Consejos American Psique

sábado, 26 de mayo de 2012

El futuro de América

Los Estados Unidos son una cultura del becoming mientras que la de los españoles y otros países latinos puede ser considerada como del being. Los americanos se pasan la vida pensando como será el mundo y sus vidas el día de mañana. Nosotros nos centramos más en vivir el presente y mañana Dios dirá. No por casualidad sino debido a esta obsesión por saber que les deparará el futuro (y aunque pueden citarse todos los precedentes que se quiera), la ciencia ficción es un género literario y cinematográfico genuinamente americano. Americanos son los escritores Isaac Asimov, Philip K. Dick y Ray Bradbury así como las películas Blade Runner, Cuando el destino nos alcance o El Planeta de los Simios y muchas otras. También hay una tradición de imaginar el futuro menos literaria y mas científica o pseudocientífica a la que los gurús de todo tipo, sociólogos, economistas y académicos no son ajenos. Alvin Toffler con sus sucesivas olas, Jeremy Rifkin y últimamente, más serio que los dos anteriores, Richard Florida elucubran sobre el futuro que nos aguarda.

Pero a otro nivel, cada individuo de este país no deja de pensar y trabajar en como serán los próximos meses y años de su vida. El americano, a diferencia de nosotros, renuncia al presente. Las agendas, incluso de las gentes más sencillas o más jóvenes, están repletas de citas inaplazables con un outcome (producto final) siempre en perspectiva. Varios trabajos, cursillos, clases particulares, proyectos domésticos de bricolaje o jardinería, clubs de lectura, actos benéficos para recaudar fondos copan las vidas diarias de millones de americanos para los cuales ponerse a cocinar, leer un libro o reunirse para tomar un café y hablar de los asuntos del día con amistades puede ser considerado un lujo innecesario cuando no una pérdida de tiempo. Las reuniones sociales suelen, a nosotros los meridionales, parecernos cronometradas ya que nunca se extienden mucho más de una hora u hora y media por regla general. Quedar no es nunca solo quedar, sino quedar para alguna actividad en la que la conversación se integra como se puede: un partido de baloncesto, una caminata por el campo o ir a ver una película tras la cual siempre habrá otro evento que apremie. El jubilado americano nunca se imagina pasando los últimos anos sentado en un banco de una plaza con otros de su edad, por el contrario fantasea con proyectos filantrópicos o familiares que le permitirán recobrar el tiempo perdido. El americano tiene, en consecuencia, serios problemas para vivir el presente que siempre entiende como una pasarela hacia el futuro pero no como un fin en si mismo. Para el americano el presente es innecesario, superfluo, despreciable si no está orientado hacia el porvenir. Más que en ningún otro lugar, en América ser contemporáneo, un hombre de su tiempo, es ser un hombre del futuro. En ningún otro país hay una mayor hambre por la novedad y amor por la tecnología. A los americanos les encanta hacer colas por la noche en los centros comerciales para comprarse el último modelo de zapatilla Nike o la ultima versión del iPad. Si intentas ganarte el afecto de un desconocido, no trates de fingir que sabes de futbol americano, sino transmítele tus impresiones sobre determinados gadgets electrónicos y habrá una buena conversación. Porque, a fin de cuentas, lo que interesa es el futuro aunque sea inalcanzable y la tecnología genera esa ilusión de aprehender lo que aun no existe.



En su ultimo libro, The great reset, el sociólogo Richard Florida imagina el futuro que le espera a los Estados Unidos tras la tercera gran crisis económica de la historia. Florida imagina un futuro donde todos deberán aprender a ser más creativos. La ética de la identificación por la adquisición de productos comenzara a desfallecer y los símbolos fetiche de la sociedad americana de la era industrial, el coche y la casa en propiedad, perderán parte del prestigio que tenían. Su lugar será ocupado por el consumo de experiencias que enriquezcan a la persona como la educación, los viajes o disponer de mayor tiempo libre con la familia o los amigos. La mayoría de las personas volverán a vivir en régimen de alquiler, mucho más acorde con esta nueva sociedad de la creatividad y el conocimiento en el que la flexibilidad temporal y geográfica será moneda común. Florida imagina un futuro en el que los americanos incorporaran a sus vidas lo mejor de Europa: una relativa frugalidad de un estilo de vida en el que las casas son menos espaciosas y costosas de mantener y el individuo se mueve en entornos de alta densidad de población que favorecen la formación de redes personales y profesionales. De la misma forma, en esta nueva época al americano le gustará hacer más vida de barrio, moverse en transporte público y adoptar el tren de alta velocidad para los trayectos de carácter regional en lugar del avión. Según Florida, el paradigma de la sostenibilidad se convertirá en el nuevo paradigma americano durante las próximas décadas. Ni que decir tiene que, echando la vista atrás, la mayoría de las predicciones que se ha hecho del futuro en el pasado apenas se han visto cumplidas y si no leed El fin del trabajo de Jeremy Rifkin, lo cual no le impide seguir percibiendo jugosos dividendos por sus conferencias. Al fin y al cabo en Norteamérica lo importante no es tanto si uno acierta con sus predicciones sino simplemente el mérito radica en ser capaz de imaginar el futuro.

domingo, 13 de mayo de 2012

Miedo

El otro día me fijé, tres años después de que mi hijo empezara a ir a esa escuela, en que a la salida del centro hay un cartel que reza “No se permiten pistolas, ni drogas, ni alcohol” (No guns, no drugs, no alcohol). Personalmente, me hizo sentir mucho más intranquilo saber que mi hijo va a una escuela donde hace falta recordar a la gente ese tipo de prohibiciones que si no hubiera visto ningún cartel en absoluto. Sinceramente, hasta ahora lo que más me preocupaba de la escuela de mi hijo era la baja calidad de la comida y quizás de los estándares académicos, pero la visión de aquel cartel me ha persuadido de que debo tener otros motivos de preocupación. Tiendo a pensar que un lugar en el que no se permiten pistolas es precisamente un espacio en el que hay gente que lleva armas de fuego y así sucesivamente con el alcohol y las drogas. ¿Es necesario un cartel como ese a la entrada de un colegio de primaria en el que los niños más mayores tienen 10 años? ¿No genera más alarma que tranquilidad? Los americanos piensan que no, es más, se sienten relativamente cómodos con un cierto nivel de tensión, viviendo en estado de alarma, de que algún peligro inminente puede acaecerles. En la psique americana, la hiperbolización, dramatización o recordatorio de lo obvio forma parte de una estrategia concertada para conjurar el peligro. Una estrategia vieja como la naturaleza, potenciar el miedo para activar los mecanismos de autodefensa, es decir, a más miedo menos peligro, más tranquilidad y más aprecio por lo que uno tiene.

El miedo forma parte del ethos norteamericano como las tartas y los pies de su gastronomía. Vivir en Norteamérica supone acostumbrarte a que mucha gente a tu alrededor asuma como perfectamente posibles que acaezcan en un plazo de tiempo breve hechos y sucesos que tu siempre habías pensado que no pasaban nunca o les sucedían a otros. Te mentalizas de que pueden afectarte terremotos, inundaciones, ciclones, tornados, ataques terroristas, acosadores sexuales de niños, psicópatas y un sin fin de peligros latentes. Y no parece del todo irracional que así sea debido tanto a las catástrofes naturales como a la relativa facilidad para hacerse con un arma de fuego pero sobre todo a los europeos les parece que esa no es forma de vivir, que es antiestético, de mal gusto, inmaduro, una impostura.

Y, aunque sea fastidioso reconocerlo, da resultados. A pesar de los infumables controles de seguridad en los aeropuertos y las aduanas, no puede decirse que la estrategia les haya salido mal del todo en el caso del terrorismo, ya que desde el 11-S no se ha producido un sólo ataque en suelo norteamericano, lo cual no es decir poco en un país tan grande y con tantos intereses en juego. Todos los días se entera uno de sospechosos que han sido detenidos y que estaban preparando una matanza, de individuos de oscuras intenciones merodeando a la salida de los colegios, de que tal o cual edificio desalojado no habría soportado el último huracán. También es cierto que sigue y seguirá habiendo matanzas en las universidades, drogas y alcohol en las escuelas.

Uno de los aspectos más curiosos de la pasión americana por el miedo es que aparece entremezclada por un enorme sentimiento de autoconfianza de los individuos que no ven obstáculos para lograr sus metas personales. El mismo sistema educativo que inculca a niños de 7 años que hay desconocidos que se querrán aprovechar de ellos sexualmente también concede una enorme importancia al refuerzo positivo, al positive thinking, a formular críticas ensalzando lo bueno, de un modo constructivo y optimista que no erosione el ego del individuo. No en vano, en los últimos resultados del informe PISA los estudiantes americanos aparecían como los que más confianza tenían en si mismos aunque sus resultados eran peores que mediocres (lo que significa similares a los de los estudiantes españoles). Aunque los ojos foráneos consideramos con cierta razón esta tendencia como un rasgo autodestructivo y que únicamente acabara trayendo decepción al individuo, lo cierto es que algo tendrá que ver esta obsesión por la autoestima con el alto porcentaje de universitarios, más del 60 por ciento, que piensa en crear sus empresas cuando se gradúe.

Esta combinación de miedo con respecto a los elementos exteriores y confianza en uno mismo es una de las características que mejor define a la psique americana. Un cóctel explosivo que únicamente la presencia de Dios en sus vidas es capaz de reconciliar.

domingo, 6 de mayo de 2012

¿Por qué la universidad americana es la mejor del mundo?

Ni los más furibundos detractores de los Estados Unidos discuten la calidad del sistema de educación superior en este país. El respeto y la presencia que la universidad como institución tiene en numerosos ámbitos de la vida se opone, en cierta manera, al intelectualismo del que siempre se ha acusado a la sociedad norteamericana. En el siguiente artículo publicado recientemente en el diario El Mundo realizo una síntesis de algunos de varios de los argumentos explicados más en detalle en American Psique. Pienso que os pueden interesar estas reflexiones sobre la universidad en las que expongo lo que la universidad española puede aprender del modelo americano.


Reflexiones sobre la universidad

Una de las pruebas irrebatibles que se ha hecho imprescindible a la hora de denunciar la falta de calidad de las universidades españolas es la baja clasificación que obtienen en los rankings internacionales, donde siempre aparecen del puesto 200 para arriba. Aunque la metodología que utilizan estos rankings, basada fundamentalmente en la publicación de artículos en revistas académicas de ciencias y tecnología en detrimento de las humanidades o de otros aspectos relacionados con la enseñanza, pueda ser discutible, son una buena orientación. Llorar y lamentarse, como hace la Comisión Europea, de que estos criterios siempre favorecen a las universidades norteamericanas, no sirve de mucho cuando el resto del mundo los sigue a pies juntillas.

Sin embargo, en esta ocasión, me gustaría hablar de otros aspectos que se suelen dejar de lado acerca de la experiencia universitaria en España y que contribuyen activamente a su desprestigio.




El primero de ellos tiene que ver con el escaso interés que tiene como experiencia vital. Mientras, por ejemplo, en Estados Unidos, ir a la universidad supone un rito de paso, ya que suele implicar abandonar el hogar paterno y enfrentarse a los desafíos de la vida cotidiana (convivencia con otras personas, sexo, alcohol, trabajo, etcétera) en solitario, en España ir a la universidad apenas supone para una mayoría de estudiantes trasladarse a otro barrio y bajarse en otra parada de autobús o estación de Metro. El resto de las constantes vitales, como seguir viviendo en casa de los padres o salir con los mismos amigos, permanecen inalterables. El riesgo en términos monetarios o coste de oportunidad también es mínimo, ya que los alumnos españoles sólo vienen a pagar el 15% de la matrícula (desde ahora el 30%). Un hieratismo que se traslada a una enseñanza que empieza y termina en el aula y fundamentalmente basada en atender a las explicaciones del profesor, realizar exámenes y quizá escribir algún trabajo.

Una situación que difiere sustancialmente con el modelo norteamericano de universidad liberal concebido para que el estudiante se moje, es decir, tenga que afirmar su personalidad a través de la toma de decisiones en numerosos ámbitos: vivir dentro o fuera del campus, trabajar ahora o más tarde para pagar los préstamos que recibe del Estado, pertenecer a determinados clubs y asociaciones, elegir qué cursos y qué profesores, hacer antes el major (licenciatura) o el minor (diplomatura), ambos obligatorios, tomar clases en verano o no, escribir en el periódico de la universidad o no, estudiar cursos a distancia o presenciales, realizar todos los créditos en el campus o en el extranjero, o quizá finalizar su major en otra universidad donde el departamento se adapte mejor a sus características.

Esta capacidad de decidir por parte del universitario también se manifiesta dentro del aula, donde la percepción de la autoridad del profesor no liquida la posibilidad de un intercambio de ideas u opiniones acerca de un determinado tema. El estudiante no siente complejo de recoger el guante de una determinada pregunta del profesor en voz alta y existe en general una buena predisposición a embarcarse en el método socrático de búsqueda de la verdad, algo lejano en la universidad española en la que el estudiante protege su libertad marcando distancias con los profesores.




El escaso entusiasmo que en España suscita la experiencia universitaria se agudiza por la inexistencia de un auténtico mercado universitario y la ausencia de competencia entre los centros, ya que los estudiantes no encuentran ningún motivo para ir a una universidad fuera de su ciudad o región, ya que todas ofrecen más o menos lo mismo. Los campus tienen todos más o menos la misma estética y el marketing y la construcción de marca huelgan por su ausencia al tener una clientela cautiva. No deja de llamarme la atención, en una de las universidades con más estudiantes del mundo como es la Complutense, no ver ni una sola sudadera con su logotipo por las calles o que en la facultad de Ciencias de la Información la librería todavía tenga un formato de ventanilla en el que los estudiantes ni siquiera tienen la oportunidad de tener contacto físico con los libros.

La creación de universidades a la puerta de casa ha promovido el localismo hasta niveles inimaginables hace décadas cuando al menos había universitarios que se desplazaban a Madrid, Barcelona u otras ciudades a ampliar horizontes. Este localismo también es favorecido por la disponibilidad de fondos públicos de carácter regional que hacen que el profesorado se centre en no pocas ocasiones en investigaciones de ámbito muy local como requisito para acceder a los mismos.

En Estados Unidos la competencia se manifiesta en varios aspectos fundamentales: la existencia de un mercado de profesores dispuestos a moverse y que pueden contratarse con la misma libertad con la que una empresa contrata a cualquier tipo de empleado; un mercado de estudiantes que buscan recibir la mejor educación posible; y un mercado de empresas y agencias que, en su mayoría con dinero privado, desarrollan actividades investigadores en campos diversos.

Frente al complejo entramado burocrático que requiere la contratación de profesores en la universidad española, la estadounidense se caracteriza por la libre contratación de docentes. Enviar un currículum y unas publicaciones, pasar una serie de entrevistas y realizar una demostración docente son los requisitos para optar a una plaza de profesor en cualquier universidad. La contratación es al 100% realizada a gusto de los departamentos y el porcentaje de doctores que suelen terminar en la misma universidad en la que realizaron el doctorado es mínimo, justo al contrario de lo que sucede en la universidad española donde la endogamia y las relaciones personales siguen poseyendo un alto valor añadido. Mientras que en España la vida universitaria se asemeja a la de un árbol, es decir, nacer, desarrollarse y morir en el mismo sitio, en Estados Unidos el aperturismo genera una dinámica de competencia entre las universidades por contratar a los mejores profesores y entre profesores por realizar los méritos suficientes para trabajar en los mejores centros.

A título personal puedo acreditar que es más sencillo ser contratado por una universidad americana que por una española (especialmente si es fuera de tu autonomía) debido a las incontables barreras burocráticas. En España es muy difícil llegar a profesor titular -es decir, ganar un salario decente- con menos de 40 años, lo cual hace más fácil ser contratado por una universidad en el estado de Kentucky que, por poner un ejemplo, la Universidad de La Rioja.

La burocracia afecta fundamentalmente a la función pública, donde la política de ascensos y los plazos están fijados de antemano. Me pregunto qué motivación puede tener un profesor titular de universidad si tiene garantizada una plaza de por vida y unos suplementos salariales que se perciben en función de la antigüedad y con independencia de la calidad de las clases o el número de publicaciones. Es, como casi todo en España, una cuestión de dejar que pase el tiempo. Ello sin entrar en el tema del tipo de incentivos que se ofrecen: las promociones una vez que se tiene la plaza suponen 200 o 300 euros mensuales de diferencia. Al no existir mercado por las altas barreras burocráticas se da la circunstancia de que todos los profesores titulares cobran más o menos lo mismo en cualquier universidad. ¿Se imaginan un profesor laureado de la Universidad de Berkeley cobrando igual que otro en la Universidad estatal de West Virginia?

Al igual que sucede en el mundo de la empresa, en el mundo de la educación las universidades americanas tratan de ofrecer los mejores productos, es decir, programas más interesantes y la mayor cantidad y calidad de actividades posibles para captar los mejores estudiantes. Es un fenómeno que se retroalimenta y recíproco, cuanto más prestigio tienen los profesores de los departamentos, atraen mejores estudiantes y viceversa. El resultado es una alta capacidad innovadora y gran flexibilidad para adaptar los programas académicos a las necesidades de los estudiantes y de toda la sociedad.

No en vano, en Norteamérica existen multitud de rankings que establecen el prestigio de cada universidad según un conjunto de parámetros como relación calidad-precio, atención al alumno, la calidad del profesorado e incluso la calidad de vida en el campus. A diferencia de España, los universitarios americanos no saben en qué universidad van a terminar después de acabar high school (bachillerato). Lo normal es solicitar plaza en varias universidades al mismo tiempo teniendo como único criterio la calidad y no necesariamente la cercanía a su domicilio. De hecho, toda aquella familia que puede permitírselo suele enviar a sus hijos a estudiar a universidades fuera del área normal de residencia al entender que favorece el crecimiento individual.

Una experiencia vital más rica y un mercado más abierto redundaría en una mayor diversidad de estudiantes y de profesores que elevaría el nivel académico general. España, gracias al idioma, al clima y a la calidad de vida, podría tener opciones de atraer talento académico como sucede en EEUU, donde no siempre el salario es lo más importante para atraer a los mejores profesores. Pero para ello hay que tener el liderazgo necesario para hacer reformas de verdad y no sólo recortes.

domingo, 29 de abril de 2012

El cuarto poder

Amazon es una de las empresas bandera de lo que se ha denominado el milagro económico de Seattle de las últimas décadas junto a Microsoft, Boeing, Starbuck’s, Costco y Nordstrom. Raro es el día en que en el Seattle Times, el periódico de cabecera de Seattle y del estado de Washington, no aparece una noticia sobre alguna de estas empresas. Como español y habiendo trabajado en el sector de las relaciones públicas en España, sin embargo, me sorprende la cantidad de veces que estas noticias tienen un carácter negativo.

En este periódico es harto frecuente leer informaciones en portada acerca de la lentitud en los tiempos de entrega de los últimos pedidos a Boeing o de los juicios y litigios en los que Starbuck’s anda metida. La última gota que ha colmado el vaso ha sido la serie de Serie de reportajes sobre Amazon que ha realizado en el último mes. La serie de cuatro reportajes consecutivos, en los que el diario de "la ciudad esmeralda" ha entrevistado a clientes, proveedores, empleados y directivos de la compañía, no deja títere con cabeza. Aunque se subraya la obsesión de Amazon por satisfacer al cliente hasta el último detalle y su afán de innovación, los reportajes ofrecen una cara bastante sombría de una de las empresas más admiradas del mundo. Entre otras lindezas se describen las despiadadas prácticas de almacenaje en la que se obliga a los empleados a trabajar como autómatas, con los supervisores encima de la chepa obligándoles a firmar documentos en los que el empleado afirma que sus lesiones ergonómicas no son derivadas del trabajo. También se incide en la agresiva política de pagos de la empresa hacia las editoriales y las librerías asociadas para que reduzcan sus márgenes al mínimo poniendo en peligro su supervivencia. En otro de estos reportajes se cuestiona la falta de sensibilidad social del gigante .com que apenas ha destinado dinero a obras caritativas durante todos estos años. En favor de la compañía, hay que decir que parece haber dado todo tipo de facilidades a los periodistas para que puedan realizar la información abriendo sus puertas de par en par y dejando que empleados de distintos niveles hablaran con el diario.



Leer este tipo de reportajes me trae a la cabeza un concepto hoy ya casi olvidado que hace alusión a la prensa como el cuarto poder. Un ideal que requiere de una prensa que sea independiente y se comporte como el watchdog (perro guardián) de una opinión pública que requiere de los políticos y los empresarios respuestas directas a la ciudadanía y no a otros poderes fácticos como sucede en España. Una prensa pluralista e independiente económicamente aun con todos los problemas que ha tenido y actualmente tiene para sobrevivir en este país. El modelo norteamericano, en el que suele haber un único periódico de cabecera en las principales ciudades, permite una relativa fortaleza económica del mismo y facilita su pluralismo al tener que servir a un mercado potencial mayor de lectores y, en consecuencia, que responder a las distintas sensibilidades.

A diferencia de España donde abunda la prensa de partido o que sigue una ideología de manual, en la que por obra u omisión uno ya sabe lo que va a leer antes de escribirse, el periodismo norteamericano se caracteriza por una mucha mayor variedad de opiniones en el mismo medio y una separación mayor de lo que es el hecho y la opinión. Aunque con dificultades, su modelo económico, unido a las altas expectativas de una audiencia heterogénea, da como resultado una prensa en general más combativa con todas las facciones. Incluido el mundo de la empresa. Ver al Seattle Times yendo a la yugular de Amazon es como si La Vanguardia atacara a La Caixa o El País al Corte Inglés. ¿Recordáis haber leído alguna vez una noticia negativa de la primera (y única) gran cadena de grandes almacenes española? Yo no, y os invito a que me dejéis en renuncio si así es.

domingo, 22 de abril de 2012

El resto del mundo

La palabra overseas suele aparecer mucho en las conversaciones cuando los americanos se refieren a experiencias o viajes que han realizado por otras partes del mundo. Literalmente, viene a significar ultramar, al otro lado de los mares. Sin embargo, yo he escuchado a gente utilizar este palabra incluso para aludir a países vecinos como México o Canadá. De alguna manera, emplear la palabra overseas pone al mismo nivel al resto del mundo. Da igual que se esté hablando de España, Irlanda, Indonesia o Mozambique, overseas es lo que no es Estados Unidos. Un mundo, en el imaginario norteamericano, menos desarrollado, más colectivista, en el que el individuo suele disponer de menores oportunidades y cualquier problema es más complicado de resolver.

Y es que, aunque han cambiado bastante las cosas en estos últimos años debido al 11-S y a la globalización, la relación mental que el estadounidense tiene con el resto del mundo no ha cambiado tanto y es, quizás, uno de los aspectos menos admirables de la psique americana. A pesar de que la actual crisis económica ha puesto de manifiesto la interdependencia inevitable entre las economías de todos los países, el norteamericano actual sigue habitando en un universo autorreferencial, los Estados Unidos de América, que a lo sumo puede constituir un vago sumario o síntesis de las gentes y las costumbres del resto del mundo. Esta percepción, no sin razón, irrita a muchos extranjeros dentro y fuera del país que perciben que el flujo de ideas y discusiones es siempre unidireccional. Mientras que a la gente que procede de overseas nos debe llamar la atención, por nuestro propio interés, la política o la cultura popular de los norteamericanos, éstos tienden a soslayar sin ambages todo lo que acontece en el resto del mundo que, desde aquí, siempre tiene un aura algo folklórico, de referencia breve, de curiosidad para dar en a la conversación una impresión de universalidad.




Las razones de esta asimetría son históricas, ya que efectivamente Estados Unidos ha sido hasta hace poco, y en muchos sentidos todavía lo es, autosuficiente en muchos aspectos empezando porque cuenta con un autentico mercado interior (no como el europeo que suele ser un simulacro), de 300 millones de personas, y culturales, ya que la mayoría de los inmigrantes que han llegado a este país han tendido a olvidarse rápidamente de sus países de origen. No es escaso en absoluto, el número de americanos de primera generación o incluso nacidos en otro país que no vuelven a sus lugares de origen en toda su vida. La situación no tiene visos de cambiar y, al contrario de lo que se dice, no se resuelve porque los norteamericanos viajen más. El nacionalismo, si es que se le puede llamar así, no se cura viajando. El contacto directo con otra cultura durante un periodo limitado de tiempo lo único que hace es poner más de manifiesto las diferencias entre la cultura de uno y el resto. He conocido numerosos norteamericanos que han viajado pero eso no significa que su interés por el resto del mundo haya aumentado sustancialmente. La inmensa mayoría siguen siendo monolingües y, en su mayor parte, ignoran aspectos muy básicos de otros países. Este es el quid de la cuestión en mi opinión. El día que el norteamericano aprenda segundos idiomas de verdad, cambiará su percepción del resto del mundo. Tener unas nociones de una segunda lengua no es suficiente como sucede hasta ahora. De hecho numerosos americanos que he conocido (en lo cual se diferencian de los españoles menos de lo que creemos) son muy poco rigurosos cuando declaran saber un segundo idioma, lo que suele querer significar que tienen nociones sólidas pero nada más. Aunque claro, si el resto de sus compatriotas no habla idiomas, eso, en comparación, parece mucho.

El otro cambio que tendría que suceder, y no bromeo en absoluto, seria que el soccer (futbol) triunfara algún día en los Estados Unidos como espectáculo de masas. El día que los principales deportes americanos, el béisbol y el futbol americano, dejen de ser autóctonos habrán cambiado muchas cosas. He observado en numerosos ocasiones como los estudiantes extranjeros, da lo mismo si son japoneses o de Arabia Saudí, construyen buena parte de su identidad en los campus americanos alrededor del fútbol. El futbol es, para ellos, lo que no es América y tienen en común sus países. En un ámbito europeo, es innegable que en muchos sentidos el fútbol ha reforzado más la identidad del viejo continente que las instituciones de Bruselas. Hablar con un británico, por muy antieuropeo que sea, de fútbol es sentir cercanía y familiaridad. Por eso, todos aquellos que deseamos que los americanos cambien uno de los aspectos de su psique menos atractivos, queremos que su selección de soccer haga algo importante en la próxima copa del mundo.

domingo, 15 de abril de 2012

La conspiración de la prensa anglosajona

Desde al menos la generación del 98, el español se caracteriza por una inseguridad enfermiza acerca de las opiniones y comentarios surgidos fuera de España sobre la consideración externa que merecen sus usos y costumbres. Una de las secciones no oficiales de los periódicos y medios de comunicación españoles es aquella que se refiere a lo que sale publicado en la prensa extranjera sobre España, y muy especialmente en la llamada anglosajona. Por eso, cada vez que un periódico norteamericano, lo que equivale a decir que ha salido algo publicado en The New York Times (NYT) o The Wall Street Journal (WSJ), publica una noticia negativa sobre España nos rasgamos las vestiduras. Chateros y tertulianos hablan rápidamente de una conspiración de la prensa anglosajona para desprestigiar a España. Y vaya por adelantado que los norteamericanos no se ven como anglosajones, aunque hablen inglés, un término bastante ausente de la vida americana y que solo utilizan los extranjeros cuando quieren meter en el mismo saco a británicos y norteamericanos.




Una de las últimas reacciones de indignación la ha producido un artículo aparecido en el NYT acerca del auge de la prostitución en España. Para ello, la periodista se ha desplazado a un burdel situado en la provincia de Girona en la frontera con Francia al que también acuden habitualmente numerosos clientes franceses. Una de las novedades informativas del artículo es apuntar la existencia de una nueva tendencia en la juventud española a sustituir la tradicional salida a la discoteca por las relaciones sexuales de pago. No es necesariamente el tipo de enfoque habitual cuando se habla del tema referido a países del tercer mundo en el que sus habitantes, como el caso de las jineteras cubanas, se ven obligados a prostituirse con extranjeros por carecer de otras alternativas de vida. Curiosamente, aunque España es uno de los grandes focos de la crisis económica mundial estos días, el artículo se preocupa de aclarar que prácticamente, a diferencia de hace 20 o 30 años, ya no quedan prostitutas españolas. El artículo destaca la impunidad con que la actividad de la prostitución se desarrolla en España gracias a la vista gorda de las autoridades amparadas en que lo ilegal no es la prostitución en si, sino el proxenetismo lo cual favorece las mafias. Si algo, la información tiene un marchamo moral (también se incluye el dato de que el 39 por ciento de los hombres españoles afirma haber estado con prostitutas que es el porcentaje más alto de toda Europa), el de una sociedad y un estado sin valores que no tiene ningún problema en considerar a las personas como mercancía. De hecho, la conclusión que cualquier lector “anglosajón” no necesariamente familiarizado con nuestro país sacaría es que la piel de toro se ha convertido en una especie de Las Vegas o Tijuana a lo grande. Y esta es una afirmación que duele a muchos españoles que, como último refugio tranquilizador, siguen pensando que sociedades como la española tienen una superioridad moral inherente sobre la norteamericana que, para muchos de ellos, sigue representando conceptos tan obsoletos como el del capitalismo salvaje.

Pero, a mi entender, también hay otro problema importante de pedagogía, de no entender cómo funciona el periodismo en el caso de las corresponsalías porque si lo hiciéramos no lo sobrevaloraríamos tanto. Cuando vivía en Madrid conocí a varios corresponsales que escribían para estos medios. Aunque algunos de ellos tenían un retainer fee, es decir, un salario fijo que suplementaban con otro variable en función de lo que escribían, también abundaban los colaboradores y los parachute journalists (literalmente periodistas paracaidistas), o sea los corresponsales de estos medios en París y Londres que aterrizaban en Madrid para hacer un reportaje y se piraban acto seguido. En general había dos tipos de perfiles de periodistas. En algunos casos estas personas estaban casadas con españoles y conocían hasta cierto punto bien nuestro país pero, a veces, aunque estuvieran en desacuerdo, se veían obligadas a escribir sobre determinados temas adoptando un enfoque determinado que el editor de New York consideraba que tenía más garra para el lector norteamericano que, como todo lector cuando se trata de temas extranjeros que no domina, le gusta recurrir a lo conocido. Y era debido a ello que, proporcionalmente, de la cantidad de reportajes que se hacían sobre España seguía habiendo una elevada proporción que tenían que ver con los toros (las mujeres toreras es un tema que les fascinaba), el flamenco y la desaparición de la siesta. O ahora la prostitución como si en realidad fuera algo nuevo. En otros casos, sobre todo en el de muchos de los colaboradores y los parachute journalists, directamente no se trata de escritores que sepan demasiado sobre España y tienden a buscar confirmaciones de aquellos puntos de vista que ya tienen en la cabeza. Por ejemplo, si el tema es el nacionalismo en el País Vasco o Cataluña tenderán a recordar los sempiternos 40 años de franquismo y a adoptar una postura de comprensión con estos movimientos sin hurgar mucho más de lo necesario en las circunstancias actuales. ¿Complot anglosajón? Para nada porque España no deja de ser un país de segunda fila que genera relativamente poca información aunque sea verdad que existen demasiados prejuicios que es difícil extirpar de la psique americana incluso de los más cultivados.

Para terminar dos recomendaciones. La primera es que si queremos saber lo que pasa en España, leamos la prensa española que está mucho mejor informada a pesar de los partidismos y demos el crédito justo a los corresponsales de medios extranjeros que a menudo son los últimos en enterarse. Nos ahorraremos berrinches y derroches de estulticia. La segunda, ya más referida a la información del NYT, es que no nos vendría mal examinarnos en la cuestión de los valores. La autoestima nacional ha bajado en picado con la recesión pero casi siempre se critican cuestiones relacionadas con la eficiencia pero no relacionadas con los pensamientos y las creencias. Y sé que estas dos recomendaciones entrañan una cierta contradicción.

domingo, 8 de abril de 2012

Dios en la empresa

Uno de los malentendidos más frecuentes que gusta cultivar a los críticos de los Estados Unidos es el de que se trata de una especie de teocracia ubicada en el mundo occidental. Para justificar esta afirmación suelen citar el hecho de que hay algunas escuelas que nieguen la teoría de la evolución o el de que los presidentes finalicen sus alocuciones con un “God bless America” y frases por el estilo. Sin embargo, la verdad es que si por algo se ha caracterizado la historia de este país desde el principio, a diferencia de los europeos, es por la estricta observancia de la separación entre estado y religión. Un rasgo fácil de percibir en la ausencia de festividades que aludan a hechos religiosos o la inexistencia de subvenciones económicas a ninguna de las confesiones que coexisten en este país por numerosa que sea. Gracias a esta inquebrantable separación se explica que hoy día Estados Unidos sea el país occidental más religioso con diferencia.

Sin embargo, un asunto que se suele soslayar con frecuencia es la imbricación y admiración mutua que se profesan el mundo de la empresa y las organizaciones religiosas en este país. En su libro titulado en España “Sonríe o muere: Trampa del pensamiento positivo”, Barbara Ehrenreich habla de como numerosos pastores, sobre todo de las denominadas megaiglesias, han recurrido a la ayuda de consultores de management y gurús para potenciar sus iglesias con una perspectiva muy similar a la que tienen las corporaciones que piensan en términos de nicho de negocio y clientes. Incluso las confesiones más recatadas con este tipo de enfoques, como puede ser la iglesia católica, se permite, en el caso de las parroquias relativamente numerosas, disponer de personal dedicado a las relaciones públicas y al fundraising responsable de pensar y gestionar eventos de interés para los fieles que permitan incrementar la capacidad recaudatoria de la organización. Fruto de esta profesionalización es que existe un importante nicho de profesionales muy calificados dedicados a la comunicación de carácter religioso al igual que existe para la medioambiental, de temas de salud o a las relaciones con los inversores. En los procesos de selección de profesorado que he realizado, no es infrecuente que algunos de los postulantes hayan realizado este tipo de trabajo. Esta identificación también tiene una plasmación externa: los lideres de las megaiglesias disponen de un cuidado argumentario con mensajes motivadores que llegan a los fieles a través de ceremonias televisadas, bestsellers y entrevistas. Muchos de ellos cuidan la imagen, suelen llevar trajes de excelente corte, igual o más que un Consejero Delegado de una gran empresa.

Pero, como he dicho, este es un camino de dos direcciones porque las empresas americanas también han hallado en las iglesias una fuente de inspiración. Tal y como señalaba un artículo publicado en The Economist sobre este tema hace tiempo, los gurús del management reconocen que las iglesias son ejemplares en la manera que tienen de motivar a los empleados y al voluntariado como una manera de mantener los costes bajos y lograr la sostenibilidad mediante el sucesivo reclutamiento por parte de los propios fieles siempre dispuestos a realizar el apostolado. Algunos de sus líderes, como Rick Warren, son invitados a Davos o por el propio presidente Obama a participar en los actos el día de la toma de posesión como presidente.



Sin embargo, como se encarga de recordarnos Ehrenreich, hay una diferencia importante entre las megaiglesias y las corporaciones. Las megaiglesias no despiden a nadie ni echan broncas aunque uno no se presente a los servicios o falle a sus promesas. Siempre hay una segunda, tercera, cuarta, quinta, y así sucesivamente, oportunidad. Su fachada puede parecer la de una empresa – de modo ilustrativo muchas de ellas tienen las sedes en rascacielos – pero por dentro, con todas las matizaciones que uno quiera, reinan el amor y el perdón.

Quizás eso sea la verdadera Responsabilidad Social Corporativa y todo lo demás malos sucedáneos, algo que no está al alcance de Microsoft, de Apple, de Google, de Coca-Cola y de ningún otro employer of choice.