Consejos American Psique

domingo, 15 de abril de 2012

La conspiración de la prensa anglosajona

Desde al menos la generación del 98, el español se caracteriza por una inseguridad enfermiza acerca de las opiniones y comentarios surgidos fuera de España sobre la consideración externa que merecen sus usos y costumbres. Una de las secciones no oficiales de los periódicos y medios de comunicación españoles es aquella que se refiere a lo que sale publicado en la prensa extranjera sobre España, y muy especialmente en la llamada anglosajona. Por eso, cada vez que un periódico norteamericano, lo que equivale a decir que ha salido algo publicado en The New York Times (NYT) o The Wall Street Journal (WSJ), publica una noticia negativa sobre España nos rasgamos las vestiduras. Chateros y tertulianos hablan rápidamente de una conspiración de la prensa anglosajona para desprestigiar a España. Y vaya por adelantado que los norteamericanos no se ven como anglosajones, aunque hablen inglés, un término bastante ausente de la vida americana y que solo utilizan los extranjeros cuando quieren meter en el mismo saco a británicos y norteamericanos.




Una de las últimas reacciones de indignación la ha producido un artículo aparecido en el NYT acerca del auge de la prostitución en España. Para ello, la periodista se ha desplazado a un burdel situado en la provincia de Girona en la frontera con Francia al que también acuden habitualmente numerosos clientes franceses. Una de las novedades informativas del artículo es apuntar la existencia de una nueva tendencia en la juventud española a sustituir la tradicional salida a la discoteca por las relaciones sexuales de pago. No es necesariamente el tipo de enfoque habitual cuando se habla del tema referido a países del tercer mundo en el que sus habitantes, como el caso de las jineteras cubanas, se ven obligados a prostituirse con extranjeros por carecer de otras alternativas de vida. Curiosamente, aunque España es uno de los grandes focos de la crisis económica mundial estos días, el artículo se preocupa de aclarar que prácticamente, a diferencia de hace 20 o 30 años, ya no quedan prostitutas españolas. El artículo destaca la impunidad con que la actividad de la prostitución se desarrolla en España gracias a la vista gorda de las autoridades amparadas en que lo ilegal no es la prostitución en si, sino el proxenetismo lo cual favorece las mafias. Si algo, la información tiene un marchamo moral (también se incluye el dato de que el 39 por ciento de los hombres españoles afirma haber estado con prostitutas que es el porcentaje más alto de toda Europa), el de una sociedad y un estado sin valores que no tiene ningún problema en considerar a las personas como mercancía. De hecho, la conclusión que cualquier lector “anglosajón” no necesariamente familiarizado con nuestro país sacaría es que la piel de toro se ha convertido en una especie de Las Vegas o Tijuana a lo grande. Y esta es una afirmación que duele a muchos españoles que, como último refugio tranquilizador, siguen pensando que sociedades como la española tienen una superioridad moral inherente sobre la norteamericana que, para muchos de ellos, sigue representando conceptos tan obsoletos como el del capitalismo salvaje.

Pero, a mi entender, también hay otro problema importante de pedagogía, de no entender cómo funciona el periodismo en el caso de las corresponsalías porque si lo hiciéramos no lo sobrevaloraríamos tanto. Cuando vivía en Madrid conocí a varios corresponsales que escribían para estos medios. Aunque algunos de ellos tenían un retainer fee, es decir, un salario fijo que suplementaban con otro variable en función de lo que escribían, también abundaban los colaboradores y los parachute journalists (literalmente periodistas paracaidistas), o sea los corresponsales de estos medios en París y Londres que aterrizaban en Madrid para hacer un reportaje y se piraban acto seguido. En general había dos tipos de perfiles de periodistas. En algunos casos estas personas estaban casadas con españoles y conocían hasta cierto punto bien nuestro país pero, a veces, aunque estuvieran en desacuerdo, se veían obligadas a escribir sobre determinados temas adoptando un enfoque determinado que el editor de New York consideraba que tenía más garra para el lector norteamericano que, como todo lector cuando se trata de temas extranjeros que no domina, le gusta recurrir a lo conocido. Y era debido a ello que, proporcionalmente, de la cantidad de reportajes que se hacían sobre España seguía habiendo una elevada proporción que tenían que ver con los toros (las mujeres toreras es un tema que les fascinaba), el flamenco y la desaparición de la siesta. O ahora la prostitución como si en realidad fuera algo nuevo. En otros casos, sobre todo en el de muchos de los colaboradores y los parachute journalists, directamente no se trata de escritores que sepan demasiado sobre España y tienden a buscar confirmaciones de aquellos puntos de vista que ya tienen en la cabeza. Por ejemplo, si el tema es el nacionalismo en el País Vasco o Cataluña tenderán a recordar los sempiternos 40 años de franquismo y a adoptar una postura de comprensión con estos movimientos sin hurgar mucho más de lo necesario en las circunstancias actuales. ¿Complot anglosajón? Para nada porque España no deja de ser un país de segunda fila que genera relativamente poca información aunque sea verdad que existen demasiados prejuicios que es difícil extirpar de la psique americana incluso de los más cultivados.

Para terminar dos recomendaciones. La primera es que si queremos saber lo que pasa en España, leamos la prensa española que está mucho mejor informada a pesar de los partidismos y demos el crédito justo a los corresponsales de medios extranjeros que a menudo son los últimos en enterarse. Nos ahorraremos berrinches y derroches de estulticia. La segunda, ya más referida a la información del NYT, es que no nos vendría mal examinarnos en la cuestión de los valores. La autoestima nacional ha bajado en picado con la recesión pero casi siempre se critican cuestiones relacionadas con la eficiencia pero no relacionadas con los pensamientos y las creencias. Y sé que estas dos recomendaciones entrañan una cierta contradicción.

domingo, 8 de abril de 2012

Dios en la empresa

Uno de los malentendidos más frecuentes que gusta cultivar a los críticos de los Estados Unidos es el de que se trata de una especie de teocracia ubicada en el mundo occidental. Para justificar esta afirmación suelen citar el hecho de que hay algunas escuelas que nieguen la teoría de la evolución o el de que los presidentes finalicen sus alocuciones con un “God bless America” y frases por el estilo. Sin embargo, la verdad es que si por algo se ha caracterizado la historia de este país desde el principio, a diferencia de los europeos, es por la estricta observancia de la separación entre estado y religión. Un rasgo fácil de percibir en la ausencia de festividades que aludan a hechos religiosos o la inexistencia de subvenciones económicas a ninguna de las confesiones que coexisten en este país por numerosa que sea. Gracias a esta inquebrantable separación se explica que hoy día Estados Unidos sea el país occidental más religioso con diferencia.

Sin embargo, un asunto que se suele soslayar con frecuencia es la imbricación y admiración mutua que se profesan el mundo de la empresa y las organizaciones religiosas en este país. En su libro titulado en España “Sonríe o muere: Trampa del pensamiento positivo”, Barbara Ehrenreich habla de como numerosos pastores, sobre todo de las denominadas megaiglesias, han recurrido a la ayuda de consultores de management y gurús para potenciar sus iglesias con una perspectiva muy similar a la que tienen las corporaciones que piensan en términos de nicho de negocio y clientes. Incluso las confesiones más recatadas con este tipo de enfoques, como puede ser la iglesia católica, se permite, en el caso de las parroquias relativamente numerosas, disponer de personal dedicado a las relaciones públicas y al fundraising responsable de pensar y gestionar eventos de interés para los fieles que permitan incrementar la capacidad recaudatoria de la organización. Fruto de esta profesionalización es que existe un importante nicho de profesionales muy calificados dedicados a la comunicación de carácter religioso al igual que existe para la medioambiental, de temas de salud o a las relaciones con los inversores. En los procesos de selección de profesorado que he realizado, no es infrecuente que algunos de los postulantes hayan realizado este tipo de trabajo. Esta identificación también tiene una plasmación externa: los lideres de las megaiglesias disponen de un cuidado argumentario con mensajes motivadores que llegan a los fieles a través de ceremonias televisadas, bestsellers y entrevistas. Muchos de ellos cuidan la imagen, suelen llevar trajes de excelente corte, igual o más que un Consejero Delegado de una gran empresa.

Pero, como he dicho, este es un camino de dos direcciones porque las empresas americanas también han hallado en las iglesias una fuente de inspiración. Tal y como señalaba un artículo publicado en The Economist sobre este tema hace tiempo, los gurús del management reconocen que las iglesias son ejemplares en la manera que tienen de motivar a los empleados y al voluntariado como una manera de mantener los costes bajos y lograr la sostenibilidad mediante el sucesivo reclutamiento por parte de los propios fieles siempre dispuestos a realizar el apostolado. Algunos de sus líderes, como Rick Warren, son invitados a Davos o por el propio presidente Obama a participar en los actos el día de la toma de posesión como presidente.



Sin embargo, como se encarga de recordarnos Ehrenreich, hay una diferencia importante entre las megaiglesias y las corporaciones. Las megaiglesias no despiden a nadie ni echan broncas aunque uno no se presente a los servicios o falle a sus promesas. Siempre hay una segunda, tercera, cuarta, quinta, y así sucesivamente, oportunidad. Su fachada puede parecer la de una empresa – de modo ilustrativo muchas de ellas tienen las sedes en rascacielos – pero por dentro, con todas las matizaciones que uno quiera, reinan el amor y el perdón.

Quizás eso sea la verdadera Responsabilidad Social Corporativa y todo lo demás malos sucedáneos, algo que no está al alcance de Microsoft, de Apple, de Google, de Coca-Cola y de ningún otro employer of choice.

domingo, 1 de abril de 2012

Competitividad

Una gran cantidad de americanos con los que me he encontrado piensa que sus compatriotas son de lo más competitivo. Suena a crítica pero hay un rasgo de orgullo. Siempre me acuerdo de una amiga americana que tenía en España cuyo marido trabajaba en el Banco de Santander que, cuando bromeábamos acerca de la posibilidad de que trabajara para Chase u otro banco top similar en Estados Unidos, no pensaba que su marido daría la talla tan acostumbrado como estaba a la buena vida de, por ejemplo, jugar al golf a media mañana y a los largos almuerzos. Aunque sus intenciones eran buenas, yo creo que pensaba, como un cierto tipo de americano que he conocido, que las empresas españolas como el Santander o Telefónica que han logrado éxito internacional no lo han hecho a base de trabajo y buena gestión sino porque, por razones culturales, sus directivos sabían fumarse en mejor sintonía los puros con los magnates y gobernantes sudamericanos.

Curiosamente la expresión to be competitive no goza, por decirlo de alguna manera, de demasiada buena prensa en muchas facetas de la vida cotidiana. A mi todavía me sorprende el pudor de muchos padres o entrenadores de equipos infantiles que te hacen sentir culpable si confiesas llevar el resultado cuando juega tu hijo, como si fuera algo vulgar y contradijera necesariamente el afán por divertirse. De hecho en las liguillas locales norteamericanas de fútbol de este calibre no se toma nota del resultado. Este reflejo anticompetitivo de los padres que forman parte de la generación X, quizás como reacción al espíritu de sus hippies y posteriormente muy competitivos padres de la generación baby boom, ha llegado incluso al extremo de disociar el mérito del galardón. Da lo mismo si los niños juegan 4, 5 ó 6 partidos y si lo hacen bien o mal, todos ellos acabarán recibiendo un premio o trofeo simplemente por haber jugado un par de partidos. En las escuelas nadie suspende o repite curso, las oportunidades cuando se comete una infracción son múltiples. La eficiencia siempre brotará del refuerzo positivo, de los buenos sentimientos y nunca de la crítica o el correctivo. El odio a la competitividad es tan grande que los entrenadores ni siquiera riñen o critican a los niños cuando no siguen sus órdenes o se relajan demasiado porque no se trata de eso, así es como se entiende que debe ser una infancia feliz.


Cuando uno viene de un país como España en el que abrirse camino profesionalmente es tan complicado, donde parecen que todo está ya pillado y es casi imposible saltarse ciertas barreras sociales, la verdad es que la vida en Estados Unidos causa la impresión de requerir escasa competitividad para que las cosas te vayan medio bien. No puedo evitar pensar que tal o cual persona que aquí ha logrado un nivel profesional o salarial alto en España no se habría comido un colín. No porque no hubieran estado capacitados, sino porque el entorno no se lo habría permitido.

¿Cuando se hacen, entonces, los americanos competitivos? Quizás nunca porque en una mayoría de casos no lo necesitan, si acaso ser competentes. No es más difícil lograr un relativo nivel de éxito profesional en Estados Unidos que en España, si acaso al contrario aunque parece que suene a lo contrario de la meritocracia. En contra de lo que a veces escucho, los americanos no están mejor educados por norma general que un europeo medio, no salen tampoco necesariamente mejor cualificados de lo que constituye el grueso de sus universidades. Si no, no tendrían que importar tantos ingenieros de software de India o China. También ellos se han dormido en los laureles. Por otro lado, a los españoles que he conocido de un cierto nivel educativo les ha ido bien o muy bien en Norteamérica.

La palabra competitividad quizás no sea la adecuada, más bien habría que hablar de ambición o quizás inspiración, de a can do attitude que hace creer a las personas que son dueñas de su destino, que son capaces de llevar a cabo proyectos empresariales o personales y eso incluye endeudarse yendo a la universidad con 45 años para cambiar de profesión o cambiar de estado de residencia porque te han ofrecido un puesto mejor en el que te pagan 10.000 dólares mas al año. Es por eso por lo que el fundador de Tuenti en España ha sido un chico de USC (University of Southern California) sin ningún rasgo muy diferenciador en su currículo (aparte de haber ido a USC, claro). Pero tenía hambre de gloria. Y es por ese espíritu ambicioso, unido a un entorno extremadamente abierto, por lo que Warren Buffet se ha convertido en uno de los hombres más ricos del mundo.


Aunque como él dijo con una franqueza que no me sonó demasiado impostada en una conferencia que dio hace una década en Midland Lutheran College ha sido en parte por la suerte de haber nacido en Estados Unidos y no en la India o China. Concretamente dijo: “Los que estáis en esta habitación tenéis suerte. Teníais una posibilidad de 30 de haber nacido en Estados Unidos. En 1930, cuando yo nací, tenía una posibilidad de 50 de haber nacido en Estados Unidos. Y una de 50 de haber nacido hombre. Y tenía un uno por ciento de probabilidad de haber nacido hombre en Estados Unidos.” Un hombre con suerte.

domingo, 25 de marzo de 2012

Las marcas y la conversación

España es quizás el país más marquista que haya en el mundo occidental. Cada uno en la medida de sus posibilidades, pero particularmente el individuo perteneciente a nuestras clases medias y medias altas, no los ricos de verdad, busca refugio con toda impunidad en el logo que le haga sentirse más seguro de si mismo, que refuerce su atractivo sexual o su capacidad para erigirse como modelo de referencia entre su círculo de allegados. Nunca veo más cocodrilos y jugadores de polo que cuando viajo a España en verano. Es una guerra invisible de lo visible que es, que no conoce de ideologías, propia de una cultura visual y de apariencias como la española y todas las latinas. Sin embargo, y a pesar de su omnipresencia en nuestra vida cotidiana, los españoles no conversamos mucho sobre las marcas, a lo sumo sobre las distintas calidades de productos de alimentación de tiendas como Mercadona, que ha sido probablemente el fenómeno conversacional más potente de la piel de toro en los últimos años.

Los americanos, más acostumbrados desde hace muchas décadas a convivir en un mundo de marcas fuertes que son en general más accesibles para el común de los mortales, se erigen en grandes conversadores sobre ellas. To engage in a conversation (incitar a la conversación) es, más allá de que suene a retórica vacía e indiferenciadora que podemos encontrar en cualquier web corporativa de nuestros días, una realidad bien presente. A los americanos les encanta hablar y, sobre todo en estos días de apogeo de Internet y las redes sociales, escribir sobre marcas y productos. Por ejemplo, los ríos de tinta vertidos acerca de las diferencias entre el iPad y el Kindle desmienten la idea de que, como llevan suscribiendo los gurús de la comunicación desde hace al menos una década, lo importante son los contenidos. No mucha gente habla ya de los libros que leen, las películas que ven o la música que escuchan. En realidad eso es lo de menos. Lo importantes es donde se produce este consumo, es decir, si se trata de un iPad, un Kindle o cualquier otro dispositivo que deja la impronta de su personalidad. Lo importante no es tal o cual novela sino las prestaciones que te da el Kindle o el Nook a través de los cuáles lo has leído. Si no, no hay más que echar un vistazo a las casi 15.000 críticas realizadas por usuarios (cuando escribo este texto) acerca de las prestaciones del nuevo dispositivo de la empresa de Jeff Bezos. Al americano, más que marcar diferencias de estatus llevando una determinada prenda, lo que le motiva es compartir su opinión sobre tales o cuales pantalones, calcetines o anorak con otros consumidores como él. Os invito que leáis las críticas al Kindle, algunas francamente técnicas y elaboradas de más de 2.000 palabras. O a que comparéis las más de mil críticas realizadas a Freedom, el último libro de Jonathan Franzen, a las menos de diez que podréis encontrar en las web de la Casa del Libro o de la Fnac sobre los últimos libros del propio Franzen, Pérez Reverte o Ruiz Zafón, que podrían considerarse los equivalentes españoles en términos de ventas al autor norteamericano.




Pero si no os convence como argumento el mundo de la literatura o de los audiovisuales, podéis aventuraros a buscar opiniones sobre productos diversos en las webs de compañías como Gap, Crate & Barrell o Macy’s acerca de ropa, muebles o artículos de maquillaje. A los americanos les encanta opinar y compartir conocimiento y experiencias acerca de unos calcetines, unos pantalones de pana, una máquina de café expreso o una barra de pintalabios. Van a muerte con sus marcas y no vacilan en demostrarlo. No dudan en escribir una carta al servicio al cliente de una compañía si se han sentido mal atendidos o al contrario, escribir una carta de felicitación a un empleado que les ha procurado un buen servicio pidiendo un aumento de sueldo. Nunca en mis clases disfrutan y participan más mis alumnos que cuando usamos Starbucks, una de las marcas que mas fascina a los norteamericanos en la veintena, como case study de lo que sea. Muchos de mis estudiantes que en otras circunstancias estarían consultando a hurtadillas una página de Facebook levantan la mano. En América una cosa es la realidad y otra muy diferente el mundo de las marcas y los productos, o sea, el de lo real, que se antoja mucho mas interesante para la gente que la propia vida.

domingo, 18 de marzo de 2012

Clases y resentimiento

Una de las características de la sociedad norteamericana es su apego a lo que se denomina el ideal de la middle class. Un porcentaje ligeramente inferior a la mitad de los americanos se considera clase media, aunque este número haya ido menguando en las últimas décadas. Antaño, según Charles Murray (ver entrada anterior de este blog), era aproximadamente un 80 por ciento la cantidad de americanos que se veían parte de este grupo que incluía a gente bastante rica y a otros bastante modestos pero que compartían los mismos valores de clase.

Aunque el número de los estadounidenses autodenominados de clase media haya descendido estos últimos años sobre todo como producto de la crisis económica, la mitad de la población sigue siendo una cantidad notable. De hecho, a los norteamericanos les gusta imaginar que, de alguna manera, los Estados Unidos son una sociedad sin clases. La convicción de que uno puede tratar de tu a tu al poderoso, que mañana puede ser uno mismo, sigue teniendo vigencia. A los alumnos norteamericanos se les anima a desafiar a la autoridad (to challenge authority es una expresión sumamente habitual en las aulas de los campus universitarios) y en cualquier organización norteamericana es habitual que el personal de menor categoría laboral tenga acceso a los altos mandos. También contribuye a ello el que la envidia sea un sentimiento poco extendido entre los norteamericanos que raramente experimentan odio o malos deseos a aquellos coronados por el éxito profesional o económico.

Estos pensamientos me vienen a la cabeza cuando leo sobre la polémica levantada por la última campaña publicitaria de Loewe para acercarse a un público más joven en la que aparecen un grupo de hombres y mujeres que supuestamente “representan a un amplio sector de la juventud española.” Aunque en estas polémicas hay siempre un algo artificiosamente publicitario (y una falsedad estadística ya que, segun un estudio norteamericano que ha llegado a mis manos recientemente, el número de twitteros es inferior al 5 por ciento de todos los internautas y la mayoría de los mensajes de Twitter se concentran en un 3 por ciento de ese ya reducido porcentaje), lo cierto es que el tema haya gozado de tanto éxito en las agendas de los periódicos e intuyo de las radios, me evoca la diferente relación que tenemos los españoles con el concepto de clase, que en nuestro caso tiene una clara reminiscencia socialista o marxista salpicada por siglos de catolicismo que han forjado la idea de que hay siempre algo pecaminoso en el rico o aquel que ha tenido la vida demasiado fácil.


En España tenemos tan interiorizado el resentimiento de clase que incluso los ricos tienen que avergonzarse de serlo, al menos públicamente, para sentirse cómodos en su piel. Tengo lo suficientemente reciente como la mujer de Amancio Ortega y otros multimillonarios españoles se manifestaban hace meses en favor del movimiento 15-M. Leyendo los comentarios a la noticia, me he encontrado perlas como ésta que no son sino un botón de muestra de entre varias decenas de frases parecidas:

“Pues nada, una buena manifa y a impedir el acceso a las tiendas de Loewe. Y a partir de ahora, se pasa la consigna de insultar e increpar a cualquier persona que luzca algo de Loewe en la calle. Hay que boicotear a esta tienda de fachas y a sus clientes.”

Siento curiosidad por ponerles un día de estos los comerciales a mis estudiantes de comunicación, muchos de los cuales provienen de familias relativamente modestas, para que me digan lo que piensan. Estoy seguro de que acabaremos hablando de diferencias culturales, como siempre.

Yo mismo sufrí el otro día en mis propias carnes la incomprensión de mis alumnos que, con cara de escepticismo, no acababan de comprar una de mis reflexiones en una clase sobre crisis management (gestión de crisis). Se trataba de un caso real sucedido hace cuatro años en uno de los aviones de Southwest Airlines, uno de cuyos empleados había prohibido a una estudiante que viajaba de San Diego a Tucson para ver al médico subirse al avión debido a que su atuendo demasiado sexy hería la sensibilidad de algunos pasajeros. La chica acudió a un conocido talk-show televisivo a denunciar lo sucedido pero Southwest Airlines decidió no enviar a ningún representante. Analizamos los pros y contras de la estrategia de la aerolínea.

 

Mi opinión es que hizo lo correcto para no alimentar la polémica ante lo que era, después de todo, un incidente menor. Como tercera o cuarta derivada, dije que era más que probable que los responsables de comunicación de la compañía hubieran sopesado factores como el hecho de que era probable que muchos televidentes no iban a sentir simpatía por aquella adinerada familia de San Diego que tiene los suficientes recursos para pagar vuelos a Arizona a su hija para ver al ginecólogo y cuyo padre abogado debía ganar un muy holgado salario de más de varios cientos de miles de dólares. Añadí, para mas inri, que Kyle Ebert, la chica protagonista de la historia, utilizó la publicidad generada por el caso para posar, seis meses más tarde, en la revista Playboy. Creo, a juzgar por las expresiones de sus caras, que muchos de mis estudiantes no entendieron mi idea. Debieron pensar que sonaba demasiado resentida, acaso demasiado española.

domingo, 11 de marzo de 2012

El proyecto americano

Una de las cosas que más me gustan de los científicos sociales norteamericanos es que se refieren con frecuencia a los temas fundamentales de la vida que, como todo el mundo sabe, son tres o cuatro: la muerte, Dios, el amor y la felicidad, en el orden que a uno más le guste. Especialmente este último, la felicidad, tiene una larga tradición ya que la propia constitución americana habla del derecho a la felicidad. Y es que mientras en España, andamos todos a ver si algún día podría bajarse el paro al 15 por ciento o angustiados por si podrán garantizarse las prestaciones sociales en un futuro, los americanos, a pesar de su fama de pragmáticos, nos dan constantemente lecciones de idealismo y van al meollo del asunto.

Lo hacen los economistas, que para eso han desarrollado índices que miden el grado de felicidad, los políticos, los antropólogos y también los historiadores. Eso es lo que hace Charles Murray en su libro Coming apart: The state of white America 1960-2010 (que literalmente se traduciría como Desintegración: El estado de la América blanca 1960-2010) que, más allá de un diagnóstico acerca de la bifurcación de la sociedad americana en dos clases diferenciadas en sus valores – la upper middle class, rica, culta, cosmopolita y segregada en barrios de élite y la lower middle class, cada vez más pobre, peor educada y condenada a vivir en barrios marginales – y que apenas se cruzan en sus vidas cotidianas o se preocupan unos de otros. El libro es un alegato para recuperar las señas de identidad que han hecho de los norteamericanos gente feliz en el pasado.

Y Murray entiende que la base de la felicidad para un americano implica tener un proyecto vital creativo y una pasión por el trabajo de la que el europeo medio actual adolecería en líneas generales. Es curioso, porque cuando leí recientemente una entrevista que le realizaba el diario El Mundo en la que el titular era “El problema español es la idea de que vivir es matar el tiempo del modo más placentero posible” me sorprendió positivamente la sencillez con que era capaz de condensar en una sola frase una manera de acercarse a la vida, la de los españoles, forjada durante cientos de años si no milenios. Mi gozo se vino en un pozo cuando al final de la entrevista, así como leyendo su libro, me encontré con que una frase muy similar era utilizada para caracterizar no sólo a los españoles sino a todos los europeos occidentales para los que el gobierno tendría como misión hacer fácil pasar el tiempo tan placenteramente como sea posible, lo que Murray llama el síndrome del europeo. No, Murray obviamente no había leído a María Zambrano, entre otros autores, cuando hablaba de que el español nunca había dejado de ver la vida sino como un corto tránsito entre la nada y la muerte por el que no valía la pena molestarse.



Murray, que no tiene por qué saber nada de los programas de vacaciones del Inserso, del Injuve y otros organismos parecidos, ejemplifica esta actitud europea en los puentes, el mes de vacaciones y la jornada de 35 horas. Para Murray, la alternativa norteamericana al síndrome europeo es dotar a la vida de un significado trascendente lo cual implica pasarla haciendo cosas importantes como por ejemplo tener una familia, mantenerse a uno mismo sin ayuda del estado, ser un buen amigo y un buen vecino y dar lo máximo en el trabajo. En eso consiste el proyecto americano que para el historiador corre riesgo de desmoronamiento.

Ideas simples pero con profundas implicaciones. Vale la pena reflexionar sobre ello.

domingo, 4 de marzo de 2012

Los Oscar y la grandeur perdida de los franceses

Sabido es que Francia, a pesar de las apariencias de eterno rival, siempre juega en terreno propio en los Estados Unidos. Sus agudos hombres de negocios siempre lo han sabido y ello les ha servido para lograr grandes beneficios económicos vendiendo moda, perfumes, comida, abriendo sucursales de sus restaurantes Michelin tres estrellas en Nueva York y exportando películas con el reclamo del refinamiento y la sofisticación que se le atribuye a todo lo francés. Que le pregunten a cualquier viticultor español lo que cuesta vender vino por encima de un cierto precio en Estados Unidos, precios que muchos americanos sólo están dispuestos a pagar por los caldos franceses y californianos.

Y es que a pesar de los desaires, o quizás por ellos mismos, la psique americana ha construido una mitología de Francia como contrapoder de su propio país en el mundo occidental. Aquella idea de llamar “freedom fries” a las “French fries” no fue sino un ejemplo de lo contrario que quería parecer, un paradójico reconocimiento de inferioridad de quien es, y se sabe, mucho más fuerte. Casi diría que, como sucede con ciertos amores fatales, cuanto más desplantes les hacen los franceses, los americanos más les quieren. Los bien escenografiados desacuerdos de Francia en cuestiones de política internacional son magnificados casi como si Francia pudiera tratar de igual a igual al coloso americano y como si la opinión de Francia en estos asuntos en realidad importara algo. Pero esta tendencia abarca todos los órdenes de la vida. Los americanos se lamentan de sus males leyendo el libro bringing up bebe con envidia acerca de las buenas maneras de los niños franceses que ellos son incapaces de instaurar o sus dietas hedonistas y milagrosas en el bestseller Why French women don’t get fat (por que las mujeres francesas no engordan).

A diferencia de los españoles, los franceses conocen perfectamente la psique americana que aspira en aquello que se aleja del mundo de los negocios y de la ciencia, a ser como ellos. Fuera del trabajo, al americano le gustaría comer, hablar, comportarse y hacer el amor como un francés. Por decirlo gráficamente, les tienen bien cogida la medida como esos equipos modestos que siempre vencen a los grandes. Por eso me sorprendieron tanto las declaraciones de los políticos franceses tratando de apuntarse el éxito de The Artist en la última entrega de los Oscar.


Para Sarkozy, los cinco Oscar conseguidos por la película mostraron “a los Estados Unidos que se hacen cosas maravillosas en Francia.” Por su parte, Hollande, líder del Partido Socialista francés, consideró “que los Oscar a la música y el vestuario muestran también la diversidad de talentos movilizados para el proyecto.” Incluso, Marine Le Pen, la ultranacionalista líder del Frente Nacional, dijo que los galardones suponían “una gran victoria del cine francés.”

La verdad es que este tipo de manifestaciones en España no me hubieran extrañado. Estamos acostumbrados a que cualquier mínimo triunfo de cualquier español en Estados Unidos se considere una pica en Flandes. Somos un país pequeño y lo asumimos. Me sorprendió que los franceses hayan caído en la trampa de enaltecer al pelotón de jubilados que compone al menos el 50 por ciento de los votantes la academia de Hollywood como aquellos que fijan el estándar de lo que se considera excelente. No he visto la película y tengo la impresión de que probablemente sea excelente de verdad, lo que me ha sorprendido es que la tradicional e inteligente táctica francesa de ignorar o infravalorar la opinión de los americanos en lo que se refiere a la cultura – aunque hay una relativamente nueva generación de escritores franceses, capitaneados por Frédéric Beigbeder, que se caracterizan por lo contrario—, y que tan buenos resultados de imagen le producen en este país para mantener el posicionamiento de país top del prestigio, ha dado un vuelco. Los franceses parecían españoles – incluido el inglés de circunstancias en la recogida de premios – y eso se lleva mal con la idea de grandeur. Aunque por suerte para ellos, por lo que he podido percibir a mi alrededor, los americanos no se han enterado.