Consejos American Psique: manifestaciones
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lunes, 9 de junio de 2014

La izquierda sentimental


No se que me causó más inquietud de las 9 impresionantes fotos aéreas de las protestas por la República que publicó el Huffington Post el día que el rey Juan Carlos anunció su abdicación.
Quizás fue la manifestación en sí, que recordaba tanto a la de la hermosa foto que Alfonso Sánchez Portela tomó el día de la proclamación de la Segunda República y que acabaría tan mal. Uno no acaba de entender del todo la buena prensa de que gozan en España las muchedumbres desde que Tarde y Le Bon anunciaran a finales del siglo XIX que sacan a relucir lo peor y más irracional del ser humano.
Otra no menor es que la manifestación se fraguara cuando el cadaver estaba, por decirlo de algún modo, todavía caliente. Nos gusta a los españoles actuar en el fragor del momento, en ausencia de distancia, dejarnos llevar y, sobre todo hacer leña del árbol caído aunque no haya sido por causa nuestra. Cuando en situaciones difíciles otras sociedades juntan filas, la nuestra se divide y se enorgullece de ello. Ocurrió tras el 11-M y más recientemente con los separatismos que atacan más siempre que el Estado está en dificultades y al borde del colapso.
También tenía algo de inquietante la foto de uno de los líderes de Podemos, Adrián Rodríguez, bebiendo una copa de vino tinto desde uno de los balcones de la Puerta del Sol con pose de catador, contemplando desde las alturas la masa enfervorizada sosteniendo banderas republicanas. Hay algo neroniano en ella, de delectación del que contempla como el edificio se viene abajo.
Las decenas de miles de "Me gustan" (más de treinta mil), de gente que compartió las fotos en Facebook o en Twitter, números muy superiores a los que alcanzan noticias de mucho mayor alcance pero con un contenido textual, tampoco invitan al optimismo. Más bien indican el alto componente emocional de esta movilización en la que muchos de sus participantes probablemente se han animado unos a otros utilizando exclusivamente la fuerza de las imágenes.
Lo digo con tristeza. La épica, la sentimentalidad, la plástica de las imágenes, las banderas y los himnos parece ser lo único que le queda a una izquierda cada vez más moribunda pero con más votos. Uno lee a jóvenes decir que mi padre o abuelo era republicano y por eso estoy aquí y cosas similares. Pero los padres y los abuelos también se pueden equivocar e incluso mentir.
Manifestarse por la república es manifestarse por la nada, una respuesta nihilista al desaliento general, un brindis al sol, un gesto testimonial de que uno tiene capacidad de reacción, una mera coartada para no reconocer que uno puede estar en contra de la monarquía pero que no tiene ni idea de a dónde va.
Yo, como ha dicho Javier Cercas recientemente, quiero saber cómo la república va a crear puestos de trabajo, mejorar la sanidad o la educación. Sigo esperando propuestas que tengan alguna conexión con la realidad y no propuestas populistas de corte caribeño como las de Podemos con su renta básica o la jubilación a los 60 en un país en el que tan poca gente trabaja y cotiza.
Hoy día, al contrario de como oigo decir a tanta gente, el extremismo en España se está concentrando en los nacionalismos y la izquierda. En la derecha los extremistas hace tiempo que están la mar de cómodos como parte de una oligarquía dominante y degradada pero perfectamente integrada en el sistema.
Si el bipartidismo es una lacra, la fragmentación del arco político adquiere rango de podredumbre. Y si no, echemos un vistazo a Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos democracias más solidas y consolidadas del mundo son también las más bipartidistas.
Por algo será.

viernes, 23 de agosto de 2013

Manifestarse

Una de las cosas que más llama la atención de muchos americanos que he conocido en España es la afición de los españoles por manifestarse en la plaza pública. En efecto, quizás porque sabemos que no siempre ha sido posible hacerlo, las manifestaciones forman parte del ethos español como la tortilla de patata o El Corte Inglés.

En esta época que nos ha tocado vivir, donde las grandes acumulaciones de gente en el espacio público se producen sobre todo en países en vías de desarrollo, la ubicuidad de las manifestaciones en España es una prueba de que no éramos lo modernos que creíamos ser. De que la sociedad española no había llegado al fin de la historia y los conflictos eran latentes, de que no nos habíamos descorporeizado como sucede en las sociedades llamadas avanzadas. Por ejemplo, en Estados Unidos donde la gente dejo de caminar por las calles cuando se inventó el automóvil,  el shopping tampoco ya es lo que era una vez que las tiendas han pasado a ser meros escaparates antesala de la compra por Internet tras comparar precios en un smart phone.

Ni siquiera, como plegarias colectivas que lo mismo sirven para protestar contra la corrupción de la clase política, la privatización de la sanidad en la Comunidad de Madrid o manifestar dolor frente a un crimen horrendo, puede considerarse que su papel sustitutivo de los ritos religiosos sea muy moderno en un contexto mundial de relativismo cultural en el que la fuerza de las religiones es la norma y no la excepción. Quizás, en estos tiempos convulsos, recitar un Padre Nuestro en voz alta acaso podría ser considerado mucho más moderno y multicultural que gritar consignas detrás de una pancarta.

A veces las manifestaciones en España se asemejan a sacar a la virgen en procesión para que llueva, a un acto de una fe imposible por una causa que debería valer la pena, porque al igual que no tenemos noticias de Dios tampoco las tenemos de aquello que antes se denominaba los poderes públicos.
No deja de ser curioso que Estados Unidos, el país de los derechos civiles, el país más religioso del orbe occidental (en realidad el único) sea el menos aficionado a las manifestaciones. De hecho, las famosas manifestaciones que hubo en Wall Street palidecen en cantidad y calidad ante cualquier manifestación española de ciudad de provincias y no digamos ante las de la Puerta del Sol. Y no, la razón no es que los americanos amen el capitalismo y el statu quo sobre todas las cosas.

El activismo estadounidense contemporáneo ha quedado prácticamente reducido a ciberactivismo. Es un activismo en cierto modo desagregado, de individuos distantes, individualizado si ello no supone un oxímoron. Un activismo que en la mayoría de los casos consiste en enviar una oleada de correos electrónicos al legislador de turno argumentando el motivo de la protesta.

Es un activismo de teléfono, tableta u ordenador portátil, ejecutado desde la soledad de una habitación o un café. No tiene caras, héroes, intelectuales o “pavos reales” a la cabeza de la manifestación. Cuando muchos estados recientemente subieron las tasas de las universidades públicas a consecuencia de los recortes presupuestarios durante la recesión, las manifestaciones estudiantiles fueron casi testimoniales ya que los estudiantes americanos universitarios, que por cierto votaron a Obama en su mayoría, consideran las manifestaciones una antigualla aunque no lo digan.

La practicidad de los americanos tiene en cuenta, y mucho, que los correos electrónicos son siempre más fáciles de contar que las caras o los cuerpos y evitan las interminables guerras de cifras que llenan los periódicos el día después de la manifestación. Además no cortan el tráfico y evitan los disturbios.
El problema de este ciberactivismo es que exige un mínimo de confianza en los gobernantes, pensar que no van a silenciar la existencia de miles de correos electrónicos.


Puede que sí, que una imagen siga valiendo más que mil palabras.