Consejos American Psique: colectivismo
Mostrando entradas con la etiqueta colectivismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colectivismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de agosto de 2015

España es


España no es, como se creen por ejemplo los nacionalistas catalanes que tratan de borrar cualquier huella de España en su región, el toro de Osborne, el Que viva España de Manolo Escobar, las corridas de toros o los souvenirs con flamencas que se venden en las Ramblas.

Que va, en realidad España es otra cosa y ahí también me dirijo a los despistados coautores de las guías de viajes para extranjeros que tienen veintitantos años, han pasado dos o tres meses en España y colaboran para actualizar una determinada sección de las guías de Frommer’s o Lonely Planet por cuatro pesetas. Esos que encuentran lo que buscan, que nunca se han pasado por Badalona, Santa Coloma o Tossa de Mar. Los que nunca se han planteado que la condición subjetiva de cada uno y la realidad raramente son coincidentes.

Lo siento pero España es ante todo colectivismo y fiesta. Algo que se percibe en Bollullos del Condado, Azpeitia y Tarragona a partes iguales. España es el grupo, pasar bastante gente juntos más tiempo del recomendado para pasarlo bien, la pandilla, la cuadrilla, el grupo. La mesa reservada en el chiringuito para 18 personas, sentarse en la piscina o en la playa durante seis horas sin abrir un libro (otra forma de yoga ibérico), los chavales que juegan al fútbol, salen a la discoteca, se conectan a internet y se beben un calimocho juntos todo en el mismo día.

Es pensar todos igual. Grupos de amigos que son todos del PSOE, del PP o independentistas. Amigos que despotrican de Rajoy o Pablo Iglesias al unísono. Grupos de 10 chicas que llevan el pelo hasta la cintura y shorts. Nueve amigas que hacen la compra en Mercadona como si fuera una religión. Una cultura gregaria en un país en el que a fuerza de repetirlo caló ese mito de que los españoles son individualistas. España es comer o salir de puente todos a la misma hora, ir a Ikea el sábado por la tarde (me consta que los Ikeas madrileños son de los más rentables del mundo).

España es el país en el que se conculcan los derechos individuales en verano, a diario, sin que a nadie se le mueva un pelo. Es ese sitio extraño en que la fiesta, cualquier fiesta, en la plaza del pueblo justifica que gente que ni le va ni le viene no pueda dormir durante algunos días no sólo por la presión de grupo sino con el beneplácito administrativo. No es el país sólo de la fiesta, sino de la diversión obligatoria a no ser que uno esté dispuesto a pagar el precio de convertirse en un personaje huraño o marginal.

España es la música hasta las 4 de la madrugada, el enésimo cubata, alguien que vomita en la acera o se orina en una esquina. España es dormir hasta las tres y no retirarse hasta el final de la noche. España es la inercia, es mandar a tu hijo a mejorar el inglés tres semanas a Glasgow aunque no aprenda nada, preferir siempre el pájaro en mano y lo malo conocido, refugiarse en las supuestas esencias de la tribu.

Y esto es bastante más difícil de borrar que quitar un toro de la carretera o prohibir las corridas. En esto, y en muchas otras cosas, estamos todos en el mismo barco. 

domingo, 21 de abril de 2013

La magia de los community gardens


Aunque el concepto no es ni mucho menos nuevo, los community gardens se han puesto de moda en los Estados Unidos. No son otra cosa sino huertos emplazados en muchos casos en los cascos urbanos de las ciudades pertenecientes al ayuntamiento correspondiente que alquila su utilización como campo de cultivo a un grupo de ciudadanos por un módico precio. Según Wikipedia también se dan en España pero hasta llegar aquí nunca los había visto ni oído hablar de ellos donde se están poniendo cada vez más de moda.

El concepto se adapta a la perfección a la mentalidad del americano  por varias razones. La primera es que el americano se siente inherentemente cómodo desempeñando trabajos manuales que tengan que ver con la jardinería o la mecánica y que quizás no han sufrido el desprestigio que tienen en las sociedades latinas. Por otro lado, el país por antonomasia de la comida rápida ha fetichizado hasta lo inimaginable cualquier alimento que lleve el marchamo de orgánico o producido de acuerdo a las normas de la naturaleza aunque unos principios dietéticos razonables sólo hayan sido adoptados por relativas minorías. El concepto se adapta también al colectivismo entendido a la americana, es decir, a la idea de forjar una comunidad de personas que comparten emplazamiento y un fin determinado ya sea cultivar alimentos, ayudar a los pobres o educar al que lo necesita.




No hay que llevarse a engaño. El concepto de comunidad norteamericano, pese a lo que su propio nombre indica, difiere considerablemente del español. No exige amistad, una afinidad de intereses personales o compartir tu tiempo en la esfera privada. Se ciñe a organizar actividades juntos que aumenten el capital social de una población o conjunto de personas, es decir, que contribuyan a la igualdad de oportunidades. Vivir en comunidad no equivale a ser “amigos” o tener conversaciones profundas acerca de los libros que uno lee, las películas que ve o simplemente sobre la vida. Eso uno lo reserva, si acaso, para su familia o uno de los dos amigos íntimos que por término tiene el americano para el que la soledad destila un aroma de masculinidad.

Me sorprendió leer en un artículo de la prensa local que una de las buenas cosas que tienen los community gardens es que estimulan la conversación, un bien intangible valorado pero no necesariamente practicado en esta cultura. La conversación, como todos sabemos, no exige de grandes infraestructuras para su desarrollo. Si acaso, de la voluntad de llevarla a cabo. Me pareció un ejemplo de cómo para la mentalidad americana el órgano y la función van de la mano. Igual que para jugar una pachanga al fútbol se hace imprescindible poner espinilleras a un niño de 4 años, para incitar a la charla o a la conversación no es suficiente la voluntad de hacerlo sino que es necesario disponer al menos de un acre de terreno y utillaje variado.