Consejos American Psique

viernes, 16 de agosto de 2013

Saber inglés

“El inglés no tiene nada de especial. No es más que una lengua entre muchas”
(J. M. Coetzee, El verano)

A los tradicionales factores de desigualdad humana, que como todo el mundo sabe son el dinero y la capacidad de atracción sexual, se ha sumado otro de forma irremisible en los últimos tiempos: saber inglés.
No es solo que, como nos recordaba recientemente el economista Luis Garicano, un nivel avanzado de inglés sea uno de los tres pilares de la economía delconocimiento. Es que simplemente saber inglés, sobre todo si uno es nativo, hace que a uno le paguen las vacaciones. 

Por ejemplo, la empresa Vaughan ofrece la posibilidad de pasar estancias en España en sus famosos pueblos ingleses, ubicados en zonas de notable atractivo turístico, a todos aquellos voluntarios angloparlantes, como ellos mismos los denominan en su página web, que estén dispuesto a hablar durante unas 13 horas al día a aquellos españoles que buscan aprender la lengua de Shakespeare para mejorar sus posibilidades profesionales.

Los requisitos no parecen muchos. Según aparece en su página web, no se exige pertenecer a una clase social o desempeñar una profesión determinada y basta con proceder de cualquier país de hablar inglesa como las islas Fiji o Trinidad-Tobago. Hablar inglés (y, aunque no lo mencionan expresamente, probablemente no hablar ni gota de español ya que no se exige un nivel mínimo) es el único requisito indispensable. El objetivo, según elGrupo Vaughan, es “que no tengan la deformación profesional de los profesores, por magníficos que éstos sean, y que enfrenten al participante a la situación más real posible”. A cambio se ofrece hotel, manutención y excursiones (excluye transporte) durante periodos que rondan las dos semanas.

Vaughan describe la experiencia como un intercambio en el que “los españoles y los angloparlantes llegan con un objetivo diferente: los españoles, lingüístico y los angloparlantes cultural y turístico”. Se le olvida mencionar el detalle sin importancia de que mientras los españoles, o sus empresas, pagan cuantiosas sumas de dinero por este intercambio, los angloparlantes vienen a mantel puesto.

Aunque no es lo mismo, no son pocos los estudiantes norteamericanos que conozco que nada más graduarse deciden marchar a Japón, China o alguno de los ricos emiratos árabes a ensenar inglés sin tener ninguna experiencia o conocimiento del idioma autóctono y ganar sumas de dinero que en los tiempos que corren resultan francamente respetables para un joven licenciado.

Esta situación no podría contrastar más con la de tanto españoles jóvenes y no tan jóvenes  (entre los que me incluyo) que tuvimos que aprender inglés de camareros, haciendo camas o l limpiando suelos tratando de descifrar el inglés de algún supervisor que invariablemente tenía acento extranjero.

No me cabe duda de que los españoles hemos interiorizado perfectamente una situación de inferioridad casi propia de los tiempos del regeneracionismo. En un par de ocasiones, cuando solía visitar empresas de comunicación españolas con estudiantes norteamericanos, y uno de ellos preguntaba que cualidad era más importante para trabajar en el mundo de la comunicación, la respuesta del ejecutivo español era siempre la misma: el inglés, lo cual hacia que la audiencia soltara una carcajada. Una invitación más para seguir siendo monolingües a los jóvenes más monolingües del mundo desarrollado en las que incluso sus clases más educadas son incapaces de aprender lenguas extranjeras consolidando la leyenda del ugly American etnocéntrico y con ínfulas de superioridad.

Mientras tanto, este mismo verano sigo oyendo hablar de españoles de 40 o 50 años que han sido despedidos y han retomado sus estudios de inglés, más por dar síntomas de reacción que otra cosa, o chicos de 15 años que pasan tres o cuatro semanas en el sur de Inglaterra en carísimas estancias gracias al cada vez más heroico esfuerzo económico de unos padres que al mismo tiempo se lo piensan dos veces a la hora de pedir una cerveza o comprar el periódico. Seguro que los miembros del conglomerado Visit Britain se siguen frotando las manos, ya que ese es el turismo que interesa y no el que hace balconing en Lloret de Mar.

Si algo hay que reprocharle al debate acerca de la necesidad de ensenar educación para la ciudadanía en las escuelas es que probablemente haya detraído la atención de otros temas quizás tan o más importantes como es que el hecho de que el estado garantice una cierta igualdad a la hora de hablar inglés.

Es, sin embargo, cuestionable que la parte más importante de la educación en el mundo de hoy sea el inglés (me parece más importante, como dice Garicano, saber expresar un argumento por escrito en la lengua de uno o tener una base sólida de matemáticas y estadística). Pero una de las grandes reformas pendientes de nuestro sistema educativo es, superando partidismos, la de la enseñanza del inglés a todos los niveles, que los colegios bilingües lo sean de verdad y que todos puedan acceder a ellos. Cueste lo que cueste, porque al final, como atestiguan numerosas familias españolas que, desesperadas, se gastan fortunas en que sus hijos hagan turismo o se líen con extranjeros durante el mes de agosto, se ahorra dinero.

Para que no sea siempre un cierto tipo de español el que se tiene que marchar de camarero y los “angloparlantes” los que vienen a comer y a disfrutar del charm de nuestros entornos rurales.

Bueno, y ahora también para que todos los españoles sin trabajo, no solo los hijos de los ricos o los poderosos, puedan emigrar en igualdad de condiciones.

viernes, 9 de agosto de 2013

El mito del español en Estados Unidos

Leo y escucho estos días en TVE que el chef malagueño Dani García ha abierto hace poco un restaurante en Nueva York y que en poco tiempo se ha convertido en uno de los mejores representantes de la cocina española en esta ciudad. La pieza del telediario de la 1 cita un artículo del New York Times que augura una fuerte expansión de la cocina española en los Estados Unidos durante la próxima década. Me queda una sensación de suceso ya visto y me viene a la memoria cuando, hace diez años, Ferrán Adrià acaparó la portada del magazine dominical de este periódico que aseguraba que España era la nueva Francia encuestiones gastronómicas y auguraba la popularidad de la cocina española en los Estados Unidos. 

Una década después, uno se encuentra con que los productos alimenticios españoles en este país siguen siendo bastante difíciles de encontrar (si uno no vive en una de las grandes ciudades siempre se requiere bastante información y estar dispuesto a recorrer muchos kilómetros o gastarse ingentes sumas en pedidos por internet) y que para el común de los americanos la cocina española sigue siendo una absoluta desconocida siendo el infame pero popular Spanish rice, que se sirve como guarnición en la mayoría de los restaurantes mexicanos, la aportación más conocida.  El que piense que es obvio que el americano medio conoce la paella, el gazpacho o el queso manchego quizás deba replantearse sus percepciones. Las tapas suenan pero es un concepto ambiguo que lo mismo sirven para un roto que un descosido. De lo demás, mejor olvidarse, ya que el número de los restaurantes españoles en este país es, en el mejor de los casos, minúsculo.

La situación me recuerda al optimismo antropológico que existe en España en lo que se refiere a la pujanza del español en Estados Unidos. Suele argumentarse la gran cantidad de población hispana, unos 52 millones o en torno a un 16,7 por ciento de la población total, el hecho de que los candidatos presidenciales digan alguna frase o rueden algún spot electoral en español durante la campaña o la primacía del español como segunda en las escuelas.

Sin ánimo de agotar un tema tan complejo como éste, conviene aclarar algunos malentendidos.

El primero de ellos es que el número de hispanos no se corresponde con el de hablantes del español que es, según el censo de los Estados Unidos, de 37 millones de habitantes, un 30 por ciento menos que el total de la población de origen latino. De esos 37 millones, un buen porcentaje de hispanos que son americanos de segunda generación entran dentro de lo que se denomina heritage speakers (hablantes por herencia), es decir, hispanohablantes que lo han aprendido en su casa pero que, en muchos casos, no leen o escriben español o lo hacen con dificultad. Forman un grupo cada vez más numeroso. En mi experiencia diaria, he tenido la ocasión de comprobar como un número importante de mis estudiantes hispanos muestra reticencia a la hora de hablar español debido a la incomodidad que sienten de hablar una lengua con la que no acaban de sentirse cómodos.

La lengua de elección de un joven universitario estadounidense de origen hispano tiende a ser claramente el inglés por numerosas razones: la educación se recibe íntegramente en inglés, la mayoría de los medios de comunicación de calidad emiten en inglés y el inglés es la lengua de prestigio y de los negocios relevantes en una país donde el español se identifica como una lengua hablada mayoritariamente por las clases subalternas. Nuevamente, me estoy refiriendo naturalmente a Estados Unidos en su globalidad ya que en ciudades como Miami, Nueva York, Los Ángeles y otras hay escuelas bilingües (muy pocas) y algún periódico en español de calidad pero son la excepción que confirma la regla.

En el caso de la tercera generación de hispanos americanos, siguiendo la tradición integradora de otros grupos étnicos en Estados Unidos, el español se ha convertido en una reliquia del pasado. La excepción a esta tendencia podemos encontrarlas en aquellas zonas donde los hispanos forman una mayoría relativa como California o Texas, convertidas en auténticas comunidades bilingües aunque bien es cierto que los segmentos más dinámicos de la misma tienden rápidamente a adoptar el inglés como primera lengua tanto en estas zonas como en el resto del país.

Otro importante factor que hace dudar acerca del futuro del español en este país se deriva del hecho de que no está ni mucho menos garantizado que los flujos migratorios desde Latinoamérica se vayan a mantener en los próximos años. La recientemente aprobada ley regularización de inmigrantes va a ayudar a muchos inmigrantes considerados hasta ahora ilegales a ser ciudadanos de pleno derecho, pero se ha aprobado con el consenso tácito de los políticos de ambos signos de endurecer aún más las condiciones para emigrar a los Estados Unidos y hacer la vida imposible a quien pretenda emigrar ilegalmente.

Dejo para el final otro factor importante pero que raras veces se recuerda y que va a dificultar el que el español se convierta en una lengua de la máxima relevancia en este país. No es otro que la falta de prestigio de la que goza nuestra lengua y el desconocimiento de la cultura que en su globalidad pudiéramos llamar hispana en Estados Unidos. Me refiero con ello al tipo de argumentos que se utilizan para justificar el auge de la lengua española en las universidades. Por supuesto, no estoy hablando de los departamentos de español de las grandes universidades norteamericanas donde nuestro idioma ha gozado de reconocimiento desde hace muchas décadas en los estudios de posgrado, sino a un segundo nivel de universidades estatales y privadas (que son la mayoría de las 3.500 que pueblan el país) donde a menudo profesores y estudiantes entienden enseñar y aprender español como un deber cívico hacia los inmigrantes hispanos.

Es menos frecuente de lo que uno desearía encontrarse un estudiante universitario de español en una universidad estatal que estudie nuestra lengua porque piense que hay una literatura, cine, arte, ciencia, una cultura en suma, que valga la pena. Esta circunstancia es relativamente fácil de percibir cuando se comparan las opiniones de los estudiantes de español con las de estudiantes de otras lenguas cómo el francés, el mandarín o incluso el ruso por las que a menudo subyace un afecto sustentado en razones de prestigio cultural. No en vano, una parte de las élites, como le sucedió al célebre periodista del New York Times, Nicholas Kristof, cuando escribió que aunque la cultura en el español carece de la riqueza de la cultura china en mandarín había que aprender la primera por su presencia en la vida americana, desdeña el español más o menos solapadamente.

Curiosamente, únicamente escuché a un candidato en la pasada campaña electoral mencionar varios hechos palmarios que ponen sobre la mesa lo importante que debería ser para todo norteamericano tener conocimientos de español.  Este político habló de la importancia de potenciar el comercio con Latinoamérica arguyendo que el subcontinente considerado en su totalidad tenía un producto interior bruto similar al chino, que se podía trabajar con los mismos horarios, que la distancia era menor e incluso que las culturas eran más parecidas. Algo evidente pero que se escucha pocas veces.


Conociendo la mentalidad americana, me parecen argumentos mucho más contundentes para ensalzar la importancia del español que referirse a que es la lengua en la que escribían Borges o Cervantes.

viernes, 2 de agosto de 2013

Un país sin bedeles

El otro día estuve en la facultad de filosofía y letras de una universidad española. Eran las 9 de la mañana en plena canícula y estaba vacía. Lo primero que me encontré al entrar fue con una bedel. La mujer leía una revista de cotilleos dejando pasar el tiempo lo mejor que podía y sabía. Le pregunté cómo encontrar el despacho de un profesor al que iba a visitar y me indicó la dirección con amabilidad antes de regresar a la lectura de la revista.

Me dirigí al ascensor siguiendo sus instrucciones mientras pensaba que había algo entrañable y anacrónico en la escena de esa mujer vestida de bedel,  dentro de una ventanilla y con poco que hacer. No pude evitar pensar que, y no quiero parecer oportunista, esa bedel que probablemente se jubile dentro de 20 años trabajando en el mismo lugar es un símbolo del estado de parálisis de la universidad española.

Las universidades norteamericanas no tienen bedeles. En realidad, no hay conserjes ni bedeles en Norteamérica en general. Si acaso hay porteros en los edificios de apartamentos en los que vive la gente muy pudiente en ciudades como New York o Washington D.C por razones de seguridad o comodidad.

Tener a disposición a alguien vestido de uniforme, por si le necesita, para darte una dirección, que no disimula su ociosidad, no es algo americano. Si acaso un símbolo de calidez mediterránea, del Sur de Europa.

Empecé a pensar por  qué en los Estados Unidos de América no hay bedeles, ni gente que te corte las entradas en los cines o las exposiciones, ni tampoco hay que reservar las pistas de tenis que hay en los parques, ni hay nadie controlándote en los restaurantes por si te echas más Coca-Cola de la cuenta en el área donde se encuentran los grifos de los refrescos.La concepción norteamericana de la responsabilidad individual lo abarca todo. Los americanos esperan que uno se informe acerca de cómo llegar a los sitios, confían en que no te vas a colar en una sala que no te corresponde, que no vas a quedarte toda la mañana jugando el tenis cuando hay gente esperando fuera o que no te vas a echar una cantidad extra de Coca-Cola que no has pagado. También que te vas a costear la atención médica o la mayor parte de la matrícula de la universidad con tus propios recursos, que todo hay que decirlo.

Por eso nunca ha existido una figura del bedel equivalente a la nuestra. 

viernes, 26 de julio de 2013

Buscar trabajo

A lo largo del año, cuando hablamos por Skype los sábados por la mañana, mis padres me preguntan invariablemente por el estado de la economía norteamericana y sobre todo por la tasa de paro. Cuando les digo que en todo el país es del  siete y medio por ciento y en el estado de Washington ronda el siete, se siguen sorprendiendo aunque ya se lo haya dicho muchas veces. Experimentan lo que yo llamo una especie de delectación masoquista, muy española, una mezcla de complejo de inferioridad ancestral típico de la gente de su generación y de sentirse afortunados porque su hijo se haya librado de la plaga del desempleo.

Podría entrar en detalles, en tecnicismos, pero prefiero ahorrar crueldades innecesarias. Podría contarles que los políticos de la gran potencia siguen considerando que un nivel de paro semejante se considera intolerable, que los economistas andan preocupados porque el desempleo estructural en Norteamérica después de la crisis vaya a pasar del 4,5 al 6 por ciento, que se habla de una generación perdida que percibirá de por vida salarios inferiores a los de sus padres e incluso de que ir a la universidad ya no aporta un adecuado retorno de la inversión a las familias y eso a pesar de que un universitario, alrededor del 35 por ciento de los jóvenes estadounidenses, gana alrededor de un 150 por ciento más de salario que el que no lo es.

Sin embargo, lo que más me sigue llamando la atención de la situación española no es tanto el porcentaje de desempleo, que mucha gente olvida que 20 años  atrás alcanzo cotas relativamente similares, sino las condiciones casi humillantes en que la gente tiene que buscar trabajo.
El otro día, mientras esperaba en una tienda de Movistar a que me atendieran, veo a un chico de unos 20 años entregar un currículo casi con desidia. Llevaba un taco de ellos y se notaba que estaba realizando un reparto industrial por todas las tiendas del centro comercial. Me sorprendió la naturalidad con que entregaba aquel folio con una foto por membrete. Le pregunté a la dependiente que me atendía si Movistar requería fotos en los currículos y me miró con asombro.

En realidad, mi ingenuidad no tiene límites ya que hacía solo unos meses que me había encontrado un anuncio de una universidad privada española, que se dice católica para más señas,  que buscaba profesorado internacional en el extranjero y que también exigía foto, al parecer una característica de gran relevancia en la docencia. Recuerdo que, indignado, envié un correo electrónico a la persona que figuraba como contacto señalando que esa es una práctica que en Estados Unidos y otros países se considera gravemente discriminatoria. Tengo que decir que no me sorprendió demasiado que no contestara mi correo ni me diera las gracias.

Me vienen a la cabeza imágenes de una nueva España negra, silenciosa, asumida por el común de los mortales. Recuerdo el caso de la todavía prestigiosa cadena de supermercados Sánchez Romero cuyos evaluadores de recursos humanos juzgaban hace no tanto el color de la piel de los candidatos en función de su proporción de “café o leche”. Aparte de una reprimenda mediática, lo cierto es que la sociedad española no castigó (si, a veces el castigo es una buena cosa) demasiado la reputación de Sánchez Romero que sigue vendiendo con éxito su imagen de supermercado Premium.

También  me vienen a la memoria recuerdos un poco más gozosos. Cuando disfrutaba leyendo las desventuras de Henri Chinaski, aquel alter ego bukowskiano, en aquel Los Angeles de los años 50. Recuerdo que lo que más me sorprendía de aquel personaje no era tanto que siendo feo, pobre y falto de higiene se acostara continuamente con mujeres o que tuviera la energía para escribir hasta altas horas de la madrugada después de una larga jornada de trabajo físico en compañía de un transistor y bebiendo continuamente. No, lo que más me sorprendía era la vitalidad del mercado de trabajo norteamericano donde Chinaski encontraba un trabajo tras otro en fábricas de bombillas, de pepinillos o de tuercas (llegue a contar más de 50 trabajos en la novela Factotum). Aquel mundo en que ningún supervisor explotador te pedía currículo con foto o tenía en cuenta tu edad.

Para muchos debe ser curioso que el país del susodicho capitalismo salvaje nos dé lecciones de civismo a la hora de buscar trabajo. Las empresas equivalentes a Telefónica o a la Universidad Católica de Murcia en Estados Unidos se habrían buscado un lío que les hubiera costado unos cuantos millones de dólares además de una caída considerable de su reputación. 

Debería hacernos pensar que un mercado laboral como el norteamericano que visto desde aquí resulta casi salvaje, desregulado, en el que existe  un tipo  de contrato prácticamente único, indemnizaciones por despido bajas o casi inexistentes sea, aunque tampoco ideal, en muchos sentidos más humano y amable con el que busca trabajo.

También que las sucesivas reformas laborales españolas se limiten siempre a regular las modalidades contractuales o las indemnizaciones por despido y no otros aspectos capitales como la discriminación por el físico o la edad en un país de servicios como España en que una gran cantidad de trabajos son de cara al público.

Si, debería hacernos pensar.


A todos.

viernes, 19 de julio de 2013

No es país para viejos

La leyenda de que América no es país para viejos está extendida desde hace mucho tiempo antes de que los Coen hicieran su película. Los propios americanos están convencidos de ello (los estereotipos siempre los cimentan los habitantes de los propios países), de que Estados Unidos es un país en el que los mayores viven segregados en comunidades de jubilados, llevan vidas solitarias y pocos les escuchan. También es cierto que al mismo tiempo piensan que no hay otro lugar como su país para ser joven y sacarle el meollo a la vida gracias a la fuerza de su cultura popular, y a las oportunidades que ofrece su economía y el mercado de trabajo para aquellos mas educados.

Nosotros nos consolamos pensando que España es un buen país para los mayores gracias a nuestro sistema de salud, el clima, la sociabilidad y la relativa fuerza de la que todavía goza la familia. En realidad, esa idea puede que tenga que ver con que en España pensamos que somos jóvenes durante más tiempo. Y no me refiero a que en España la esperanza de vida sea cuatro años mayor que en Estados Unidos. El otro día me entere de que para el ahora llamado Ministerio de Economía y Competitividad, el encargado de otorgar las becas de investigación, un joven investigador es aquel con menos de 40 años.

Mucho me temo que al redactar el pliego de los criterios de concesión de las cada vez más escasas e improbables becas los funcionarios de turno no estaban pensando en los 40 como The new thirties según les gusta a los americanos actuales denominar a esa fase de la vida con el optimismo que siempre les caracteriza.

En realidad la decisión de los miembros del ministerio de alargar la juventud al ecuador de la vida media se debe más bien a que en España nos gusta identificar una vida precaria con ser joven. Para los funcionarios del ministerio cobrar bajos salarios, saber que tu futuro pende de un hilo, que no vas a poder comprarte una casa o sacar adelante una familia son factores que le hacen sentirse a uno joven. En España estar jodido a uno le hace sentirse joven porque siempre parece que lo mejor está por llegar.

En cambio en América, lugar en el que la palabra muerte esta proscrita casi incluso en las iglesias, ser joven no suele  depender de la edad biológica. Al americano le gusta pensar que uno es joven mientras tiene proyectos o al menos perspectivas de hacer algo. Para el americano hay profundamente excéntrico en el dolce far niente, en tomarse un mes  de vacaciones para no hacer nada, en irse de viaje sin el ordenador, no digamos en decir que eres un ni-ni aunque lo seas.

A los 40 años se espera de uno que haya tenido varios fracasos profesionales para después ser contratado por una start-up, que se haya divorciado al menos una vez, que se haya mudado de iglesia o esté pensando en hacerlo de nuevo, que se haya cambiado de ciudad al menos 3 o 4 veces y que haya perdido y vuelto a ganar algún dinero en el mercado de valores.

Los mayores siguen siendo jóvenes cuando señoras de 75 años te ofrecen muestras de comida en los supermercados para complementar sus pensiones, colaboran en un banco de comida para inmigrantes o huyen del frio marchándose durante 4 meses a Arizona en tu motor home.

Si en España ser joven es fundamentalmente esperar, en América es hacer aunque lo de menos sea lo que uno haga.

viernes, 12 de julio de 2013

El riesgo necesario

En Ellensburg los aficionados al tenis no suelen quedar para jugar con una persona determinada. No hace falta conocer a nadie, basta con presentarse a las doce en las canchas de tenis de la universidad que se encuentran a disposición todo el día. Si aparecen ocho personas, se montan dos partidos de dobles. Si aparecen siete, en la otra cancha dos juegan contra uno. Si aparecen cinco, la figura del que sobra se va rotando en el dobles a cada juego. Al principio era frustrante, yo quería saber con quién iba a jugar a tal hora al día siguiente, pero nadie se comprometía. Todo el mundo me decía que hiciera acto de aparición y no me dejarían tirado. De hecho, así es.  Perder el respeto a la incertidumbre, al riesgo aunque sea mínimo y medido es más fácil cuando uno sabe que se da la cooperación entre las personas como entre este grupo de jubilados, profesores de universidad y profesionales que se reúnen a jugar al tenis todos los días sin un plan concreto. Fuera del “negocio del tenis” la relación personal entre nosotros es casi inexistente.

La capacidad de los americanos para copar con el riesgo es, por otro lado, conocida e incluso medida. A finales de los 90, el antropólogo holandés Geert Hofstede entrevistó a los 100.000 empleados de IBM en más de 90 países y llego a la conclusión de que uno de los aspectos que más diferencia a las sociedades es su capacidad para tolerar las situaciones ambiguas. En general, los Estados Unidos y otras sociedades de países fríos salían ganando en este aspecto debido, según otros antropólogos, a que en estas latitudes las dificultades promueven mayormente el espíritu cooperativo entre las personas. Es verdad que hay otros países con alta tolerancia al riesgo, pero son en su mayoría países en vías de desarrollo cuyos ciudadanos viven en situaciones de penuria.

Las sociedades del sur de Europa, entre ellas la española, se caracterizaban por lo contrario, por un afán inveterado por establecer reglamentaciones y códigos que eliminen la ambigüedad. Y ello incluye las relaciones profesionales y personales. De hecho en el mundo empresarial español he escuchado a los managers a veces referirse a tal o cual persona no conocida del todo y preguntar: “¿y ese de dónde sale?” cuando lo que estaban tratando de saber es el nivel social o la ideología política del candidato a un puesto de trabajo para, en caso de que no fuera la previsible, limitar su acceso a la empresa o al grupo.

Es curioso que esta tolerancia a la incertidumbre y al riesgo se combine con aspectos que parecen opuestos como es la tendencia de los americanos a planificarlo todo incluso en su vida familiar y  personal. He conocido gente que planifica las vacaciones con casi un año de antelación, tiene fondos disponibles para aprovecharse de las rebajas de la ropa de invierno en mitad de la canícula y en cuanto te descuidas hay siempre alguien que cuando hay una reunión familiar dibuja un chart con las actividades previstas casi al minuto para el día o la semana. La palabra comité para casi cualquier cosa es el pan de cada día cuando se reúne un grupo de personas.

Los americanos creen en el riesgo, palabra que en esta sociedad tiene una connotación menos negativa que en la nuestra y sin la que les parece que a la vida le falta algo de sal y pimienta. Esta querencia por el riesgo se manifiesta en muchas facetas: la querencia a empezar un negocio aunque se haya fracasado antes, a deshacer y rehacer relaciones, a invertir en el mercado de valores, a ponerse a estudiar una carrera con 45 años y dar un giro completo a la vida o a cambiar de ciudad y amigos.

Supongo que la permeabilidad de los grupos y la idea de que siempre uno puede encontrarse gente lista para ayudar o cooperar en el proyecto que corresponda tiene algo que ver con ello.

jueves, 4 de julio de 2013

La beca vista como incentivo

Estados Unidos es el país de las becas. La cantidad de ayudas ofrecidas por instituciones públicas y privadas es casi inagotable. Lógicamente, como cualquier beca que se precie, nunca son suficientes para atender toda la demanda.

Comparto con vosotros un artículo que publique en elconfidencial.com en el que, entre otras cosas, explicaba la diferencia entre como en la cultura americana la beca se entiende fundamentalmente como incentivo mientras que en la cultura española es un subsidio y, por lo visto tras la última polémica con respecto a la ley Wert, la opinión publica de España quiere que siga siendo así.

No sé si estaréis de acuerdo con mi punto de vista, pero al menos espero que os interese la diferencia entre la concepcion norteamericana y la nuestra.

http://blogs.elconfidencial.com/espana/tribuna/2013/06/26/becas-subsidios-o-incentivos-11542