Consejos American Psique: idioma español
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lunes, 16 de diciembre de 2013

Vapuleando el español en Estados Unidos


Me cansa escuchar sobre los triunfos del idioma español. El último informe del instituto Cervantes decía que ya es la segunda lengua más hablada del mundo y que es la segunda lengua más utilizada en Twitter.
El Instituto Cervantes, y muchos otros órganos oficiales, juegan, claro, con la trampa semántica de incluir en el concepto de lengua más hablada sólo a los nativos en una determinada lengua. Y sí, es cierto quizás que la población de los países hispanohablantes de América Latina sumada a la de España y los latinos de Estados Unidos quizás supere por poco a los habitantes de Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, Reino Unido e Irlanda (seguro que no incluyen una parte relevante de la India y otros países que fueron colonias inglesas para los cuáles el inglés es como una primera lengua), aunque quizás había que incluir como anglohablantes a todos aquellos que sin ser nativos lo utilizan a diario durante bastantes horas. Y esos son muchísimos.
También otorgan una importancia desmesurada a Twitter, una red social que, digan lo que digan, sigue utilizando de forma frecuente una parte de la población siempre inferior al cinco por ciento.
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Asimismo, interesadamente, incluyen en estas cifras a todos los Fernández y González de Estados Unidos aunque al menos un tercio no hablen ni papa de español y otra parte nada desdeñable lo hable precariamente (los llamados heritage speakers que lo han escuchado hablar a sus padres en casa pero que no saben ni leerlo ni escribirlo).
Lo curioso es que, no pocos norteamericanos a los que estas cuestiones les traen sin cuidado se creen esta rumorología. Hace poco una joven doctora angloparlante me decía con seguridad, entre la resignación y la alarma, que el español ya superaba al inglés en su propio país.
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La realidad es un poco más cruda. En no pocos ámbitos, el español se considera una lengua de segunda a una diferencia importante en términos de prestigio del francés o el alemán. Es verdad que hay una sección de libros en español en las grandes librerías como Barnes and Noble y muchas otras pero habría que ver qué tipo de libros se venden.
Me sigue sorprendiendo cómo todavía uno compra CDs de determinados sellos discográficos de música clásica y la traducción al español no aparece y sí la francesa o alemana. Un detalle pequeño pero significativo.
Es cierto que hay cajeros automáticos, las revistas de las líneas aéreas, folletos, páginas web y un sinfín de documentos corporativos que se traducen al español, pero habría que ver cómo se traducen. La calidad, sin querer parecer snob y dejando muy de lado cualquier afán purista, deja mucho que desear e indica la prioridad que las organizaciones otorgan a estas tareas.
Mientras nosotros intentamos tratar entre algodones la lengua de Shakespeare, con mayor o menos éxito, en Estados Unidos las traducciones al español se dejan siempre al voluntario o al que posee unos conocimientos más o menos rudimentarios (cualquiera que viva en Estados Unidos se habrá dado cuenta de que el umbral de lo que se supone dominar una lengua extranjera baja alarmantemente) cuando no directamente a Google Translation.
Y de lo dicho, permítaseme utilizar como botón de muestra estas dos señales de tráfico ubicadas en el aparcamiento anexo al edificio de inmigración en una ciudad en la que la mayoría de la población que pasa por los alrededores es, al menos teóricamente, hispanohablante. Este tipo de ejemplos son abundantes.
A los que piensen que este tipo de anomalías no denotan sino la pujanza de nuestro idioma que evoluciona en forma de Spanglish, yo les diría que el Spanglish es otra cosa. Su fuerza radica en la naturalidad y la anarquía con que se fusionan dos lenguas para crear algo distinto pero con una base común, no en una de ellas maltratada a costa de la otra.
O así lo veo yo.

lunes, 10 de octubre de 2011

El español (y III)

Pero quizás el factor más importante se refiere a la falta de prestigio de la que goza nuestra lengua y el desconocimiento de la cultura que en su globalidad pudiéramos llamar hispana en Estados Unidos. No me estoy refiriendo al desprestigio que he mencionado anteriormente, derivado del estatus socioeconómico de sus hablantes, sino a la falta de interés con que se enseña la lengua española en las universidades. Por supuesto no estoy hablando de los departamentos de español de las grandes universidades norteamericanas donde nuestro idioma ha gozado de reconocimiento desde hace muchas décadas en los estudios de posgrado, sino a un segundo nivel de universidades estatales y privadas donde entre los numerosos motivos que los estudiantes esgrimen para tomar cursos de español figuran el hecho de que si aprenden español no tendrán que empezar desde cero porque ya tomaron algunos cursos en high school o un cierto buenismo que identifica aprender español con tener un gesto de solidaridad con algunas de las capas más débiles de la sociedad. Es muy raro encontrarse un estudiante universitario de español en una universidad estatal que estudie nuestra lengua porque piense que hay una literatura, cine, arte, ciencia, una cultura en suma, que valga la pena. Esta circunstancia es relativamente fácil de percibir cuando se comparan las opiniones de los estudiantes de español con las de estudiantes de otras lenguas cómo el francés o incluso el ruso. En numerosas ocasiones el español se aprende de una manera mecánica, totalmente desgajado de la cultura de los países que lo hablan. Quizás sea, como ya advirtió Ramiro de Maeztu hace casi un siglo en su visita a Middlebury College, porque muchos de los profesores no son nativos de países hispanohablantes. En cualquier caso se echa de menos cierta pasión que estudiantes de otras lenguas más minoritarias sienten hacia sus lenguas y culturas de adopción.

Mucho me temo que el futuro del español en Estados Unidos dependa de eso. De la capacidad que tengamos no sólo los españoles sino el resto de hispanohablantes de promocionar y prestigiar la cultura expresada en español, pero sobre todo de generar ciencia y conocimiento en nuestra lengua. El Instituto Cervantes es útil pero al fin y al cabo una gota de agua en el oceano, sería incluso más deseable que hubiera grandes universidades en los países de habla hispana donde se produjera investigación de calidad o colegios, como ya existen liceos franceses o alemanes, donde pudiera recibirse enseñanza en español, algo que ni siquiera ocurre en ninguna de las grandes ciudades estadounidenses.

Un ejemplo representativo. Hace poco el célebre columnista del New york Times, Nicholas Kristoff, invitaba a la élite neoyorkina estadounidense a aprender español en lugar de mandarín “a pesar de no tener tanto prestigio” pero sí por razones de eficacia y practicidad. Os aseguro que la opinión de Kristoff no es excepcional.