Consejos American Psique: existencialismo
Mostrando entradas con la etiqueta existencialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta existencialismo. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de marzo de 2015

Vidas americanas en dos horas y media

Todos sabemos lo difícil que es llevar a cabo relatos totalizadores de cualquier experiencia, tanto más si se trata de reflejar como es una infancia y adolescencia tipo en Estados Unidos. Siempre se acaba cayendo en el cliché o el estereotipo. Pero Boyhood, la película del injustamente no oscarizado Richard Linklater, no es así.
Tomando lo mejor de la Nouvelle Vague y el Neorrealismo, libertad formal y afán por reflejar la realidad de un modo verídico, Linklater logra su objetivo. No faltan los sucesivos divorcios o rupturas de pareja, las familias que crecen sin el padre, las casas suburbiales, los desayunos copiosos, las bebidas gaseosas por doquier, la falta de autoridad de los padres, el primer partido de béisbol, una rama de la familia en la que abundan los rifles y otra en la que abunda el rock and roll, los cambios constantes de ciudad, la vuelta a la universidad para reinventarse, los chicos que con diez o doce años pasan las tardes solos en casa, las experiencias sexuales precoces, las drogas, el alcohol o la universidad como meta y al tiempo como rito de paso. Todo ello con transiciones y ellipsis que resultan naturales, en las que no choca que el protagonista vaya con el pelo más largo, un pendiente o que la madre, Patricia Arquette, se vea más rechoncha.
Al ver Boyhood uno ve la vida pasar enfrente de uno y eso es complicado de conseguir en cualquier arte. Y lo más importante para lograrlo no es que Linklater y sus actores se hayan tirado doce años haciendo la película. Cuando uno ve Boyhood es cuando, aunque suene absurdo, uno se da cuenta que las vidas americanas no son lineales, siempre en progreso y llenas de grandes desafíos y oportunidades como nos ha hecho creer el cine de Hollywood. Que va, son como todas: hasta cierto punto lentas, insustanciales, silenciosas, pero con un átomo de interés por el futuro que mantiene el suspense.
Hay una cierta tristeza tranquila en Boyhood, si se quiere llamar existencialismo, una cierta impresión de haberlo visto todo antes, de que no hay gran cosa que contar, de que ya nos sabemos la historia pero que no nos importa porque no hay mejores alternativas. Una impresión de que no van a pasarles grandes cosas a esos niños y jóvenes cuando se hagan mayores. Como a casi todos nosotros.
Y está bien que así sea. Y reflejar lo que es la vida, contradiciendo a Hitchcock (y yo lo extendería a toda la filosofía del cine clásico) que hablaba del cine como de “trozos de pastel, no de vida”, lo ha conseguido el cine Americano mejor que el europeo pese a haberlo intentado menos veces. De la misma forma, que ha conseguido reflejar mejor el mundo del deporte o de los aficionados al vino, a pesar de que en Europa matemos por el fútbol y nos preciemos de la cultura vinícola no tenemos películas sobre el deporte o el vino tan buenas como los americanos.

Y viendo Boyhood se diría que tampoco sobre la vida.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Una familia americana

Una familia americana



Por Juan Cabrera


Es posible que lo inusual del proyecto que hay detrás de Boyhood haya dejado en segundo plano a la película. Se ha hablado mucho de la tenacidad y del espíritu aventurero de Richard Linkater, de los actores y de su equipo, que durante 12 años han rodado secuencias para construir esta historia de una familia americana. Y es verdad que cuando uno empieza a ver Boyhood no puede evitar pensar que lo que está viendo fue rodado en 2002, poco después de la caída de las torres gemelas, y que ahora esas primeras escenas del protagonista en bicicleta recorriendo el suburbio le llegan como la luz de una estrella lejana que ya ni siquiera existe.

Sin embargo, al rato todo eso queda en segundo plano. Boyhood no es una película “descomunal y sin precedentes”, como nos anuncian enfáticamente los carteles publicitarios, y tampoco es perfecta. Sin embargo, a uno se le queda grabada en la retina, y los interrogantes y ese sosegado y reflexivo existencialismo que destila te acaban acompañando cuando sales del cine, e incluso mucho después. Aunque dura casi tres horas, uno se podría pasar seis, nueve o doce horas siguiendo la peripecia de Mason y su familia, tan fuera de norma en la forma, pero tan común y reconocible en el fondo. Linklater capta con su cámara un buen trozo de vida, inventada, improvisada a ratos, supongo, pero verdadera. Y la enriquece y le da profundidad con el tiempo que no vemos, tan o más protagonista en esta historia que el que sí nos enseña. Y es queBoyhood (o Momentos de una vida, como la han llamado en español) avanza a golpe de inevitable elipsis, para dejar claro que el gran asunto que pone sobre la mesa es la vida, el paso del tiempo y el sinsentido al que nos aboca.  

Casi sin quererlo, y evitando los subrayados, Linklater te regala metáforas donde materializa esa terca verdad, y la huella que va dejando. A los pocos minutos de empezar, Patricia Arquette,que interpreta a la atractiva y abnegada madre de Mason (Ellar Coltrane), pide al chico que le ayude a adecentar la casa de alquiler en la que viven, y que tienen que abandonar para reunirse en Houston con la abuela. Una de las tareas para Mason será borrar las marcas de estatura que ha ido dejando en el marco de la puerta de su habitación, líneas que son testigos mudos del paso de unos años que no hemos visto, pero que ya, sin darnos cuenta, hemos asumido.  

La de Linklater es una película sobre la familia americana y sobre la vida de la gente corriente en aquel país, con sus traslados de casa en casa y de suburbio en suburbio, siempre en busca de mejores oportunidades laborales y del ansiado estatus. También es una historia sobre el matrimonio y el divorcio recurrente como camino para la reinvención, y sobre la vida escolar y sentimental de unos chicos de ahora (o de hace una década, lo mismo da) que se enfrentan con sorprendente estoicismo y lucidez al desorden en que les han instalado sus mayores. Linklater también nos habla del desencantamiento que la madurez trae consigo. En un momento dado, el niño que creció fascinado por las historias de Harry Potter pregunta a su padre dónde ha quedado esa magia en un mundo que se le empieza a hacer incomprensible. Sin aspavientos, Mason intuye que esa magia nunca va a retornar.

Casi al final de la película, uno de los protagonistas se pregunta: ¿y todo esto para qué? La verborrea de los personajes de Linklater (como ya pasaba en su famosa trilogía de amaneceres, atardeceres y anocheceres) y el prosaísmo de las situaciones los pone a salvo de cualquier trascendentalismo pretencioso. Aquí, la búsqueda de sentido es atropellada por la circunstancia del momento: unas facturas que hay que pagar, el inminente traslado a otra ciudad por una separación inesperada de la madre o la entrada en la universidad del joven Mason. Pasar por los rituales que impone cada edad y situación, cumplir con los convencionalismos, madurar, envejecer, o ver cómo los otros van cambiando y también nos van percibiendo de forma diferente, llena de preguntas a Mason y su hermana, y al tiempo les aleja de cualquier certidumbre. Linklater rehúye las respuestas. Sólo el padre ausente, el lenguaraz y contradictorio Ethan Hawke, hace casi siempre de contrapunto, dando lecciones que él mismo desoye o es incapaz de suscribir. Quizá en eso consista la sabiduría: en hacer las preguntas pertinentes y en no fiarnos del todo de las respuestas definitivas.

-----------------------
NOTA: Se ha dicho que Boyhood tiene un antecedente en Up Series, un documental del británico Michael Apted producido por Granada Television. Yo creo que tiene muy poco que ver, pero agradezco la asociación que muchos han hecho porque me ha acercado a esta joya irrepetible y –ésta sí- monumental del documentalismo británico y mundial. Y es que desde 1964, Apted y su equipo han seguido la pista a 14 niños británicos de muy diversos orígenes, entrevistándoles cada siete años. En principio, el trabajo partió con la idea de demostrar cómo las condiciones sociales y el entorno determinan las posibilidades vitales de cada uno. Hoy, 50 años más tarde, se ha convertido en una obra casi inabarcable, pero desbordante de humanidad y compasión.