Consejos American Psique

viernes, 19 de julio de 2013

No es país para viejos

La leyenda de que América no es país para viejos está extendida desde hace mucho tiempo antes de que los Coen hicieran su película. Los propios americanos están convencidos de ello (los estereotipos siempre los cimentan los habitantes de los propios países), de que Estados Unidos es un país en el que los mayores viven segregados en comunidades de jubilados, llevan vidas solitarias y pocos les escuchan. También es cierto que al mismo tiempo piensan que no hay otro lugar como su país para ser joven y sacarle el meollo a la vida gracias a la fuerza de su cultura popular, y a las oportunidades que ofrece su economía y el mercado de trabajo para aquellos mas educados.

Nosotros nos consolamos pensando que España es un buen país para los mayores gracias a nuestro sistema de salud, el clima, la sociabilidad y la relativa fuerza de la que todavía goza la familia. En realidad, esa idea puede que tenga que ver con que en España pensamos que somos jóvenes durante más tiempo. Y no me refiero a que en España la esperanza de vida sea cuatro años mayor que en Estados Unidos. El otro día me entere de que para el ahora llamado Ministerio de Economía y Competitividad, el encargado de otorgar las becas de investigación, un joven investigador es aquel con menos de 40 años.

Mucho me temo que al redactar el pliego de los criterios de concesión de las cada vez más escasas e improbables becas los funcionarios de turno no estaban pensando en los 40 como The new thirties según les gusta a los americanos actuales denominar a esa fase de la vida con el optimismo que siempre les caracteriza.

En realidad la decisión de los miembros del ministerio de alargar la juventud al ecuador de la vida media se debe más bien a que en España nos gusta identificar una vida precaria con ser joven. Para los funcionarios del ministerio cobrar bajos salarios, saber que tu futuro pende de un hilo, que no vas a poder comprarte una casa o sacar adelante una familia son factores que le hacen sentirse a uno joven. En España estar jodido a uno le hace sentirse joven porque siempre parece que lo mejor está por llegar.

En cambio en América, lugar en el que la palabra muerte esta proscrita casi incluso en las iglesias, ser joven no suele  depender de la edad biológica. Al americano le gusta pensar que uno es joven mientras tiene proyectos o al menos perspectivas de hacer algo. Para el americano hay profundamente excéntrico en el dolce far niente, en tomarse un mes  de vacaciones para no hacer nada, en irse de viaje sin el ordenador, no digamos en decir que eres un ni-ni aunque lo seas.

A los 40 años se espera de uno que haya tenido varios fracasos profesionales para después ser contratado por una start-up, que se haya divorciado al menos una vez, que se haya mudado de iglesia o esté pensando en hacerlo de nuevo, que se haya cambiado de ciudad al menos 3 o 4 veces y que haya perdido y vuelto a ganar algún dinero en el mercado de valores.

Los mayores siguen siendo jóvenes cuando señoras de 75 años te ofrecen muestras de comida en los supermercados para complementar sus pensiones, colaboran en un banco de comida para inmigrantes o huyen del frio marchándose durante 4 meses a Arizona en tu motor home.

Si en España ser joven es fundamentalmente esperar, en América es hacer aunque lo de menos sea lo que uno haga.

viernes, 12 de julio de 2013

El riesgo necesario

En Ellensburg los aficionados al tenis no suelen quedar para jugar con una persona determinada. No hace falta conocer a nadie, basta con presentarse a las doce en las canchas de tenis de la universidad que se encuentran a disposición todo el día. Si aparecen ocho personas, se montan dos partidos de dobles. Si aparecen siete, en la otra cancha dos juegan contra uno. Si aparecen cinco, la figura del que sobra se va rotando en el dobles a cada juego. Al principio era frustrante, yo quería saber con quién iba a jugar a tal hora al día siguiente, pero nadie se comprometía. Todo el mundo me decía que hiciera acto de aparición y no me dejarían tirado. De hecho, así es.  Perder el respeto a la incertidumbre, al riesgo aunque sea mínimo y medido es más fácil cuando uno sabe que se da la cooperación entre las personas como entre este grupo de jubilados, profesores de universidad y profesionales que se reúnen a jugar al tenis todos los días sin un plan concreto. Fuera del “negocio del tenis” la relación personal entre nosotros es casi inexistente.

La capacidad de los americanos para copar con el riesgo es, por otro lado, conocida e incluso medida. A finales de los 90, el antropólogo holandés Geert Hofstede entrevistó a los 100.000 empleados de IBM en más de 90 países y llego a la conclusión de que uno de los aspectos que más diferencia a las sociedades es su capacidad para tolerar las situaciones ambiguas. En general, los Estados Unidos y otras sociedades de países fríos salían ganando en este aspecto debido, según otros antropólogos, a que en estas latitudes las dificultades promueven mayormente el espíritu cooperativo entre las personas. Es verdad que hay otros países con alta tolerancia al riesgo, pero son en su mayoría países en vías de desarrollo cuyos ciudadanos viven en situaciones de penuria.

Las sociedades del sur de Europa, entre ellas la española, se caracterizaban por lo contrario, por un afán inveterado por establecer reglamentaciones y códigos que eliminen la ambigüedad. Y ello incluye las relaciones profesionales y personales. De hecho en el mundo empresarial español he escuchado a los managers a veces referirse a tal o cual persona no conocida del todo y preguntar: “¿y ese de dónde sale?” cuando lo que estaban tratando de saber es el nivel social o la ideología política del candidato a un puesto de trabajo para, en caso de que no fuera la previsible, limitar su acceso a la empresa o al grupo.

Es curioso que esta tolerancia a la incertidumbre y al riesgo se combine con aspectos que parecen opuestos como es la tendencia de los americanos a planificarlo todo incluso en su vida familiar y  personal. He conocido gente que planifica las vacaciones con casi un año de antelación, tiene fondos disponibles para aprovecharse de las rebajas de la ropa de invierno en mitad de la canícula y en cuanto te descuidas hay siempre alguien que cuando hay una reunión familiar dibuja un chart con las actividades previstas casi al minuto para el día o la semana. La palabra comité para casi cualquier cosa es el pan de cada día cuando se reúne un grupo de personas.

Los americanos creen en el riesgo, palabra que en esta sociedad tiene una connotación menos negativa que en la nuestra y sin la que les parece que a la vida le falta algo de sal y pimienta. Esta querencia por el riesgo se manifiesta en muchas facetas: la querencia a empezar un negocio aunque se haya fracasado antes, a deshacer y rehacer relaciones, a invertir en el mercado de valores, a ponerse a estudiar una carrera con 45 años y dar un giro completo a la vida o a cambiar de ciudad y amigos.

Supongo que la permeabilidad de los grupos y la idea de que siempre uno puede encontrarse gente lista para ayudar o cooperar en el proyecto que corresponda tiene algo que ver con ello.

jueves, 4 de julio de 2013

La beca vista como incentivo

Estados Unidos es el país de las becas. La cantidad de ayudas ofrecidas por instituciones públicas y privadas es casi inagotable. Lógicamente, como cualquier beca que se precie, nunca son suficientes para atender toda la demanda.

Comparto con vosotros un artículo que publique en elconfidencial.com en el que, entre otras cosas, explicaba la diferencia entre como en la cultura americana la beca se entiende fundamentalmente como incentivo mientras que en la cultura española es un subsidio y, por lo visto tras la última polémica con respecto a la ley Wert, la opinión publica de España quiere que siga siendo así.

No sé si estaréis de acuerdo con mi punto de vista, pero al menos espero que os interese la diferencia entre la concepcion norteamericana y la nuestra.

http://blogs.elconfidencial.com/espana/tribuna/2013/06/26/becas-subsidios-o-incentivos-11542

viernes, 28 de junio de 2013

Escenas de una barbacoa

Me sigue sorprendiendo encontrarme con gente que habla de las tapas como si se tratara de un tipo determinado de comida, cuando en realidad se trata de un concepto. Compartir distintas preparaciones, que pueden ser muy sencillas o muy complejas en un ambiente desenfadado, sofisticado, sucio e incluso de pie.

Algo parecido sucede con las barbacoas en Estados Unidos. La barbacoa no es una máquina para aportar un sabor característico a los alimentos, sino más bien una de las escasas manifestaciones de hedonismo colectivo que se dan en este país. Tiene, de hecho, un sello de marca. La fascinación que sigue suscitando, por ejemplo entre los estudiantes extranjeros, la experiencia de participar en una barbacoa sigue siendo uno de los mejores ejemplos de cómo, en esta era de la globalización que parece desmitificarlo todo y romper cualquier molde, el ideal de vida americano sigue gozando de excelente salud en la mayor parte del mundo.

Lo interesante es que, como San Patricio, el contenido del evento es escaso. El anfitrión compra generalmente carne de vaca y pollo, salchichas y quizás alguna verdura para poner en el grill. Abunda también la cerveza, los dips y en verano la sandía. Los hombres se disponen alrededor del anfitrión masculino para hablar de deportes o de trabajo ya que, pese a las apariencias, la idea de que el macho de la casa es responsable de masajear la comida en la parrilla esta tan implantada como el hecho de que a él le corresponde cortar el césped o reparar la bicicleta.




En otra parte del jardín, las mujeres conversaran acerca de los hijos, el trabajo o cualquier otro quehacer doméstico. En otra sección, los niños estarán ocupados en una sucesión de juegos que puede haber estado cuidadosamente planificada por la señora de la casa con algún propósito vagamente educativo y probablemente implementada por el cabeza de familia.

Las aproximadamente dos horas de duración del evento pasaran más rápida o más lentamente dependiendo del grado de compenetración de los invitados. Normalmente siempre hay uno, el más aburrido o el que más se está aburriendo, que no tiene la resistencia suficiente frente al tedio y anuncia que tiene que marcharse con cierta premura tras algo más de una hora arguyendo algún compromiso. El resto no alargara nunca su estancia más allá de las dos horas de rigor. Dos horas durante las cuales la pantalla de plasma en el interior de la casa retransmitirá un partido de futbol americano o de beisbol, habrá algún padre en una esquina del jardín recreándose con su Smart phone, quedaran restos de salsas rancheras o mejicanas calientes en boles a las que nadie osa ya introducir una rama de apio, los silencios en la conversación se harán más palpables y difíciles de llenar.

Tengo para mí que el secreto de las barbacoas radica en su terminación, en la vuelta a casa, en la conversación en el coche, en el retorno a la familia nuclear, a la vida activa y solitaria. 

A la seguridad.

viernes, 21 de junio de 2013

Quitar la moqueta


Por fin hemos decidido eliminar de nuestra casa un elemento tan genuinamente americano como es la moqueta. No en vano, el olor a moqueta húmeda mezclado con el de las grasas animales empleadas para la fritura de las patatas fritas en los puestos de comida rápida, es el primer aroma que a uno le llega cuando pisa suelo norteamericano. Uno tiene que pensárselo dos veces antes de deshacerse de la moqueta. De niño, cuando vivía en un barrio de la periferia de Madrid e iba a jugar a los clics a casa un compañero de clase que la tenía, me parecía lo último, el colmo de la modernidad.





La moqueta se sigue imponiendo en los hogares americanos. Es económica de instalar y reemplazar, aporta calidez cuando el termómetro es inmisericorde afuera y tiene la nada desdeñable cualidad de disimular durante largo tiempo la roña y la suciedad  y ofrecer un aspecto decente y contemporáneo, que no elegante, a cualquier habitación.

¿Por qué quitar, entonces, la moqueta a la que adornan todas estas espléndidas cualidades? Despegar la moqueta y poner un suelo de madera, y no digamos de baldosa, es sincerarse, asumir que el mundo puede ser un lugar frío e inhóspito, que la mugre no puede ocultarse, que la realidad no es postiza y podemos hacerla y deshacerla a nuestro antojo, que cualquier cambio de envergadura es difícil, que el mundo que nos ha tocado vivir no es un lugar naturalmente cálido sino un perpetuo toma y daca y que las apariencias no engañan.

Hay algo infantil y carente de riesgo al mismo tiempo en la moqueta. Un niño que se cae en la moqueta, suele quedar ileso. En la moqueta se puede jugar con los pequeños sin tener que recurrir a sentarse en las sillas alrededor de la mesa, que hace parecer todo demasiado serio e importante. En la moqueta uno se siente joven. Incluso ofrece una alternativa cómoda y fácil a aquellos conservadores que quieren sentirse innovadores por un día en cuestiones de sexo y dejar la cama a un lado.

Pero la moqueta, a diferencia del papel, no lo aguanta todo. Por ejemplo, no aguanta las meadas de los perros que acaban dejando un olor perenne que por mucho producto de limpieza que se aplique sale a relucir en cualquier momento en que la brisa cambia de dirección.

A los americanos les sigue gustando la moqueta de la misma forma que toleran la hipocresía como un defecto menor comparado con otros. Acaso no les falte razón en que fingir lo que uno no siente o embellecer una realidad que se ha revelado sórdida puede cambiar el mundo.

 Quizás el precio de quitar la moqueta sea demasiado alto.

viernes, 14 de junio de 2013

Algunas reflexiones sobre los yard sales


Los yard sales son rastrillos caseros montados enfrente de la casa de uno, normalmente a la puerta del garaje, para vender aquella mercancía que uno quiere quitarse de encima. Como las bicicletas, suelen ser para el verano.

Al contrario de lo que uno escucha por ahí a menudo, no son fruto de la codicia norteamericana por arañar el último dólar de aquellas cosas que no nos hacen falta. Quizás en algún momento de la historia tuvieron una motivación material, pero hoy por hoy son más bien lo contrario. Responden a otros factores. Son, como los community gardens, una táctica más para acceder a uno de los bienes más codiciados por el nuevo matrix norteamericano, unos minutos de socialización con los vecinos del otro lado de la calle. También contribuyen a que goce de buena salud uno de los deportes nacionales que consiste en buscar gangas porque sí los fines de semana fuera de los cauces de las grandes cadenas comerciales. Y sí, bueno, quizás algunos padres aprovechen la ocasión para instruirles acerca de las bondades de la economía de mercado vendiendo vasos de limonada a 25 centavos.




De hecho al recién llegado suelen desconcertarle, porque no hay demasiado control de calidad y los precios en muchos casos son casi simbólicos. Siguen siendo un testigo visible de la obsesión norteamericana, mitigada esta última década por la debacle inmobiliaria, por moverse y buscar oportunidades allí donde se encuentren sin tener que cargar con todo el equipaje. ¿Para qué llevarte las estanterías de aglomerado de Ikea a 2.000 kilómetros de aquí? ¿O esas ropas de abrigo que viviendo en Florida ya no te van a hacer falta?

Ciertamente, hay un matiz de clase en los yard sale. No he visto yard sales en los barrios opulentos de San Francisco, por poner un ejemplo.

Una categoría superior de yard sales, son los estate sales, es decir, la venta de los objetos de una persona que acaba de fallecer por sus familiares. En éstos, la mercancía suele ser de mejor calidad y los precios más elevados.

 Aparte de la finalidad práctica de deshacerse de un modo más respetuoso que la mera destrucción física de los bienes del difunto o su acumulación en molestas cajas en algún garaje, supone de algún modo una prolongación de la funcionalidad de la vida de éste en otros ambientes.

En cierto sentido no resulta muy diferente a esparcir las cenizas o donar un órgano.

viernes, 7 de junio de 2013

La supervivencia de los símbolos

Tengo para mí que debido a su afición por vestir ropa casual en la mayoría de las situaciones, los americanos tienen una mal merecida fama de gustar de las situaciones informales. Nada más lejos de la realidad. En realidad, el amor por los símbolos y el respeto a las formas de los americanos encarna un sentimiento opuesto.

La presencia de la bandera americana que tanto parece irritar a muchos españoles en numerosos edificios así como en algunas casas particulares es el ejemplo más conocido del amor americano por la simbología pero hay muchos más. Los bailes de graduación como rito de paso a la vida adulta, las ceremonias de graduación como ritos de paso a la vida profesional, las baby showers como ritual de paso a la maternidad o el pledge of allegiance antes de los eventos deportivos como expresión de lealtad a los valores de los Estados Unidos son otros ejemplos conocidos de presencia de ceremonias simbólicas en la vida americana.




Si tuviera que citar una diferencia entre Estados Unidos y Europa hoy, la presencia de símbolos en la vida pública sería una de ellas. Los símbolos suelen abundar en sociedades en las que se considera que la vida tiene una cierta transcendencia, que no es sólo cuestión de administrar los recursos disponibles eficientemente para lograr una determinada calidad de vida. En este sentido, Europa es un continente mucho más posmoderno que la América del Norte donde la gente todavía se hace preguntas acerca del sentido de la existencia y la considera un hecho transcendente, a diferencia de la sociedades, como las europeas, en las que ese tipo de preguntas o presuposiciones se consideran propias de otra época o de sociedades atrasadas.

En las sociedades, como la americana, en las que los símbolos cuentan, hay todavía muchas personas dispuestas a jugarse la vida por su país a pesar de las tentaciones que ofrece una sociedad con estupendos centros comerciales y vacaciones pagadas por la empresa. Hay gente dispuesta a dar una parte importante de su riqueza por propia voluntad, y no porque lo diga el ministro de hacienda de turno, para sufragar su iglesia o para atender a gente que lo necesita.


Una cosa es ir en pantalones cortos o zapatillas de deporte a todas partes. Otra cosa muy diferente es pensar que los símbolos, rituales y las ceremonias son siempre plasmaciones de estructuras de poder que, al modo foucaultiano, siempre favorecen a la ideología de las clases dominantes o a los poderes fácticos de turno.