Consejos American Psique

sábado, 25 de mayo de 2013

Las carnes curadas son hipster


Las carnes curadas, a pesar de las frecuentes contraindicaciones acerca de los nitratos y otros nocivos efectos, nunca han gozado de mejor salud en los Estados Unidos.

Es cierto que es un prestigio fomentado, como cualquier moda que se precie, desde las élites, los foodies y las revistas de gastronomía que tienen su sede en ciudades como San Francisco, Portland o Seattle. En la era de la alimentación orgánica, baja en calorías y rica en vitaminas y minerales, diversos tipos de salami (sobre todo, claro, porque para eso es italiano), saucisson y chorizo han empezado a hacerse imprescindibles en los restaurantes de moda que, en una suerte de retorno posposmoderno a la autenticidad, tratan de combinar el minimalismo con la rusticidad. Nuevos restaurantes que  utilizan las cañas de fuet y salchichón como motivos decorativos y excitantes de los sentidos en un entorno hostil al mundo de la charcutería, demasiado esterilizado, de un aire quizás demasiado puro al que estamos acostumbrados en la piel de toro.

Las carnes curadas, tan denostadas a menudo con razón ya que las versiones de Salami y Prosciutto que suelen encontrarse en los supermercados Safeway y similares son como mínimo infames, empiezan a ser consideradas un símbolo de distinción no sólo para los gastrónomos sino para numerosos miembros de la cultura hipster que montan factorías y restaurantes en zonas industriales semiabandonadas en las que el chorizo y la chistorra se producen artesanalmente. 


No se si por las limitaciones impuestas por la legislación norteamericana, que han servido para evitar durante décadas la importación de carnes curadas desde Europa a pesar de que en los embutidos norteamericanos sean habituales elementos cancerígenos se abusa de los nitratos añadidos, pero lo cierto es que a los embutidos producidos en esta parte del Atlántico les falta sutileza y presentan un cierto déficit gustativo a pesar de sus elevados precios. No en vano, debido a la obligatoriedad de utilizar ciertos mataderos el embutido español está prácticamente prohibido en este país aunque en general tiendan a haber sido producidos de un modo bastante más natural que el embutido norteamericano (en su mayoría inspirado en la charcutería italiana) que se consume habitualmente. La situación del embutido europeo en Estados Unidos no deja de ser similar en cierto modo a la que tendrían los cereales envasados si a la Unión Europea le diera por decir que las condiciones en que se produce en los Estados Unidos no son aceptables y sólo puede fabricarse en países de tanta tradición en este producto como España y Francia.

El poder de los lobbys no deja de ser en ocasiones una manera de discriminación elegante que ha permitido a los fabricantes de algunas grandes empresas de embutidos mediocres amasar grandes fortunas y monopolizar el mercado norteamericano. Son los que han formado de alguna manera el gusto medio norteamericano que, a pesar de la furia de los foodies, sigue viendo como algo ajeno comer carne de cerdo curada como aperitivo y se siente feliz con mojar ramas de apio o chips en salsas de bote.

Pero no nos engañemos. A pesar de tanto foodie y snob, para el americano corriente el filet mignon muy hecho en la barbacoa y la patata asada seguirá siendo su sueño culinario. Forever.

sábado, 18 de mayo de 2013

La obsesión por la maleza


Una de las consecuencias inmediatas de la llegada de la primavera en los Estados Unidos es que los jardines y parques de todo el país, especialmente en zonas semidesérticas o en las que sopla mucho el viento, se llenan de maleza y muy concretamente de la que se conoce como diente de león.

Hay siempre un fin de semana de mayo caluroso en el que el periodo de hibernación invernal se da por terminado definitivamente y uno empieza a ver a la gente en sus jardines con sprays y cavando agujeros para eliminar las malas hierbas de raíz. Los supermercados de repente se llenan de sacos polvorientos y arenosos de fertilizante y herbicidas y el aire se torna amenazantemente alérgico.

La maleza es una de las plagas a las que más temen los americanos y que más ponen en cuestión sus principios de libertad e individualismo. Los vecinos que invierten tiempo y dinero en controlarla miran con sospecha y desdén a aquellos que no lo hacen. Les mandan cartas y correos electrónicos con recomendaciones de productos y proveedores. Nada como el interés individual para promover el espíritu comunitario.




La maleza es el equivalente floral en América a la grasa corporal, a los actos inmorales, a la pereza, a la desidia, a la mentira e incluso a la pobreza, que todavía arrastra algún estigma en estos lares como plasmación material de las carencias espirituales. Algo que hay que erradicar de raíz en el sentido más literal del término y para lo que no hay excusas físicas, económicas o geográficas en el caso de que tu jardín se halle en una intersección o en primera línea.

Si tienes maleza, los vecinos por primera vez se involucrarán en tu vida y cuestionarán tus hábitos, tu personalidad y moralidad.

He conocido personas que por sus creencias o desconfianza en el sistema, no vacunan a sus hijos y no sufren el mismo rechazo que aquellos que dejan la maleza crecer en su propiedad. En el siglo XXI, contagiar la maleza se considera un mal peor que la tuberculosis, la difteria o incluso la obesidad por las que nadie te critica.

De todas las guerras que libran los norteamericanos en el mundo, la peor y la que afecta más la vida de las gentes pasa dentro de casa. Es la guerra contra la mala hierba, más en el sentido literal que figurado.

domingo, 12 de mayo de 2013

Poner las cosas en un papel


Los documentos mastodónticos son propios de las sociedades menos desarrolladas en los que el nivel de confianza entre las personas es bajo y se piensa que por escribir las cosas la ley se hace cumplir. La burocracia no es sino un desesperado y vacuo intento de predecir el futuro, de evitar los imprevistos y a menudo lo que hace es coartar la creatividad.

Aunque las cosas hayan cambiado mucho en estos últimos 30 o 40 años, sigue siendo característico de los gobiernos de los países latinos el despliegue de leyes y de normas prolijas para asegurar la confianza entre los miembros de sus sociedades. Después de todo, seguimos rigiéndonos por el Código Napoleónico que, heredero del Derecho Romano, establece que aquello que no está expresamente permitido está prohibido a diferencia de la Common Law inglesa que establece justamente lo contrario.

Esto es un hecho cuando hablamos de procesos legales o normas de convivencia dictadas por los poderes públicos. No sucede lo mismo, sin embargo, en el mundo de la empresa, por ejemplo. En un gran número de empresas españolas, los procesos no están bien definidos, dependen en muchos casos de las secretarias que vienen a ser la memoria viva de la empresa en el caso de que haya acumulado antigüedad. Los manuales del empleado, las normas, la explicación de los procesos obedece, en muchos casos, a la subjetividad y libre interpretación de los supervisores o a la aplicación de grandes normas, como el Estatuto de los Trabajadores, que en el fondo nadie aplica por razones económicas o de estructuras de poder.

A los americanos, en cambio, les gusta ponerlo todo en un papel y cuanto más detallado mejor. No tanto por una falta de confianza, suelen ser gente que se siente relativamente cómoda con el riesgo, sino porque el elemento subjetivo está devaluado.  La opinión personal, la decisión tomada a última hora sin contrastar no gozan de gran prestigio. No en vano, decir que alguien es “opinionated” (demasiado opinativo) es peyorativo mientras que en nuestra cultura alguien que tiene carácter (lo que aquí se denomina temper, es decir, que pierde los estribos con facilidad) se percibe como un rasgo que puede ser molesto a veces pero en general positivo. Lo que cuenta son los procesos, aquello que no requiere de una deliberación a última hora.

Ponerlo todo en un papel es un gesto típicamente americano al igual que el concepto, tan imitado hoy en día, del case study, de las autobiografías o libros de memorias (relativamente escasos en España), del hazlo tu mismo  o  si no cómpramelo a mí, o de compartir el conocimiento escribiendo una crítica de unas bolsas para el aspirador en Amazon.com (hay una buena cantidad de ellas).

Poner las cosas por escrito, aunque sean obviedades o lugares comunes, es americano. Es una forma de crear o envolver un producto.

domingo, 5 de mayo de 2013

Fiestas por turnos

Lo primero que uno nota de las fiestas de los norteamericanos es que empiezan a la hora y acaban a la hora o incluso antes. A la hora de su comienzo, ya se empieza a apreciar una cierta incomodidad. Los silencios cortan el aire como cuchillos. Es habitual que bastantes de los invitados se escabullan arguyendo que tienen cosas importantes que  hacer que les impiden prolongar su estancia dejándole a uno, que no tiene ganas de hacer nada más el sábado tarde o noche, la incómoda sensación de pensar que su vida debería ser más interesante.

La vida americana le acostumbra a uno a ver como normal que este tipo de reuniones sociales duren una hora y media rigurosamente cronometrada. Parecen propios de la Baja Edad Media aquellos tiempos carpetovetónicos en los que aparecer a la hora se consideraba descortés ya que uno sabe que el anfitrión estará todavía vistiéndose  o habrá bajado al supermercado a última hora para comprar algún ingrediente que se había olvidado.

Las fiestas americanas son, efectivamente, eficaces mecanismos de relojería en los que pocas cosas se dejan a la imprevisión. Se decide quien lleva qué y en cuanta cantidad, en que habitaciones se realizaran según qué tipo de actividades, donde estarán los niños, que películas se pondrán e incluso he estado en algunas en que se preparan temas de conversación o juegos divertidos y que no generen situaciones comprometidas.

La última vuelta de tuerca son las fiestas por turnos en las que los anfitriones, al igual que en los antiguos cines de sesión continua o en algunos restaurantes madrileños de no muy grato recuerdo, siguen un protocolo de invitación por franjas horarias. Tu vienes de 3 a 5, tú de 5 a 7, etc… Una modalidad que persigue evitar que se mezclen combinaciones indeseables, que las estancias se prolonguen demasiado y los invitados se repitan en exceso y la satisfacción de convencerse a uno mismo del enorme poder de convocatoria que tiene sin que la casa quede hecha un desastre.

Confieso que no se a través de las lentes de que paradigma debe ser analizado este nuevo fenómeno. Por un lado esta concepción de los eventos personales retrotrae claramente a la economía de los bienes de consumo industriales, basada en generar productos y servicios para un público masivo que se beneficia de las economías de escala (un único evento al que uno invita a la máxima cantidad de gente posible con el mínimo coste organizativo). Por otro, es deudora del nuevo modelo de la economía de las experiencias, basado en evitar la repetición y la rutina en la vida de uno, y exprimir al máximo los minutos disfrutando de compartir las experiencias propias y ajenas con la máxima variedad de tipos humanos.

A mí, personalmente, esta nueva modalidad de fiestas me parece una ordinariez rayana con la falta de respeto, pero entiendo que desde una lógica económica (de economía de las experiencias) y de networking es irreprochable y, por ende, un concepto exportable.

sábado, 27 de abril de 2013

Pensar grande


La obsesión por el tamaño de los americanos es archisabida. Incluso el más acérrimo defensor del carácter norteamericano, entre los que me incluyo, tiene que reconocer que hay algo vulgar, inmaduro, infantil y a contracorriente del progreso de la humanidad en la búsqueda de lo grande porque sí. El tamaño de los vasos de los refrescos (siempre con una pajita y hasta los topes de hielo), las raciones de comida (siempre el doble de lo que uno realmente necesita), los coches concebidos como casas rodantes, incluso la ropa que con frecuencia le resulta a uno excesivamente holgada haciéndole parecer a uno que ha ganado unos kilos de más. Es cierto, no tiene demasiada defensa el gusto por lo grande porque sí.

Hay, sin embargo, una excepción. La afición de pensar a lo grande, thinking big. Incluso el americano menos cultivado, con una experiencia vital menos rica, es consciente de la importancia de tener sueños, de no conformarse con cualquier cosa. Un afán que de alguna forma contribuye al auge de la religión en este país donde pocos se conforman, como en Europa, con ver la vida como un conjunto de reacciones químicas y azarosas, adecuadamente gestionadas por un estado antaño protector, que se extingue en un tiempo relativamente corto de tiempo. Soñar es, por tanto, parte del ethos americano tanto como el apple pie.

Es cierto que hay ejemplos de empresas exitosas e innovadoras en unos cuantos países, pero pocas de ellas se basan en la idea de pensar a lo grande, de soñar. No son solo las economías de escala lo que explica que haya una empresa llamada Netflix que ofrece prácticamente disponer de toda la historia del cine (35.000 peliculas) a sus abonador por 15 euros al mes; u otra, más conocida fuera de los Estados Unidos, llamada Apple que desarrollo un dispositivo de tamaño inferior a la palma de una mano que fue el primero que permitía hablar por teléfono, comunicarse a través de Internet, tomar fotos, ver películas, escuchar cualquier emisora de radio del mundo y realizar cualquier transacción comercial; u otra  como Amazon.com que prácticamente permite adquirir cualquier mercancía existente en el mundo desde la casa de uno y a precios competitivos.

Yo a eso lo llamo pensar grande. Zara, el Banco de Santander, Volkswagen y Louis Vuitton son empresas eficientes pero no son el producto de sonadores. Apple o Amazon.com sí.

A un nivel micro, existen millones de americanos que suenan y que innovan con pequeños o grandes negocios. Lo de menos es que estén mejor o peor educados, una cualidad que para soñar a veces está hasta de sobra.

domingo, 21 de abril de 2013

La magia de los community gardens


Aunque el concepto no es ni mucho menos nuevo, los community gardens se han puesto de moda en los Estados Unidos. No son otra cosa sino huertos emplazados en muchos casos en los cascos urbanos de las ciudades pertenecientes al ayuntamiento correspondiente que alquila su utilización como campo de cultivo a un grupo de ciudadanos por un módico precio. Según Wikipedia también se dan en España pero hasta llegar aquí nunca los había visto ni oído hablar de ellos donde se están poniendo cada vez más de moda.

El concepto se adapta a la perfección a la mentalidad del americano  por varias razones. La primera es que el americano se siente inherentemente cómodo desempeñando trabajos manuales que tengan que ver con la jardinería o la mecánica y que quizás no han sufrido el desprestigio que tienen en las sociedades latinas. Por otro lado, el país por antonomasia de la comida rápida ha fetichizado hasta lo inimaginable cualquier alimento que lleve el marchamo de orgánico o producido de acuerdo a las normas de la naturaleza aunque unos principios dietéticos razonables sólo hayan sido adoptados por relativas minorías. El concepto se adapta también al colectivismo entendido a la americana, es decir, a la idea de forjar una comunidad de personas que comparten emplazamiento y un fin determinado ya sea cultivar alimentos, ayudar a los pobres o educar al que lo necesita.




No hay que llevarse a engaño. El concepto de comunidad norteamericano, pese a lo que su propio nombre indica, difiere considerablemente del español. No exige amistad, una afinidad de intereses personales o compartir tu tiempo en la esfera privada. Se ciñe a organizar actividades juntos que aumenten el capital social de una población o conjunto de personas, es decir, que contribuyan a la igualdad de oportunidades. Vivir en comunidad no equivale a ser “amigos” o tener conversaciones profundas acerca de los libros que uno lee, las películas que ve o simplemente sobre la vida. Eso uno lo reserva, si acaso, para su familia o uno de los dos amigos íntimos que por término tiene el americano para el que la soledad destila un aroma de masculinidad.

Me sorprendió leer en un artículo de la prensa local que una de las buenas cosas que tienen los community gardens es que estimulan la conversación, un bien intangible valorado pero no necesariamente practicado en esta cultura. La conversación, como todos sabemos, no exige de grandes infraestructuras para su desarrollo. Si acaso, de la voluntad de llevarla a cabo. Me pareció un ejemplo de cómo para la mentalidad americana el órgano y la función van de la mano. Igual que para jugar una pachanga al fútbol se hace imprescindible poner espinilleras a un niño de 4 años, para incitar a la charla o a la conversación no es suficiente la voluntad de hacerlo sino que es necesario disponer al menos de un acre de terreno y utillaje variado.


lunes, 15 de abril de 2013

Trabajo fácil


Una de las cosas que recuerdo de mi niñez son los adornos en la pared que abundaban a la entrada de aquellos pisitos que, como el mío, olían perpetuamente a repollo, con sofás de eskay y cuadros de cacerías presidiendo los comedores. Había alguno que me llamaba particularmente la atención que decía “el trabajo es sagrado, no lo toques” y en el que solía aparecer la imagen de un currante espantada ante la idea de agarrar la pala y seguir cavando.

En realidad, era un brindis al sol, un mero gesto quijotesco. Aunque el español siempre se las ha dado de despreciar el trabajo, lo cierto es que raramente ha sido así. Uno solamente puede vanagloriarse de despreciar aquello que tiene al alcance y el trabajo, precisamente, nunca ha sido una mercancía que haya abundado en España desde hace muchos siglos atrás.

Los españoles mostramos una actitud timorata, acobardada ante el mundo del trabajo, ante la dificultad de ganarlo y el miedo de perderlo. El bukoskiano personaje de Henri Chinaski nunca podría haber sido parido por un escritor español. Recuerdo que una de las cosas que más impresionaban de sus obras era la cantidad de trabajos que su alter ego biográfico Chinaski encontraba y perdía en cada uno de sus libros, sobre todo en su libro Factotum. Trabajos industriales que entonces, antes de que la globalización de la economía lo explicara todo, nos parecían de poca calidad y que hoy serían un sueño para muchos por la seguridad y confort mental que ofrecían. Quién pudiera, como Chinaski, trabajar en una fábrica de pepinillos pasando una entrevista de trabajo en la que contesta a su futuro patrón que su interés se debe a que el sitio en cuestión “le recuerda a su abuela” o mirando pasar botellas en una cadena de producción y rechazando las defectuosas con la cabeza en otra parte. Con lo difícil que ya era encontrar un trabajo, cualquier trabajo, en España a mediados de los 80, ¿como era posible que a ese borracho, desarrapado y salido de Chinaski le volvieran a contratar una y otra vez?




Era obvio que a mis quince años no sabía mucho de liberalismo económico y del modelo americano.

Casi tres décadas después, con integración europea, varios booms económicos y sextuplicado la renta per cápita, las cosas no parecen haber cambiado tanto. El trabajo, sí, sigue siendo sagrado para los españoles entre otras cosas porque no hay. En cambio, la relación de la mayoría de los americanos con el trabajo es tranquila y desapasionada. Incluso en los tiempos, como estos últimos años, en que no abunda, tampoco falta. Hay un significativo número de americanos que trabajan a ráfagas, cuando les hace falta. Es el caso de estudiantes que quieren contribuir a pagar sus estudios o a financiarse algún proyecto. También el de hombres y mujeres que no necesitan trabajar para vivir porque trabajan sus cónyuges o disponen de rentas, que buscan algo que hacer que les distraiga o algún trabajo voluntario. No se sulfuran, ni piensan que les vaya la vida en ello, ni que vaya a pasar el último tren en sus vidas. Para los cuáles el trabajo dista mucho de ser sagrado, si acaso útil a uno mismo, a los demás o simplemente entretenido.