

No se entiende este reacción casi gremialista, véase sinoel increíble artículo de Relaño como botón de muestra, ante una actuación tan penosa. O el de Javier Marías, para el que los triunfos pasados justifican el crédito de por vida. Se puede perder, por supuesto, pero dando otra sensación. Sin embargo, cuando los errores en las decisiones técnicas han sido tan evidentes empezando por la baja forma de muchos jugadores a los que el cuerpo técnico ha llevado más por lo que aportaron en el pasado que por lo que podían deparar en el futuro, la escasa motivación de los jugadores o el anquilosamiento del sistema de juego, hay que ejercer la crítica y dejar de dar tanto las gracias. Ahí está el ejemplo de la alabada Italia, cuyo entrenador, Cesare Prandelli, anunció su dimisión minutos después de quedar eliminada de una manera muchísimo más digna que la de la selección española.

Se ha agradecido tener una persona como Vicente Del Bosque en el banquillo todos estos años. Un hombre educado, respetuoso y sereno en un país en el que estas cualidades no abundan tanto. Sin embargo, también se agradecería vivir en un país en el que la crítica no se revista tanto de emoción, del es uno de los nuestros y las cosas se vean con un poco de objetividad aunque sea para criticar a un buen tipo como Del Bosque al que la federación, y buena parte de la prensa, sigue considerando el mejor entrenador posible a pesar de que está hipotecado afectivamente por todos los sitios para renovar el equipo. Hasta el propio Del Bosque debe estar sorprendido de tanto agradecimiento después de errores tan colosales.

Para entender la forma de pensar en una determinada cultura, resulta útil pensar en como se dicen, o se dejan decir, las cosas en su idioma. En ese sentido, se echan de menos en la lengua castellana palabras, como la inglesa accountability, que hagan referencia a la “obligación o predisposición a aceptar la responsabilidad por las acciones de uno” (según la definición del diccionario Webster).

No las busquen, aunque pueda haber expresiones (que no palabras) parecidas como “asumir responsabilidades”, no es lo mismo.  Cuando alguien es accountable y no responde a las expectativas pasan cosas, cuando uno asume responsabilidades, pide perdón y tira para adelante.

jueves, 12 de junio de 2014

Durante el mundial Estados Unidos no es importante


A los estadounidenses no les interesa el fútbol. De hecho se han inventado una horrible palabra, soccer, para desnaturalizar el significado de una palabra inventada por los ingleses.
Pero lo más interesante es que, a diferencia de la mayoría de órdenes de la vida, desde la política, pasando por la economía a la cultura popular, al resto del mundo no le importa ni lo más mínimo que a los americanos no les guste el fútbol.
Podrá jodernos que los americanos ignoren tal o cual película, libro, ingrediente, comida o cuestión geográfica, pero cuando se trata del fútbol la respuesta está clara: los que se joden son ellos por no saber apreciarlo.
El interés por el fútbol en Estados Unidos es sinónimo de extranjería. Puedes hacer con toda tranquilidad planes para ver un partido en diferido al final del día sin que nadie te diga el resultado de un Madrid-Barcelona o de la final de la Copa de Europa. Cuando los estudiantes de Japón, Arabia Saudí, Alemania, Sudán o Corea se reúnen y se ponen a hablar de fútbol los que parecen quedarse marginados son los norteamericanos aunque estén en terreno propio. El fútbol es lo no americano, (cuidado, no confundir con antiamericano) por antonomasia.
Sin embargo, durante los mundiales uno de repente descubre que a fulanito o menganito, a los que nunca había escuchado hablar de fútbol, les interesa y que incluso ven los partidos por Univisión, único canal en abierto que pone todos los partidos, aunque no hablen palabra de español. También que en un viaje por Europa visitaron el Bernabéu o acudieron a un partido con una bufanda.
En la América de las diferencias sociales y económicas, el fútbol acaso es el único factor transversal capaz de crear curiosas coaliciones.
Por un lado, nos encontramos con la inmigración latina (sobre todo mexicana) y, por otro, con un numeroso segmento de la población, no sólo, pero en un importante porcentaje, integrado por personas de nivel socioeconómico alto que vive en zonas urbanas.
Los primeros practican el fútbol cuando sus duros horarios laborales se lo permiten y siguen la liga mexicana en los canales hispanos; los segundos apuntan a sus hijos a equipos de fútbol de las federaciones locales y siguen la liga inglesa con fruición.
Para los primeros, su afición por el fútbol es una forma de identidad y, como no, una vida de repuesto que diría Jose Luis Garci. Para los segundos, tiene algo de progresista, es una afirmación casi política de cuestionamiento del excepcionalismo norteamericano y una afirmación de creencia en el cosmopolitismo, la multiculturalidad y el interés por otras culturas.
Para los que vivimos en EEUU durante la celebración de los Mundiales es agradable comprobar que el mundo pasa de Norteamérica y que lo que dice Obama o cualquier estrella de Hollywood apenas es relevante.
Que en una calle de Hamburgo, Caracas o Estambul, nadie reconocería a Tom Brady, Russell Wilson, Alex Rodríguez o Adrian Peterson (estrellas del fútbol americano o el béisbol) pero que en cambio Messi, Ronaldo, Casillas o Iniesta harían girar la cabeza a las multitudes.
Los mundiales ponen un atisbo de cordura en un mundo demasiado unipolar a veces. Un mundo 'postamericano' más real que aquel al que se refería Fared Zakaria al menos durante un mes.