Consejos American Psique

sábado, 10 de octubre de 2015

Volkswagen, un cuento moral

Este mes, casi la misma semana, se producen varias noticias en Estados Unidos que reflejan las contradicciones de la sociedad americana.

Un laboratorio independiente, en Estados Unidos hay muchos sobre muchas cosas, detecta que los niveles de emisiones de los vehículos Volkswagen son superiores a los que establece la ley de los Estados Unidos. Técnicos de la EPA, Agencia Medioambiental Estadounidense, entran en acción y piden cuentas a la compañía alemana que ha instalado deliberadamente en los vehículos un software especial que permite pasar los controles. El Departamento de Justicia inicia investigaciones penales sobre el caso y se pide cárcel para varios directivos de la compañía.

La situación contrasta con lo que se oye y lee en España donde básicamente preocupa que va a pasar con la fábrica de Seat en Martorell y de Volkswagen en Landaben en lo que se refiere a inversiones y creación de puestos de trabajo. La falta de calidad de la respuesta de la compañía hacia sus clientes o el mero hecho de que los haya engañado pasa hasta cierto punto a un segundo plano.

La superioridad moral que suele exhibir la socialdemocracia europea, siempre presumiendo de cuidar el interés público, sobre el modelo económico norteamericano deja al descubierto sus miserias. El modelo que en Europa se tacha de neoliberal norteamericano, aunque también esté intervenido por el gobierno en muchos áreas, no depende tanto como Europa de la industria del automóvil. Volkswagen fabrica la mayoría de sus coches vendidos en Norteamérica en Puebla (México) y también en Chatanooga en Tennesee pero las repercusiones laborales no parecen importar demasiado a políticos o ciudadanos en general.

Mientras tanto hay una matanza debida a la acción de un desaprensivo en un Community College de Oregón. Pocos días después se producen otras muertes en Texas y Arizona. Debido a la costumbre, casi no se nota ni el desánimo entre aquellos que más se oponen al derecho constitucional a tener armas. Con toda franqueza, apenas se habla de ello ni siquiera en los ambientes universitarios. Es un suceso normal, hasta cierto punto lógico, habida cuenta de las circunstancias. En las universidades norteamericanas es habitual que estudiantes y profesores reciban cursos de entrenamiento acerca de qué hacer en este tipo de situaciones. He conocido profesores que se lo piensan dos veces antes de dar un suspenso dependiendo de que persona se trate. Hay quien habla de recibir un plus salarial por peligrosidad. Es normal que coches de policía patrullen permanentemente los campus universitarios o las escuelas de enseñanza primaria y secundaria.

Pero no pasa nada, la vida sigue, si acaso un gesto de contrariedad matinal y alguna broma después que alegre un poco el día.

El control de las armas ha dejado de ser un problema ya que se admite que no tiene solución. En cierto sentido, uno no debe preocuparse por ello, si acaso redoblar sus esfuerzos informándose bien acerca de si hay armas de fuego en las casas que visitan tus hijos.

Hay otros problemas que en una sociedad tan opulenta también se consideran irresolubles a pesar de la cantidad de saliva y papel gastados. Por ejemplo, la obesidad. En ningún lugar del mundo se utilizan tanto expresiones en la vida diaria como healthy, proteins u organic. Sin embargo, en las escuelas no se cocina y la comida la suministran empresas de catering que suministran bandejas de plástico con burritos, nuggets, pizza o hamburguesa a diario. Se me ocurren muchos otros ejemplos de hipocresía sobre este aspecto.

Por no hablar de otras catástrofes, digamos, suaves y de las que nadie habla. Cada vez son más los ancianos que no pueden sobrevivir con sus pensiones y siguen trabajando hasta los 75 u 80 años. Uno los ve en Costco dando comida a catar los sábados por la tarde o incluso de jueces de línea en el US Open. Nunca he oído a nadie referirse a ello.

No son estos problemas irresolubles como sabe mucha gente que vive en otras zonas del planeta. Pero nunca ha sido el fuerte de los americanos copiar como se hacen las cosas en otras latitudes.


Pero bueno, nos queda el escándalo Volkswagen, un cuento moral como diría mi admirado Eric Rohmer.

sábado, 3 de octubre de 2015

Actualidad de la eugenesia

Es obvio que en Estados Unidos no se practica la eugenesia hoy día. Sería un contrasentido flagrante en el país que derrotó al nazismo e inventó el concepto de corrección política.

Sin embargo, es curioso el olvido del libro de Madison Grant titulado La caída de la gran raza y otros que en su tiempo aducían argumentos eugenésicos para limitar las cuotas de inmigrantes no nórdicos en tierras norteamericanas. No hace un siglo de ello. Todo el mundo habla de Mi lucha de Hitler para condenarlo, pero no de estos otros libros perpetrados por nativos norteamericanos.

Y, sin embargo, hay algo todavía en el ambiente norteamericano que retrotrae al pasado eugenésico. Un no se qué por el cual se tolera menos la exposición pública de los defectos físicos que en otras latitudes.

No es sólo que no haya un solo actor bueno o malo que no haya pasado por el gimnasio y luzca un six pack en mayor o menor medida en las escenas de cama. O que haya una preocupación quizás algo desproporcionada por la dentadura a la que se le ha dado siempre una importancia mucho mayor que en Europa. Más importante es la intolerancia hacia aquellos que no son capaces de sacar adelante sus propios asuntos por sí mismos, a los que de alguna manera se hace responsable de su desgracia, de haber perdido el trabajo o sufrir alguna enfermedad por no cuidarse. No es eugenesia propiamente dicha, pero se le parece algo.

Se percibe un orgullo difuso, confirmado por el ambiente, entre los actuales descendientes de nórdicos o noreuropeos que no se ve tanto entre los descendientes de otras etnias. De hecho se ha producido mucha cine y serie de televisión sobre inmigrantes europeos, pero muy poco, casi nada en comparación, sobre inmigrantes venidos de México o de otras zonas del mundo. No se ha construido un mito sobre ello.

Las apariencias no engañan. En Estados Unidos se ve mucha menos gente en la vida corriente que sufra discapacidades de lo que las propias estadísticas indican. ¿Donde está la gente que sufre síndrome de Down o son invidentes? Hay algo desolador en la imagen algo habitual de los ancianos solos en silla de ruedas de propulsión eléctrica yendo por una acera solitaria al borde de una autopista.


Estados Unidos es el país de las grandes fundaciones y organizaciones no lucrativas, mantiene la idea de que dar al que lo necesita es opcional y eso es lo que hace grande al gesto pero un poco más de solidaridad impuesta y aceptación de que a la especial humana también la definen las limitaciones físicas de tdo tipo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La superioridad del hacer sobre el saber

El otro día pregunté a un amigo de mi hijo, que acaba de empezar sexto en una escuela pública del estado de Washington, que cosas hacía en la clase llamada Arte. Al ser la primera clase sobre esta materia en su corta vida académica y la primera semana de clase, me imaginaba que a lo mejor me diría que estaban estudiando las pinturas rupestres de las cuevas de Lascaux o Altamira.

Para mi sorpresa, me vino a decir que básicamente dedicaban el tiempo a dibujar o a realizar piezas de cerámica. Inmediatamente me vino a la cabeza que en mis tiempos a esa clase se le hubiera llamado trabajos manuales o simplemente dibujo, las únicas asignaturas que me planteaban dificultades en la Educación General Básica. Pero no arte o mejor dicho historia del arte.

La situación no mejora mucho en high school. Uno puede graduarse en el sistema educativo norteamericano sin haber oído hablar de Matisse. Ir a clase de arte para un estudiante norteamericano no es aprender a distinguir el románico del gótico o saber quien era Tiziano. Es ponerse a dibujar sketches o construir una vasija siguiendo unas instrucciones relativamente básicas de forma que el producto de cada uno de ellos mantenga una mínima singularidad.

Saber un poco de historia del arte ha quedado para los personajes de las películas vintage de James Ivory. Hoy en día saber de arte apenas otorga distinción salvo en círculos profesionales. Tampoco incrementa el poder de seducción de uno ni las posibilidades de ganar una suma de dinero por modesta que sea. Unos pocos prestamos alguna atención a la arquitectura, pintura o escultura cuando viajamos porque nos cuenta cosas del pasado, de nosotros mismos o nos permite ahondar en la condición humana.

En cambio,  para cada vez más gente hacer un dibujo o pasar un par de horas moldeando un vaso de cerámica hace sentir a la gente más satisfecha y confiada por haber sacado algo adelante por ellos mismos. Más satisfechos que si supieran distinguir el dórico del jónico.

Por mucha globalización que valga, el sistema educativo norteamericano sigue siendo diferente. En consonancia con los valores de esta sociedad, la expresión “experiential learning” se ha convertido en fetiche. Lo que no se hace, no se sabe. Tu sabrás mucho, o algo, de Tiziano o Goya pero si no sabes dibujar un pájaro, no tienes ni idea de lo que hablas.

Por eso el americano medio cuando viaja a Europa no sabe que es un rosetón o quizás ha oído hablar de Juan Gris pero eso tampoco importa.

Quiso la casualidad que el mismo día leyera una entrevista con Stephen Hawking en la que invitaba a los jóvenes que quieren ser científicos a marcharse a Estados Unidos ya que “allí valoran la ciencia porque se amortiza con tecnología.”

Aunque los estudiantes norteamericanos no tienen unos conocimientos extraordinarios en ciencia, según PISA y otros estudios, lo cierto es que es verdad que el científico tiene proyección pública y gana dinero en los Estados Unidos. Muchos de ellos son extranjeros que abundan en las carreras de ciencias en las universidades de élite norteamericanas. Se le da mucha bola en programas de televisión y las universidades los adoran si son capaces de escribir grants y traer dinero del mundo de la empresa.


Y una última cosa, lo que hacen aporta confort material y cambia la vida cotidiana de la gente como ya no lo hace ningún artista. Y, además, también saben.

domingo, 20 de septiembre de 2015

El dislike de Facebook como síntoma

En su excelente y ya algo olvidado libro a pesar de ser relativamente reciente, Sonríe o muere. La trampa delpensamiento positivo (2009), la autora norteamericana Barbara Ehrenreich ajustaba cuentas con su propia cultura.

No era un empeño fácil, ya que el libro cuestionaba la que quizás sea la señal de identidad más fuerte de la cultura americana contemporánea y que, gracias a los libros de autoayuda, se ha convertido en tendencia planetaria: la necesidad de ser positivos siempre como forma de hacer sentir al individuo que está en control de su destino por adverso que sea.

No en vano, se habla poco de la carga eufemística del idioma inglés actual en el que casi siempre las dificultades insalvables se denominan retos (challenges), la muerte de un familiar o sufrir una enfermedad incurable equivale a tener algunos problemas personales (personal problems), un trabajo catastrófico puede mejorarse (needs improvement) y un plato de sabor espantoso, sobre todo si es de una cultura culinaria desconocida, es simplemente diferente (different).

Ehrenreich viene a decir que esta idea es peligrosa y crea el efecto contrario que pretende producir en la gente, es decir, mayor dosis de infelicidad. Que la vida también tiene un componente de azar y parcelas en las que controlarlo todo no es posible. Que si uno no es rico o no encuentra trabajo no es porque no se haya esforzado lo suficiente o no tenga la personalidad adecuada; que uno puede tener cáncer aun teniendo una dieta rica en verdura, frutas, fibra y andando 10 kilómetros todos los días o que un padre puede tener un hijo drogadicto habiendo hecho sus deberes.

Según la autora, la optimista idea de que somos los capitanes de nuestro barco en todo momento estaría causando más daño que beneficio poniendo en muchos individuos una carga mental innecesaria causa de un estado de ansiedad permanente.

Por eso sabía que cuando se anunció la noticia de que Facebook tienepensado implantar un botón para expresar desagrado por algo (dislike que es una palabra que se usa bastante poco ya que cuando algo no gusta simplemente se silencia sin más), la sangre no iba a llegar al río. Básicamente, lo que Facebook está estudiando es la posibilidad de que los usuarios puedan expresar su desagrado ante una mala noticia o una situación injusta, pongamos la noticia de una hambruna o un asesinato en masa en una escuela. Hasta ahora las únicas opciones para los usuarios de Facebook más participativos era pulsar el botón de like lo cual era ciertamente equívoco. Facebook no pretende alterar ni un ápice aquello que ha sido el secreto de su éxito, o sea, el buen rollo y la capacidad de la gente de contagiar energía positiva y metamorfosearse para mejor.

Y, sin embargo, no se hasta que punto Facebook llega tarde en lo del dislike. Los millenial ven ya Facebook como una anticualla, un reducto de viejos pedos (sus padres) y se están pasando masivamente a Twitter  donde los trending topic son muchas veces polémicas, discusiones cuerpo a cuerpo, una declaración altisonante.


Acaso tanto optimismo y energía positiva esté acabando por aburrir al personal.

sábado, 12 de septiembre de 2015

La opinión pública como mordaza

La manifestación de la Diada ayer confirma una vez más el prestigio y el poder de la opinión pública. Vox populi vox Dei. Como si se tratara de un designio divino, la existencia de cientos de miles de individuos celebrando la independencia de Cataluña por anticipado crea acojone, preocupación en muchos. Sin embargo, ese prestigio del que goza la opinión pública en nuestros días no siempre ha sido tan indiscutible. Hasta hace menos de un siglo, lo más florido de la intelectualidad tendía a desconfiar de las opiniones surgidas al albor de la muchedumbre.

El filósofo hispano-estadounidense Jorge Santayana, por cierto de origen catalán por parte de madre, describía las opiniones de las personas como “creaciones de la mente humana, de los sentidos humanos y pasiones estimuladas y controladas por hechos externos”. Santayana aceptaba que las opiniones reflejaban el bienestar o el dolor de las personas, el ambiente en que vivían, pero eran incapaces de penetrar en aquello que constituía la verdadera naturaleza de las cosas. Santayana negaba la validez intrínseca de las opiniones a no ser que éstas se fundaran en criterios de verdad basados en la historia, la percepción o la ciencia. No es por tanto extraño que el filósofo resaltara todo aquello que hacía de la opinión pública un ente dudoso, etéreo y volátil, como el viento “que a veces se convierte en una fuerza formidable, algo que lleva en volandas o contra lo que lucha el individuo”, pero que también “es invisible, asciende de repente en gustos y misteriosamente desaparece”. La convicción de que el hombre, siempre temeroso de ir contracorriente, es un ser esencialmente imitativo al que cuesta mantener sus opiniones en solitario, le llevaría a cuestionar la opinión del pueblo sobre cuestiones complejas.

Walter Lippmann, discípulo de Santayana y autor de La opinión pública en 1922 (probablemente el tratado acerca de esta materia más importante escrito en el siglo XX), desarrolló en este libro el concepto de estereotipo para explicar como las personas, tratando de dar respuesta a realidades complejas, se guíaban por una serie de “imágenes en sus cabezas” sobre un mundo que estaba “fuera de su alcance, de su vista y de su mente”. Como Santayana, Lippmann presuponía que la opinión pública no constituía un grupo de individuos definido y que éste variaba en función de los intereses personales. Ambos criticaban como el hombre de su tiempo habría sucumbido irremisiblemente a las técnicas de propaganda de políticos y publicitarios.

No escasean en el siglo XX las cabezas pensantes que relativizan en algún momento de sus carreras el valor de la opinión pública. Hoy, al contrario, tener la opinión pública del lado de uno es síntoma de tener razón, incluso de cierta calidad en la argumentación. Medio o un millón de personas manifestándose en una calle parece un indicio inequívoco de que la opinión pública ha hablado, de que algo hay que hacer al respecto y sobre todo rápido, cuanto más rápido mejor, aunque estemos hablando de decisiones tan importantes como convocar un referendum de secesión. De nada sirve, como sostenía Lippmann, que todos sepamos que los políticos no son más que meros seguidores de los deseos irracionales del público. La mayoría silenciosa que no se manifiesta por las calles ni responde a las encuestas, ya que al fin y al cabo la percepción de aquello que constituye la opinión pública actúa como mordaza, no parece contar demasiado. Es, después de todo, demasiado pasiva, desinteresada y, en cierto sentido, difícil de manipular como para ser tenida en consideración. No acudir a una manifestación o acercarse a una urna no computa y acaba sucediendo que la opinión pública se convierte “no en la voz de Dios ni la voz de la sociedad, sino la voz de los espectadores interesados en la acción”, como escribió Lippmann en una obra posterior sobre el mismo tema, El público fantasma,  en 1925.

Si la opinión pública es la reina del mundo, las elecciones se han convertido meramente en herramientas para medir la capacidad de movilización de las distintas opciones por cualquier medio legítimo o ilegítimo.