Consejos American Psique: Ivy League
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lunes, 18 de mayo de 2015

Matar por ir a una universidad con pedigrí


Las noticias se suceden a diario. Hablan de una sociedad presente o futura en la que cada vez una sima más grande separa a una relativa minoría de gente a la que las cosas les van bien o muy bien y al resto, resignados a vivir de productos y servicios low cost y del estado protector.

Nadie quiere quedarse rezagado en esta carrera hacia un futuro que no se sabe exactamente que va a traer. Los padres y los hijos están preocupados. Cada vez más pronto. Los colegios, las actividades extraexcolares o con quien se relacionan tus hijos se eligen cuidadosamente pensando en 10 o 15 años vista. Los padres literalmente matan y  también mienten para que acepten a sus hijos en los mejores colegios y donde se pueden establecer los mejores contactos.

No digamos de las universidades. Los menos pudientes se libran de esta obsesión y se tienen que conformar con el café para todos, un sistema de universidades públicas que tiende hacia la indiferenciación. Pero los que se lo pueden permitir y tienen ínfulas se lanzan a deguello de las universidades norteamericanas de más renombre, pienso en las que pertenecen a la Ivy League, por ejemplo.

Las clases adineradas de las grandes metrópolis norteamericanas gastan cientos de miles de dólares en preparar desde su más tierna infancia a sus hijos para que acaben en Brown, Yale o Duke. Mensualidades de colegios que no pueden pagarse con el sueldo de dos o tres mileuristas, asesores de carrera que pasan minutas de 50.000 dólares anuales y otras lindezas por el estilo como campamentos de verano de dos semanas de duración en Stanford por 7.000 dólares.  Es un proceso que dura años, con el fin de asegurar un asiento en una de estas instituciones. Un proceso que se ha endurecido estos últimos años al tratarse de un mercado mundial. Igual que la presión inmobiliaria desde todas las partes del mundo ha hecho imposible vivir en Manhattan, San Francisco o Vancouver a muchos locales, sucede lo mismo con las universidades de élite.

Cada vez hay más chavales que se sienten frustrados, fracasados al haber hecho todo lo que se les ha dicho y darse cuenta de que no era suficiente para ser admitido en una de estas instituciones. Una consecuencia más de la globalización, en mercados más integrados los que se lo llevan son cada vez menos y se llevan cada vez más. Ser local, sobre todo en este tema, cuenta menos sobre todo teniendo en cuenta que los extranjeros suelen pagar más que los residentes.

De todo ello habla Frank Bruni en su libro que podría traducirse algo así como Donde vayas noes quién serás: Un antidoto contra la obsesión por las universidades de élite. Viene a decir que en realidad hay muchas universidades que pueden proporcionar una educación igual o mejor que las de la Ivy League y, por tanto, no hay que obsesionarse. Da muchos ejemplos, incluso demasiados, como suele suceder en este tipo de libros que agotan su discurso a las 30 páginas. Es, sin embargo, un libro necesario que demuestra con datos fehacientes algo que mucha gente piensa o sospecha pero que nadie se atreve a decir abiertamente, que hay algo de cuento en estas universidades aparentemente tan selectivas, que los investigadores y doctorados justifican su fama pero que la educación de las carreras de cuatro años es igual o peor que en otras universidades de menor fama. Lo que importa es el individuo y sus ganas de hacer cosas, no tanto el continente.

Sin embargo, aunque se ha convertido en un best seller en Estados Unidos, no va hacer que la gente se obsesione menos por el tema. Ni que ciertas consultoras norteamericanas solo contraten a graduados de ciertas universidades por considerar que gracias a ello se quitan buena parte del trabajo de selección.

Si, hay mucho de cuento en ello pero mientras el hombre sea un animal fundamentalmente emocional y motivado por la diferencia, las universidades de la Ivy League tienen negocio asegurado para rato.

domingo, 12 de abril de 2015

Estudiantes pobres en los campus de élite norteamericanos


Recuerdo que cada capítulo de la serie Fama comenzaba con una muy guapa profesora de baile interpretada por Debbie Allen que decía a sus alumnos aquello de “buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais aempezar a pagar. Con sudor”. Una frase que se hizo famosa entre una generación de españoles adolescentes que veíamos la serie después de comer.
Me ha venido a la memoria esta frase al leer algunos de los testimonios anónimos de los estudiantes de la Universidad de Columbia, un centro perteneciente a la famosa Ivy League permanentemente incluido entre las 4 o 5 universidades de más prestigio del mundo, en una nueva página de Facebook titulada Columbia University Class Confessions.
Iniciativas parecidas proliferan estos días en las universidades de élite, las primeras en hacerlo fueron Stanford, la Universidad de Chicago y la Universidad de Brown, en la que estudiantes pertenecientes al grupo denominado de bajos ingresos (que habitualmente incluye individuos pertenecientes a minorías o a familias cuyas generaciones anteriores no han ido a la universidad) exponen todo tipo de miserias habitualmente referidas a la desigualdad reinante en los campus.
Si uno echa un vistazo a cualquiera de estas páginas leerá testimonios de estudiantes que tienen que saltarse comidas para ahorrar, que no pueden permitirse medicamentos o ir al doctor debido a los elevados copagos médicos, que en vacaciones no tienen sitio donde ir, que se sienten acojonados por la deuda acumulada o que tienen problemas psicológicos por el sentimiento de culpa que les crea el esfuerzo económico realizado por sus padres que han pasado penurias durante años para pagarles los estudios.
Hay que recordar que aproximadamente el 50 por ciento de los estudiantes norteamericanos pertenecen a este grupo y reciben algún tipo de ayuda financiera completa o parcial, lo cual no impide que esa ayuda no sea suficiente para vivir con cierta decencia en centros que pueden llegar a costar 65.000 dólares anuales. De hecho, en universidades como Columbia ubicadas en una ciudad tan cara como Nueva York, bastantes estudiantes cualifican para recibir los cupones de comida del gobierno, una forma de subsidio en especie reservada a las clases depauperadas en los Estados Unidos.
Incluso algunas universidades, como Stanford, han planteado una respuesta radical a la pobreza estudiantil en los campus de élite ofreciendo matrícula gratuita a aquellos estudiantes cuyasfamilias ingresan menos de 125.000 dólares anuales o aproximadamente 3 veces los ingresos medios de un hogar norteamericano y 5 veces los de un español. La duda es si realmente hay una cantidad significativa de estudiantes en Stanford cuyos ingresos familiares no son superiores a esa cantidad y la medida no es más que un brindis al sol.
Como en tantas cosas, se puede ver el vaso medio lleno o medio vacío. Por un lado, el hecho de que tantos estudiantes de bajos ingresos, en términos relativos la verdad, vayan a universidades de élite parece buena cosa (aunque al final sea una parte infinitesimal de la cifra total). Por otro, está por ver si el “todo por ir a una universidad de renombre” no es una patología que encubre un cierto papanatismo, un seguidismo ciego e irracional a las aspiraciones de la masa como Frank Bruni señala en su libro que se podría traducir algo así como “Donde vayas no es donde terminarás:Un antídoto contra la obsesión por las universidades de prestigio”.
Por poner un ejemplo, todos tenemos en la cabeza estos días los nombres de prestigiosos economistas españoles que han pasado por estas universidades. Dominan la esfera pública y parecen la prueba evidente de que hay un retorno de la inversión. Pero también todos sabemos que hay gente que ha pasado por estos centros que no han logrado fama, ni excelencia, cuyos trabajos son normales y que, si me apuran, ni siquiera tienen una gran educación.
En todo caso, siempre queda la duda y en ella radica la fortaleza de estas universidades y nuestra debilidad.

jueves, 24 de julio de 2014

La universidad del futuro


Según TheEconomist el futuro de la universidad será online o no será. En su último número describe una institución que se verá obligada a dar un vuelco en los próximos años si no quiere perecer por falta de respuesta a la demanda social.

Los articulistas se basan en que la educación superior apenas ha cambiado en los tres últimos siglos un modelo fundamentalmente consistente en que un grupo de estudiantes atiendan las charlas del profesor a una hora determinada en un lugar fijo y más tarde sean examinados.

Vaticinan que los MOOCS, massive open online courses o cursos online en abierto, se convertirán en el método estándar de enseñanza en el futuro para una mayoría de estudiantes. Según esta teoría, que tiene algo de ciencia ficción aunque haya MOOCS desde hace años, las grandes estrellas del conocimiento aprenderán técnicas de comunicación con el fin de que sus lectures puedan ser filmadas y difundidas a una gran cantidad de estudiantes que pagarán precios mucho más bajos por su educación. Los mediocres, que es como denominan a una inmensa mayoría de docentes que no enseñan en las denominadas universidades de la Ivy League, perecerán al igual que sus mediocres universidades.  Sólo sobrevivirán las universidades de élite en las que su alto coste se ve compensado por el capital social que proporcionan los contactos y el contacto con estas superestrellas del conocimiento que, aunque no lo dicen, serán las que filmen sus clases que todo el mundo se esforzará por ver.

El resultado final, dicen, será positivo ya que más estudiantes podrán estudiar en los países desarrollados como en vías de desarrollo expuestos a las clases de los mejores docentes a un coste inferior al que muchos pagan actualmente por estudiar en estos centros, según ellos, de baja calidad.

Sin embargo, reconocen, la transición no va a ser fácil principalmente debido a que las clases masivas online plantean muchos interrogantes. Para una buena cantidad de estudiantes, las carreras online constituyen un desafío y hay un alto porcentaje de ellos que no las concluyen por falta de motivación o incluso de calidad de la docencia a través de este canal o tampoco se sabe muy bien como se realizarán los exámenes a tanta gente tan dispersa sin que haya algunos que suplanten su identidad, por citar dos de los mayores problemas. Se nos dice que tendrán que evolucionar mucho la técnica para impartir estos cursos pero que no hay duda, siempre según ellos, de que será posible.

En realidad, la experiencia actual demuestra a muchos docentes que para un elevado número de estudiantes, la mayoría de ellos que han crecido con las nuevas tecnologías, las clases online son indeseadas y prefieren el formato presencial a no ser que se lo impidan obligaciones profesionales u otras derivadas de la lejanía geográfica. Muchos de ellos carecen simplemente de la motivación y la fuerza de voluntad para hacerlo todo por su cuenta. Los formatos híbridos son la respuesta y proliferan cada vez más, pero no dejan de ser un sucedáneo de lo que había antes.

Si se cumpliera la improbable profecía de The economist, la sociedad, sería cada vez más dual. Un mundo en el que los titulados de las universidades de élite y las escuelas de negocios seguirán dirigiendo la sociedad y ocupando los puestos de responsabilidad. Sí, habrá un pequeño grupo de estudiantes de mérito que lograrán meterse en ese codiciado grupo merced a su aprovechamiento de los MOOCS, pero no serán muchos. Los MOOCS nunca van a crear el capital social imprescindible para romper ciertas barreras sociales todavía existentes.

El conocimiento, después de todo, como nos demuestra la escena del bar de la película Elindomable Will Hunting, lleva siendo accesible desde la invención de la imprenta al menos en lo que concierne a materias de humanidades como la historia o la filosofía. Ahora lo es en muchas más ramas del conocimiento, de hecho cuantos no se atreven a desafiar a sus doctores en sus diagnósticos realizando búsquedas en Google. Quizás todo consista, como confiesa el pijo sabelotodo de la película, en que el titulado de Harvard gracias a su título se comerá cuando tenga 50 años unas patatas fritas servidas por aquel que quizás sepa más que él, Will Hunting, pero que no tuvo la oportunidad de estudiar en Harvard sino quizás de presenciar algunas lectures por internet de los grandes nombres. Habrá tantos como él que será inevitable que bastantes de ellos tengan que dedicarse a servir patatas fritas y cerveza.

The Economist no está solo. Cada vez son más los autodenominados gurús de la educación que parece sentirse bastante cómodos con esta hipótesis de dos tipos de universidades, las online para una mayoría y las del tipo Ivy League o escuelas de negocios para una élite.  Es un tema, no cabe duda, demasiado extenso para agotarlo en una entrada de blog, pero si transmite que hay una visión, o quizás convendría decir deseo, de una parte las clases dirigentes de apuntalar desde sus cimientos una sociedad cada vez más dual.