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lunes, 22 de septiembre de 2014

Una familia americana

Una familia americana



Por Juan Cabrera


Es posible que lo inusual del proyecto que hay detrás de Boyhood haya dejado en segundo plano a la película. Se ha hablado mucho de la tenacidad y del espíritu aventurero de Richard Linkater, de los actores y de su equipo, que durante 12 años han rodado secuencias para construir esta historia de una familia americana. Y es verdad que cuando uno empieza a ver Boyhood no puede evitar pensar que lo que está viendo fue rodado en 2002, poco después de la caída de las torres gemelas, y que ahora esas primeras escenas del protagonista en bicicleta recorriendo el suburbio le llegan como la luz de una estrella lejana que ya ni siquiera existe.

Sin embargo, al rato todo eso queda en segundo plano. Boyhood no es una película “descomunal y sin precedentes”, como nos anuncian enfáticamente los carteles publicitarios, y tampoco es perfecta. Sin embargo, a uno se le queda grabada en la retina, y los interrogantes y ese sosegado y reflexivo existencialismo que destila te acaban acompañando cuando sales del cine, e incluso mucho después. Aunque dura casi tres horas, uno se podría pasar seis, nueve o doce horas siguiendo la peripecia de Mason y su familia, tan fuera de norma en la forma, pero tan común y reconocible en el fondo. Linklater capta con su cámara un buen trozo de vida, inventada, improvisada a ratos, supongo, pero verdadera. Y la enriquece y le da profundidad con el tiempo que no vemos, tan o más protagonista en esta historia que el que sí nos enseña. Y es queBoyhood (o Momentos de una vida, como la han llamado en español) avanza a golpe de inevitable elipsis, para dejar claro que el gran asunto que pone sobre la mesa es la vida, el paso del tiempo y el sinsentido al que nos aboca.  

Casi sin quererlo, y evitando los subrayados, Linklater te regala metáforas donde materializa esa terca verdad, y la huella que va dejando. A los pocos minutos de empezar, Patricia Arquette,que interpreta a la atractiva y abnegada madre de Mason (Ellar Coltrane), pide al chico que le ayude a adecentar la casa de alquiler en la que viven, y que tienen que abandonar para reunirse en Houston con la abuela. Una de las tareas para Mason será borrar las marcas de estatura que ha ido dejando en el marco de la puerta de su habitación, líneas que son testigos mudos del paso de unos años que no hemos visto, pero que ya, sin darnos cuenta, hemos asumido.  

La de Linklater es una película sobre la familia americana y sobre la vida de la gente corriente en aquel país, con sus traslados de casa en casa y de suburbio en suburbio, siempre en busca de mejores oportunidades laborales y del ansiado estatus. También es una historia sobre el matrimonio y el divorcio recurrente como camino para la reinvención, y sobre la vida escolar y sentimental de unos chicos de ahora (o de hace una década, lo mismo da) que se enfrentan con sorprendente estoicismo y lucidez al desorden en que les han instalado sus mayores. Linklater también nos habla del desencantamiento que la madurez trae consigo. En un momento dado, el niño que creció fascinado por las historias de Harry Potter pregunta a su padre dónde ha quedado esa magia en un mundo que se le empieza a hacer incomprensible. Sin aspavientos, Mason intuye que esa magia nunca va a retornar.

Casi al final de la película, uno de los protagonistas se pregunta: ¿y todo esto para qué? La verborrea de los personajes de Linklater (como ya pasaba en su famosa trilogía de amaneceres, atardeceres y anocheceres) y el prosaísmo de las situaciones los pone a salvo de cualquier trascendentalismo pretencioso. Aquí, la búsqueda de sentido es atropellada por la circunstancia del momento: unas facturas que hay que pagar, el inminente traslado a otra ciudad por una separación inesperada de la madre o la entrada en la universidad del joven Mason. Pasar por los rituales que impone cada edad y situación, cumplir con los convencionalismos, madurar, envejecer, o ver cómo los otros van cambiando y también nos van percibiendo de forma diferente, llena de preguntas a Mason y su hermana, y al tiempo les aleja de cualquier certidumbre. Linklater rehúye las respuestas. Sólo el padre ausente, el lenguaraz y contradictorio Ethan Hawke, hace casi siempre de contrapunto, dando lecciones que él mismo desoye o es incapaz de suscribir. Quizá en eso consista la sabiduría: en hacer las preguntas pertinentes y en no fiarnos del todo de las respuestas definitivas.

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NOTA: Se ha dicho que Boyhood tiene un antecedente en Up Series, un documental del británico Michael Apted producido por Granada Television. Yo creo que tiene muy poco que ver, pero agradezco la asociación que muchos han hecho porque me ha acercado a esta joya irrepetible y –ésta sí- monumental del documentalismo británico y mundial. Y es que desde 1964, Apted y su equipo han seguido la pista a 14 niños británicos de muy diversos orígenes, entrevistándoles cada siete años. En principio, el trabajo partió con la idea de demostrar cómo las condiciones sociales y el entorno determinan las posibilidades vitales de cada uno. Hoy, 50 años más tarde, se ha convertido en una obra casi inabarcable, pero desbordante de humanidad y compasión.



domingo, 27 de noviembre de 2011

El silencio

Los americanos tienen una cierta fama de ruidosos fuera de los Estados Unidos. Esta faceta puede que a los españoles, más ruidosos todavía, nos pase desapercibida, pero no así a otros europeos o, por ejemplo, a los japoneses. La imagen de un grupo de americanos en pantalones cortos o vestidos con ropas deportivas caminando por París o Berlín y hablando a todo volumen se ha convertido en un cliché para mucha gente, incluidos los propios americanos cuando tratan de reirse de si mismos.

La imagen de país ruidoso tambien la proyecta la industria del entretenimiento. Antaño la música de break-dance por las calles y hoy el hip-hop, el rumor de los coches en Nueva York (la ciudad que nunca duerme), el estruendo de las bandas de música en los partidos de béisbol y fútbol americano, los incesantes cánticos de las tropas durante los entrenamientos que hemos visto en las películas sobre la guerra del Vietnam. Sin embargo, si hay una faceta que vertebra la vida americana es el silencio. No precisamente el silencio interior que tendemos a asociar al ascetismo cristiano o a las religiones que vienen del Oriente, producto de la inacción antesala de la meditación, sino el silencio dictado por la ubicación en un espacio determinado. Es el silencio del suburbio, del barrio residencial, de la ciudad pequeña, de las calles permanentemente vacías por las que amplios vehículos se deslizan sigilosamente a paso de tortuga a cualquier hora del día para cumplir una ley que en la mayoría de los casos les impide circular a una velocidad mayor de 20 o 25 kilómetros por hora. El silencio del orden a ultranza de barrios de casas perfectamente alineadas y césped cortado con rigurosidad milimétrica, del paseo por un campus universitario un domingo por la tarde, de un sport bar inundado de pantallas todas ellas con el volumen bajado. El silencio que solo corta el agitarse por la ventisca de una bandera de barras y estrellas atada a un mástil en una casa particular o un edificio público.

Si alguien quiere experimentar la angustia de este tipo de silencio, aunque de forma vicaria, no tiene mas que leerse alguno de los cuentos de Raymond Carver o Richard Ford y compartir las vivencias de esos personajes solitarios, obsesivos y hasta cierto punto tambien banales.

Existe otro tipo de silencio que es el de las montañas, los parques naturales, los lagos, un día de caza o de pesca, el de las decenas de kilómetros conduciendo sin toparse con un coche o una gasolinera en una carretera secundaria. Es el silencio que uno encuentra viendo Las aventuras de Jeremias Johnson, algunas fases de Brokeback Mountain o algunas road movies ya olvidadas como Paris Texas.

Por último existe el silencio de las conversaciones. Cuando uno dice algo abrupto, una expresión considerada innecesaria o que puede ser motivo de conflicto, una referencia a otras tierras, otro país, otras gentes, entonces también muchas veces se produce el silencio.