Consejos American Psique: sexo
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de noviembre de 2013

Puritanismo europeo vs. puritanismo norteamericano


No es descabellado pensar que hay una importante dósis de exhibicionismo en la firma del manifiesto No toques a mi puta (también denominado Manifiesto de los cabrones) por parte de 343 personajes de la cultura y los medios en Francia como respuesta al proyecto de ley del presidente Hollande de multar a las personas que paguen por servicios sexuales.
No es una novedad que a la intelectualidad gala, y a la sociedad francesa en general, le gusta cultivar el libertinismo y la laxitud sexual como seña de identidad, siempre de reojo tratando de liderar el contrapeso europeo a lo que se entiende como preeminencia planetaria de un puritanismo norteamericano que ha terminado imponiéndose en el viejo continente en cuestiones de salud pública. Tampoco resulta excesivamente retorcido pensar que no pocos firmantes del manifiesto consiguen gracias a la repentina notoriedad mediática lograda que la gente se acuerde de su último disco, libro o película.
Sin embargo, dando por descontado lo obvia e ignominiosa que resulta la explotación que sufren las personas que se tienen que prostituir, Beigbeder, uno de los firmantes estrella del manifiesto, tiene su parte de razón cuando denuncia que proponer una ley "para penalizar a los clientes de las prostitutas supone denunciar a personas que se encuentran, nos guste o no, en situación de desamparo y de aislamiento. De lo que nunca se habla es de la miseria sexual".
Un escritor también francés y acaso más libertino que Beigbeder, Michel Houellebecq, reflexionaba en su novela Ampliación del campo de batalla (1994) acerca de un mundo occidental que proclamaba a los cuatro vientos la igualdad de las personas como derecho fundamental, pero que al mismo tiempo elevaba el placer sexual a los altares. Un mundo así, dice Houellebecq, no es un mundo en el que la gente se siente más unida sino que es un mundo en el que la diferencia entre los que tienen y los que no, se magnifica hasta límites insospechados. En ese sentido, las religiones, con su fórmula de café para todos a través de relaciones monógamas, románticas y para toda la vida, habrían ejercido en el pasado un saludable efecto regulatorio igualador en un mercado en el que la competencia es brutal y que se muestra inmisericorde con los más débiles. Su declive habría dejado a éstos más a la intemperie que nunca.
No cabe duda de que la socialdemocracia ha tenido un éxito relativo en lo que se refiere a la distribución de la renta, que es el terreno que en muchos aspectos todavía la definen muchos de nuestros políticos.
Pero en otros aspectos, al haber abrazado como suyos los principios de la contracultura, de la primacía del yo, de la consecución del placer sensorial y material como objetivo modesto pero alcanzable en ausencia de metafísicas imposibles, el progresismo no sólo contribuyó a rejuvenecer y legitimar el capitalismo actual de emociones-sensaciones sino a fomentar otro tipo de desigualdades (como la sexual) que los humanos contemporáneos, en un ambiente sofocante de promesas hedonistas, perciben como tan importantes o más que las económicas.
Y en ese tema, la doctrina progresista (y no sólo progresista ya que el ayuntamiento de Madrid está en ello) sí se lava las manos sobre todo cuando adopta poses puritanas como Hollande.

domingo, 15 de enero de 2012

Mujeres

Aunque no resulta fácil de definir, hay algo distinto en la manera que tiene la mujer americana de estar en el mundo. Y es algo que tiene que ver con su condición social, por decirlo de algún modo, bipolar. Por lo que he podido observar, son en muchos casos son las mujeres las que han mantenido más viva la naturaleza asociativa que ha hecho desde sus comienzos la sociedad americana tan peculiar en su mezcla de individualismo y contrapeso de grupo. En América, las mujeres, a diferencia de los hombres, plantean una cantidad mayor de actividades y proyectos en los que la propia condición de ser mujer define su razón de ser.



Existen, por ejemplo, muchos más book groups, grupos de discusión acerca de libros que por regla general suelen reunirse una vez al mes, compuestos exclusivamente de mujeres que de hombres; en ciudades como la mía los comercios se ponen de acuerdo para abrir más tarde y ofrecer descuentos periódicamente a grupos de mujeres sin existir actividades equivalentes para hombres; en la universidad hay grupos de mujeres que se reúnen para tomar una copa sin otro vínculo aparente que el de su sexo. Nada parecido sucede en lo que se refiere al asociacionismo masculino, mucho más funcionalista y que suele estar vinculado a organizaciones de servicio social como los rotarios u otras semejantes.

Una interpretación obvia, y con un sesgo feminista, tendería a considerar esta superioridad de las mujeres en términos asociativos como gestos de reafirmación de la condición femenina en una sociedad en las que las relaciones entre sexos no se desarrollan con total igualdad. Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente este país sabe que no es así. No sólo por el rigor que las organizaciones muestran a la hora de aplicar cuotas de sexos u observar conductas que puedan, si quiera mínimamente, sugerir acoso sexual o discriminación, sino por la propia realidad de la vida cotidiana. A diferencia por ejemplo de España, se ha hablado mucho últimamente de cómo las mujeres tienen un índice de ocupación laboral mayor que los hombres que pone a éstos, también en las relaciones de pareja, en una situación de indefensión particularmente en circunstancias como la actual. En contraste con la mujer, el hombre americano, aunque sigue habiendo un importante nicho de mercado para el macho clásico asociado al mundo del futbol americano o a la figura del cowboy, aparece como un ser inseguro, desagregado, solitario, pasivo y con problemas para relacionarse socialmente con otros de su especie. A mi me parece que el americano, en contraste al hombre de estética metrosexual cuando no abiertamente gay en muchos aspectos que abunda tanto en Europa, no ha sabido reinventarse.

Sin embargo, y paradójicamente, esta situación de hegemonía de la mujer americana en la superficie aparece entremezclada con otros rasgos de sumisión casi ancestrales. Leyendo Generation me, bestseller sociológico acerca de los hábitos de vida y la forma de pensar de la gente que tiene entre 15 y 30 años que ha tenido un enorme éxito en este país, uno se entera de una de las prácticas sexuales más frecuentes en los colleges americanos es la felación como el mejor recurso para tener sexo seguro. Una evidencia que uno confirma viendo la película The social network en la que, a juzgar por lo que se ve, gran parte del éxito social de las universitarias de Harvard que aparecen parece basarse en la rapidez y pericia con la que realizan dicha felación al partner de su elección. No son pocas las mujeres que he encontrado que han puesto el grito en el cielo porque piensan que podría estar produciéndose una situación de regresión social en la que el hombre recupera un rol que parecía perdido.



¿Es contradictorio llevar las riendas de las familias y la sociedad y al mismo tiempo esta compulsión por satisfacer sexualmente al hombre en las nuevas generaciones? ¿Es algo específicamente propio de la mujer de los Estados Unidos? ¿Hay algo raro en ello? No lo se, no soy experto en estas cuestiones. Hace algún tiempo, una amiga de mi mujer que estuvo en España nos contaba que, en su opinión, las españolas “lo tenían mucho más claro” en la vida que ella y algunas de sus amigas americanas. Todavía no se, ni creo que ella lo supiera del todo, a que se refería pero puede que tuviera razón.