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lunes, 19 de septiembre de 2016

Donald Trump y el futuro del fútbol en Estados Unidos

El otro día un amigo me preguntaba si Trump tenía posibilidades de ganar las elecciones norteamericanas. Bien informado siempre, me decía que a juzgar por lo que se refleja en la prensa española, donde a menudo se confunden los deseos con las realidades, parecía que de ninguna manera.

Ese ambiente de escepticismo con respecto a las posibilidades electorales de Trump se respira cada vez menos en Estados Unidos. Lo dicen los sondeos que ven como el margen entre Clinton y Trump disminuye y también el paisaje de los pueblos y ciudades pequeñas. Y digo bien, porque muchas veces los corresponsales, que se mueven en Nueva York, Washington o Los Angeles, no captan ese ambiente en absoluto.

En las ciudades pequeñas, las casas con carteles azules del ticket Trump/Pence son incontables y decir que vas a votar a Trump no es ninguna verguenza pese a quien pese.

Que nadie se crea a aquellos que hagan vaticinios tajantes al respecto. Nadie tiene una bola de cristal y sabe lo que va a pasar.

Curiosamente, y aunque supone una simplificación brutal, la parte de la población que es más beligerante con respecto a Trump son los mismos a los que les gusta el fútbol (el verdadero) en este país. Los llamados super-ricos y los inmigrantes.

Gente del tipo que vive en las costas, con estudios superiores en buenas universidades, que gana más de 200.000 dólares al año y que, por ejemplo, trabaja en el sector de la alta tecnología en firmas globales. Un trasunto de esa clase creativa de la que hablaba Richard Florida hace un par de décadas (como pasa el tiempo).

El otro segmento de gente a los que les gusta el fútbol son los inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Muchos hispanos, por supuesto, pero de cualquier parte del mundo (basta con tener una conversación con cualquier taxista somalí o albanés por pone un ejemplo). Y es que la afición al fútbol, la liga inglesa pero también al Barcelona o Real Madrid, es el cemento que une a los inmigrantes de cualquier lugar, un rasgo de cosmopolitismo, de lo no americano.

Y es que, como dice Fareed Zakaria, en un reciente artículo. El populismo norteamericano, y yo diría anglosajón si traemos a colación el caso del Brexit, se artícula en torno al debate sobre la identidad y no sobre el anticuado eje izquierda-derecha.

¿Quieren los americanos pertenecer a un país en el que la diversidad deje de ser la excepción y, por poner un ejemplo, el fútbol (el verdadero) rivalice dentro de 10 o 15 años en popularidad con el baloncesto o el béisbol o el fútbol debe seguir siendo considerado un deporte un-American, demasiado global y colectivista?

También podemos llevar la cuestión de la identidad al ámbito culinerio. ¿Va a seguir siendo la comida americana por antonomasia la hamburguesa, los macarroni and cheese y la tarta de manzana o a lo mejor hay que empezar a considerar tan americanos como los primeros a los tacos, los nachos y la salsa?

Preguntas fundamentales a las que los americanos responderán de alguna manera votando a Clinton o a Trump.






miércoles, 23 de marzo de 2016

Trump y las miserias de la prensa americana

Las relations con la prensa del candidato republicano Donald Trump constituyen un subcapítulo aparte en la campaña electoral americana. Trump ha conseguido lo que en muchos sentidos parecía imposible que es poner en su contra a toda la industria de las noticias y al mismo tiempo seguir ganando adeptos.

Haciendo zapping en el avión en un trayecto de Seattle a San Francisco me encuentro con que las tres grandes cadenas de noticias (CNN, Fox News y MSNBC) hablan ininterrumpidamente durante las dos horas que dura mi trayecto de Donald Trump. Las tres de forma crítica pese a encontrarse en las antípodas ideológicas. Si me apuran, la más crítica es Megyn Kelly de la conservadora Fox News de quien Trump ha dicho que tenía los ojos inyectados en sangre cuando le entrevistó, que sus preguntas eran ridículas o que es una periodista de tercera que le utiliza para escalar en los ratings de audiencia, entre otras lindezas.

Los periodistas de las distintas cadenas cuestionan los insultos de Trump, sus malos modos, sus modales excluyentes y la violencia en sus mítines. Le responsabilizan de no condenar el apoyo a su causa del Ku Klux Klan o de insultar a las mujeres y a las minorías.

Condenan a Trump por insultar a Kelly, echar de una rueda de prensa al periodista de Univisión Jorge Ramos por defender a los mexicanos o por ridiculizar públicamente a uno de los cámaras que sigue sus movimientos durante los mítines.

Sin embargo, siguen hablando de él y dándole entrevistas a diestro y siniestro. En términos de lo que se denomina earned media, es decir, el tiempo no procedente de publicidad pagada que los medios de comunicación dedican a cada candidato a través de informaciones y comentarios, Donald Trump ha logrado dos mil millones de dólares, más del doble que el segundo candidato, Hillary Clinton con 746 millones de dólares y con un presupuesto publicitario 3 veces superior. La tendencia se mantiene.

Es obvio que el periodismo no puede permanecer ajeno al fenómeno Trump, ya que después de todo el magnate inmobiliario tiene posibilidades reales de convertirse en presidente de Estados Unidos.

Sin embargo, el periodismo que ha creado escuela en todo el mundo a través de conceptos como el de watchdog (perro guardián vigilante de los excesos del poder) y series y películas convertidas en mitología de la prensa como contrapoder, está dejando bastante que desear.

La obsesión por la neutralidad a veces se transforma en mera tibieza en las entrevistas a Donald Trump. No se le cuestiona y apenas se confrontan sus declaraciones. Ayer vi una entrevista en CNN, donde en teoría no tendría que encontrarse en su casa, y a Trump se le veía cómodo, fortalecido ante un timorato Wolf Blitzer que parecía intimidado ante la presencia del magnate. La palabra confrontación, en realidad todo lo que huela a conflicto, tiene mala prensa en general en la cultura norteamericana pero a veces no hay más remedio cuando se violan ciertas normas fundamentales. Sólo se la he escuchado pronunciar a Ramos ante la mirada escéptica de la propia Kelly.

Cuando uno se ríe públicamente de un cámara, se expulsa a un colega de una rueda de prensa o se le insulta, uno creería que se han traspasado ciertos códigos éticos y que la respuesta requiere ser de gremio. Lo lógico, como he visto que sucede en Europa en ocasiones, es que los periodistas se marchen de la rueda de prensa o no concedan entrevistas al menos durante un cierto tiempo hasta que la personalidad en cuestión cambie de actitud o trate a todo el mundo por igual.

Hasta el momento, aparte de las típicas condenas retóricas, llama la atención la falta de respuestas coordinadas y solidaridad real de los periodistas americanos cuando atacan a uno de sus colegas. El corporativismo, a veces tan denostado, también tiene cosas buenas.

Si continúan así las cosas, Trump, que además cuenta con el apoyo de un montón de americanos damnificados por el proceso de globalización y que de alguna forma sienten que no tienen nada que perder, puede estar bien tranquilo.


miércoles, 16 de marzo de 2016

Donald Trump y los embutidos españoles

No voy a caer en el chiste fácil a pesar del título. Donald Trump no es un chorizo. Podrá ser maleducado, faltón, machista o xenófobo, quizás, pero no chorizo (aunque se le atribuyen vínculos con la mafia no demostrados). En realidad, no se puede llegar a presidente de Estados Unidos siendo un ladrón. Los mecanismos de escrutinio son demasiado buenos.

Pero la América que propone Donald Trump a sus votantes de clase trabajadora (más o menos el mismo sociotipo que en Francia se ha pasado del partido comunista al Frente Nacional) si tiene que ver con el mundo de las carnes curadas.

Es una América a contracorriente, no podía ser de otra manera, con la que defienden los demócratas y casi el resto de los republicanos. Trump propone una América a favor de los aranceles, las tasas a los productos importados y a favor de limitar la mano de obra extranjera. Una América en contra del libre mercado en la que el Made in China o el Hecho en Mexico lo tengan mucho más difícil. Esa es su fuerza y no es moco de pavo.

No tan diferente en el fondo a lo que hacen los franceses con su agricultura o teniendo un salario minimo el doble de alto que el español para que el inmigrante recien llegado no pueda competir por precio con el francés. Para evitar, al contrario de lo que sucede en España, que se creen puestos de trabajo de ínfima calidad a costa de los menos cualificados.

Y tiene mucha razón lo que dice García Dominguez al señalar que el proteccionismo tiene mucho que ver con la tradición americana ya que estuvo plenamente en vigor hasta 1915, justo cuando las potencias europeas decaen después de la Primera Guerra Mundial. Por aquellos tiempos, el sindicalismo norteamericano, el de la American Federation of Labor, también estuvo a favor de limitar los derechos laborales de los extranjeros y los inmigrantes. Nada nuevo bajo el sol.

La economía que propone Donald Trump ya existe en determinados sectores como por ejemplo el alimentario y, más concretamente, el de los embutidos. La prohibición de importer carne de porcino de numerosos paises sigue vigente en este país.

No es más que proteccionismo encubierto. La bastante deficiente agencia alimentaria norteamericana establece que la carne de porcino de numerosos países, entre ellos España, no se mata en las condiciones adecuadas y no cumple los estándares sanitarios de este país. Esa es razón por la que a los cada vez menos incautos españoles han requisado durante décadas en los aeropuertos americanos toneladas de chorizo y jamón.

Solo hay un matadero en España que cumple esas condiciones, el de Fermín en la Alberca (Salamanca). Los chorizos Palacios pueden exportarse porque se matan en un matadero en Dinamarca, que aunque no muchos lo sepan es un gran país exportador de carne de cerdo.

Dicen que en origen fue la mafia italoamericana la que presionó para que esta prohibición se llevara a cabo. Lo cierto es que la prohibición sigue estando ahí muchos años después. Mientras tanto, marcas como Columbus, Daniele y otras, muchas de ellas ubicadas en los alrededores de San Francisco, se forran vendiendo salami, prosciutto, jamon serrano y jamon York de ínfima calidad con larguísimas y sospechosas listas de ingredientes añadidos que incluyen los inquietantes y cancerígenos nitratos artificales (ya que este tipo de carne contiene nitratos naturales tambien).


No pocos americanos se sentirían satisfechos si este tipo de proteccionismo se extendiera a otros sectores productivos.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Opinar o no opinar, esa es la cuestión


Es  curioso, pero en el país de la libertad, que enseñó al resto del mundo que la opinión pública era el rey, es complicado opinar en la vida cotidiana.

Ser una persona que opina mucho tiene un matiz peyorativo en la vida americana. Ser considerado opinionated implica que uno es denominado cascarrabias, polémico, controvertido, poco de fiar, en suma.

El mundo pertenece a los easygoing, los que siempre se muestran de acuerdo con uno independientemente del tema que se trate, a los que más o menos les gusta todo, los que sacrifican una verdad a mantener el buen rollo o simplemente los que no tienen demasiadas inquietudes intelectuales.

El producto de todo ello es que en las reuniones sociales predomina el small talk, una tendencia a la nadería, a la gracia fácil e inocua que no solivianta a nadie. Las discusiones prácticamente están prescritas y por ello raramente se habla de temas relacionados con la política o los valores a no ser que el nivel de confianza entre las personas sea altísimo. Cuando se monta alguna trifulca no resulta inusual que alguno de los intervinientes hable inglés con acento extranjero.

 El resultado suelen ser conversaciones que con frecuencia resultan sosas al europeo, más acostumbrado al cuerpo a cuerpo.

En España existe la sana opinión de que la gente opine de cualquier cosa, a menudo con desconocimiento. Pueden producirse situaciones acaloradas con alguna frecuencia que normalmente se disuelven con rapidez y sin dejar apenas rastro como un azucarillo en el café.

Sin embargo, lo que de un tiempo a esta parte viene sucediendo a los líderes de opinión españoles con respecto al tema catalán me recuerda bastante a lo que pasa en Estados Unidos entre las personas comunes. Mikel López Iturriaga es un buen blogger gastronómico que vive en Barcelona pero un líder de opinión le pese o no lo pese. Por eso no se entiende que confiese haberse “jurado a mí mismo no escribir jamás sobre la situación en Cataluña, salvo que viniera una horda de falangistas australopitecus blanquernis a mi casa y me obligara a ello bate de béisbol en mano”.


¿Por qué? ¿Qué tiene de malo opinar sobre ese tema? Es un tema tan importante, tan totalizador que, por supuesto, al final afecta cualquier aspecto de la vida. No en vano, la identidad es uno de los cuatro o cinco temas más importantes en la vida de toda persona, sino a ver como se explica la pasión que tiene la gente por los deportes, la comida o por las fiestas o tradiciones de sus tierras.

También he escuchado a bastantes actores de teatro o cine evitar manifestar una postura simplemente diciendo que se encuentran en casa en cualquier punto de España pero que piensan que los ciudadanos deben opinar y que acatarían la decisión que tomaran en un hipotético referéndum.

Piensan que son los catalanes deben opinar pero ellos no opinan sobre el meollo del asunto. Según esta nueva visión parece ser que son los políticos o los tertulianos los únicos que deben perder el tiempo opinando ya que no tienen cosas mejores y más divertidas que hacer, como comer o actuar. Según esta filosofía tan de moda en España uno puede ser un personaje público sin pronunciarse acerca de las grandes cuestiones, “eso es cosa de políticos”, o directamente minimizándolas como si no fuera importante.

Uno pensaría que el buenrollismo consiste en que cuanta más gente permanezca unida mejor, en que el que viene de fuera pueda ser bien acogido pero manteniendo su identidad, en que las lenguas y la cultura evolucione libremente y no por imposición, en que el dinero se redistribuya de unos lugares a otros igual que se hace entre individuos.

Parecen principios a defender desde una perspectiva progresista, de izquierdas, que suele ser la habitual, ojo no digo que la única, en el mundo de los actores o los periodistas que escriben en PRISA o se dedican al cine y al teatro.

Por eso el debate público sigue siendo superior en Estados Unidos y su democracia es una de las mejores del mundo. Los actores, los escritores o los periodistas no tienen miedo a pronunciarse sobre las grandes cuestiones, y el desgajamiento de un estado lo es, y existe una mayor pluralidad. Hay actores de izquierdas, de derechas, jugadores de baloncesto que critican a Obama y algunos que apoyan a candidatos políticos con su propio dinero.

Lo veremos, una vez más, en la próxima campaña presidencial que está a la vuelta de la esquina.