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viernes, 15 de noviembre de 2013

¿Pueden importarse los rankings de universidades a la americana?


Vaya por delante que pienso que todos hemos enloquecido un poco pensando que los rankings pueden medirlo todo, que la apariencia de objetividad es siempre posible y deseable. Dicho esto, España necesita urgentemente un ranking de universidades. No tenerlo es sintomático de que en realidad no sabemos lo que hace falta para construir una buena (y nueva) universidad.
Los pocos intentos que ha habido hasta la fecha no han funcionado. El más riguroso es quizás el reciente de la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE) que mide los resultados y la producción científica de las universidades públicas españolas. Un empeño voluntarioso pero nada realista al pensar que nada menos que 48 universidades pueden ser consideradas en España como de investigación cuando en todo Estados Unidos la Carnegie Foundation incluye 208 universidades de investigación o con alto componente investigador.
Entre las publicaciones o diarios destaca el del diario El Mundo pero maneja pocos datos. Sólo tiene en cuenta titulaciones o carreras y las explicaciones de los programas parecen más de folleto comercial que otra cosa cuando por ejemplo señala que en el programa de comunicación audiovisual de la Universidad Camilo José Cela "los estudiantes realizan prácticas desde el primer día complementándose a la perfección con la teoría que se imparte en las aulas". Mucha credibilidad no transmite la verdad.
Con todos sus defectos, seguimos mirando fuera para que el espejito mágico nos diga lo guapos o lo feos que somos. Debido a ello, el ranking de la Universidad de Shangai, aunque ampliamente criticado, sigue siendo una vara de medir la irrelevancia o el éxito.
Estados Unidos ha sido el país que más ha impuesto la tendencia de los rankings de universidades que llevan realizándose muchos años. Cuando U.S. News publica todos los meses de septiembre su ranking de universidades es un acontecimiento. Más de mil ochocientas universidades americanas son evaluadas de acuerdo a una serie de criterios, también cuestionados, como son la reputación académica de la institución entre sus pares, los ratios de retención de nuevos estudiantes y graduados, los recursos disponibles, la selección de estudiantes, los ratios de alumnos que acaban graduándose y el porcentaje de alumnos que están dispuesto a donar dinero a su alma mater. Esto último suena extraño, ¿verdad?
El U.S. news report no es tan omnipresente como el ejemplar de la biblia que uno se encuentra en los cajones de la mesilla de todos los hoteles en Estados Unidos, pero se le acerca. Futuros estudiantes y administradores universitarios lo tienen muy en cuenta a la hora de elegir centro o de la toma de decisiones estratégicas.
Es un ranking en el que todo el mundo de alguna manera gana, encuentra un nicho de mercado. Una puede estar incluida entre las mejores 20 universidades estatales del medio oeste por relación calidad precio o entre los 50 mejores liberal art colleges del sur del país. Siempre hay algo a lo que agarrarse. Pero no nos engañemos, los ganadores son los de siempre, principalmente las universidades privadas de la llamada Ivy League junto a Stanford, Berkeley y similares.
Se discute por ejemplo que este ranking no tiene en cuenta el dinero que cuestan o el retorno de la inversion a la hora de encontrar un trabajo de los graduados de una determinada universidad, datos que en Estados Unidos se encuentran accesibles a través de webs como payscale.com. Si así fuera Pennsylvania State University o la Universidad de Colorado, ambas públicas, quedarían muy bien situadas por encima de algunas vacas sagradas. Evidentemente, como bien dice Malcolm Gladwell, que se ha propuesto derribar el mito de las universidades de élite, alguien hizo los rankings para ganarlos y el de U.S. News no es la excepción ya que está repleta de opciones ideológicas que favorecen a aquellos a quienes poco importa si la matrícula son 50.000 o 70.000 dólares al año.
Sin embargos, no tener rankings es todavía peor. En España las universidades no parecen tener datos, y si los tienen se los guardan celosamente, acerca de los salarios que ganan sus graduados, cuantos están en el paro o de cual es el retorno de la inversión para el que decide estudiar en una universidad privada, probablemente bastante bajo en comparación con la pública (a no ser que se trate de determinadas escuelas de negocios).
A nadie le interesa. A los gobiernos para que no se constate una vez más el fracaso de unas políticas que nadie quiere cambiar desde la raíz por su coste político, a los rectores y otros administradores nombrados a dedo por simpatías políticas para que no se les pueda pedir responsabilidades por pretender recibir cantidades ingentes de dinero público para tener las universidades llenas y continuar enviando titulados a las listas del paro o a la emigración.
Un raking, aun con criterios deficientes y manipulables, desvelaría más a las claras a qué juega cada uno.

viernes, 30 de agosto de 2013

La universidad española y lo malo conocido

“Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer” es una forma de pensar muy característica del fatalismo hispano que pone de manifiesto un estado de desesperanza en el destino propio, en la capacidad de uno para cambiar unas circunstancias que nos vienen dadas de antemano. Justo lo opuesto del optimismo anglosajón habitualmente caricaturizado como hortera y algo naif.

La respuesta de parte de la comunidad universitaria española a la publicación del ranking de universidades de la Universidad de Shanghái, el más famoso del mundo y el que todos miran pese a quien pese, pone de manifiesto que esta forma de pensar no solo caracteriza la cultura popular sino que esta imbricada en nuestras elites académicas. El que no se consuela es porque no quiere y lo bueno de los rankings es que uno puede discutir sus métodos cuando le perjudican y omitir los detalles cuando sale beneficiado.

Un año más ninguna universidad española figura entre las doscientas primeras del ranking elaborado por la Universidad de Shanghái. No han faltado quienesle quitan hierro al asunto arguyendo que esta clasificación privilegia demasiado la investigación, que se centra demasiado en las ciencias despreciando las humanidades y que tiene en cuenta factores casi anecdóticos como la presencia de premios Nobel en las aulas. Según esta interpretación, los chinos estarían haciendo el caldo gordo principalmente a los norteamericanos al establecer un ranking demasiado a la medida de sus universidades de élite que son las que copan la clasificación. En su lugar, se nos dice, Europa debería desarrollar sus propios métodos de medición dando más importancia a otros aspectos fundamentales como la calidad de la enseñanza como si hubiera una forma medianamente objetiva de medir la misma.

Mientras tanto, de una manera implícita existe una tendencia general que, debido a la ausencia de alternativas concretas, apoya el statu quo. Es la que habla, abundando en los lugares comunes, de mantener o incrementar el número de becas, aumentar el número de profesores por alumno y reducir el precio de las matrículas (¿por qué no la gratuidad total, como en Argentina?) para que todo el mundo pueda estudiar. Que lo que hay que hacer es invertir más en I + D como si eso fuera una receta infalible y solo hubiera que seguir una serie de pasos ya escritos de probada eficacia.

Cuando se trata de sugerir cambios concretos, es cuando surgen las dificultades.

Si uno sugiere que se permita a los centros o a los departamentos realizar sus propias contrataciones del profesorado, se le dice que no, que eso no puede ser, que cualquier mindundi sin preparación y con enchufe podría acabar dando clase. Claro, justo como sucede en los mejores sistemas universitarios del mundo, que son el norteamericano y el británico, donde la contratación es libre y da unos resultados tan malos.

Si otro reflexiona acerca de la necesidad de que se reduzca el número de centros para que los existentes se concentren en demasiadas fortalezas y quizás eliminar otros redundantes sin el número de alumnos suficientes, entonces habrá quien contestará que ello supondría que los chicos tendrán que abandonar sus zonas de origen para estudiar en Madrid o Barcelona, por poner un ejemplo, y que a eso no hay derecho. Como si la experiencia vital que uno adquiere al vivir lejos de su pueblo no fuera una de las claves del modelo universitario en los países más avanzados.

Si se arguye la necesidad de ofrecer incentivos al profesorado, empezando por una horquilla más amplia de sueldos que permite atraer a los mejores docentes o investigadores tal y como sucede en Gran Bretaña o Estados Unidos, siempre hay quien se rebela diciendo que eso es violar el principio de igualdad que debe reinar en la universidad pública española en la que un hipotético laureado premio nobel debería cobrar un par de cientos de euros más que un profesor que apenas ha publicado un par de artículos en revistas nacionales.

Si se propone, tímidamente si se quiere, la búsqueda de fuentes de financiación alternativas, como por ejemplo la creación y potenciación de tiendas en las universidades que vendan libros, merchandising y contribuyan a la creación de marca para que existe al menos un simulacro de competencia entre centros, entonces habrá quien esboce una sonrisa cruel y condene sin paliativos un modelo de negocio a la americana que suena demasiado vulgar para tan sacrosanta institución. Mientras tanto, en nuestras calles madrileñas sigo viendo más sudaderas y camisetas de, por poner un ejemplo estrambótico, la Universidad de Roma y de cualquier universidad americana de medio pelo que de la Universidad Complutense.

Entonces quedémonos como estamos.

Mientras tanto pasan los años y, entre otras cosas, seguimos con una agencia estatal de evaluación del profesorado (ANECA) de dudosa credibilidad, un sistema altamente centralizado e intervencionista que no permite conformar departamentos potentes ya que estos no pueden controlar a quien se contrata (imagínense una empresa en la  que el empresario no puede contratar a sus trabajadores), unas instalaciones depauperadas (por ejemplo, en la facultad de ciencias de la información de la Complutense existe una librería en la que uno no tiene acceso a los libros que se dan a través de una ventanilla, justo como hace 25 años) y un sistema donde la competencia por el alumnado es inexistente ya que éstos tienden a estudiar en las universidades de la región de procedencia.


En una ciudad tan cambiante como Madrid, donde cualquier referencia espacial termina convirtiéndose en una franquicia de comida, pasearse por la Facultad de Ciencias de la Información de mi querida Universidad Complutense lleva al optimismo. Es una de las pocas veces en la vida que uno siente que, ya que estamos con las frases hechas, el tiempo si puede pasar en balde.